El filo de la katana cortaba el aire con movimientos fluidos. A cada movimiento, segaba una vida. A cada corte, un chorro de sangre emanaba del cuerpo de mi enemigo, manchando tanto mi arma como mi armadura del líquido mortecino. El viento llevaría el olor a sangre durante varios meses.
Los cuerpos inertes, víctimas del filo de mi arma, caían a mi alrededor. Ya no importaba si eran aliados o enemigos. Tan sólo importaba mi katana, manchada por el líquido rojo de la muerte. La furia me invadía, nublando mis sentidos.
Miré a los ojos a los hombres que había a mi alrededor. Sus ojos reflejaban el miedo que sentían, paralizando sus cuerpos. Parecía como si estuvieran esperando morir. Pronto se cumpliría su deseo, en el momento en el que sentirían el gélido tacto del metal.
La lluvia comenzó a caer, al tiempo que el último de los hombres caía, en un vano intento de eliminar todo rastro de la sangrienta batalla que momentos antes había acontecido. En tan feroz contienda solo hubo un superviviente, aquel al que pronto llamarían el dios de la muerte.
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