lunes, 31 de mayo de 2010

Malos recuerdos

Para ella
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—Vámonos a casa.

— ¡Yo me quedo!

Mi voz me sonaba confiada y segura, claramente audible entre aquel griterío normalizado en las noches del fin de semana. Arrastraba de mí mi mejor amigo, quien hacía dos horas que decidió quitarme la cartera. Aun así, mis manos conseguían hacerse con otra copa que llevar a mi boca. Escupí el primer trago que di al último trofeo que había conseguido; mi boca detectó una mezcla de whisky y tabasco a partes iguales que arrasaba en mi lengua.

— ¿Tú has visto como estas? —Preguntó mi amigo. Yo no lograba entender por qué se preocupaba tanto.

—Estoy bien. Tú no te preocupes. Y vete con ella. Vete—añadí, mientras él me lanzaba una de esas miradas que me hacían sentir mal. A regañadientes, se fue con su cita, dejándome solo con aquel vaso asesino.

Me adentré en el local, del que salía la música más ruidosa, y al que acudía toda la masa, en cuya puerta un hombre, muy amablemente, me arrancó la bebida de las manos negando con la cabeza.

—Tú ya has bebido demasiado esta noche— me dijo.

— ¡Esto no es nada! —respondí, a gritos, mientras entraba en el abarrotado local. — ¡Papi ha vuelto! —grité de nuevo en el interior.

La gente me contestó de la misma forma sin dejar de moverse. Me abrí paso hasta llegar a la barra, donde recordé que no tenía dinero. Me senté a pasar el tiempo allí, hasta que sentí un brazo rodeando mis hombros.

— ¡Hombre, tío! ¿¡Que tal!?

No recordaba a aquel hombre, que aseguraba haber asistido conmigo a la misma clase desde el inicio de mi vida escolar. Sin embargo, me ofrecía una copa que portaba en su mano, y que acepté gustoso. Aquellos fueron los últimos minutos que recuerdo de aquella noche.

A la mañana siguiente desperté en mi cama. Durante unos segundos no sentí ni recordé nada. Estaba medio ausente, hasta que el fuerte dolor de cabeza me trajo a la realidad. Con cada pinchazo me llegaba un nuevo recuerdo: un baile, una mala copa que escupí al suelo, una chica… Como pude, tomé un analgésico y miré el reloj. Marcaba las dos del mediodía.

Encendí el ordenador mientras comía algo, y esperé mientras se cargaban las fotos de la última noche. Lo que imaginaba como unas imágenes triunfales se mostraron ante mí como una patada del mundo real. Allí se encontraba mi misterioso baile, un frustrado intento de mantenerme en pie. O la copa que escupí porque me sentó mal, llevándose en su salida el contenido de mi estómago. O la chica, que marcó su mano en mi cara al ver el regalo que mis entrañas le hicieron a sus zapatos. La última foto me mostraba sentado en un rincón, al borde del desmayo. Mi voz nunca había sonado confiada aquella noche, si no que surgía guiada por el alcohol que circulaba por mis venas.

Allí, sentado frente los recuerdos que no lograba acercar, decidí dejar la bebida. Por muy mal que me encontrase.


2 comentarios:

Jane Tyrs dijo...

Parrandear es malo xD

Lamentablemente, siento que la última frase no le dio el broche de oro que esperaba... le faltó más sabor para que terminara de una manera completamente memorable.

En todo lo demás la encuentro muy bien lograda: una noche de juerga, tragos de más, la verguenza de su vida y la convicción de que, como de los errores se aprende nunca volvería a tomar por más que lo desease.

Un buen relato.

Anónimo dijo...

A mi me suena más a primera borrachera que a alcohólico reincidente. Lo veo muy light.

Whisky con tabasco? Igual hay que probarlo ...

Y estoy con Jane, esperaba un final más apoteósico.

Toda crítica es constructiva, suerte con los exámenes!!!!