Para Saya, como pago por aquella barrita xD; y para Len, el último.
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Sangre.
La sangre fluye por mis cortes. La hoja, aun clavada en mi cuerpo, está manchada por el líquido rojo que de mi cuerpo emana. Y todo por ella.
Por ella.
Por ella decidí luchar, decidí arriesgar mi vida en una lucha sin sentido. Por ella bañé mi hoja en sangre una y otra vez, hundiendo de nuevo el gélido acero en otro cuerpo antes de poder limpiar la sangre que lo manchaba.
Por ella.
Por ella recorrí el mundo, luchando contra más contrincantes de los que era capaz de resistir, sobreponiéndome al dolor y levantándome una vez más. Por ella, innumerables veces derramé mi propia sangre.
Por ella.
Y ahora que ella ha encontrado un nuevo paladín, alguien más fuerte y mejor que yo. Ahora que ya no tengo motivo para luchar, mi sustituto apareció ante mí, apuntándome con su espada.
Sonreí. Ya apenas me quedaban fuerzas para alzar mi arma. El nuevo paladín avanzó, clavó su espada en mi pecho y dejó que mi sangre fluyera. Sin remordimientos, aquel hombre me arrebató mi vida, tal y como yo había hecho cientos de veces antes.
Por ella.
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miércoles, 5 de agosto de 2009
domingo, 15 de marzo de 2009
Lágrimas de sangre
Este va dedicado a Len. Mañana son dos meses de matrimonio y nunca le he hecho un regalo... Es muy corto, pero espero que te guste.
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El fantasma lloraba lágrimas de sangre. Condenado al purgatorio y separado eternamente de su amor en vida, así era su tortura. Para él no había redención.
El fantasma ansiaba la libertad, ansiaba verla, ansiaba pasar la eternidad junto a ella. Pero los dioses no le concedían su deseo. Ese era su castigo. Pasaba el tiempo sentado, recordando su vida y llorando su sangre.
La eternidad pasaba lentamente. El dolor era insufrible, la espera insoportable. El fantasma sabía que no aguantaría toda la eternidad, que pronto rogaría desaparecer. Y entonces los dioses tampoco cumplirían ese deseo.
Su destino era llorar sangre eternamente. Leer más...
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El fantasma lloraba lágrimas de sangre. Condenado al purgatorio y separado eternamente de su amor en vida, así era su tortura. Para él no había redención.
El fantasma ansiaba la libertad, ansiaba verla, ansiaba pasar la eternidad junto a ella. Pero los dioses no le concedían su deseo. Ese era su castigo. Pasaba el tiempo sentado, recordando su vida y llorando su sangre.
La eternidad pasaba lentamente. El dolor era insufrible, la espera insoportable. El fantasma sabía que no aguantaría toda la eternidad, que pronto rogaría desaparecer. Y entonces los dioses tampoco cumplirían ese deseo.
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