domingo, 22 de febrero de 2009

Helena

Intento de original policiaco, con motivo del cumpleaños de Pers.

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Ella miraba la televisión, como de costumbre. Sola, a oscuras, comiendo palomitas mientras miraba esa película de terror. Llevaba un fino camisón, casi transparente. Buscando provocarme. Seguro, no hay otra explicación.

Me acerco a ella, silenciosamente. No nota mi presencia. Perfecto. Hoy será una gran noche. Estoy a tres pasos del sofá. Dos pasos… Uno… La cojo de los hombros, con ternura. Ella se hace la sorprendida y grita.

—Ssssh, tranquila. —Le digo para tranquilizarla.

Ella gira la cabeza, lo justo para ver el cuchillo, y vuelve a gritar.

— ¡Cállate! —Le pego un bofetón. El efecto es inmediato, se calla. Su rostro, por el que corren las lágrimas, refleja terror.

— ¿Por qué me temes? No hay motivo. —Le digo dulcemente, en un intento de calmarla. Ella no responde. — ¡Responde cuando te preguntan!

Sigue sin responder, llorando. Ya… Ya no la quiero, no es la Helena de la que me enamoré.

—Adiós, Helena.

Con un rápido movimiento, clavo el cuchillo en su pecho. Helena grita de nuevo. No lo soporto. Vuelvo a clavarla el cuchillo, algo más cerca del corazón. Helena ya no grita, sino que me mira a los ojos, mientras se va apagando… Como todas.





Suena el teléfono. Miro el reloj, que apenas marca las seis. Espero que sea importante.

—Wright. —Respondo medio dormido.

—Inspector, siento despertarlo tan pronto, pero tenemos un caso urgente. Asesinato. Le indico la dirección.

Tomo las señas y cuelgo el teléfono. Camino hacia la ducha, intentando pasar del mundo de los sueños al real. Asesinato… El primer pensamiento del día, dedicado al trabajo. La verdad, esa palabra es la que hace que me levante a diario. Salgo de la ducha y cojo la toalla, todavía pensando en el caso del que no tenía información.



Llego a la casa, sin desayunar, y con el pelo todavía mojado. Nada más cruzar el cordón policial, un agente se me acerca.

—Mujer, veinticinco años. Tiene dos puñaladas en el pecho. Los forenses dicen que la mortal fue la segunda.

Entro en la casa. La víctima está tirada en el suelo del salón, boca arriba. Miro la puerta de la entrada. Ni un indicio de que hayan forzado la puerta. Me aproximo a las ventanas, pero tampoco hay señal de que alguien entrase por la fuerza.

Me acerco a la víctima. Pelo rubio, más o menos un metro setenta. Dos puñaladas en el pecho, abundante sangre… Lágrimas secas en su rostro.

—Parece que vio a su asesino, pero que no luchó. —Miro su muñeca, que desprende un brillo dorado, una pulsera. —Helena. —Leo en ella.

— ¿Helena? —Pregunta extrañado el agente. —Se llama Laura.

Ese detalle me llama la atención. ¿Por qué llevaría una pulsera con el nombre “Helena” grabado? Un fugaz recuerdo cruza mi mente. Cojo el teléfono y marco el número.

—Johnson, necesito tu ayuda.




Helena… Ahí está, sentada en la caja de un supermercado, con su hermoso pelo rubio sobre el uniforme. El único sitio donde no esperaba encontrarla. Helena…

—Buenos días. —Me dices con tono rutinario, mientras cobras los objetos cuya importancia ahora es nula.

—Buenos días — Respondo educadamente, pero ni siquiera alzas la cabeza—. ¿No me reconoces? —Ahora sí me miras. Por un instante veo tus ojos, azules como el cielo. Pero niegas con la cabeza, niegas conocerme. Sonia… ¿Por qué pone ese nombre en tu placa? ¿Por qué reniegas de mí?

—Catorce con ochenta. —Tu voz suena triste, lejana, melancólica. Sé que me recuerdas, que me extrañas y añoras.

—Adiós. — Te despides con una sonrisa tierna, como las de antes. No temas, pronto volveremos a estar juntos.






— ¿Recuerdas el asesinato de la semana pasada? El de la chica rubia. —Digo tratando de controlar la euforia que sentía.

—Sí, la chica de veintipocos —La voz de Johnson suena dormida. Parece que le pillé durmiendo—. Murió apuñalada en su piso del centro, sin apenas pistas. ¿Por qué lo dices?

— ¿Viste algo que te llamase la atención, algún dato curioso?

—No, no había nada… Espera, sí que hay algo. Llevaba un colgante con el nombre de Helena, pese a llamarse Alba. ¿Te sirve ese detalle?

Cuelgo sin responderle, luchando por no gritar allí mismo. Ahora solo me falta hacer una comprobación más, y creo que ese agente que me recibió puede ayudarme. Lo busco con la mirada, localizándole junto a la ventana.

— ¿Qué tal se te da la informática? —Le pregunto.




Voy en el coche del inspector, que parece no conocer la existencia del freno.

— ¿Para qué necesita mi ayuda, inspector? —Pregunto intentando no vomitar.

—La información que necesito se encuentra archivada en unos ordenadores, aparatos del demonio que nunca lograré entender. Y en esa parte entras tú —Y yo que pensaba haberle impresionado…—. Por cierto, ¿Cómo te llamas?

—Philip Anderson.

—Pues bien, Philip Anderson, te contaré lo que pienso. Hay un asesino en serie, cuyo modus operandi no es otro que el de ponerle a sus víctimas una pulsera o collar con un nombre grabado.

—Helena… — Wright asintió con la cabeza— ¿Y ha deducido todo eso con sólo dos víctimas?

—Verás —El inspector da un volantazo, esquivando a una anciana que cruzaba la calle—, hace unos meses encontré a una chica de la misma franja de edad, rubia y con un collar con el nombre de Helena. Su auténtico nombre era Alexandra. El caso está sin resolver.

Aparcamos frente a la comisaría. Sin decir palabra, Wright se bajó del coche, en dirección a la puerta principal.

— ¡Espéreme! —Le grito, pero el inspector no reacciona. Va tan sumido en sus pensamientos y deducciones que no ve a la gente con la que se choca. Sus pasos me guían hasta los archivos, donde se detiene repentinamente.

—Busca un caso del ochenta y siete —me dice por fin, señalando el ordenador—. Helena Matanza.





Helena… Ahí estas, sentada en tu silla durante todo el día, realizando un trabajo que no te satisface. Ves pasar a la gente, saludas con la misma sonrisa fría que me mostraste y te despides de la misma forma, mientras esperas a que se acabe el tiempo de tu sufrimiento.

Pronto, mi querida Helena, volveremos a estar juntos.




Pasan las horas. Al caso de Helena siguen otros dos, Alexandra Edwards y Lucía Leblanc. Cinco casos en total.

—Coge las cajas y vamos. —Me dijo el inspector.

— ¿No piensas ayudarme? —Le pregunto, pero empieza a caminar sumido de nuevo en sus pensamientos. A regañadientes, cojo las cajas y le sigo.

Con mucho esfuerzo, logro llegar al coche. Wright me espera sentado dentro, con el motor en marcha. De nuevo sin ayuda, cargo las tres cajas en el vehículo y me subo.




Tras un corto viaje en el que ninguno pronunciamos una sola palabra, paramos en un supermercado cercano. Una vez más, sin mediar palabra se baja del coche.

— ¿Puedo saber que hacemos aquí?

—No esperarás—me responde al fin —pasarte la noche en vela sin comida ni bebida, ¿no?

Su respuesta hizo que el alma se me cayese a los pies. ¿Toda la noche despierto? Sin duda, por eso sería el mejor en su trabajo. Lo sigo, mientras me va cargando de cosas. Cada vez tengo más claro que, más que de ayudante, me quiere de mula de carga.

Tras dar varias vueltas, Wright por fin decide que ya tiene bastante, y se encamina hacia la caja. Poso toda la compra sobre la cinta, alegrándome de tener un momento de descanso. Me apoyo sobre una caja de cervezas cuando me fijo en la dependienta, cuyos rasgos me suenan.

—Wright, mira esto.

Wright, que miraba hacia el suelo, seguramente pensando en el caso, me miró primero a mí y después a la dependienta.

—Es… —Comencé.

—Sí, es ella. O al menos se parece mucho—asentí con la cabeza—. Señorita, ¿puedo preguntarla una cosa?

La dependienta nos miró, como si nos examinase con rayos X, primero a él y después a mí.

—Pregunte.

— ¿Ha visto a un hombre sospechoso? Un varón blanco, de unos treinta años. —Su capacidad deductiva me impresiona. Apenas ha mirado el caso y ya tiene un perfil.

—Pues sí, esta mañana he visto a un hombre extraño, más o menos como dice usted. Era moreno, con ojos azules y la nariz pequeña. Y me preguntó si no lo reconocía…

El inspector y yo nos miramos. Probablemente, ninguno esperaba dar tan rápido con su siguiente víctima.

—Tenga— dije tendiéndole una tarjeta—. Si vuelve a verlo, llámeme, por favor.

La dependienta coge la tarjeta, mirándome de nuevo de esa forma extraña. Después de pedirla que nos dijese su dirección, y de mostrarle la placa para convencerla, pagamos y nos fuimos.






Se hizo la noche. La luna llena se alza, imponente y hermosa. Es el momento idóneo, es la hora de que tu y yo, Helena, volvamos a estar juntos. Y esta vez nadie nos separará. Nadie.





Las doce y media de la noche. Llevamos horas trabajando en el caso. Bueno, trabajar, trabajar, yo no hago casi nada; tan solo preparo café y observo a Wright, que de vez en cuando asiente con la cabeza. Harto de estar sentado, me levanto y me acerco a la ventana. De noche la cuidad parece muy tranquila.




-Helena, ¿por qué huyes? —Pregunto, sin obtener respuesta. Helena salió corriendo nada más verme. No hubo beso, ni tampoco abrazo. — ¿Por qué me temes?

Oigo una puerta. Se ha encerrado, intentando separarse de mí. Ya… Ya no es la Helena de la que me enamoré.




Mi teléfono suena. Una extraña sensación me recorre la espalda. Rápidamente, descuelgo.

— ¿Si?

— ¡Socorro!

Me giro para llamar a Wright, que ya está en la entrada.





—Helena, sal de ahí— Ella no me responde, sigue encerrada y ya comienzo a perder la paciencia—. Vamos, sal.

Sigue sin responder. Ya estoy cansado de esto. Cojo una silla y golpeo la puerta una y otra vez, hasta que cae y puedo verla. Sus ojos, esos ojos preciosos, ahora estaban empañados por las lágrimas y reflejaban el miedo. La cojo con una mano y la alzo, sacándola de ese armario.

— ¿Por qué huías? Solo quiero que todo vuelva a ser como antes. —Sigue sin responderme, siempre mirando el filo del cuchillo. Es definitivo, ya no la quiero. La tiro contra el suelo, preparándome para hundir el arma en su cuerpo.

De pronto se escucha un golpe, y acto seguido entran dos hombres armados, que me apuntan con sendas pistolas.

— ¡Quieto! —Grita uno de ellos. Haciendo caso omiso, elevo el brazo.

— ¡Quieto! —Repite, pero vuelvo a ignorarle. Bajo el cuchillo, intentando acabar con su vida rápidamente, cuando se oye un disparo y todo se vuelve oscuro.




—Buen trabajo—Le digo al chico para calmarlo. Sus brazos tiemblan y su mirada está perdida—. ¿Era la primera vez? —Philip asiente con la cabeza. Cojo el teléfono y llamo al cuartel, pidiendo que vengan a limpiar el estropicio. —Vámonos de aquí, Philip. Señorita, acompáñenos al cuartel. Debo rellenar numerosos informes antes de dar por finalizado este caso.

10 comentarios:

Saya-Winry dijo...

Wow...
Saes perfectamente que me quedé sin palabras al leerlo. Muy buena historia. Adoré lo de "Helena matanza" y transmites tanto con la narración.

Sublime, magnífico y encantador.

Espero que escribas más.

Len dijo...

¡Leoncito!

Claro que se preguntan las obviedades, es parte de mi carácter. xP

Nada, ¿por qué comentar cuando todos sabemos lo que voy a decir?

Me ha encantado el original y como has ido cambiando el narrador.

Uniéndome a la petición de Saya, espero que escribas más.

Besos,

Len

Sandra dijo...

Maravilloso. Espectacular, sublime, encantador.

Sí, bueno, estoy siendo un poco pelota (xP) pero por lo demás, es muy muy bueno. Ya te he dicho que me ha gustado muchísimo. Aún así, el final no me lo esperaba así y, aunque me ha decepcionado un poco al principio, lo he acabado adorando.

Y lo de utilizar esos nombres, adorable.

Je suis tellement enchanté.

I want more xP

*Runa* dijo...

¡¡¡Minino!!!

Me encantó el original, aunque me perdía un poquito con el cambio de narradores. u-ú

En todo caso, me pareció una excelente historia. Yo también me uno a la petición de Sayita y Len, haz más de estos.

No sé qué más decirte... Uhm... ¿Bye?

Anónimo dijo...

A buenas horas alguien me dice que has cambiado de url... ¬¬

Bueno, a lo que vengo:

Me alegro que lo hayas acabado, así me ahorras el billete a Cantábria, que ahora con lo de la crisis coger el AVE no sale muy retable. xd
Sí, me ha gustado mucho y eso del "intento" no lo digas, por favor, que te ha quedado perfecto.
Alabo los cambios de narrador. No todo el mundo es capaz de lograr hacer algo así.

Veamos, yo también me uno al grupo que pide más, formado por Saya, Lenecita y *Runa*.

Nada más que comentar, hasta la próxima vez, León.

Sandra C. M.

Morrigan dijo...

eres un chico malo que todos quieren ¿Por qué tendría qué dejarte un mensaje?

Ya hablaremos acerca de este original.

Darkie dijo...

Vaya, leoncete. Una gran historia, sin lugar a dudas.

No sabía que eras tan bueno. Empezaré a ojear tu blog más seguido ;)

No sé que más decirte. Me hubiese gustado que ahondases más en las motivaciones del asesino, por lo menos al final. Pero tal cual está, me encanta :D

Mis felicitaciones, abuelito.

Besos~

Perséfone dijo...

Hum... ¡Gatito! Muchas gracias por el regalo, me gustó bastante.

Sobre la trama y demás no diré nada porque sabes que soy una bruja. Mejor lo dejamos en que me gustó y ya.

PD: Perdón por tardarme tanto en leerla pero tuve algunos inconvenientes.

Neissa dijo...

¡Sobrevivo! muajajajaja ¿Cómo has podido tenerme tan engañada? Apuñalada, sí, ya.

Te felicito, Leo, la historia es tan buena que ni parece tuya xD Es broma, es broma (o no).

Pues nada, me gusta mucho la trama del fic y como manejas a los personajes, me ha gustado mucho.

Saludos

Anónimo dijo...

Buenas!

Perdona por tardar tanto. Se me olvidó comentar este.

Vamos a ver qué te digo que no te hallan dicho ya.

Para empezar, me ha gustado (vale, ya se que te lo han dicho). Para ser la primera vez que escribes sobre este género no te ha salido nada mal.

Te digo que en mi opinión para que un relato así fuese de 10 tendría que profundizar un poco más en la personalidad del asesino. También tendría que tener una investigación más profunda (pruebas, algún perfil del asesino, pautas...) eso aclararía cualquier dudua que pudiera surgir durante la lectura.

Dado que este es un relato corto logicamente escribir todo esto haría que se extendiera demasiado. Te digo que así como está, te ha quedado muy bien.

Esto es solo un consejo por si algún día quieres escribir un relato policiaco en serio.

Bueno, pos sigue así que me arás rica, jejeje.

¡ÁNIMO!