sábado, 4 de agosto de 2012

Se ha escrito un crimen. Segunda parte

A pesar de que nadie fue capaz de adivinarlo (por qué será), he escrito el final. Por si a alguien le interesa intentar adivinarlo antes de leer esto, este es el relato inicial

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El restaurante, una reciente inauguración en el centro, estaba abarrotado. Los camareros, elegantemente trajeados, se deshacían en sonrisas y halagos con tal de conseguir una buena propina, maldiciendo por lo bajo a aquellos que apenas les dejaban un par de pequeñas monedas.

Sentados en la mesa más cercana a los aseos, dos hombres, uno de ellos con una ligera mueca de dolor, disfrutaban de una mariscada que bien valía el sueldo de un mes. Comían despacio, sin ninguna prisa, mientras el resto de clientes abandonaba poco a poco el restaurante. La extraña pareja se quedó sentada en su mesa hasta que sólo quedaron ellos, y sólo entonces pidieron los cafés y la cuenta.

—Debe de haberle costado una pequeña fortuna, inspector— dijo uno de ellos.
El de la mueca de dolor asintió mientras sacaba la cartera. El sueldo de un inspector no era gran cosa, y si se la tenía que dejar ahí… ¿Quién le mandaría apostar? Sabía que tenía muy mala suerte en estos aspectos…

—Si no fuese porque el dueño es un viejo amigo, lo detendría por robo. He visto a ladrones huir con un botín menor a este—comentó, mientras su compañero se reía—. Tengo curiosidad, ¿cómo lo descubrió?

—Si le soy sincero…—comenzó el otro—fue suerte. Los cinco tenían un fuerte motivo para hacerlo, y se les veía capaces. No pude decidirme del todo, así que… Asigné cada nombre a un número del uno al cinco y tiré un dado.

—Venga ya, es imposible—el inspector vio a su compañero asentir con convicción y se echó a reir como un loco, en un estruendo que escandalizó a los camareros durante su limpieza— No me jodas… ¡Maldito suertudo! La diosa fortuna está siempre en mi contra, eso es un hecho.

—Se ve que sí—concedió su compañero—. Cuénteme usted, ¿cómo lo descubrió?

El inspector se tomó un segundo antes de responder mientras encendía un cigarrillo. Un camarero se acercó a pedirle que por favor lo apagase, que no estaba permitido fumar, pero no le hizo caso. Se echó para atrás, soltando una gran cantidad de humo de golpe como si fuese una locomotora antes de comenzar su relato.
—Supongo que también fue algo de suerte. En un principio creí que fue su propio hijo, Miquel. Tenía un brillo en los ojos que no me gustaba, y cuando le insinué la posibilidad de que hubiese sido él no se molestó en negarlo. Pero lo descarté cuando supe lo del somnífero; era una clara muestra de que el crimen fue premeditado y Miquel era un hombre de instintos. A la criada y al mayordomo los descarté por el mismo motivo. Ella se bebió el somnífero sin saberlo, y él… Él no se habría molestado en cerrarle los ojos. Entonces lo supe: Había sido su mujer, la joven. La que siempre trataba de ocultar la mano que tenía paralizada casi por completo.

—Pero, ¿por qué?— preguntó su compañero—. Es cierto que se está muriendo, pero, ¿no podría esperar a que el viejo muriese por muerte natural?

—No. La enfermedad es hereditaria, ya había visto morir a su padre por ella. Es terrible, el Huntington no se limita a matarte. Te destruye por dentro. Laura tenía miedo. Pero su marido no planeaba hacer nada, como mucho cambió su testamento. Cuando ella le pidió que hiciese la donación para los estudios clínicos, él se negó. No había trabajado toda su vida para morir en la pobreza. Discutieron, y fue entonces cuando el doctor le dijo lo que ella siempre supo: se había casado con Laura sólo para tener algo bonito que follarse. Ella no pudo soportarlo. Mezcló el somnífero con el café en polvo mientras Clara limpiaba la casa, al mediodía. A las doce fue a verle a su despacho, con el cuchillo escondido bajo su vestido. Lo besó, se puso a su espalda, lo rodeó con sus brazos, con una mano bajando por su barriga… Y entonces le cortó el cuello. El doctor se resistió durante los pocos segundos que tardó el somnífero en hacer efecto. Laura clavó el cuchillo en la mesa, con cierta dificultad, y se dirigió a la puerta. Se volvió a verle por última vez, los ojos gélidos y vacíos del que fue su marido. Regresó junto al cadáver, le cerró los ojos y se fue.

—Una historia digna de una novela negra— concluyó su compañero.

Durante unos instantes se hizo el silencio. El mismo camarero que le pidió que apagase el pitillo se acercó de nuevo para informarles de que estaban a punto de cerrar, y que por favor pagasen la cuenta y abandonasen el local. El inspector lanzó el dinero contra el plato de la cuenta, se encaminó hacia la salida y se detuvo a ver como aquel camarero se llevaba su sueldo.

—Esta es la última vez que hago una apuesta.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo sabía desde el mismo momento que pusiste su nombre xD

Pero como no leí el anterior hasta hoy, habrías pensado que había hecho trampas.
Eso sí, me parece bastante improbable que Al no se case con alguien rubio, joven y de ojos azules :P

León dijo...

A) Es que eres una tramposa.
B) Ann está hasta los mismos de los rubitos de ojos azules.

Anónimo dijo...

Entonces tendré que hablar con ella y reclamar lo que es mío por derecho xD

PD: No soy una tramposa y lo sabes.

León dijo...

Pues buena suerte. Y te corregiré: no eres sólo una tramposa, y lo sabes.