miércoles, 23 de febrero de 2011

Ciudad de susurros.

La historia que escribí para un concurso, el cual, a pesar de que la votación terminó hace tiempo, sigue sin tener ganador.


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—Líder bueno, líder genial…

La ciudad se sumía en un sueño oscuro. Las calles se iluminaban tan sólo por la escasa luz lunar que se filtraba entre las nubes. Las farolas estaban apagadas, el corte de energía resultaba demasiado perfecto para ser casual.

—Ten cuidado, o él te matará…

Dos personas, apenas unos críos, paseaban ocultos en las sombras de aquella ciudad de susurros. El que canturreaba aquella canción tenía el pelo rubio, lleno de rizos, casi negro en aquella noche cerrada, y unos divertidos ojos azules. Apenas llegaba a los ocho años. Caminaba siempre dos pasos por detrás del otro, que parecía mayor que el rubio. Concretamente, un año mayor. Su pelo era negro como el azabache y sus tímidos ojos tenían un mirar oscuro. Las ropas de ambos estaban desgastadas, rotas por numerosos sitios y pedían a gritos un lavado. El mayor se detuvo en seco.

—¡Alex, cállate!—dijo, gritando en voz baja—. Vas a hacer que nos descubran.

—¿De qué tienes miedo, Víctor? —preguntó el más pequeño, deteniéndose.

—De que nos cojan y nos metan en un orfanato. ¿Por qué tengo que seguir las órdenes de ese niño? —El moreno se detuvo también. Pronunciaba las eses como zetas, lo que parecía hacerle mucha gracia a Alex. El rubio no se contuvo al soltar una sonora carcajada—. ¡Cállate ya!

—Tranquilo, tranquilo. El líder siempre se preocupa de que la casa esté vacía. Podríamos incluso pasar la noche allí. Comer comida caliente, dormir en una cama…

—¡Está loco! ¡No puede mandarnos a robar, así por así! Sólo somos niños. Y, además…

Alex no lo escuchaba. Canturreaba de nuevo la canción mientras caminaba, dejando a Víctor pasmado. Tras unos segundos, el mayor lo siguió. Evitó al gato negro, que lo examinaba con sus penetrantes ojos verdes como si pudiese ver a través de él.

—¿Qué hago yo metido en este lio? —se decía a sí mismo, en apenas un susurro.

Hacía dos días que “el líder” apareció en su vida. Estaba sentado en una esquina de la calle, mendigando unas monedas para comprar comida. Apenas le llegaba para una barra de pan; la gente ni se molestaba en mirarlo, evitando el sentimiento incómodo. Intentó levantarse para gastarse sus ganancias cuando se encontró con unos inquietos ojos azules. Era la primera vez que veía a Alex.

—¿Estas sólo?—preguntó el pequeño.

Víctor asintió con la cabeza. El rubio indico con un gesto que lo siguiera. Intrigado, se dejó llevar. Un poco después llegaron al casco antiguo de la ciudad. Allí, mirase donde mirase, sólo se encontraban los restos de una urbe que en otro tiempo brilló. Tan sólo quedaban edificios en ruinas, que nadie se molestó en reparar. Construyeron en torno a ellos, trasladando el centro urbano y abandonando la zona. Alex se colaba entre las tablas que bloqueaban la puerta de uno de aquellos edificios, una antigua tienda de la que no quedaba ni el cartel. Cartones ocupaban ahora el lugar de los cristales. Víctor imitó al rubio. Lo encontró parado en el centro de la habitación, mirándolo fijamente.

—Espera aquí—dijo, dejándolo solo. Poco después, un chico, que ocultaba su rostro tras una máscara que sólo permitían intuir que aquel brillo eran unos ojos, apareció. Era más alto que Víctor, y se cubría con una capa. El recién llegado lo examinó sin mediar palabra.

—¿Y tus padres?—preguntó tras una eternidad de silencio.

—No tengo. Murieron en…

El enmascarado lo cortó con un gesto. Paseó a su alrededor. Víctor temía que aquel fuego en su mirada lo hiciese estallar en llamas. Explotar y desaparecer. Como un juego de pirotecnia.

—¿Tu nombre?

—Víctor—respondió él. El miedo paralizaba su cuerpo.

—¿Quieres una familia, Víctor?

Durmió allí aquella noche, en una habitación contigua. Alrededor suyo, en la penumbra, vislumbró la silueta de otros chicos, probablemente con su misma fortuna. Cinco sombras llegó a contar. Cuando amaneció ya no estaban allí. Tan sólo encontró a Alex, quien le ofrecía leche y galletas. Devoró el desayuno de la misma forma que la comida y la cena. Durante el día no vio a nadie más.

Con el siguiente amanecer lo despertaron temprano. De nuevo estaba sólo en la habitación. Mientras bostezaba escuchó una voz. El líder lo llamaba. Entró en el cuarto privado del enmascarado, el único que estaba amueblado decentemente. Junto a la cama había un pequeño escritorio, con dos sillas a cada lado. Una la ocupaba el Líder. Éste le indicó a Víctor que ocupara la otra.

—Tu anticipo se terminó ayer—dijo lentamente—. Es hora de hablar sobre la forma en la que ayudarás a la familia.

Y procedió a relatarle el motivo por el que se hallaba allí, frente a un edificio de reciente construcción. Era una casa de madera, con una sola planta y grandes ventanales, cuyas persianas estaban cerradas completamente. Víctor se preguntó cómo entrarían allí. Se acercó al viejo coche que estaba aparcado justo enfrente de la vivienda.

—Eh, mira, está abierto—dijo.

—Olvídalo—respondió Alex—. Está tan destartalado que seguro que no tiene nada.

Precedió al mayor en el camino hasta la parte de atrás. Antes de que Víctor preguntase, el pequeño le tendió una piedra, señalando al cristal que ocupaba la mayor parte de la puerta. Al ver que iba a protestar, ordenó:

—Hazlo, o vuelve a la calle.

El moreno lo miró durante un instante. El brillo de aquellos ojos azules había adquirido un tono inquietante, que no supo descifrar. Sin darle tiempo a repetir la orden, lanzó la piedra con todas sus fuerzas. Los trozos de cristal se esparcieron por el suelo. Alex aprovechó el agujero para abrir la puerta, y entró con decisión. El más mayor aún dudó al poner un pie en el interior.

Encontró al pequeño en lo que parecía ser el salón principal. El niño revolvía cajones, registraba armarios e incluso desgarraba cojines con ansia animal. Al ver entrar al moreno, le tiró un saco que sacó de Dios sabe dónde y le indicó por señas que lo llenase en otra habitación. Se plantó en el comedor y se puso a mirar por encima, evitando fijarse en cualquier objeto que tuviera algo de valor.

—Así no vas a conseguir nada…—canturreó una voz a su espalda. Alex estaba sentado en una silla, meciéndose de izquierda a derecha y con una extraña sonrisa en los labios—. Ven, te enseñaré.

Dio un salto, le sacó la lengua al cruzarse con el mayor y repitió el mismo proceso que el otro le había visto hacer. De vez en cuando le lanzaba cosas, para que las metiese en su saco. Sobre él la madera crujía.

—Alex…—dijo de pronto Víctor—, creo que hay alguien.

—Mete también esto—seguía el rubio, sin hacerle caso. Le tendía una cubertería.

— Alex, ¿me has oído?

—Si el Líder dijo que no hay nadie, es que no hay nadie—afirmó—. ¿Verdad, señor?

Víctor se giró lentamente. En la puerta del comedor había un hombre. Alto, moreno y ojos negros llenos de furia. Estaba paralizado bajo el efecto de esa mirada. Alex, sin embargo, se acercaba sonriendo.

—¿Verdad que la casa está vacía?—insistía.

—¿Qué hacéis en mi casa?—rugió el hombre.

Todo ocurrió en un instante. Alex se abalanzó sobre el anfitrión. Demostrando una gran agilidad, trepó hasta su cuello. Hubo un fugaz destello. De pronto, un charco de sangre. Y el hombre caía, incapaz de articular palabra. Estaba muerto. El pequeño se levantó y fue a abrazar a su compañero.

—Lo siento, Víctor—dijo en un susurro—, pero tú no le vales.

La plata de aquel cuchillo atravesó la carne si ninguna dificultad. El mayor sintió un fuerte dolor durante apenas una fracción de segundo. Después, nada. Su cuerpo inerte apenas hizo ruido al caer de espaldas, sobre un charco que mezclaba la sangre de ambas víctimas.

Instantes después, Alex se alejaba de la casa, saltando mientras cantaba.

—Líder bueno, Líder genial… Ten cuidado, o él te matará…

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