Por que una parte de mí quiere que se vaya de mi cabeza, y la otra aún espera que suene el teléfono.
______________________
Dicen que, si escuchas atentamente al viento, este te traerá palabras lejanas. Pero, en realidad, hace más que eso.
Mientras yo estaba tirado en la hierba, mirando el vasto cielo azul, el viento traicionero me traía fragmentos de promesas incumplidas. Promesas que, poco a poco, fueron apartadas y que terminaron enterradas en mi memoria. Promesas olvidadas.
¿Quién era ella? No recordaba su nombre, su rostro o su voz. El viento sólo me traía la promesa incumplida que le hice. Viajaríamos por ese inmenso cielo que se abría ahora ante mí.
Y ese viento conspirador seguía rescatando esas promesas que él mismo se había llevado; ahora esas promesas se clavaban en mí, cual espinas de una rosa marchita. Y yo no podía hacer nada más que recordar imágenes guardadas en lo más profundo de mi memoria, imágenes que yo esperaba que el tiempo las cubriese para siempre.
Dicen que en los sueños vemos aquello que nuestra alma anhela. Sin embargo, en mi caso, Morfeo se alió con el viento.
Durante las noches surgen de mi cabeza recuerdos olvidados. En ninguno aparece su nombre, en ninguno escucho su voz, en ninguno veo su rostro.
Despierto mil y una veces cada noche, para después volver a dormir. Mientras duermo, surgen esos recuerdos, que me despiertan. El amanecer queda lejos aún, y el tiempo también está en mi contra.
Perseguido por el día, acosado por la noche. Las promesas incumplidas, los fragmentos de recuerdos. Todos surgen de nuevo, buscando un final feliz que nunca hubo. Si quiero que las promesas incumplidas desaparezcan, debo cumplirlas. Si quiero que los recuerdos se vayan, debo encontrarles un final feliz.
Debo partir ahora. Para rehacer promesas olvidadas. Para encontrar nuevos recuerdos.
Para poder verla una vez más.
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martes, 25 de agosto de 2009
martes, 18 de agosto de 2009
Velocidad.
*Toma un papel y un bolígrafo*
No... jugaré... más... al Burnout... con canciones depres...
Ala, ahí anda el resultado de ver estrellarse tu coche.
______________________________________
Velocidad. Sentía la velocidad aumentar, conforme apretaba el acelerador. El límite había quedado atrás hacía tiempo, como mi conciencia. Ahora, lo único que era capaz de escuchar eran los compases de “Born to be wild”, mezclados con los rugidos del león que pilotaba. Ya ni era capaz de pensar, tan sólo podía seguir acelerando.
Sentía la adrenalina aumentar. Sentía cómo las pulsaciones de mi corazón iban en aumento. El miedo había quedado atrás, ni siquiera había subido al coche. Nada podía pararme. Nada podía hacerme daño. Nada podía superarme. Era el rey del mundo, sintiendo el viento azotarme en la cara.
Fue entonces cuando escuché a mi cabeza. Tomé un trozo de madera del asiento del copiloto y trabé con él el acelerador. Después me puse de pie y extendí los brazos. Sentía las miradas de los conductores que se apartaban a mi paso, sentía cómo me admiraban.
Y entonces la vi.
Era una curva, demasiado cerrada para poder tomarla a esta velocidad. Me lancé a por el trozo de madera, pero se había quedado trabado. Pisé el pedal del freno y tiré del de mano, pero no surtieron efecto. Di un volantazo, tratando de tomar la curva bien, pero fue imposible. El coche salió de la carretera. Caía, caía…
Abrí los ojos. Estaba frente a mi coche, ahora aplastado. Veía cómo ardía, cómo se quemaban mis sueños con él. Veía como mi cuerpo, inerte y cubierto de mi sangre, ardía. Y vi cómo el fuego se encontraba con la gasolina y, juntos, hicieron que mi coche estallase y mi cuerpo quedase calcinado.
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No... jugaré... más... al Burnout... con canciones depres...
Ala, ahí anda el resultado de ver estrellarse tu coche.
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Velocidad. Sentía la velocidad aumentar, conforme apretaba el acelerador. El límite había quedado atrás hacía tiempo, como mi conciencia. Ahora, lo único que era capaz de escuchar eran los compases de “Born to be wild”, mezclados con los rugidos del león que pilotaba. Ya ni era capaz de pensar, tan sólo podía seguir acelerando.
Sentía la adrenalina aumentar. Sentía cómo las pulsaciones de mi corazón iban en aumento. El miedo había quedado atrás, ni siquiera había subido al coche. Nada podía pararme. Nada podía hacerme daño. Nada podía superarme. Era el rey del mundo, sintiendo el viento azotarme en la cara.
Fue entonces cuando escuché a mi cabeza. Tomé un trozo de madera del asiento del copiloto y trabé con él el acelerador. Después me puse de pie y extendí los brazos. Sentía las miradas de los conductores que se apartaban a mi paso, sentía cómo me admiraban.
Y entonces la vi.
Era una curva, demasiado cerrada para poder tomarla a esta velocidad. Me lancé a por el trozo de madera, pero se había quedado trabado. Pisé el pedal del freno y tiré del de mano, pero no surtieron efecto. Di un volantazo, tratando de tomar la curva bien, pero fue imposible. El coche salió de la carretera. Caía, caía…
Abrí los ojos. Estaba frente a mi coche, ahora aplastado. Veía cómo ardía, cómo se quemaban mis sueños con él. Veía como mi cuerpo, inerte y cubierto de mi sangre, ardía. Y vi cómo el fuego se encontraba con la gasolina y, juntos, hicieron que mi coche estallase y mi cuerpo quedase calcinado.
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lunes, 10 de agosto de 2009
Alma en llamas. Capítulo II
Amanecía cuando yo escondía el libro en la mochila. El contenido de ese manuscrito era extraño. Si era cierto, los autores se declaraban culpables de homicidios; ¿por qué lo harían? La mera idea de que se enorgulleciesen de esas atrocidades me causaba repulsión.
Me metí en la ducha mientras luchaba por borrar las imágenes de mi cabeza, esperando que el agua ayudase en la tarea. Para cuando salí, veinte minutos más tarde, tenía la mente totalmente en blanco. Me sequé, me vestí y bajé a desayunar. Cuando mis padres se levantaron, yo ya me había ido.
Corrí, nervioso, mirando hacia atrás cada poco tiempo. Aún seguía teniendo la sensación de tener dos ojos clavados en mi espalda, observando cada paso, cada movimiento que yo hacía. Me sentía si estuviese en una partida de ajedrez, y yo fuese un mero peón.
A las siete en punto, y mientras Gonzalo abría su tienda, llegué a mi destino. Al verme, en la cara del dependiente reflejaba el asombro.
—Javier, que sorpresa. ¿Cómo tu por aquí a estas horas? —Inquirió.
— ¿Ya no recuerdas que ayer andaba por aquí a estas horas? —respondí, riendo. Al instante, extraje el manuscrito de mi mochila y se lo entregué—. ¿De dónde sacaste esto?
Gonzalo cogió el libro y lo examinó, intrigado. Al poco lo dejó sobre el mostrador.
—No lo he visto en mi vida. ¿Ya comenzaste con “Los pasos del cielo”?
— ¿”Los pasos del cielo”? Ese no lo tengo. Y no me cambies de tema. ¿De dónde sacaste ese libro?
—Te he dicho que no lo sé, no lo he visto en la vida—Gonzalo comenzaba a molestarse. Normal, aquello comenzaba a parecerse a un interrogatorio.
—Tú me lo regalaste.
—Yo te regalé “Los pasos del cielo”, no eso. No tengo ni idea de donde lo has sacado; ya te he dicho que no lo he visto antes.
— ¡Y yo te digo que esto salió de tu regalo!—Antes de darme cuenta, ya había comenzado a gritar.
Me detuve cuando oí la puerta abrirse, había entrado un cliente. Gonzalo, tras saludar, me dijo que dejase allí el libro, que lo examinaría y me diría algo. Aseguró que él no me lo había pasado, y que nunca antes lo había visto, antes de centrar toda su atención en el hombre que acababa de entrar. Yo, al ver la hora que era, me dirigí a clase.
—Ya podrías haberle dicho algo, ¿no crees? —No había cruzado el umbral de la puerta cuando David me atacó, siguiéndome hasta el pupitre—. Bastante me costó que…
—Cállate y escucha—le corté. Me dispuse a relatarle todo sobre el libro, incluso cuando el señor Montero entró en clase. Examinó el trozo de papel en el que había apuntado las tres fechas mientras le contaba la historia.
— ¿Estás seguro de eso?
—Completamente. Al menos la última fecha es real. ¿Y quién en su sano juicio confesaría un crimen que no cometió?
—Ahí está— observó David—. Nadie en su sano juicio.
Pasé por alto el comentario de mi amigo, centrándome en los datos que el libro me había aportado. Tres nombres en tres ciudades distintas y tres fechas, con varios años de diferencia entre ellas. El libro había viajado mucho, llegando incluso a cruzar el Atlántico. Investigar acerca de los sucesos de Chicago era imposible, así que quedaba descartado. Quedaban Santander y Barcelona, que sería la más difícil. Decidí ir a ver el número cinco de la calle Cádiz, tras pasar por la librería de Gonzalo a por el libro. Sin embargo, aún tenía una última cosa por comprobar en clase.
—Señor Montero—dije, cuando acabó la clase—, ¿usted sabe algo sobre el incendio de Chicago de 1871?
—No—respondió, sin apartar la vista de sus papeles—, es la primera noticia que tengo.
— ¿Y sobre el de Barcelona, en 1861?
—Sí… creo que ardió el Liceo. Pero… —el profesor me miró— ¿Por qué te interesa eso?
—Eh…—dije, tratando de ganar tiempo.
— ¡Javier! —David me llamaba desde la puerta—. ¿Vienes o te quedas?
Me fui con él, evitando responder a la pregunta del profesor. Dijera lo que dijese, me tomaría por loco, o algo peor. Precedí a David hasta llegar a la librería. La campanilla sonó al abrir la puerta, Gonzalo alzó la vista. Cuando llegué al mostrador, ya me tendía el libro.
—No tengo ni la más remota idea de dónde ha salido—respondió sin mirarme.
Asentí con un gruñido y salí de nuevo. Le pasé el manuscrito a David, para que viese con sus propios ojos lo que yo había leído en él mientras caminábamos hasta el número cinco de la calle Cádiz, el origen del incendio de hace dieciséis años. Tras el fuego, los edificios habían sido reconstruidos. Sin embargo, el número cinco parecía deshabitado.
— ¿Y ahora qué? —preguntó David.
Me acerqué a la puerta del único bajo del edificio, el mismo del que hablaba Martín en el libro, y la empujé. La madera cedió sin ofrecer resistencia. Miré a mi amigo y entré. Él me siguió, dudoso. Para nuestra sorpresa, estaba amueblado tal y como aparecía descrito en las páginas que David examinaba nervioso.
—¿Qué ocurre? —le dije.
—Que todo concuerda con la descripción que sale en el libro—contestó.
—¿Y eso te preocupa? El dueño lo amueblaría tratando de venderlo, o alguna cosa similar.
Me miró un segundo, hasta que encogió los hombros aceptando mi teoría. Bajó de nuevo la vista al libro, buscando algo en las hojas anteriores.
—Según esto, hay una trampilla tras la barra—comentó.
Me dirigí a comprobarlo. El suelo de madera estaba cubierto en aquel lugar por una gran capa de polvo, que me hizo toser al retirarla. Bajo ella, encontré, y con mucho esfuerzo, la mencionada trampilla. Esta ocultaba una escalera que, al contrario de otros bares que disponen debajo una bodega, daba acceso a una pequeña habitación con cuatro puertas. Bajé y, mientras David saltaba detrás de mí, abrí una de las puertas. Me encontré de golpe en una sala en la que sólo había dos sillones, uno frente al otro, y una mesa entre ellos. La puerta opuesta a la mía cedía el paso a otro habitáculo, este únicamente amueblado con una gran cama.
—¿Qué clase de negocios hacían aquí?—preguntó mi amigo, abriendo la tercera—. Y aquí un pasillo largo y una puerta al fondo
Me acerqué a comprobar que guardaba la última. Encontré una gran butaca, un escritorio, un mueble bar y varios archivadores. Todo decía que el dueño sólo se había preocupado de esa habitación. David entró corriendo, lanzándose a probar el asiento. Yo preferí rebuscar entre los papeles que encontré.
—Oye, David… —dije, mirando las fechas— ¿esto no te parece raro?
—Uno de octubre de mil novecientos cuarenta…—leyó en voz alta—. ¿Qué tiene de raro?
—Que el edificio ardió entero en 1941.
—Ah… Bueno, quizá tenían los archivos en otro lado y los trajeron aquí tras el fuego—contestó—. ¿No eras tú el de las obviedades?
Me limité a reír, haciéndole un gesto con la cabeza para irnos. Él hizo ademán de llevarse la silla con él, pero resultó estar fija al suelo, contra el que se dio de bruces. Riendo con aún más fuerza, tiré de la manilla de la puerta. No cedió. Hice más fuerza, pero se mantuvo en su sitio.
—Deja de hacer bromas—dijo David a mi espalda.
—No son bromas—dejé de hacer esfuerzos y le di una patada. Pronto me arrepentí. Parecía de hormigón—. Parece que estamos atrapados.
—¿Y qué hacemos ahora?
Me apoyé en la pared y me deje caer, hasta llegar al suelo. Él se acercó al mueble bar y examinó su contenido.
—¿Alguna vez has probado el whisky?—dijo, estirando la mano para alcanzarlo.
Cuando agarró la botella se escuchó un extraño chasquido. Tras el escritorio se abrió un hueco en la pared, lo suficientemente grande para que pasara un hombre.
—Parece sacado de una novela de misterio—pensé en voz alta, entrando en aquel oscuro pasillo.
A los pocos metros vi luz. Sentí una brisa en la cara. Habíamos salido al exterior, a un pequeño callejón cercano al número 5, que por el olor parecía un baño para mendigos. En el agujero, David se entretenía gritándome, maldiciendo el que le hubiese arrastrado a ese lugar.
—¿Y ahora qué?—preguntó cuando estuvo fuera. Una vez cerró la puerta, ésta era imposible de distinguirse del resto de la pared.
Intenté pensar. En el manuscrito que David portaba sólo se mencionaban otros dos lugares, Barcelona y Chicago. Si la ciudad catalana me quedaba lejos, no quería ni pensar en cruzar el Atlántico a nado. Sin más pistas, ¿cómo seguir? Estaba a punto de dar por terminada mi pequeña aventura cuando lo vi. Justo frente a mí, con la misma gabardina negra y ese sombrero de ala ancha que tan sólo dejaba intuir que aquellos puntos de luz eran sus ojos. Su fría mirada no se apartaba de nosotros, hasta que hice ademán de moverme. Entonces, en apenas un instante, le perdí de vista. Salí corriendo, ignorando los gritos que Daniel profería. Lo busque al llegar a la calle, encontrándolo cuando estaba a punto de doblar la esquina y desaparecer.
Se internó en un cavernoso portal de madera carcomida. El paso de los años era visible en la fachada. Las escaleras crujían a cada paso. A medida que subía la oscuridad se hacía más densa. La única bombilla que pude ver estaba destrozada y, a juzgar por la capa de polvo que cubría los restos, nadie se había molestado en cambiarla desde hacía ya mucho tiempo. Llegué hasta el cuarto y último piso. Tan sólo una puerta entreabierta, a través de la cual se filtraba la poca luz que me permitía ver. Me adentré sin pensar dos veces si aquello podía considerarse allanamiento, pensaba que el edificio estaba deshabitado. Me equivocaba.
—Martín, que alegría verle.
Había cruzado el pasillo frente al salón sin fijarme demasiado. Me detuve al escuchar aquella voz rasgada por el tiempo. Pertenecía a un anciano, pelo canoso y escaso y mirada cansada. Vivía eternamente sentado en una butaca agujereada, que desprendía olor a humedad y polvo. Sus pupilas blancas miraban la nada. Mi mente pensó rápidamente en una excusa.
—Eh… Verá, yo…—comencé. Mejor dicho, balbuceé— pensaba que la casa estaba vacía… y vi entrar a alguien…
En el arrugado rostro del anciano se dibujó una sonrisa.
—Vamos, tome asiento—dijo, señalando al aire—. Hace mucho tiempo que no hablamos, Martín. ¿Cómo está su esposa?
—Se equivoca, señor. Me llamo Javier Valverde, y vine siguiendo…
—¿Ya sabe usted quién es la sombra que le seguía?—preguntó.
Me detuve en seco, repasando mentalmente lo que mi anfitrión acababa de decir. Conocía a una persona, Martín, a la que le seguía algo, una sombra según él. Tenía que averiguar quién era. Una idea pasó por mi mente.
—Creo haberle dicho ya un millón de veces que me tutee—dije, esperanzado.
Hubo una pausa que se me antojó eterna antes de su respuesta.
—Cierto—contestó él—, pero a estas alturas de mi vida, se me hace raro llamarle
“Eduardo”. ¿Verdad que no le importa cómo le llame?
—No, esté tranquilo.
Eduardo Martín. ¿Sería el mismo que aparecía en mi libro? ¿El mismo que se adjudicaba la autoría del incendio de Santander? Necesitaba saber más. Miles de preguntas se pasaban a la velocidad de la luz por mi cabeza. Tardé apenas un segundo en decidir la siguiente. Pero antes de poder siquiera plantearla se me fue la oportunidad. El anciano se había quedado dormido. Decidí regresar al día siguiente. Tras anotar la dirección mentalmente, me fui.
Aquella noche me quedé despierto hasta media noche, uniendo las pocas piezas de un puzle sin pistas, hasta que el sueño me venció. Soñé con Marina, su pelo rubio apoyado en mis piernas, su eterna sonrisa en el rosto. Estábamos en una estancia blanca, sin puertas ni ventanas. Sólo nosotros. Me incliné, buscando sus labios. Antes de llegar, las paredes ardieron. El fuego se propagó rápido, abarcando toda la habitación. Marina se quemaba. A mí las llamas no me hacían daño. Yo me quedé sólo. Ella se convirtió en cenizas.
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miércoles, 5 de agosto de 2009
Sangre
Para Saya, como pago por aquella barrita xD; y para Len, el último.
_______
Sangre.
La sangre fluye por mis cortes. La hoja, aun clavada en mi cuerpo, está manchada por el líquido rojo que de mi cuerpo emana. Y todo por ella.
Por ella.
Por ella decidí luchar, decidí arriesgar mi vida en una lucha sin sentido. Por ella bañé mi hoja en sangre una y otra vez, hundiendo de nuevo el gélido acero en otro cuerpo antes de poder limpiar la sangre que lo manchaba.
Por ella.
Por ella recorrí el mundo, luchando contra más contrincantes de los que era capaz de resistir, sobreponiéndome al dolor y levantándome una vez más. Por ella, innumerables veces derramé mi propia sangre.
Por ella.
Y ahora que ella ha encontrado un nuevo paladín, alguien más fuerte y mejor que yo. Ahora que ya no tengo motivo para luchar, mi sustituto apareció ante mí, apuntándome con su espada.
Sonreí. Ya apenas me quedaban fuerzas para alzar mi arma. El nuevo paladín avanzó, clavó su espada en mi pecho y dejó que mi sangre fluyera. Sin remordimientos, aquel hombre me arrebató mi vida, tal y como yo había hecho cientos de veces antes.
Por ella.
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_______
Sangre.
La sangre fluye por mis cortes. La hoja, aun clavada en mi cuerpo, está manchada por el líquido rojo que de mi cuerpo emana. Y todo por ella.
Por ella.
Por ella decidí luchar, decidí arriesgar mi vida en una lucha sin sentido. Por ella bañé mi hoja en sangre una y otra vez, hundiendo de nuevo el gélido acero en otro cuerpo antes de poder limpiar la sangre que lo manchaba.
Por ella.
Por ella recorrí el mundo, luchando contra más contrincantes de los que era capaz de resistir, sobreponiéndome al dolor y levantándome una vez más. Por ella, innumerables veces derramé mi propia sangre.
Por ella.
Y ahora que ella ha encontrado un nuevo paladín, alguien más fuerte y mejor que yo. Ahora que ya no tengo motivo para luchar, mi sustituto apareció ante mí, apuntándome con su espada.
Sonreí. Ya apenas me quedaban fuerzas para alzar mi arma. El nuevo paladín avanzó, clavó su espada en mi pecho y dejó que mi sangre fluyera. Sin remordimientos, aquel hombre me arrebató mi vida, tal y como yo había hecho cientos de veces antes.
Por ella.
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martes, 28 de julio de 2009
Alma en llamas. Capítulo I
La luz anaranjada del sol recién amanecido bañaba la ciudad de Santander, aún dormida. Esa misma luz se colaba por el único ventanuco del que disponía mi habitación, consiguiendo despertarme. Me revolví en la cama, tratando en vano de poder conciliar el sueño de nuevo. Cuando me rendí a la evidente realidad, abandoné el calor de las sábanas para ir, arrastrando los pies, hasta el baño. El agua de la ducha me ayudaba a despejar mi cabeza.
Me dejé caer sobre la cama, aún empapado, y miré a mi alrededor. La habitación, de por sí deprimente, entristecía aún más a aquellas horas de la mañana. La luz provocaba sombras extrañas, originadas por el escaso mobiliario de mi cubículo. Un armario, en cuyo interior se alojaba el espejo en el cual vivía el chaval escuálido y de pelo eternamente revuelto, tan parecido a mí. La cama sobre la que me encontraba, que cedía siempre bajo mi peso, y un pequeño escritorio completaban la decoración. Lancé una mirada hacia el calendario, aquel día rodeado de rojo. La marca sobraba, me habría sido imposible olvidar aquella fecha.
15 de febrero de 1957. El día de mi decimosexto cumpleaños.
Para mi desgracia, aquel era un día tan normal como los que le habían precedido y los que le seguirían. Era un día laboral, lo que en el idioma de un saco de hormonas andante se traducía como “levanta y a clase”. La eterna disputa entre quedarme en casa y vaguear o dormir la siesta sobre el pupitre se libró una vez más en mi cabeza mientras me vestía, sin pausa pero sin prisa. Caminé, bostezando, hasta la cocina.
Me senté en aquella estancia mientras esperaba a despertar completamente. A medida que mis sentidos se reactivaban, mi olfato captó el aroma del pan recién horneado, cuya masa mi padre trabajaba desde altas horas de la mañana. Él siempre decía que la panadería no le iba a jubilar antes de tiempo, pero que le bastaba con ganar para pagar las facturas. Y con ese objetivo trabajaba con ahínco, día a día.
—Buenos días.
Mi madre apareció en la cocina, con un croissant recién horneado entre las manos. “Esta es una de las ventajas de la panadería” pensé, devorando el bollo. Ella se limitó a mirarme, como hacía siempre hasta que iba a estudiar.
—Por cierto, Javier—me dijo, mostrándome una bolsa—. ¿Puedes llevarle esto a Gonzalo antes de ir a clase?
Asentí, aún con la boca llena. Tomé el vaso de leche que mi madre me ofrecía y lo vacié de un trago. Luego, tras mirar el reloj, cogí mi mochila y la bolsa y salí de casa corriendo.
El recado, naturalmente, consistía en llevarle su barra de pan integral —pues él se tomaba muy en serio la frase “mens sana in corpore sano”, a pesar de estar redondeado como un balón— a Gonzalo Bayón, amigo de mis padres y aquel que me inició en la lectura, hace ya diez años. Regentaba una modesta librería en la calle de Tantín, en el centro de Santander, a unos pocos metros de mi colegio.
—Buenos días— dije al entrar.
— ¡Javier! —me respondió con su euforia natural. Gonzalo, a pesar de su tamaño, se movía con rapidez. Me rodeó con sus brazos y me levantó, como si no fuera más que una pluma— ¡Feliz cumpleaños!
La bolsa con el pan se calló al suelo. Era incapaz de respirar; la falta de aire me mareaba. El librero me soltó, el aire que regresó a mis pulmones me pareció algo milagroso. Tosiendo recogí la bolsa del suelo y se la tendí a Gonzalo.
—Gracias por el reparto— dijo, probando el pan—. Incluso en tu cumpleaños te tienen trabajando. Pobrecito.
—No es nada, me pilla de camino a clase. Eso me recuerda… —miré el reloj, me quedaban diez minutos para entrar— que debo irme.
— ¡Espera! —me gritó cuando tenía una mano en el pomo de la puerta. Me volví. Él sostenía un paquete— Tu regalo.
Lo tomé. El regalo pesaba bastante. Mis manos se deslizaron sobre el papel, esperando abrirlo. Sin embargo, recordé que llegaría tarde si no me daba prisa, y eché a correr tras balbucear un “gracias”.
Legué a clase apenas dos minutos antes de que mi profesor, el padre Montero, hiciese acto de presencia. Tenía el pelo blanco y el rostro lleno de arrugas, muestra de que el paso del tiempo no perdona, ni siquiera a aquellos que dedicaron su vida a Dios.
—Buenos días— saludó con su voz grave y cansada—. Abrid los libros por la página 112. Rivas, empieza a leer.
Pasé la mañana medio dormido. A mi lado, David Monleón se dedicaba a “editar” los dibujos que adornaban el libro de texto a su gusto. El que ostentaba el título de mi mejor amigo era un chico escuálido, con el pelo rubio y ojos de un azul eléctrico, que se las daba de Casanova con dieciséis años.
—Sólo hay que saber cómo tratarlas— decía siempre. A menudo, su rostro daba muestras de que, por mucho que él dijera saber, a las damas no les gustaban mucho sus métodos. A pesar de los resultados, él siempre se empeñaba en darme consejos.
—Viéndote a ti, mejor quédatelos— le respondía cada vez que empezaba sus discursos.
Estos discursos siempre tenían la misma base, el espíritu de un hombre, y se venían dando desde una confesión que nunca debí haber hecho. Dicha confesión concernía a cierta chica rubia con la que me cruzaba cada mañana de camino a clase. Durante el breve periodo de tiempo en el que nos encontrábamos, mis ojos siempre buscaban esos trozos de cielo con los que era capaz, según mi imaginación, de ver a través de mí. De vez en cuando me daba cuenta de que nuestras miradas se cruzaban. Entonces mi vista se clavaba al frente, y ponía todo mi empeño en evitar enrojecer. Ella siempre sonreía educadamente. Tirando de amigos descubrí su nombre. Marina, que así se llamaba la chica que se fugó de mis sueños al mundo real, vivía en un pequeño piso en la calle Tantín, justo enfrente de la librería de Gonzalo. En mi cabeza solía imaginar que, estando yo dentro del establecimiento, ella apareciese con su eterna sonrisa en el rostro y me saludase. Era uno de los miles escenarios que planteaba, a modo de ensayo y error, para intentar encontrar una frase con la que entablar una conversación. La frase, para mi desgracia, no llegaba nunca.
Muchas veces, durante las horas lectivas, mi mente tendía a huir a un mundo en el cual fuese capaz de dirigirle la palabra. Era un mundo en el que todo salía como estaba planeado, que en nada se asemejaba a este. Recuerdo que aquel día me lo pasé en aquel mundo, del que sólo salí cuando las campanas daban las cinco. Esa tarde, David me arrastró hacia su casa siguiendo su rutina habitual de ruegos y amenazas. Su objetivo no era otro que lograr que le hiciera los deberes, algo que él llamaba “apoyo mutuo”.
—Claro. Tú me rascas la espalda hoy, yo lo haré mañana— soltaba siempre. Nunca llegaba ese “mañana”.
A regañadientes, y a sabiendas de que acabaría haciéndolo, decidí seguirle, más guiado por el estómago que por el sentimiento de amistad. Su madre, a cambio de las clases extras, solía invitarme a merendar. Sus postres caseros eran deliciosos.
Nos plantamos frente a su portal y seguimos el ritual de siempre: saludar e ir directos a la habitación de David. Allí, sacamos los libros y comencé a explicarle, sin mucho éxito. Él se limitaba a copiar lo que escribía yo mientas asentía de la misma forma que se le da la razón a un loco. Pasamos así el tiempo, como se nos iban las tardes habitualmente, hasta que llamaron a la puerta principal. David, haciendo algo inusual en él, se levantó y se dirigió a abrir.
—Javier, ¿puedes venir un momento? —Me llamó poco después.
Bajé las escaleras y lo encontré en el vestíbulo. Me hizo un gesto con la cabeza, indicando que entrase al salón. Abrí la puerta.
— ¡Sorpresa!
Me encontré rodeado de amigos y compañeros de clase. Incómodo y sin saber qué hacer, busqué a David, que ya se había perdido entre los invitados. Como salvación, apareció su madre portando una gran tarta.
Tras la merienda, decidí salir al balcón. Las grandes multitudes nunca se me habían dado bien. Me limité a ver pasar a la gente, esperando a que se fueran. Sin embargo, la mayor de mis sorpresas llegó mientras esperaba.
—Hola.
Me giré al escuchar una dulce voz a mi espalda, para encontrarme mirando aquellos trozos de cielo que me robaban el sueño. Marina se encontraba frente a mí, sonriéndome de una forma que yo sólo creía poder ver en ms experiencias oníricas.
—Ho… hola, Marina —acerté a decir.
—Tú debes de ser Javier, ¿cierto? –respondió. No parecía sorprendida ante el hecho de que supiera su nombre—. Tengo entendido que es tu cumpleaños.
Me limité a asentir, lentamente y en silencio, mientras intentaba no volverme rojo. Juré por lo bajo matar a David si salía vivo de esa. Estuvimos un rato parados, mirándonos el uno al otro, hasta que decidí que ya era hora de salir de allí. Sonreí educadamente, me despedí y me fui, evitando al máximo salir corriendo.
Llegué a mi casa poco después y sin aliento. No me detuve ni un momento a pensar, tan sólo intentaba alejarme de allí lo más rápido que pude. ¿Por qué? Ni yo mismo lo sé. Subí las escaleras y me encerré en mi habitación. Me dejé caer sobre la cama, lanzando la mochila. Al oírla caer, mi mente se iluminó. Salté, la recuperé y la abrí. Aún estaba aquel regalo sin abrir, desde que esa mañana lo apretujé entre los libros.
Allí, aislado del mundo, arranqué el papel que lo envolvía. Sus palabras surgieron ante mí por primera vez, envueltas en ese olor a viejo que dan la humedad, el polvo y el paso del tiempo. Aquel 15 de febrero de 1957 fue el primer día en el que aquellas páginas me mostraron el mundo que contenían.
Y aquel maldito día fue cuando lo descubrí. Un escalofrío me recorrió la espalda al girar la primera página. Dudé un segundo. Me lancé contra la ventana. Durante un fugaz segundo pude verlo.
Pude ver al hombre que me había estado siguiendo todo el día. Vestía una gabardina negra y llevaba un sombrero de ala ancha que le ocultaba casi toda la cara. Tan sólo sus ojos quedaban a la vista, unas frías pupilas que te atravesaban con la mirada. Un segundo después, aquel hombre ya no estaba.
Sin embargo, su breve aparición fue suficiente para desvelarme. Aquella noche, en la que el sueño nunca hizo aparición, estudié aquel libro, encuadernado a mano y en cuya portada no había ni título ni autor. Contenía tres historias distintas, tras las cuales se sucedían las páginas en blanco. Además, estas historias parecían haberse escrito por primera vez sobre ese papel, ya que era común encontrar tachones o correcciones, así como manchas de tinta. Pero lo más extraño era que cada historia parecía de un autor diferente, ya que el estilo de la letra difería mucho entre ellos. Comencé con la lectura del primer relato.
Me llamo Francisco Solar, y la locura me invade.
En las siguientes páginas, el protagonista narraba en primera persona como se iba sumiendo aun más en su locura interna, y en cómo la iba aceptando. Las cuartillas pasaron de tener una caligrafía pulcra y estilizada a letras temblorosas, tachones y manchas de tinta. Las últimas páginas de este capítulo estaban fechadas en el diez de abril de 1861.
¿Estoy loco? No. El resto del mundo está loco. ¿Necesito ser purificado? No. El resto del mundo debe ser entregado a las llamas. El fuego purificador es la única salvación de este mundo.
Esta noche, la ciudad de Barcelona y el resto del mundo arderán.
La fecha me sonaba, quizá de uno de los muchos datos con los que nos ametrallaba el señor Montero. Tomé un trozo de papel y la apunté, para después continuar con el siguiente capítulo.
Mi nombre es Eric Nicholas, y tengo miedo de mí mismo.
Eric relataba cómo el libro llegó a sus manos un día; cómo, tras leerlo, comenzó a soñar con escenas de incendios y cómo se iba interesando cada vez más por el fuego. En sus palabras leí el miedo que sintió al darse cuenta de que un hombre observaba sus pasos, pero que nunca llegó a verle el rostro. La última página que Eric
escribió databa de 1871.
Ocho de octubre, 1871.
La ciudad está podrida .La gente que la habita está corrupta. Este lugar debe ser purificado bajo el fuego sagrado.
Esta noche, la ciudad de Chicago y el resto del mundo arderán.
De nuevo, el mismo final. El autor del relato amenazaba con quemar la ciudad donde residía. Y en el siguiente capítulo comenzaba otra historia, con otro autor distinto. Apunté la fecha y proseguí.
Soy Eduardo Martín, y escucho la voz de la locura.
Martín narró en las siguientes páginas cómo, a causa de sus problemas económicos y sus pesadillas, iba perdiendo poco a poco la cordura. Contó cómo un día comenzó a escuchar una voz a la que aprendió a temer y respetar y cómo comenzó a sentirse atraído por las llamas. Y todo culminó el día que fue despedido.
Barón ha cometido su último error. Su demencia nos echará a perder a todos.
Pero eso tiene solución. El fuego arreglará sus errores. El fuego protegerá a mi familia de la locura. Aunque deba entregar mi alma para tal fin.
Hoy, quince de Febrero de 1941, Santander arderá.
Leí y releí la última frase que Martín escribió, probablemente, antes de su muerte. La fecha era exacta, me era imposible olvidarla. Ese día Santander se quemó desde la calle Cádiz hasta la de Sevilla. Si la historia era cierta, me encontraba ante las confesiones de los autores de aquellos incendios.
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