miércoles, 26 de enero de 2011

A la luz de la luna llena

"¿Quieres saber lo que estas manos, que han cometido todo tipo de atrocidades, pueden hacerte a ti?"

¡¡50 entradas!! Yujuuuuu xD

Hermanita, esta va por ti xP.

Todo parecido con la realidad es mera coincidencia.
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Él, con la espalda apoyada en la barra, bebía solo aquella noche. Su pelo y ojos eran del mismo y oscuro color que su traje. Parecía estar esperando, mirando a la gente a su alrededor. El dueño de aquel local, un tanto excéntrico, había hecho abrir el techo. Para poder observar la luna, decía. Lo cierto es que, gracias al invento, se ahorraba un buen pico al no encender la luz en noches como aquella, de luna llena.

La espera se terminó. Él sonrió, tomando otro trago. A su lado, un hombre se dejó caer sobre la barra. Bajito, calvo y gordo, con traje y maletín. Llamó al camarero con un gesto, pidiéndole un Manhattan.

—La luna está preciosa esta noche—dijo.

—Si fuera un diamante, lo sería aún más—contestó el recién llegado—. ¿Eres Seth?

—Eso dicen. He oído que tienes un trabajito para mí.

Como respuesta, el hombre abrió el maletín, sacando un sobre que le tendió a Seth sin dejar ver el interior. Él sacó la foto que había en su interior. La miró un segundo, antes de volver a meterla y cerrarlo.

— ¿Está seguro del objetivo?—preguntó, extrañado.

—Sí. Muy seguro. ¿Ahora el famoso asesino resulta ser un cobarde?

—Es el trabajo más raro que he hecho en mi vida—rió—. ¿Alguna indicación más?

El hombre negó con la cabeza.

—Está todo ahí. Se hará a plena luz del día, mañana durante el desfile. Te situarás en una habitación de un hotel cercano, desde donde hay unas buenas vistas de la calle principal. El arma a emplear te espera allí. Ahora, hablemos de negocios.

—Serán doscientos mil—dijo Seth—. Cien ahora y cien tras el trabajo. Y no acepto regatear.

De nuevo el hombre abrió el maletín, mostrando su contenido.

— Creo que así está bien—dijo, entregándole una llave. Después se marchó, arrastrando los pies.

Seth se quedó un poco más. Había visto cómo una mujer hacía acto de presencia. Tenía el pelo rubio, formando tirabuzones que caían elegantemente sobre su espalda, y poseía un brillo en sus ojos azules capaz de hechizar a cualquiera que los mirase. Venía enfundada en un vestido de un oscuro negro, que resaltaba aquella palidez de diosa. Caminó hasta la barra, situándose junto a Seth, y llamó al camarero, que ardía en deseos de satisfacer sus peticiones.

—La luna está preciosa esta noche—dijo Seth, blandiendo su mejor sonrisa.

—Eso dicen—respondió ella.

Él se inclinó, acercándose a su oído.

—¿Quieres saber lo que estas manos, que han cometido todo tipo de atrocidades, pueden hacerte a ti?



Lentamente Seth desnudó a aquella mujer. Con suavidad besó cada centímetro de su piel. Ella gemía. Sentía que su propia piel la quemaba. Gritó cuando, con fuerza y delicadeza a la vez, él la penetró. Y volvió a gritar cuando sintió el placer en cada célula de su cuerpo. Seth la dejó caer con delicadeza sobre la cama. Porque todo había que hacerlo con calma.



Amanecía. En la calle, los barrenderos limpiaban las aceras mientras los empleados del ayuntamiento colocaban barreras. Una paloma alzaba el vuelo, una pareja de ancianos se sentaban en un banco. Poco más ocurría. En un hotel cercano, en una de las habitaciones de los pisos más altos, un hombre examinaba la ciudad minuciosamente. La mujer que lo acompañaba se marchó, agradeciendo la compañía.

Una vez estuvo satisfecho, Seth se vistió. Con tranquilidad, empleando el tiempo necesario. Como con todo. Lentamente, limpió y montó el rifle francotirador que le habían dado para el trabajo, junto con un maletín con el resto del pago.

—¿Cómo sabréis que ahora simplemente no me iré?—preguntó cuando le dieron el dinero.

—Porque sabemos que tu reputación es lo más importante para ti, y que no quieres que se sepa que has fallado en un trabajo.

Encajó la última pieza del rifle y se sentó a esperar, el frio metal del arma apoyado en el pecho. El desfile no comenzaría hasta una hora después. El tiempo pasaba lentamente… como todo.


Apoyó el rifle en el marco de la ventana. Quedaban poco más de dos minutos para que apareciera el blanco, si todo iba según lo previsto. Ajustó la mira, observando a través de ella a una multitud de soldados marchar. Precedían a un descapotable en el cual iba sentado un hombre. Seth rió; aquel mismo hombre había estado hace dos noches con él. Vio por un segundo el brillo de su cabeza pelada, recordando la conversación que habían tenido.

— ¿Está seguro del objetivo?

—Sí. Muy seguro.


Apuntó entre los ojos. Se tomó su tiempo, observando al blanco saludar. Pasó una mano por el cañón mientras el hombre se inclinaba a susurrarse algo a su chofer. Con la misma suavidad que empleaba en los roces, caricias y besos, apretó el gatillo. Al fin y al cabo, disparar guardaba muchas similitudes con amar a una mujer.

Alrededor del coche se hizo el caos. La atracción principal yacía sobre el asfalto, con un agujero de bala entre los ojos. La sangre manaba lentamente, dando una sensación de tranquilidad. Seth abandonó el hotel media hora después, con mucha calma.

—Después de todo—murmuró—todo el mundo tiene derecho a elegir cómo morir.

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