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domingo, 17 de abril de 2011

Lucha

Ojalá fuera tan fácil.
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El perdedor se levantó con ganas de pelear. Perdía su sangre, se precipitaba a su final. Sonreía, sin embargo. Atrapado entre la pared y un cañón, que apuntaba directamente a su frente. Aferraba un trozo de cristal. No se rendía.

—Te veré en tu funeral.

El hombre del arma reía. Calló. Se hizo el silencio. La explosión lo rompió. El aire se llenó de olor a pólvora quemada. El perdedor se echó atrás. Se apoyaba en la pared; la sangre manando del orificio de su cabeza. El hombre le dio la espalda.

—Lo siento, no estás invitado.

El hombre se volvió. Tarde. El perdedor se le echó encima. Clavó el cristal en su cuello. Cayeron. Inertes, muertos.

El perdedor cayó, no sin antes luchar. No sin antes ganar.
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martes, 29 de marzo de 2011

La lágrima de Artemisa

Allá donde haya un buen tesoro...

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—Hay que reconocer que los tiene bien puestos, ¿verdad, inspector?

El hombre al que iba dirigida la pregunta, un veterano del cuerpo siempre enfundado en una gabardina raída, se detuvo al instante. Ladeó levemente la cabeza, lanzando una mirada asesina al policía que le acompañaba, prudentemente situado dos pasos por detrás de su superior. Éste se detuvo al instante, eliminando la perpetua sonrisa que blandía desde aquella mañana.

—¿Le parece un tema para bromear, sargento?

—No, señor…— tartamudeó.

—Entonces, no las haga, Jackson.

—Es Johnson…— murmuró este.

El sargento se quitó la gorra y se pasó la mano por el pelo. Sin duda, James Graunt era un hombre con demasiado mal humor, y más si tenemos en cuenta la extraña nota que habían recibido hace una semana, remitida del museo. “Cuiden bien de la lágrima de la diosa, pasaré a recogerla el próximo sábado a media noche”, decía la carta. Firmaba simplemente Hermione.

—¡Anda que no se lo tiene creído la niña!— dijo el inspector al leer la nota, escrita con una pulcra caligrafía.

—Mira que anunciar el robo… Parece que confía mucho en su habilidad.

—No es sólo por eso. El nombre “Hermione” deriva de Hermes, el dios griego, el cual dicen que el día de su nacimiento robó el rebaño de su hermano Apolo.

—¿Y? — preguntó Johnson.

—Pero que poca cultura. Va a robar la “Lágrima de Artemisa”, que es la hermana de Apolo.

—No lo entiendo…

El inspector le propinó un fuerte golpe en la nuca que lo hizo tambalearse.

— No me sorprende.

Y allí estaban, en aquella enorme estancia, una semana después. Entraron a través de una de las tres puertas que permitían el acceso a la sala, la que quedaba justo enfrente del enorme cuadro que colgaba de la pared, abarcándola casi por completo. “El lamento de la cierva” representaba a la diosa Artemisa en pleno llanto, tirada junto al cuerpo inerte del animal que daba nombre a la pintura. La distribución era un capricho del director, ya que en la habitación sólo se guardaban el lienzo y una joya.

La Lágrima de Artemisa era un zafiro del tamaño de un puño. Ocupaba el centro de la sala, delante del cuadro de la misma diosa, sobre un pilar y cubierto por un cristal protector que hacía que saltase la alarma con solo estornudar sobre él. Aquel día, la sala estaba cerrada al público, y llena de agentes de policía.

— Me gustará ver cómo intenta robarla delante de mío… —James Graunt se apoyó en una pared, y haciendo caso omiso a los carteles que había por todo el recinto, encendió su pipa.

Quedaban treinta minutos para la media noche. Se hizo el relevo, y el grupo tomó posiciones. Cuatro hombres rodeando la joya, el resto distribuidos por parejas en las esquinas. El inspector seguía en el mismo sitio, mirando con atención cada mínimo movimiento. Examinó a cada uno de los agentes que estaban en la sala. Como había especificado, eran todos hombres. No quería pensar en la posibilidad de que la ladrona fuese miembro del cuerpo, pero no podía dejar nada al azar. Contó los minutos que quedaban para la hora mencionada en aquella nota. Quince.

—Jackson —dijo entones —, quedas al mando.

Abandonó la sala, bajo la incrédula mirada de todos. Caminó arrastrando los pies, cruzándose con los otros agentes que patrullaban el interior del museo. En menos de cinco minutos había abandonado el edificio.

—Vamos, chicos, relajaos —soltó Johnson en cuanto perdió de vista al inspector —. Nuestro personal está por todo el edificio, es imposible que entre aquí.

Se apoyó en la pared, en el punto exacto donde minutos antes había estado Graunt, y comenzó a imitarlo para el entretenimiento de sus compañeros. Entre sus carcajadas fingió tropezar y cayó al suelo. Se quedó tumbado en el suelo unos instantes. Sin duda, iba a ser una noche tranquila. A nadie se le ocurriría ir aquella noche a robar…

Lo vio caer durante unos segundos. Un pequeño cilindro de plata, que escuchó rebotar sobre el suelo fuera de su alcance visual. Sus compañeros miraban el objeto sin comprender del todo lo que era. Se levantó de un salto. Tarde. Era exactamente medianoche cuando la nube de humo llenó por completo la sala.

Johnson tosió. Oyó un ruido a su lado, como si alguien hubiera saltado y caído allí. Alargó una mano, intentando cogerlo. No atrapó más que humo. Escuchó un grito, un cuerpo cayendo al suelo. Y otro más, junto al primero. Después un crujido, un minuto de silencio, y nada.

La nube de humo se mantuvo cinco minutos, tras los cuales desapareció con una brisa de origen desconocido. Dos agentes estaban tirados en el suelo, inconscientes. Para alivio de todos, la joya seguía en su lugar.

—¡Aquí no ha pasado nada! —rió Johnson.

Esperó a que sus compañeros lo celebraran con él. Ninguno lo hizo. Todos miraban fijamente la pared que tenía detrás de él. Lentamente se giró. Y no encontró nada.

—¡Mierda!




Era una noche oscura, sin luna. La poza luz que había era la que se filtraba por el tragaluz del museo, en donde había un agujero lo suficientemente grande para una persona. Un agente de policía estaba tirado en el suelo, inconsciente. Y una mujer ataba con cuidado un paquete a una tirolina que terminaba en un edificio cercano. El bulto llegó hasta allí sin problemas. La mujer se preparó para seguirlo.

—Quieta —dijo una voz.

La mujer se detuvo. Se volvió lentamente. Un hombre, enfundado en una vieja y raída gabardina, la apuntaba con una pistola. James Graunt contó los pasos que podía dar antes de que ella saltase al otro edificio y quedase fuese de su alcance. Demasiados como para pensar siquiera en intentarlo.

—Hermione, ¿me equivoco?

—No, señor inspector—dijo ella. Llevaba un traje negro, que dificultaba verla en la oscuridad, y cubría su rostro con un antifaz del mismo color. Lo único que delataba su posición era aquel pelo rubio, brillante incluso con la poca luz, y los zafiros con los que miraba.

—Aléjate de la cuerda —ordenó.

Ella puso un pie en el borde del tejado, sujetando la cuerda con una mano. Había una caída de más de quince metros. Graunt dio un paso hacia ella. Hermione lo vio, le lanzó un beso de despedida y saltó. Hubo un fogonazo, seguido de un fuerte olor a pólvora. El metal se internó en la oscuridad de la noche, lejos de cualquier persona. Hermione se alejó llevándose el botín, como había anunciado. Delante de todos, y sin que nadie pudiese impedirlo, se había llevado la otra lágrima de Artemisa.
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lunes, 14 de marzo de 2011

Last song

Para tí. No sé si seré capaz de cumplir los términos de ese acuerdo... que no sé de donde te has sacado. Sólo espero que, si algún día lo logro, sigas teniendo el mismo número.

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Deslizo la mano sobre tu pelo rubio.
Te acercas, apoyando tu frente en la mía.
Sonríes, me miras,
siempre con esos ojos azules, llenos de vida.

—Te quiero— susurro.

Y veo felicidad en tus ojos.
Un segundo, apenas.
Después se transforman,
dos piedras azules sin brillo.
Ni vida ni pena.
Con el viento te vas
y la pesadilla comienza
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miércoles, 9 de marzo de 2011

Misterios de medianoche: Andy

Por que las grandes historias siempre se escriben en torno a una mujer.

Dedicada a la chica de mismo nombre, por permintirme usarlo xD.

Esta historia también puede convertirse en un pequeño concurso, que consistirá en adivinar quién es el asesino. El ganador se llevará como premio un beso del autor y una bolsa de aire. Ambos premios serán enviados por correo, así que si quereis participar, debeis evitar dejar comentarios de forma anónima.

¡Suerte!

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Las cortinas ondeaban al son del viento que entraba por la ventana abierta. La habitación se iluminaba por la tenue luz de la luna llena, que hacía que su pálida piel fuese aún más blanca. Ella dormía plácidamente, tumbada de lado sobre la cama. Abrazaba la almohada. Aparté un mechón de su cabello dorado y besé suavemente su mejilla, a modo de despedida.

—Adiós–murmuró ella en sueños.

Sonreí antes de abandonar la habitación. Ella despertaría sola, como cada vez que nos habíamos encontrado, siempre entre aquellas mismas cuatro paredes. Ambos teníamos claro que el resto del mundo no nos pertenecía. Eché a andar por aquella calle alejada de la mano de Dios. Me llevé la mano a la boca. Andy tenía un extraño hechizo en los labios, que te hacía desearlos cada vez más, cuanto más los probases.

Recuerdo la primera vez que sentí su roce. Ocurrió a las dos semanas de llegar a mi nueva casa. Aquel día rompí la primera de las tres reglas de mi señor: “Nunca entres en el estudio”. Trabajaba en aquella mansión como mayordomo. Había empezado una fría mañana de febrero. La primera persona que conocí allí fue Sebastián, el mayordomo mayor quien, con ese tono de quien acostumbra a ordenar y ser obedecido, me ametralló una serie de instrucciones a seguir mientras me guiaba por las distintas habitaciones. Me mostró la que sería mi alcoba, un pequeño cuarto de dos camas y un armario que compartiría con un tal Vincent. Me indicó que tras las puertas de madera carcomida del guardarropa encontraría la poca ropa que iba a necesitar, apenas un par de esmóquines, elegantes a la par que viejos. Ordenó que me vistiera y partiera hacia el comedor, donde sacaría brillo a la cubertería de plata. Desapareció tras lanzarme unas indicaciones rápidas.

Cuando llegué a aquella sala, perpetuamente iluminada por el perenne fuego de cientos de velas, había un hombre que, ataviado con las mismas prendas que yo, dedicaba su esfuerzo a limpiar el suelo escoba en mano. Tenía el pelo negro y los ojos oscuros, con una divertida mirada en ellos. Al verme, dejó caer su instrumento y vino hacia mí a paso ligero, con una sonrisa en la cara.

—¡Hola! Tú debes de ser mi nuevo compañero—gritó con euforia, estrechando mi mano—. Me llamo Vincent. ¡Encantado!

—Yo soy Patrick—dije, flexionando los dedos. Él empleó mucha fuerza en su saludo—. El gusto es mío. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Dos años—respondió—. Si necesitas ayuda, pregúntame. Supongo que te ha mandado aquí para que limpies la cubertería, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas.

—Es la forma que tiene Sebastián para dar la bienvenida a los nuevos. Lo hizo conmigo, al igual que con los otros tres que estuvieron aquí antes que tú. Espero que tengas mucha paciencia.

Me mostró un juego de mil piezas, divididas en cucharas, tenedores, cuchillos y cucharillas, todo cuidadosamente colocado en un armario. Junto a él encontré los productos que necesitaba, preparados para su uso. Mientras limpiaba, Vincent me fue hablando de la casa y de sus habitantes. Otras dos personas trabajaban en el cuidado de la casa, ambas mujeres de pelo rubio. La primera de ellas respondía al nombre de Natasha Carstairs, era la encargada de la cocina. Vivía encerrada en su mundo, en el que tan sólo podía entrar su compañera. La otra era Lizzie Harris, una mujer tímida y torpe encargada de la limpieza de la casa, centrada sobre todo en las habitaciones de la señora. Ambas compartían una habitación contigua a la nuestra, que Sebastián se encargaba de cerrar cada noche y abrir cada mañana.

Me habló también del señor de la casa. Samuel Howells era un hombre que rondaba los cincuenta, de pelo cano y mirada cansada. Conocido por ser un feroz negociador, sus empresas abarcaban un amplio abanico de sectores. Era respetado y temido. Se le relacionaba con un amplio número de cargos públicos y casos de corrupción; a nadie le pasaba inadvertido el hecho de que era investigado hasta cada momento que dedicaba a su aseo personal. Junto a su fiel Sebastián había creado una serie de reglas, que todos, tanto invitados como miembros del servicio, debían cumplir.

—La primera de todas—comenzó Vincent— es que nunca debes inmiscuirte en los asuntos del señor Howells. Aunque veas que está enterrando un cadáver con sus propias manos en el jardín.

—¿Cadáver?

—Bromeaba—rió—, era un ejemplo tonto. La segunda es que nunca debes entrar en el estudio del señor Howells, a menos que él te invite a pasar.

—¿El estudio es esa habitación al final del pasillo del primer piso? La del ala oeste.

—Esa misma—afirmó—. Y la última de todas es “nunca salgas de tu habitación a partir de la media noche”. Oigas lo que oigas.

—¿Y si tengo que ir al baño?

—Te lo haces encima—respondió con sorna—. Además, yo he añadido una, de mi propia cosecha. Nunca, y por nada del mundo, te acerques demasiado a la señora Howells. Ya sabes a lo que me refiero.

—¿Y por qué querría yo acercarme a esa mujer?

—Lo entenderás cuando la veas.

Unos minutos después coloqué la última cucharilla en su sitio. Quedaba una media hora antes de servir la cena, tiempo que empleé para estirar los músculos agarrotados. Vincent ya empezaba a poner la mesa. El mueble me pareció de un tamaño excesivo para una cena de dos personas. Él emitió un gruñido, que entendí como una petición de ayuda.

—¿Pongo los cubiertos que acabo de limpiar?—pregunté.

—¿Esos? No, que va. No son más que adorno.

Y se rió con ganas al ver mi cara. Me dijo que era la misma que él había puesto cuando le contaron que la cubertería, en sí, no valía mucho. Que era más bien como una broma, una tradición, una prueba que todos los mayordomos de esta casa debían pasar. Se rumoreaba que incluso Sebastián la había hecho. Yo no podía imaginármelo realizando tal labor, por mucho que lo intentase. Con esa imagen en la cabeza, caminamos hacia la cocina.

—¿Cómo serviremos la comida?

—Sebastián anunciará el nombre de cada plato, mientras Lizzie y yo servimos la cena.

—Entonces, ¿no debo hacer nada?
—
Tan sólo quédate en la cocina, esperando por si hace falta algo.

Me señaló una puerta que daba a una habitación contigua al comedor. A través de las rendijas de la puerta se escapaba el delicioso aroma de la comida recién hecha. Natasha, siempre frente a los fogones, se esmeraba en preparar una cena de dos platos y un postre, con una presentación impecable. A su lado, Lizzie conversaba con ella en lo que parecía un monólogo improvisado.

—Chicas, este es Patrick—me presentó, con un gesto—. Patrick, ellas son Natasha y Lizzie.

—Encantada—dijo Lizzie, bajando la mirada. Natasha ni siquiera movió los ojos, clavados en un chuletón de ternera.

—Igualmente—respondí.

Esperé un par de minutos a que alguien dijese algo, pero la habitación se mantuvo en silencio. Natasha daba los últimos retoques al postre mientas Vincent devoraba un trozo de pan huérfano que había caído en sus manos. Lizzie mantenía la mirada clavada en el suelo. Iba a abrir la boca cuando apareció Sebastián.

—Estamos listos—saltó Vincent—. Saldré en cuanto lo digas.

—Esta vez no, Vincent—dijo Sebastián, arrastrando las palabras—, el señor Howells ha especificado que sea Patrick.

—¿Yo?

—Sí, tú—confirmó—. Limítate a servir los platos tras la presentación y mantén la boca cerrada. A partir de mañana, será Vincent de nuevo quien sirva la cena.

Me preparé mentalmente para la inesperada salida a escena. Lizzie cogió dos platos, me tendió uno y se encaminó a la puerta, precedida por Sebastián. Yo iba el último. Él anunció el plato; mi compañera, como si de un robot se tratara, se encaminó hacia el lado de la mesa en el que se encontraba la señora Howells. Le llevé el plato al señor y regresé a la cocina. De reojo, me fijé en aquella dama.

Andy Howells era una mujer hermosa; calculé que tendría veinticuatro. Tenía el pelo rubio y liso, que caía elegantemente sobre su espalda, y una penetrante mirada azul. Por un segundo, pude ver cómo nuestros ojos se cruzaban, fue una sensación que duró un instante.




Las campanas de una iglesia cercana daban la media noche. A unos metros de mi, Vincent dormía tirado sobre su cama completamente hecha. Yo no era capaz de conciliar el sueño. Aquella fugaz sensación al sentir los ojos de Andy sobre los míos regresaba cada vez que cerraba los ojos. No se había vuelto a dar durante la cena. Aún estaba ella en mi cabeza cuando escuché las primeras notas. El sepulcral silencio que reinaba en la mansión fue sustituido por una lenta melodía arrancada de un piano.

—Estás despierto, ¿verdad?—preguntó Vincent.

—Sí—contesté—. ¿Quién está tocando?

—No lo sé, no he podido averiguarlo. Podría ser cualquiera…

La música se repetía cada noche, cinco minutos después de las doce. Siempre la misma canción, de unos veinticinco minutos, tocada una sola vez. Vincent me dijo que aquel ritual se daba desde mucho antes de que llegara él.

—Sea quien sea—dijo Vincent la octava noche tras mi llegada—, toca en el estudio. Pero nunca me he atrevido a entrar.

—Me encantaría saber quién es…

—¿Te atreverías a comprobarlo?

Saltó de la cama sin darme tiempo a responder. Abrió el armario de par en par. A la escasa luz que había en nuestra habitación, que se colaba desde el exterior, parecía la entrada de una profunda cueva. Vincent se agachó, golpeando con los nudillos el suelo de madera. Sonaba a hueco. Me levanté mientras retiraba unas tablas. Forcé la vista, intentando ver qué hacía a través de la oscuridad.

—Es un túnel—Vincent adivinó mis pensamientos—, lleva hasta el baño del servicio de la planta baja. Sólo tienes que subir las escaleras y verás la puerta del estudio.

—Está demasiado oscuro, ¿cómo voy a ver por dónde voy?

Él sacó una vela y una caja de cerillas de aquel agujero. La encendió y me la tendió.

—¿Te atreves?

Aquella fue la primera ver que rompí una de las reglas del señor Howells.

En apenas dos minutos llegué al aseo, y tardé uno más en alcanzar el estudio. Contando el tiempo que había estado hablando con Vincent, disponía de otros diez para reunir el valor para mirar antes de tener que regresar. Me debatí durante ese tiempo, en silencio. Antes de darme cuenta descubrí que la pieza estaba a punto de terminar, y tuve que abandonar la tarea y huir. Repetí aquella “estrategia”, por llamarla de alguna manera, durante las siguientes tres noches, sin obtener mejor resultado.

La duodécima noche tras mi llegada fue distinta. Vincent vino conmigo.

—Tengo asuntos que atender esta noche—se excusó al salir del baño—. Suerte.

Y se fue. Yo recorrí el camino hasta el estudio acompañado por los primeros acordes de aquella melodía que tanto me fascinaba. Esta vez vi la puerta entreabierta. La empujé levemente, lo justo para que me permitiera ver el interior.

El instrumento era un piano de cola negro. Lo tocaba la mujer más hermosa que había visto nunca. Su pelo rubio caía sobre su espalda, que el vestido negro que llevaba dejaba al descubierto, formando tirabuzones perfectos. Sus párpados ocultaban sus ojos azules mientras sus manos se deslizaban con maestría sobre aquel teclado. Aquella noche, Andy Howells parecía una mujer surgida de un sueño.

—Entra—ordenó sin dejar de tocar.

Aquella noche rompí la segunda de las reglas del señor Howells. El estudio era una habitación grande, con las paredes cubiertas de estanterías repletas de libros y el suelo enmoquetado. Un exuberante escritorio se situaba justo frente a la puerta, controlándolo todo. El piano se situaba a su izquierda, junto al lujoso mueble bar. Supuse que de allí había sacado Andy la copa de vino.

—Buenas noches, Patrick.

Me sorprendió examinando el cuarto. En el breve instante en el que bajé la guardia, ella clavó su mirada en la mía, tomando las riendas de aquella representación.

—Buenas noches, señora Howells.

—Andy—corrigió—, al menos mientas estemos solos. Sírvete.

Señaló con la cabeza la copa que descansaba sobre el piano. La tomé y la vacié antes de devolverla a su sitio.

—No debería estar aquí—dije.

Ella hizo un gesto que interpreté como la petición, no orden, de que guardase silencio. Escuché la melodía en su totalidad desde mi privilegiada posición junto al instrumento. Andy tocaba con los ojos cerrados, sin partitura y sin cometer error alguno, como si fuera un autómata perfectamente programado. Disfruté cada nota, cada silencio, hasta su final. Después, Andy se levantó. Me puso la copa en la mano y la llenó. Volví a vaciarla. Me la quitó. Seguí con los ojos la ruta que siguió el cristal hasta posarse sobre la negra madera. Ella no apartó la mirada de mí. En apenas un instante se adueñó de mis labios, proporcionándome la mejor sensación que había sentido nunca. Un hormigueo recorrió cada centímetro de mi cuerpo. Cuando quise reaccionar, ya había terminado, ella se había ido. Regresé a mi habitación, vacía. Vincent aún no había vuelto. Aquella noche me dormí recordando el dulce sabor de los labios de Andy Howells.

Por la mañana seguía sin haber rastro de mi compañero. La puerta, como cada mañana, volvía a estar abierta. Me dirigí a la cocina, muerto de hambre. Comencé a bajar las escaleras, peldaño a peldaño. Y entonces lo vi.

Tenía los ojos bien abiertos, las piernas juntas y los brazos en cruz. Atravesaban su cuerpo decenas de cuchillos, que lo mantenían clavado en la puerta principal a un metro del suelo. La sangre, ya seca, había manchado su siempre impecable esmoquin y formado un charco de sangre bajo él. Pero lo más inquietante estaba en su rostro. Incluso muerto, Vincent seguía sonriendo.
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miércoles, 23 de febrero de 2011

Ciudad de susurros.

La historia que escribí para un concurso, el cual, a pesar de que la votación terminó hace tiempo, sigue sin tener ganador.


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—Líder bueno, líder genial…

La ciudad se sumía en un sueño oscuro. Las calles se iluminaban tan sólo por la escasa luz lunar que se filtraba entre las nubes. Las farolas estaban apagadas, el corte de energía resultaba demasiado perfecto para ser casual.

—Ten cuidado, o él te matará…

Dos personas, apenas unos críos, paseaban ocultos en las sombras de aquella ciudad de susurros. El que canturreaba aquella canción tenía el pelo rubio, lleno de rizos, casi negro en aquella noche cerrada, y unos divertidos ojos azules. Apenas llegaba a los ocho años. Caminaba siempre dos pasos por detrás del otro, que parecía mayor que el rubio. Concretamente, un año mayor. Su pelo era negro como el azabache y sus tímidos ojos tenían un mirar oscuro. Las ropas de ambos estaban desgastadas, rotas por numerosos sitios y pedían a gritos un lavado. El mayor se detuvo en seco.

—¡Alex, cállate!—dijo, gritando en voz baja—. Vas a hacer que nos descubran.

—¿De qué tienes miedo, Víctor? —preguntó el más pequeño, deteniéndose.

—De que nos cojan y nos metan en un orfanato. ¿Por qué tengo que seguir las órdenes de ese niño? —El moreno se detuvo también. Pronunciaba las eses como zetas, lo que parecía hacerle mucha gracia a Alex. El rubio no se contuvo al soltar una sonora carcajada—. ¡Cállate ya!

—Tranquilo, tranquilo. El líder siempre se preocupa de que la casa esté vacía. Podríamos incluso pasar la noche allí. Comer comida caliente, dormir en una cama…

—¡Está loco! ¡No puede mandarnos a robar, así por así! Sólo somos niños. Y, además…

Alex no lo escuchaba. Canturreaba de nuevo la canción mientras caminaba, dejando a Víctor pasmado. Tras unos segundos, el mayor lo siguió. Evitó al gato negro, que lo examinaba con sus penetrantes ojos verdes como si pudiese ver a través de él.

—¿Qué hago yo metido en este lio? —se decía a sí mismo, en apenas un susurro.

Hacía dos días que “el líder” apareció en su vida. Estaba sentado en una esquina de la calle, mendigando unas monedas para comprar comida. Apenas le llegaba para una barra de pan; la gente ni se molestaba en mirarlo, evitando el sentimiento incómodo. Intentó levantarse para gastarse sus ganancias cuando se encontró con unos inquietos ojos azules. Era la primera vez que veía a Alex.

—¿Estas sólo?—preguntó el pequeño.

Víctor asintió con la cabeza. El rubio indico con un gesto que lo siguiera. Intrigado, se dejó llevar. Un poco después llegaron al casco antiguo de la ciudad. Allí, mirase donde mirase, sólo se encontraban los restos de una urbe que en otro tiempo brilló. Tan sólo quedaban edificios en ruinas, que nadie se molestó en reparar. Construyeron en torno a ellos, trasladando el centro urbano y abandonando la zona. Alex se colaba entre las tablas que bloqueaban la puerta de uno de aquellos edificios, una antigua tienda de la que no quedaba ni el cartel. Cartones ocupaban ahora el lugar de los cristales. Víctor imitó al rubio. Lo encontró parado en el centro de la habitación, mirándolo fijamente.

—Espera aquí—dijo, dejándolo solo. Poco después, un chico, que ocultaba su rostro tras una máscara que sólo permitían intuir que aquel brillo eran unos ojos, apareció. Era más alto que Víctor, y se cubría con una capa. El recién llegado lo examinó sin mediar palabra.

—¿Y tus padres?—preguntó tras una eternidad de silencio.

—No tengo. Murieron en…

El enmascarado lo cortó con un gesto. Paseó a su alrededor. Víctor temía que aquel fuego en su mirada lo hiciese estallar en llamas. Explotar y desaparecer. Como un juego de pirotecnia.

—¿Tu nombre?

—Víctor—respondió él. El miedo paralizaba su cuerpo.

—¿Quieres una familia, Víctor?

Durmió allí aquella noche, en una habitación contigua. Alrededor suyo, en la penumbra, vislumbró la silueta de otros chicos, probablemente con su misma fortuna. Cinco sombras llegó a contar. Cuando amaneció ya no estaban allí. Tan sólo encontró a Alex, quien le ofrecía leche y galletas. Devoró el desayuno de la misma forma que la comida y la cena. Durante el día no vio a nadie más.

Con el siguiente amanecer lo despertaron temprano. De nuevo estaba sólo en la habitación. Mientras bostezaba escuchó una voz. El líder lo llamaba. Entró en el cuarto privado del enmascarado, el único que estaba amueblado decentemente. Junto a la cama había un pequeño escritorio, con dos sillas a cada lado. Una la ocupaba el Líder. Éste le indicó a Víctor que ocupara la otra.

—Tu anticipo se terminó ayer—dijo lentamente—. Es hora de hablar sobre la forma en la que ayudarás a la familia.

Y procedió a relatarle el motivo por el que se hallaba allí, frente a un edificio de reciente construcción. Era una casa de madera, con una sola planta y grandes ventanales, cuyas persianas estaban cerradas completamente. Víctor se preguntó cómo entrarían allí. Se acercó al viejo coche que estaba aparcado justo enfrente de la vivienda.

—Eh, mira, está abierto—dijo.

—Olvídalo—respondió Alex—. Está tan destartalado que seguro que no tiene nada.

Precedió al mayor en el camino hasta la parte de atrás. Antes de que Víctor preguntase, el pequeño le tendió una piedra, señalando al cristal que ocupaba la mayor parte de la puerta. Al ver que iba a protestar, ordenó:

—Hazlo, o vuelve a la calle.

El moreno lo miró durante un instante. El brillo de aquellos ojos azules había adquirido un tono inquietante, que no supo descifrar. Sin darle tiempo a repetir la orden, lanzó la piedra con todas sus fuerzas. Los trozos de cristal se esparcieron por el suelo. Alex aprovechó el agujero para abrir la puerta, y entró con decisión. El más mayor aún dudó al poner un pie en el interior.

Encontró al pequeño en lo que parecía ser el salón principal. El niño revolvía cajones, registraba armarios e incluso desgarraba cojines con ansia animal. Al ver entrar al moreno, le tiró un saco que sacó de Dios sabe dónde y le indicó por señas que lo llenase en otra habitación. Se plantó en el comedor y se puso a mirar por encima, evitando fijarse en cualquier objeto que tuviera algo de valor.

—Así no vas a conseguir nada…—canturreó una voz a su espalda. Alex estaba sentado en una silla, meciéndose de izquierda a derecha y con una extraña sonrisa en los labios—. Ven, te enseñaré.

Dio un salto, le sacó la lengua al cruzarse con el mayor y repitió el mismo proceso que el otro le había visto hacer. De vez en cuando le lanzaba cosas, para que las metiese en su saco. Sobre él la madera crujía.

—Alex…—dijo de pronto Víctor—, creo que hay alguien.

—Mete también esto—seguía el rubio, sin hacerle caso. Le tendía una cubertería.

— Alex, ¿me has oído?

—Si el Líder dijo que no hay nadie, es que no hay nadie—afirmó—. ¿Verdad, señor?

Víctor se giró lentamente. En la puerta del comedor había un hombre. Alto, moreno y ojos negros llenos de furia. Estaba paralizado bajo el efecto de esa mirada. Alex, sin embargo, se acercaba sonriendo.

—¿Verdad que la casa está vacía?—insistía.

—¿Qué hacéis en mi casa?—rugió el hombre.

Todo ocurrió en un instante. Alex se abalanzó sobre el anfitrión. Demostrando una gran agilidad, trepó hasta su cuello. Hubo un fugaz destello. De pronto, un charco de sangre. Y el hombre caía, incapaz de articular palabra. Estaba muerto. El pequeño se levantó y fue a abrazar a su compañero.

—Lo siento, Víctor—dijo en un susurro—, pero tú no le vales.

La plata de aquel cuchillo atravesó la carne si ninguna dificultad. El mayor sintió un fuerte dolor durante apenas una fracción de segundo. Después, nada. Su cuerpo inerte apenas hizo ruido al caer de espaldas, sobre un charco que mezclaba la sangre de ambas víctimas.

Instantes después, Alex se alejaba de la casa, saltando mientras cantaba.

—Líder bueno, Líder genial… Ten cuidado, o él te matará…

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viernes, 28 de enero de 2011

Yo no he sido

Y el canto de la muerte se dejó oir en la sienciosa noche...

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La aguja del reloj se movía con lentitud. Marco esperaba impaciente los últimos cinco minutos antes de poder fichar e ir a casa. Había sido un agotador día de trabajo, y ansiaba regresar a casa, darse una ducha y tirarse en el sofá a ver el partido, con la compañía de su fiel jarra de cerveza fría. Terminó de archivar unos documentos en el preciso instante en el que su reloj de pulsera emitía el pitido que señalaba las ocho en punto. Recogió todo con rapidez y salió corriendo a los aparcamientos del sótano del edificio.

Arrancó el coche. Salió a la calle, deshaciendo el camino que le llevaba cada mañana al trabajo. Maldijo al detenerse por culpa de un atasco. Era hora punta, ¿cómo se le pudo ocurrir atravesar el centro de la ciudad?

—¡Maldita sea, moveos!—gritó, golpeando con fuerza la bocina.

El tiempo pasaba ahora con rapidez, aunque Marco no se desplazó mucho. Antes de que se diese cuenta, en la radio comenzó la retransmisión del partido. Decidió salir en cuanto pudiese, y dar un largo rodeo para intentar llegar antes. Cuarenta y cinco minutos después de salir del trabajo, Marco llegaba a casa. Su equipo perdía por dos goles a cero. Suspiró, metiendo la llave en la cerradura.

—¡Ya estoy aquí!—gritó al entrar.

—¡Papá!

Marco sonrió. Tenía delante a una criatura, de seis años de edad—seis y medio, como solía recordar ella— mostrándole esa sonrisa angelical. La niña lo miraba con aquellos ojos azules, escondiendo las manos detrás de la espalda.

—¿Qué tienes ahí, hija?—preguntó él, revolviéndole el pelo. Su madre se lo había dejado tan corto que se la podía confundir con un niño.

—Nada, papá.

—Mentirosa… En fin, ¿y tu madre?

Ella bajó la mirada.

—Yo no he sido…—dijo, casi en un susurro.

—¿Qué ha pasado?

La niña dejó caer algo. Se escuchó el sonido del metal golpeando el suelo. El leve brillo que el objeto emitía atrajo la atención de Marco. Era un cuchillo, con la mayor parte de la hoja bañada en sangre. Al igual que las manos de su hija.

—Yo no he sido—repitió, al borde del llanto.

Marco corrió, buscando en todas las habitaciones. Encontró a su mujer en su dormitorio, tirada sobre la cama. No pudo evitar caer de rodillas al suelo. La expresión de terror en el rostro de la mujer hizo que le recorriera un escalofrío por la espalda. En su pecho se apreciaban los numerosos cortes que aquel cuchillo había hecho. Su mano aferraba el peluche favorito de la niña.

—Yo no he sido—afirmó por tercera vez su hija, desde el umbral de la puerta.

—¿Viste al que hizo esto?—preguntó Marco, sin apartar la mirada del cuerpo inerte.

La niña entró en la habitación arrastrando los pies. Alzó la mano derecha, cubierta de la sangre de su madre, señalando a un armario. Él se levantó, caminando hacia donde ella le indicaba. Abrió la puerta de golpe, listo para golpear al asesino hasta la muerte. Se encontró con unos ojos, que brillaban en la oscuridad. Sus ojos. Su propio reflejo lo miraba desde el espejo. Marco suspiró, notablemente aliviado al ver que estaban solos. Poco después sintió un fuerte dolor. Las piernas cedieron, y cayó de nuevo. Se llevó la mano al costado, ahora sangrante. Giró la cabeza.

Su hija mostraba una sonrisa macabra. Una gota de la sangre paterna resbalaba por su mejilla. De nuevo blandía el cuchillo, bañado por aquel líquido escarlata.

—Cariño, ¿pero qué…?

—Yo no he sido—rió la niña, hundiendo de nuevo el metal en el cuerpo de su padre. Él aulló de dolor al sentir como el gélido acero atravesaba su estómago. Ella extrajo lentamente el cuchillo, para volver a clavarlo con una fuerza increíble para un niño de su edad. Esta vez atravesó las costillas, rozando el corazón. La cuarta estocada fue más certera. Cinco tajos más lanzó la niña sobre su padre, hasta su muerte.

La niña dejó caer el cuchillo. Su padre la miraba con ojos vacíos. Ella arrebató el peluche a su madre.

—Vámonos, osito—dijo.

Saltando salió de la casa. Se alejó calle abajo, su vestido empapado dejaba un rastro de sangre por donde pasaba. Era una noche fría y silenciosa. Lo único que rompía aquella paz era la alegre canción que la niña cantaba, bailando con su peluche.
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miércoles, 26 de enero de 2011

A la luz de la luna llena

"¿Quieres saber lo que estas manos, que han cometido todo tipo de atrocidades, pueden hacerte a ti?"

¡¡50 entradas!! Yujuuuuu xD

Hermanita, esta va por ti xP.

Todo parecido con la realidad es mera coincidencia.
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Él, con la espalda apoyada en la barra, bebía solo aquella noche. Su pelo y ojos eran del mismo y oscuro color que su traje. Parecía estar esperando, mirando a la gente a su alrededor. El dueño de aquel local, un tanto excéntrico, había hecho abrir el techo. Para poder observar la luna, decía. Lo cierto es que, gracias al invento, se ahorraba un buen pico al no encender la luz en noches como aquella, de luna llena.

La espera se terminó. Él sonrió, tomando otro trago. A su lado, un hombre se dejó caer sobre la barra. Bajito, calvo y gordo, con traje y maletín. Llamó al camarero con un gesto, pidiéndole un Manhattan.

—La luna está preciosa esta noche—dijo.

—Si fuera un diamante, lo sería aún más—contestó el recién llegado—. ¿Eres Seth?

—Eso dicen. He oído que tienes un trabajito para mí.

Como respuesta, el hombre abrió el maletín, sacando un sobre que le tendió a Seth sin dejar ver el interior. Él sacó la foto que había en su interior. La miró un segundo, antes de volver a meterla y cerrarlo.

— ¿Está seguro del objetivo?—preguntó, extrañado.

—Sí. Muy seguro. ¿Ahora el famoso asesino resulta ser un cobarde?

—Es el trabajo más raro que he hecho en mi vida—rió—. ¿Alguna indicación más?

El hombre negó con la cabeza.

—Está todo ahí. Se hará a plena luz del día, mañana durante el desfile. Te situarás en una habitación de un hotel cercano, desde donde hay unas buenas vistas de la calle principal. El arma a emplear te espera allí. Ahora, hablemos de negocios.

—Serán doscientos mil—dijo Seth—. Cien ahora y cien tras el trabajo. Y no acepto regatear.

De nuevo el hombre abrió el maletín, mostrando su contenido.

— Creo que así está bien—dijo, entregándole una llave. Después se marchó, arrastrando los pies.

Seth se quedó un poco más. Había visto cómo una mujer hacía acto de presencia. Tenía el pelo rubio, formando tirabuzones que caían elegantemente sobre su espalda, y poseía un brillo en sus ojos azules capaz de hechizar a cualquiera que los mirase. Venía enfundada en un vestido de un oscuro negro, que resaltaba aquella palidez de diosa. Caminó hasta la barra, situándose junto a Seth, y llamó al camarero, que ardía en deseos de satisfacer sus peticiones.

—La luna está preciosa esta noche—dijo Seth, blandiendo su mejor sonrisa.

—Eso dicen—respondió ella.

Él se inclinó, acercándose a su oído.

—¿Quieres saber lo que estas manos, que han cometido todo tipo de atrocidades, pueden hacerte a ti?



Lentamente Seth desnudó a aquella mujer. Con suavidad besó cada centímetro de su piel. Ella gemía. Sentía que su propia piel la quemaba. Gritó cuando, con fuerza y delicadeza a la vez, él la penetró. Y volvió a gritar cuando sintió el placer en cada célula de su cuerpo. Seth la dejó caer con delicadeza sobre la cama. Porque todo había que hacerlo con calma.



Amanecía. En la calle, los barrenderos limpiaban las aceras mientras los empleados del ayuntamiento colocaban barreras. Una paloma alzaba el vuelo, una pareja de ancianos se sentaban en un banco. Poco más ocurría. En un hotel cercano, en una de las habitaciones de los pisos más altos, un hombre examinaba la ciudad minuciosamente. La mujer que lo acompañaba se marchó, agradeciendo la compañía.

Una vez estuvo satisfecho, Seth se vistió. Con tranquilidad, empleando el tiempo necesario. Como con todo. Lentamente, limpió y montó el rifle francotirador que le habían dado para el trabajo, junto con un maletín con el resto del pago.

—¿Cómo sabréis que ahora simplemente no me iré?—preguntó cuando le dieron el dinero.

—Porque sabemos que tu reputación es lo más importante para ti, y que no quieres que se sepa que has fallado en un trabajo.

Encajó la última pieza del rifle y se sentó a esperar, el frio metal del arma apoyado en el pecho. El desfile no comenzaría hasta una hora después. El tiempo pasaba lentamente… como todo.


Apoyó el rifle en el marco de la ventana. Quedaban poco más de dos minutos para que apareciera el blanco, si todo iba según lo previsto. Ajustó la mira, observando a través de ella a una multitud de soldados marchar. Precedían a un descapotable en el cual iba sentado un hombre. Seth rió; aquel mismo hombre había estado hace dos noches con él. Vio por un segundo el brillo de su cabeza pelada, recordando la conversación que habían tenido.

— ¿Está seguro del objetivo?

—Sí. Muy seguro.


Apuntó entre los ojos. Se tomó su tiempo, observando al blanco saludar. Pasó una mano por el cañón mientras el hombre se inclinaba a susurrarse algo a su chofer. Con la misma suavidad que empleaba en los roces, caricias y besos, apretó el gatillo. Al fin y al cabo, disparar guardaba muchas similitudes con amar a una mujer.

Alrededor del coche se hizo el caos. La atracción principal yacía sobre el asfalto, con un agujero de bala entre los ojos. La sangre manaba lentamente, dando una sensación de tranquilidad. Seth abandonó el hotel media hora después, con mucha calma.

—Después de todo—murmuró—todo el mundo tiene derecho a elegir cómo morir.
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lunes, 13 de diciembre de 2010

Acero ardiendo

Voy a matar a Miguel... ¡wiiiii!

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Era una noche cerrada, de lluvia perpetua. Alguien corría por callejones, evitando las calles principales. El eco de sus pasos, pisando charcos, era el único sonido en aquel silencio sepulcral. Vestía una gran gabardina y un sombrero, ambos oscuros, y llevaba una mano oculta entre la ropa.

—No… ¡No! ¡Detente!


Se detuvo, apoyándose en una pared para recuperar el aliento. La lluvia le empapaba. Se dejó caer, resbalando en el muro. En el suelo, se miró las manos. Desprendía un fuerte olor a pólvora, que el agua no lograba llevarse.

—Debe… Debe ser un sueño…—murmuraba—Yo… Yo no quería…

Él lo miraba, siempre con esos aires de superioridad. Siempre un elegante traje y una sonrisa prepotente. Estaban solos, ocultos a ojos ajenos. Y él reía. Se burlaba de aquel hombre que le suplicaba de rodillas, tirado en un gran charco. Lo dio la espalda, pensando que aquel despojo humano no suponía ningún peligro. No sabía hasta qué punto se equivocaba.

—Seré magnánimo contigo—dijo él—, te ayudaré.

No se dio cuenta de que aquel despojo humano no le hacía caso. El hombre del sombrero se levantó, lentamente, sacando un arma de la gabardina. Al del traje le bastó un segundo para abandonar el despotismo.

—Tranquilo, tranquilo. Podemos hablarlo.

El otro no entendía palabras. Lo veía abrir y cerrar la boca, pero no escuchaba sonido alguno. Alzó la pistola, apuntando a la frente…
—No… ¡No! ¡Detente!

… y guiado por la rabia, apretó el gatillo.


—¿Qué he hecho?— se preguntó.

Sacó la pistola del bolsillo. El cañón, aún caliente, humeaba. La tiró. Saltaron chispas cuando el metal impactó con la pared. Durante apenas un segundo, hombre y arma se miraron. Después, él se arrastró a recogerla. El brazo derecho, el que había disparado, aún temblaba por el retroceso. ¿O era el miedo? Daba igual, no importaba. Empezaba a sentir algo dentro de él, que lentamente desaparecía. Y que hasta ahora no había reparado en su existencia. La sensación de poder que lo inundó al ver cómo el cuerpo inerte de aquel trajeado idiota iba perdiendo la sangre lo abandonaba. Necesitaba más.

Recargó la pistola y se levantó. Caminó lentamente, arrastrando los pies. Y el pobre desdichado que se encontró con él lamentó rápidamente aquel encuentro.
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martes, 30 de noviembre de 2010

Hoguera

Retazos de una pesadilla.

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Los rayos del sol del mediodía me cegaban. Frente a mí se congregaba la gente, esperando el inicio del espectáculo. A mi lado un hombre, vestido con una sotana negra, contemplaba desde lo alto de la plataforma la multitud. Un segundo antes me había mirado, sus ojos negros clavados en los míos, una sonrisa maliciosa en el rostro.

—Debes alegrarte— me dijo—. Eres de los pocos afortunados a los cuales se les organiza una función para ellos solos.

Yo intenté liberarme, sin éxito. Aquellas cuerdas eran muy resistentes. Estaba atado a un tronco que se alzaba sobre una montaña de madera. Una pira. Y aquel bastardo de Dios se burlaba de mí en mis últimos momentos. Él mismo se había encargado de mis interrogatorios en las cárceles secretas de la Inquisición. Su oscura mirada delataba el odio que me profesaba.

Mi calvario había empezado—según mis cálculos— hacía una semana. Me había despertado tirado en una fría y oscura celda. Golpeé la puerta, grité que era un error, que no había hecho nada malo, hasta que me quedé sin fuerzas. Nadie vino. Una eternidad después la puerta se abrió. Dos hombres me cogieron por los brazos y me arrastraron sin ningún cuidado. Me lanzaron al interior de otra habitación, iluminada por la luz de una vela. Se apoyaba sobre una mesa, junto a la cual encontré una silla. Sentado allí esperé de nuevo, evitando mirar el tercer mueble de la estancia.

Aquella fue la primera vez que lo vi. Monseñor Lucio vestía, como siempre, una túnica negra. Tenía el rostro marcado por las arrugas, y el poco pelo que le quedaba era cano. Y sin embargo en sus ojos brillaba un fuego perenne. Entró, haciendo caso omiso de mi presencia hasta que se fijó en que ocupaba la única silla de la sala. Me derribó de una patada, la colocó y se sentó. A su lado se situó alguien a quien mis ojos no alcanzaban a ver del todo, tan sólo el sombrero de ala ancha que llevaba.

— ¿Es usted Marco de la Rosa?—preguntó.

Traté de levantarme apoyándome en la pared. Algo en mi interior no quería estar por debajo de alguien como él. Abrí la boca para responder, cuando me di cuenta de algo.

—No lo sé—respondí.

Su ilustrísima simplemente se rió ante mi respuesta. Le hizo un gesto con la mano a su acompañante, que se inclinó. Pese a estar junto al foco de luz no fui capaz de ver su rostro. Susurró algo, y abandonó la estancia. El otro se incorporó, sonriendo. Sus dientes brillaban en la oscuridad. Me propinó una patada en el estómago. Me doblé por el dolor. Entonces volvió a arremeter, descargando un golpe en mi cabeza que me lanzó al suelo. Después me levantó, dejándome caer sin cuidado sobre una tabla. En mis muñecas y tobillos se cerraron unos grilletes. Luego escuché cómo giraba una rueda, y comenzó mi tormento. Cuando Monseñor Lucio regresó, mi brazo derecho estaba totalmente desencajado, y no sentía las piernas.

— ¿Eres ahora Marco de la Rosa? —inquirió de nuevo, riendo.

Respondí lo mismo que la vez anterior y las veces siguientes. Tras cada sesión de tortura me repetía la pregunta, obteniendo siempre la misma réplica. Él simplemente reía, iniciando después un nuevo martirio. Hasta que, al interrogarme, le escupí en la cara. Se limpió con la capa de su lacayo y dijo:

—Es culpable.

De nuevo sonrió el del sombrero. Cargó conmigo con facilidad y me lanzó al interior de un carro. No tenía forma alguna de ver a dónde me llevaban. Mis temores eran ciertos. Al bajar me encontré el tronco que llevaba mi nombre. Y poco después, a la multitud inquieta, esperando un buen espectáculo.

— ¿Tus últimas palabras?—rió Monseñor.

Alcé la vista, mirando al pueblo con todo mi odio. Ansié que se incendiase el pueblo, que murieran todos. Deseé con todas mis fuerzas ver arder a aquel por cuya mano me habían condenado a la hoguera.

— ¡Escóndete! —grité— ¡No te atrevas a dar la cara! ¡Te aseguro que descubriré quién eres, y volveré de la tumba para llevarte conmigo!

El pueblo se mofó de mí. Pronto se hizo el fuego. Las llamas quemaban mi cuerpo sin hacerme daño. Mi fin estaba próximo. Nada iba a salvarme ya. El viento se llevaba las cenizas de lo que antes habían sido mis piernas. Lentamente perdía el cuerpo. Y, justo antes de exhalar mi último aliento, la vi. Del cielo caía una rosa roja de tallo plateado.
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viernes, 26 de noviembre de 2010

Rosa plateada

Al fin he logrado darle un uso apropiado a ciertas lineas que escribí hace poco.
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Ella, enfundada en un vestido que terminaba antes de llegar a las rodillas, con las piernas cruzadas y una mano sobre el regazo, me miraba divertida, sentada en un trono que presidía aquella cavernosa estancia. Sostenía una flor única, una rosa roja de tallo plateado, con la que ocultaba la sonrisa que blandía sin apartar sus ojos azules de los míos. Su pelo rubio caía sobre sus hombros y espalda, los cuales aquella fina tela dejaba al descubierto.

Estaba solo con aquella mujer en una sala amplia, circular, con un gran número de columnas formando una rueda. Se iluminaba por el perenne fuego de una enorme lámpara de araña, colgada de un techo tan alto que ni las llamas alcanzaban a alumbrarlo. Intenté recordar cómo había llegado allí. No pude. Tampoco pude rememorar nada anterior a encontrarme frente a esa figura escapada de un cuadro renacentista. Parecía que había nacido en ese mismo instante, por obra de aquella mujer. Di un paso hacia ella.

— ¿Dónde estoy? —Pregunté.

Me respondió con un gesto de su mano. Me detuve al instante. La mujer se puso de pie. Lanzó la rosa, que quedó clavada a apenas unos metros de mí. Su sonrisa era ahora completamente visible, me asustaba y hechizaba al mismo tiempo. Alzó el brazo, dando comienzo a lo que ella llamó “la prueba”.

Ante mí apareció una criatura monstruosa. Su cabeza recordaba a la de un toro, sin ser tal. El cuerpo era el de un león, y se alzaba sobre las patas de un caballo. Los brazos parecían humanos, aunque cubiertos de pelo; cada uno de ellos era más grande que mi cuerpo entero. En la cola silbaba una serpiente, y de su espalda nacían dos grandes alas de plumas negras. Esta imagen me paralizó por completo. Al reparar en mi presencia rugió, exhalando fuego a su vez. Extendió hacia mí una enorme mano, intentando atraparme. Lo esquivé en el último segundo, tras recuperar la movilidad. Sin darme tiempo a reaccionar atacó otra vez, lanzándome contra la pared y rompiendo una columna de paso. Sus ojos inyectados en sangre no dejaban de mirarme. Los míos recorrían la estancia, buscando un lugar donde huir, algo con lo que defenderme. Vi que algo brillaba en el suelo.

Me fijé en la flor clavada en el centro de la habitación, la cual no era ya una rosa. El tallo plateado se había transformado en una espada, en cuyo filo se reflejaba la luz del fuego. En la empuñadura, una piedra con forma de capullo resplandecía con un leve fulgor. Un rubí. Me lancé a la desesperada, evitando como pude los golpes que lanzaba y que pasaban a escasos centímetros de mi cabeza. Pude cogerla. La hoja era ligera. La interpuse entre la bestia y yo. El monstruo miraba mi acero como si se tratase de un palillo de dientes.

La criatura exhaló fuego de nuevo. No tenía dónde esconderme. Estaba de nuevo paralizado, viendo a cámara lenta como las llamas se acercaban a mí. Cerré los ojos, esperando una muerte certera. Ésta no llegaba. Reuniendo el poco valor que me quedaba, los abrí de nuevo. No había ni humo no fuego, sólo un intenso fulgor proveniente del rubí. La empuñadura ardía, sin causar dolor. La agité, liberando el incendio que había devorado. La bestia rugió de dolor. Cayó al suelo. Sin darle tiempo a levantarse trepé por su pecho, hundiendo el acero en él. Un nuevo bramido cruzó el aire. El monstruo expiró.

Me giré. La dama aplaudía, radiante. Me acerqué a ella, arrodillándome al llegar. Requirió mi espada, la cual apoyó sobre mis hombros.

—A partir de hoy—dijo—, serás mi paladín.
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martes, 2 de noviembre de 2010

Portador de calamidades

Espada maldecida, temida por miles.

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Resuena el eco de gritos agonizantes en mi cabeza.
Cientos de cuerpos caen a mi alrededor.
Su sangre da color a mi espada,
segadora de vidas sin compasión
Ángel caído, me llaman.
Niego la comparación.
De espíritu tengo poco,
tan sólo blando la destrucción.

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viernes, 22 de octubre de 2010

Quemar tu piel

Versos, de nuevo escritos en un mal momento.
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Quiero sentir de nuevo el roce de tus labios,
al broche de tu sujetador vencer,
hacerte estremecer
al deslizar por tu cuerpo mis manos.
Te quiero poseer,
hacerte mía por unas horas,
y que, al amanecer,
eches de menos mi aliento sobre tu piel.

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lunes, 11 de octubre de 2010

Conciencia tranquila

Idea surgida de mezclar neuronas y alcohol barato.
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Noche cerrada. Un local de mala muerte y peor música. Un hombre apoyado en la barra, la cara oculta tras los brazos y apretando una botella vacía con la mano, blandiéndola cual espada contra la conciencia.

Él se lleva el cristal a la boca. Cuando el cuello de la botella llega a sus labios se da cuenta de que no queda nada. Ruge, llamando al camarero. Éste se niega. "Sin dinero no hay alcochol" rie. "Y tú ya has bebido bastante", añade. El hombre lo maldice, arrastrando en su camino a la salida la botella vacía y la conciencia muerta.

Antes de salir se cruza con la causa de todos tus problemas, encerrados en el cuerpo de una mujer. Ella le grita, asegurando estar preocupada. Rie, pues ya sabe la verdad. ¿Preocupada? Y una mierda. Su amante ya se preocupó de ello.

Trata de irse, pero ella no le deja. La grita, se lo echa todo a la cara. Y lo niega. Vuelve a decírselo. Que les ha visto juntos. Y sigue negándolo. "Seguirás mintiendo siempre", dice. Y antes de que responda, termina con esta falacia. Los restos de la botella se mezclan con la sangre. Y él se va con la conciencia tranquila.
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viernes, 24 de septiembre de 2010

Versos

Apenas unas lineas. Palabras escritas con sangre, empleando como pluma una espada.

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Ven.
Déjame comprobar cuán afilada está tu espada,
muéstrame las heridas de tus batallas,
y después, enfréntate a mí.
Y que las palabras se las lleve el viento.


Aquí, con esta hoja,
forjada con acero y justicia,
arrepiéntete de tus pecados.
Y que encuentres felicidad en la muerte.


Cuando acabe con tu vida,
con este mortal filo
maldíceme eternamente.
Por que quien te arrebató tus esperanzas perdió las suyas.


Que tus falsas palabras se olviden,
que tus sueños mueran contigo.
Que tu alma impura sea libre.
Porque a partir de hoy nadie te recordará.

Cae en la oscuridad del olvido.

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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Requiem

Algo que iba a publicar el mes que viene, una vez estuviera terminado, pero ya no hay ganas.

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A veces demasiado rápido, a veces demasiado lento, pero siempre en tu contra.
Intentas atraparme, en vano. Fluyo, escapandome entre tus dedos. Y tú, impotente, te detienes a mirar como me marcho, sin volver la mirada atrás y destrozándote a cada segundo. Llevándome lo mejor de tí y dejándote todo lo malo.

Por que yo soy el tiempo, y estoy hecho de la misma materia que tus pesadillas.
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jueves, 9 de septiembre de 2010

Sabueso. Las desapariciones de vagabundos

Es lo que tiene ver series de misterio londinense xD
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El sol del crepúsculo iluminaba las frías calles de Londres, aquella tarde de invierno. Una helada brisa agitaba las ropas de los transeúntes, que terminaban sus quehaceres diarios. Las sirvientas terminaban las compras, los niños jugaban en la nieve y algún noble disfrutaba de un paseo con su esposa. Todos y cada uno de ellos hacían caso omiso de los gritos que escapaban de un callejón cercano. En él, un grupo de hombres, borrachos tras una tarde de alcohol, apaleaban a un mendigo que se encogía en el suelo, pidiendo clemencia.

Solo hasta que el vagabundo escupió sangre, aquellos hombres se dieron satisfechos. Lo abandonaron allí, a su suerte, mientras buscaban una taberna donde celebrar su victoria. El mendigo se arrastró con las pocas fuerzas que conservaba hasta la calle principal. Allí, como de costumbre, nadie reparó en él. Sus palabras no tenían valor.

El errante se cayó. Sus escasas fuerzas, fruto de días sin comer, lo abandonaron. Los caminantes ni siquiera cambiaron su rumbo por él, pasaban sin cuidado sobre su espalda. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se aferró a la capa de uno de ellos.

—Por favor…— rogó—. Ayúdeme…

— ¡Cómo te atreves! —Rugió el otro— ¡Suéltame!

Al ver que sus gritos no surtían efecto, descargó una serie de golpes contra el cuerpo del mendigo, quien pronto lo soltó. Con un gesto, el noble que lo había pegado llamó a dos de sus mayordomos, los cuales lo apartaron de la calle. Lo dejaron en un portal cercano y, sin mediar palabra, siguieron a su señor. El mendigo, entre suspiros de dolor, cogió algo de nieve y se la llevó a su cuerpo herido. Después, tomó otro poco y se lo llevó a la boca.

—Al menos tengo algo que beber…—susurró.

Se apoyó en la pared y cerró sus oscuros ojos. Se pasó una mano por el sucio pelo negro y se cubrió con la raída capa, buscando algo de calor. Mientras murmuraba una oración, una mano cálida se apoyó en su mejilla. Al mirar, se encontró con un niño de apenas diez años. Le sonrió.

— ¡Alen, aléjate de él! —gritó una mujer, quien rápidamente levantó al niño y se alejó.

El mendigo se preparó para pasar la noche allí mismo. Se acurrucó, tratando de conciliar el sueño. De fondo oía el sonido de un carro, acercándose. Se detuvo, a apenas unos pies de él. Ni siquiera abrió los ojos cuando dos hombres lo levantaron, ni opuso resistencia cuando lo introdujeron en el maletero.

Cuando los hombres pararon se encontraron al mendigo durmiendo. Sin ningún cuidado, cargaron con él. Lo llevaron al interior de un gran caserío, por la puerta de atrás y aprovechando la noche para esconderse. El vagabundo abrió los ojos cuando retiraban su ropa. Cuando le quedaban la sucia camisa y los rotos pantalones, una voz habló:

—Dejadlo así, el resto lo haré yo.

Los dos hombres lo colgaron con las cuerdas que salían de la pared, y rieron antes de salir. El tercero, quien había hablado, caminó hasta que la luz de una vela le iluminó. Era alto, con poco pelo y un espeso bigote. Sus pequeños ojos se clavaban en el vagabundo, y su rostro ofrecía una mueca macabra. En sus manos sostenía un látigo

—No esperaba que un Vizconde estuviera detrás de los asesinatos de mendigos, Philip—dijo el vagabundo

— ¿Que falta de respeto es esa? ¡Llámame “Vizconde Hamleigh”, basura! —El hombre descargó un latigazo sobre el pecho del mendigo—. Que alguien mate a un vagabundo no se le llama “asesinato”. Es más bien… un favor a la población.

— ¿Favor? No me hagas reír —el vagabundo mostraba ahora una sonrisa confiada que enfurecía al vizconde—. Di lo que quieras, esto es un crimen. Y tu título no te salvará del castigo.

— ¿Quién va a castigarme? Nadie se enterará de lo que estoy haciendo. ¿Acaso crees que saldrás con vida? ¿Realmente piensas que vivirás?

Sin dejarle mediar palabra, Hamleigh lanzó un golpe detrás de otro. La sucia camisa pronto se hizo jirones, y adquirió un característico color rojizo. El mendigo al que se la había quitado no sabría nunca la suerte que tuvo el día que un misterioso hombre, que ocultaba su rostro bajo un sombrero de ala ancha y una gabardina negra, se ofreció a darle ropas limpias y nuevas a cambio de las suyas.

—Realmente, Philip—dijo el mendigo—, no veo motivo alguno por el que no pueda salir con vida de aquí.

Hamleigh se puso furioso al oírle hablar. Se preparó para azotarle en la cara, para partirle la boca y que dejase de hablar. Decidió que después disfrutaría cortándole las cuerdas vocales mientras su víctima intentaba gritar de dolor. Con esto en mente, dio un paso al frente, dispuesto a descargar un golpe letal, imaginando cada corte que le haría. Quizá debido a esa distracción no vio venir la patada que el mendigo le propinó en el rostro, ni la pequeña navaja que sacó de la manga y que en ese momento trabajaba para liberarlo. Cuando pudo reaccionar, el vagabundo apretaba el filo contra su cuello.

—Aquí tenéis vuestro castigo, vizconde—escupió, mientras deslizaba la navaja por el cuello, seccionando la yugular. Hamleigh trataba de gritar, pero no era capaz de emitir sonido alguno. El mendigo cogió su capa raída, de la que extrajo una pipa, tabaco y cerillas. Abandonó la mansión mientras disfrutaba del humo.


A la mañana siguiente los periódicos anunciaban la muerte del Vizconde Hamleigh, que fue hallado en un sótano lleno de instrumentos de tortura. Se le relacionaba con el caso de los vagabundos desaparecidos. Erik Regan, quien había salido a por café, le pagó a un niño por un diario, en el cual leería los detalles mientras disfrutaba el aroma del triunfo.

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martes, 7 de septiembre de 2010

Cansancio

Esto es lo que da el mal humor.
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Ya me cansé… Me cansé de ser ese perro fiel y adorable que te acompañaba a todas partes, meneando el rabo de una forma patética. Deje de ser ese indefenso animal que te hizo compañía durante toda su vida. Ese ser terminó ya, abandonó esa vacía existencia.

Su orgullo le impidió seguir mendigando las caricias cuando lo abandonaste, cuando se arrastraba con las patas heridas buscando algo que comer. Una vez se dio cuenta de que lo único que le quedaba eran recuerdos. Su vanidad recién descubierta rió. Maldecía el haberme vendido por tan poco. Me maldecía a mí.

Aullaba. Caminaba, arrastrando los pies, buscando un lugar donde descansar, donde refugiarme en aquella fría noche. Allí, en mitad de la nada, tan sólo me rodeaba oscuridad. Me deje caer, agotado de andar en ninguna dirección.

— Un día—dije—, morderé tu cuello y me llevaré tu sangre. Y entonces, mientras la última gota del líquido mortecino se resbala por mis labios, dejarás este mundo con un suave gemido de placer.
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jueves, 5 de agosto de 2010

In the air tonight

Para celebrar la nueva imagen del blog, una historia basada en una imagen de Retos Ilustrados. El título pertenece a una canción de Phill Collins.


Para ella
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Me muero. Siento la agonía, el terror, correr por mi cuerpo. Su voz me susurra al oído. Palabras vacías, carentes de sentido, desfilan una detrás de otra, escapándose, llevándose mis sentidos.

Mi rostro se hunde en mis manos. Tirado contra una pared, escondido del mundo, espero la hora final. De lejos, como surgiendo de una antigua radio, se oye un griterío, apenas más fuerte que un susurro. Mi muerte será un espectáculo.

Siento un golpe en el suelo, seguido de otro. Pasos, fuertes y lentos, acercándose a mí. Una mano en mi hombro, una voz en mi oído.

Es la hora.


Me levanto. La misma mano me tiende algo. No logro distinguirlo, tan sólo lo aferro. Quiero que ese objeto me salve, lo necesito. Lo llevo conmigo, siguiendo los pasos hacia el olvido.

Y salgo de las sombras a la luz cegadora. El griterío pasó de murmullo a estruendo ensordecedor. A ambos lados, a mi lado, encuentro caras conocidas. Sonriendo. Allí comienza el espectáculo.

Allí muero de nuevo.

Y resucito al compás de la música. Mis manos ya no son las de un moribundo, si no unas expertas en arrancarle hermosas melodías a mi guitarra, ese instrumento que me permite resucitar.

Porque la vida, mi vida, no es más que una muerte que termina al pisar el escenario.

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jueves, 22 de julio de 2010

Reflejo

Reto del foro Retos Ilustrados

Para ella

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— ¿Quién eres?

Bestia maldita con mis ojos, mirándome desde su reino al otro lado del espejo. Reflejo maldito, mostrando su sonrisa ensangrentada. Dios de su mundo de muerte.

—Tu otro yo.

Contestas con arrogancia, usando mi misma voz.

Tu mundo se opone al mío. Me encierran las cuatro paredes entre las que estoy condenado a permanecer. Tan solo este espejo me acompaña. Este trozo de cristal, que muestra al ser que me aterra y fascina a la vez. A mí mismo.

Agitas la copa, sentado en tu trono. Salpicas el espejo del líquido rojo que contiene. Tu lado queda manchado por la sangre que mis manos derramaron.

—Nuestras manos.


—Si… ¡No!

Pateo el espejo, roto en mil pedazos. Los aplasto, una y otra vez, hasta que ese ojo igual al mío deja de observarme. Respiro, seguro de librarme de esa voz.

—Nunca me iré… al menos no sin ti.


La voz retumba en la habitación. Hace estragos en mi mente. Me ataca las entrañas.

Mis manos dejan de obedecerme. Le obedecen a él, a mi otro yo, quien las guía hacia nuestro cuello. Pronto perderían su fuerza, cuando su amo exhalara su último aliento.

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viernes, 16 de julio de 2010

Olor a muerte

Para variar, un poema a medio escribir que hoy Nei me "ayudó" a terminar.

Para ella
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Destello. Grito. Anhelo.
Deseo fugaz de sueño,
de vivir una pesadilla,
de despertar sintiendo.

-Llora, llora, pequeña,
que tus lágrimas bañen tu rostro
mientras sientes el gélido acero
atravesar tu torso.

Cuerpo inerte, tirado en el suelo,
vida escapando, bajo su libre deseo.
Muerta exhalando su último aliento.

Sangre derramada,
el pecho abierto por una daga.
Ojos vidriosos mirando a la nada.

Olor a muerte.
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