viernes, 28 de enero de 2011

Yo no he sido

Y el canto de la muerte se dejó oir en la sienciosa noche...

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La aguja del reloj se movía con lentitud. Marco esperaba impaciente los últimos cinco minutos antes de poder fichar e ir a casa. Había sido un agotador día de trabajo, y ansiaba regresar a casa, darse una ducha y tirarse en el sofá a ver el partido, con la compañía de su fiel jarra de cerveza fría. Terminó de archivar unos documentos en el preciso instante en el que su reloj de pulsera emitía el pitido que señalaba las ocho en punto. Recogió todo con rapidez y salió corriendo a los aparcamientos del sótano del edificio.

Arrancó el coche. Salió a la calle, deshaciendo el camino que le llevaba cada mañana al trabajo. Maldijo al detenerse por culpa de un atasco. Era hora punta, ¿cómo se le pudo ocurrir atravesar el centro de la ciudad?

—¡Maldita sea, moveos!—gritó, golpeando con fuerza la bocina.

El tiempo pasaba ahora con rapidez, aunque Marco no se desplazó mucho. Antes de que se diese cuenta, en la radio comenzó la retransmisión del partido. Decidió salir en cuanto pudiese, y dar un largo rodeo para intentar llegar antes. Cuarenta y cinco minutos después de salir del trabajo, Marco llegaba a casa. Su equipo perdía por dos goles a cero. Suspiró, metiendo la llave en la cerradura.

—¡Ya estoy aquí!—gritó al entrar.

—¡Papá!

Marco sonrió. Tenía delante a una criatura, de seis años de edad—seis y medio, como solía recordar ella— mostrándole esa sonrisa angelical. La niña lo miraba con aquellos ojos azules, escondiendo las manos detrás de la espalda.

—¿Qué tienes ahí, hija?—preguntó él, revolviéndole el pelo. Su madre se lo había dejado tan corto que se la podía confundir con un niño.

—Nada, papá.

—Mentirosa… En fin, ¿y tu madre?

Ella bajó la mirada.

—Yo no he sido…—dijo, casi en un susurro.

—¿Qué ha pasado?

La niña dejó caer algo. Se escuchó el sonido del metal golpeando el suelo. El leve brillo que el objeto emitía atrajo la atención de Marco. Era un cuchillo, con la mayor parte de la hoja bañada en sangre. Al igual que las manos de su hija.

—Yo no he sido—repitió, al borde del llanto.

Marco corrió, buscando en todas las habitaciones. Encontró a su mujer en su dormitorio, tirada sobre la cama. No pudo evitar caer de rodillas al suelo. La expresión de terror en el rostro de la mujer hizo que le recorriera un escalofrío por la espalda. En su pecho se apreciaban los numerosos cortes que aquel cuchillo había hecho. Su mano aferraba el peluche favorito de la niña.

—Yo no he sido—afirmó por tercera vez su hija, desde el umbral de la puerta.

—¿Viste al que hizo esto?—preguntó Marco, sin apartar la mirada del cuerpo inerte.

La niña entró en la habitación arrastrando los pies. Alzó la mano derecha, cubierta de la sangre de su madre, señalando a un armario. Él se levantó, caminando hacia donde ella le indicaba. Abrió la puerta de golpe, listo para golpear al asesino hasta la muerte. Se encontró con unos ojos, que brillaban en la oscuridad. Sus ojos. Su propio reflejo lo miraba desde el espejo. Marco suspiró, notablemente aliviado al ver que estaban solos. Poco después sintió un fuerte dolor. Las piernas cedieron, y cayó de nuevo. Se llevó la mano al costado, ahora sangrante. Giró la cabeza.

Su hija mostraba una sonrisa macabra. Una gota de la sangre paterna resbalaba por su mejilla. De nuevo blandía el cuchillo, bañado por aquel líquido escarlata.

—Cariño, ¿pero qué…?

—Yo no he sido—rió la niña, hundiendo de nuevo el metal en el cuerpo de su padre. Él aulló de dolor al sentir como el gélido acero atravesaba su estómago. Ella extrajo lentamente el cuchillo, para volver a clavarlo con una fuerza increíble para un niño de su edad. Esta vez atravesó las costillas, rozando el corazón. La cuarta estocada fue más certera. Cinco tajos más lanzó la niña sobre su padre, hasta su muerte.

La niña dejó caer el cuchillo. Su padre la miraba con ojos vacíos. Ella arrebató el peluche a su madre.

—Vámonos, osito—dijo.

Saltando salió de la casa. Se alejó calle abajo, su vestido empapado dejaba un rastro de sangre por donde pasaba. Era una noche fría y silenciosa. Lo único que rompía aquella paz era la alegre canción que la niña cantaba, bailando con su peluche.

1 comentario:

Jane Tyrs dijo...

Wow, me gustó bastante.
La idea de una pequeña 'travesura infantil' que tira a la sociopatía (o psicopatìa xD) fue genial, aunque la forma en la que mató a su padre no me gustó tanto, no sé :/ le faltó más sabor, como una razón entremezclada con las ansias asesinas —por un momento pensé que tenía doble pesonalidad o algo xD, porque cuendo lo mató parecía se otra persona—. Pero el final fue fantástico, con ese aire infantil e inocente junto al sabor amargo y el sentimiento macabro impregnado en las ultimas líneas.

Muy lindo ;)