martes, 18 de octubre de 2011

50 milímetros

Llevo tres días con esta historia en la cabeza, desde que me fijé en el pequeño maletín de póker de mi hermano pequeño. El truco está en darle vueltas tomando una copa xD.

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La limusina avanzaba calle abajo, bajo las luces de colores de los rótulos de neón que los bares, pubs y discotecas usaban para atraer a la gente. El dilatado vehículo atraía las miradas de todos los transeúntes, como solía ocurrir en el caso de los automóviles que, si tuvieran un par de metros más de largo, no podrían doblar las esquinas. Mijaíl podía verlos a través de la ventanilla, sentado en la parte de atrás. Intentaban averiguar quién iba dentro. Aquel espectáculo siempre le hacía gracia.

—Debimos usar otro vehículo--dijo el chófer—, la limusina llama demasiado la atención.

—Precisamente por eso lo elegí, Dimitri—respondió Mijaíl, con calma.

Necesitaba un coche que atrajese las miradas. ¿Y hay algo mejor que una limusina para hacerlo?

Su objetivo iba algunos metros por detrás; un todoterreno negro, cuyo conductor hablaba por una radio. Se mantenía a dos coches de distancia, sin perder de vista la negra carrocería. Había sido demasiado fácil; la policía ya les seguía la pista. El conductor asintió con la cabeza, dejó la radio a un lado y sacó la mano por la ventanilla. Al instante se dejó oír el ensordecedor grito de la sirena, acompañado por su fiel luz de color alternado, rojo y azul. La limusina siguió su trayecto, ajena al mundo, como si las señales que le hacía el todoterreno no fuesen con ella. Mijaíl observaba la escena desde su cómodo asiento...

En la parte de atrás de un Chevrolet negro.

—Te dije que funcionaría—comentó en voz alta.

—Sí, pero sigo diciendo que, si hubiéramos dejado la limusina en el garaje, habría sido igual.
—Y, según tú, ese coche patrulla estaba aquí por casualidad, ¿no? Lo sabes tan bien como yo, sabían que estaríamos aquí.

—¿Y eso qué significa?

—Está claro—siguió Mijaíl—, tenemos un topo. Y ten por seguro que averiguaré quién es.

Abrió su chaqueta y sacó del bolsillo interior un revólver Magnum del calibre 45. El mango era de cuero negro y el cañón brillaba como la plata recién pulida. El día que se lo habían regalado, su vigésimo noveno cumpleaños, el revólver estaba oculto en el fondo de una caja, bajo una gran sandía. Cuando sacó la fruta miró alrededor. Pensaba que se trataba de una broma, que en cualquier comento alguien gritaría “picaste”. Al ver el pequeño estuche al fondo sonrió. Y al abrirlo, entendió que la sandía formaba también parte del regalo. El revólver descansaba sobre un pañuelo negro, junto con seis balas. Cargó cada una de ellas en el tambor mientras alguien ponía la sandía sobre una mesa. Mijaíl apuntó y disparó. La bala atravesó la fruta sin mayores problemas; a la mitad del recorrido del proyectil la sandía estalló, volcando su contenido sobre la mesa, las paredes y algunos de los presentes. Mijaíl tuvo un instante para pensar si la cabeza de alguien explotaría de la misma forma, antes de sentir la fuerza del retroceso golpeando su hombro. Sabía que existía, pero no que fuese tan fuerte. Tuvo una semana el brazo en un cabestrillo.

Desde entonces llevaba el revólver en el bolsillo interior de la chaqueta, al lado contrario de la nueve milímetros con silenciador, tan práctica y manejable. En el tambor del Magnum aún quedaban cinco balas más.
Esperaba no tener que emplearlo aquella noche. Se trataba sólo de una entrega, nada más. Un pequeño maletín. Llegar, dejarlo y marcharse. Un trabajo fácil.
Cuánto se equivocaba.
El letrero era discreto, apenas se veía en la oscuridad de la noche. “Mantente alejado de aquellos lugares que intentan pasar desapercibidos”, pensó. Nunca se ocultan por una buena razón. Dimitri aparcó el coche en la parte de atrás y le abrió la puerta. Mijaíl bajó portando el maletín. “Parece mentira lo que se puede hacer con un maletín del todo a cien”. Entró detrás del chófer, y cruzaron una estancia en penumbra que hacía las veces de antro de mala muerte. El camarero les indicó una puerta detrás suyo con la cabeza, mientras limpiaba un vaso sucio con un trapo aún más mugriento. El pasillo que guardaba estaba mejor iluminado, aunque no mucho mejor. Al final, un gran armario enfundado en un traje negro y con gafas de sol bloqueaba el paso.
—¿Quién coño lleva gafas de sol en un interior?—Mijaíl no podía evitarlo.
—Tu puta madre—respondió el armario.
—Sí, le sientan bastante bien—le espetó—. A algunas, como la tuya, les sienta mejor mi polla en la boca.
El armario alzó un brazo que bien podría ser el cuerpo entero de Mijaíl, dispuesto a golpear, cuando se abrió la puerta que custodiaba. Nikolai Vólkov era un hombre pequeño, más cuando se situaba al lado de su enorme guardaespaldas, pero lo compensaba con amplias dosis de efusividad. Algunos contaban que incluso abrazaba a sus víctimas instantes antes de abrirles un agujero en la frente. Aquella ocasión no sería para menos.
—¡Mijaíl Kolvenik! ¡A mis brazos!
—Hola, Nikolai—respondió, evitando el abrazo con una sonrisa—. Lo siento, pero me gustaría terminar con esto pronto. La jefa tiene mil asuntos que resolver, y me necesita.
—Ah, sí. Nath…
—Yo de ti no seguiría—le cortó Mijaíl—, a la jefa no le gusta que vayan mencionándola por ahí, y Dimitri se toma muy en serio este tema. Hace un par de meses me arrastró a deshacernos de un tipo que murió ahogado en su propia sangre. Le había arrancado la lengua.
—Increíble. Menuda lealtad profesan sus subordinados. Me gustaría tener hombres así. ¿No estarías interesado en trabajar para mí, Dima?—El chofer se mantuvo impasible, como si no pudiese escuchar la conversación—. No esperaba otra respuesta. Pero vamos, Mijaíl, pasa. Déjame invitarte a una copa.
Nikolai entró, seguido por Dimitri y Mijaíl. En la estancia había dos personas, apenas un par de matones. La habitación contenía una mesa de madera, sin adorno alguno, y dos de las sillas más simples de la tierra. El anfitrión ocupó una de ellas e invitó a Mijaíl a que ocupase la otra. A una seña, posaron sobre la tabla una botella de vodka y dos vasos. Nikolai llenó ambos con generosidad y vació el suyo de un trago.
—Esto entra solo—dijo tras el segundo vaso—. Bueno, vamos al asunto. ¿Qué tienes para mí?
Como respuesta, Mijaíl le pasó el maletín sobre la mesa. Nikolai intentó abrirlo, en vano.
—¿Y la llave?—Preguntó.
—Esa la tengo aquí—sacó un diminuto objeto del bolsillo envuelto en un pañuelo. Nikolai tendió la mano—, pero he pensado… ¿Te apetece jugártela a una partida de póker?
—¿No eras tú el que tenía prisa?—Nikolai acentuó su sonrisa.
—Que sea a una mano.
Su anfitrión asintió.
—Está bien.
Mijaíl dejó la llave entre ambos. Uno de los matones repartió dos cartas a cada uno, y destapó otras tres sobre la mesa. Tres de tréboles y dos reyes, el de picas y el de diamantes.
—¿Crees que me sonreirá la fortuna, Mijaíl?
—Que lo haga; necesitarás mucho más que suerte para ganar.
El matón dejó otra carta sobre la tabla, la reina de tréboles. Mijaíl levantó levemente una de sus cartas; un corazón rojo.
—Aún puedes retirarte—dejó caer Nikolai.
—¿Y perderme la diversión de verte perder? Ni de coña.
La última carta cayó sobre la mesa; el as de corazones.
—¡Ja! Mira y llora—Nikolai destapó su mano. Tres de rombos y as de picas. Dobles parejas. Alargó la mano para atrapar la llave…
—Espera, espera—Mijaíl dio la vuelta a sus cartas. Tres de picas y un rey de tréboles—. Full.
Se estiró para coger la llave. Nikolai lo detuvo apoyando una pistola sobre su sien, mostrando una gran sonrisa.
—Has hecho trampas, mi querido amigo.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque sólo un tramposo puede ganar a otro.
Mijaíl se echó hacia atrás y dejó que su anfitrión la cogiese. Nikolai se abalanzó sobre su premio. Giró la llave y abrió el maletín.
Una nube de humo negro salió de su interior. Nikolai tosió.
—¡¿Qué clase de broma es esta?!—gritó.
Mijaíl no pudo verle la cara; aun así se imaginó que no blandía su característica sonrisa. Echó mano de su pistola y disparó al matón que se había quedado en una esquina; la bala le abrió un agujero de nueve milímetros en la frente. El segundo matón cayó de un disparo en la sien. Al oír los disparos el armario entró. Cayó cuando Dimitri le disparó. Después bloqueó la puerta. Cuando la nube de humo se dispersó, Nikolai observó la masacre que había tenido lugar en un instante con una carta en la mano. El as de diamantes.
Dimitri lo cogió por el cuello y lo estampó contra la mesa. Mijaíl apoyó la pistola en su cabeza.
—Me pregunto si su cráneo explotará de la misma forma que aquella sandía. ¿Te apetece probarlo, Dima?
—¿A qué viene esto?—preguntó Nikolai—. ¡Soltadme!
—Para qué, ¿para que vuelvas a ir corriendo a la poli? ¿Cuánto te han pagado por ello? ¿Qué has sacado?
—¡No sé de qué me hablas!
—Pronto lo sabrás.
Guardó su pistola en la chaqueta y sacó el revólver. Al verla, Nikolai empezó a suplicar. Mijaíl no pudo evitar reír. Apuntó… y disparó.
Fue igual que con la sandía, pero más asqueroso. El cráneo estalló en mil pedazos, cada uno de los cuales arrastró consigo pequeñas partes del cerebro. La sangre lo cubrió todo: Paredes, techo… Algo salpicó al propio Mijail. Guardó el revólver en su bolsillo, y abandonó la habitación.
—Dima, ¿te apetece tomar una copa?
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martes, 13 de septiembre de 2011

Vergüenza

Para cierta chica que últimamente me hace enfadar. Tómatelo como una declaración de intenciones.

Advertencias: Lemon

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La otra noche soñé contigo.

Me mirabas con vergüenza mientras iba arrebatándote una a una cada una de tus prendas, lentamente y regodeándome con cada pequeña victoria. Suspirabas y gemías, me suplicabas que parase... mas tu cuerpo me decía cosas distintas con cada espasmo.

Respondías a cada caricia por instinto, dejando a un lado la vergüenza que te poseía. Tu cuerpo desnudo ardía, se retorcía bajo mi cuerpo, mis manos, mi boca. Mis dedos decidieron quedarse en tu pecho, reclamado como trofeo tras su victoria. Tus pezones erectos fueron el primer lugar que atacaron, sin piedad ni remordimientos. Se quejaron cuando mi boca les echó, pero pronto olvidaron... cuando encontraron aquella cueva tan húmeda, que te empeñabas en esconder entre tus muslos.

El mayor de los tesoros.

Tu vergüenza volvió a dominarte. Trataste de retenerme, o por lo menos de retrasarme. Sabías que ese momento llegaría, tarde o temprano. Que esa noche serías mía. Pero antes de eso buscaste mi cara, y tus labios atraparon los míos. Tu primera y última victoria, he de reconocerlo. Pero te relajaste. Admítelo, te creías segura. ¿Me equivoco? Sé que no. Pues mi lucha contra tus piernas fue demasiado fácil. ¿Ya te habías resignado? Poco me importaba. Mis dedos exploraban tu interior, combatiendo a cada paso con tus espasmos. Tus gemidos de placer me lo confirmaron. Tu coño era mío.

Y así te lo hice saber. Primero con mis dedos, luego con mi boca. Tú te dejabas hacer, dócil, susurrándome palabras sueltas, las pocas que podías articular. Te lo había advertido. Te haría perder el control.

Pero perdí contra tu vergüenza. Pues así me mirabas, llena de vergüenza y miedo, cuando me desnudé frente a ti. Una derrota menor. Evitabas mirar mi miembro, erecto por la excitación, mientras lo masajeaba con una mano. La otra volvía a tus piernas, cerradas por instinto, y las separaban con facilidad. Me tumbé sobre ti, mis ojos a la altura de los tuyos, para poder ver la vergüenza en ellos una última vez. Porque mientras te besaba te iba haciendo mía, lentamente y por completo, te penetré con toda la fuerza que tenía, mordiéndote por igual barbilla, labios y pezones. Embestí una y otra vez, te sentí llegar. Pues así había sido planeado, tú caerías antes que yo. Estallaría después de ti, llenándote como nunca antes, para que cayeras rendida junto a mí. Me resistí a salir hasta ver tus ojos, llenos de un cálido brillo.

Vacíos de vergüenza.
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viernes, 2 de septiembre de 2011

Héroe por contrato

Relato corto, muy corto. En un principio, es la idea para un cómic, pero dada la ausencia de dibujante...

PD: Si a alguien le interesa dibujarlo, que deje un comentario y lo hablamos xD
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Media noche; la luna llena se alzaba sobre la ciudad. La calle principal, vacía, carecía de luz alguna. En el silencio de la noche resonaba el eco de unos pasos. Una mujer corría, aterrada, lanzando miradas furtivas hacia su espalda. Unos metros más atrás, dos hombres la seguían. Uno de ellos era alto, bastante flaco. El otro era más bajo y más corpulento. Ambos se cubrían el rostro con sendos pasamontañas que dejaban al descubierto sus ojos y una sonrisa prepotente.

La mujer giró; se internó entre dos edificios. Apenas una cicatriz oscura, lo suficientemente estrecha como para que una persona estirase los brazos y tocase ambas paredes. Los hombres la siguieron. Ella siguió corriendo, intentando olvidar el intenso palpitar de su corazón, la fatiga que sentía en cada músculo. Al fin se detuvo; una pared la impedía el paso. Un callejón sin salida, iluminado por la luz de un farolillo. Bajo su luz, la mujer parecía una niña, no tendrá más de diecisiete. Se giró; buscó otra salida, otra forma de escapar. Nada. Los dos hombres se acercaron a ella…

El más alto sacó una navaja. El corpulento se acercó más a ella. Le puso una mano sobre el hombro.

Ella cerró los ojos.

Se oyó un golpe seco, un grito.

Los abrió.

Vio la figura de un hombre, de espaldas. Llevaba un sombrero de ala ancha y una capa, ambos de azul oscuro. Al ladear la cabeza para comprobar si ella estaba bien, vio que cubría su rostro con una máscara; sólo su boca quedaba al descubierto. A sus pies estaba el hombre corpulento, tirado en el suelo. Inconsciente. El alto se acercaba a él, navaja en mano. Ella estuvo a punto de gritar una advertencia que habría sido en vano. El enmascarado le agarró el brazo con el que sujetaba el arma, y golpeó con la mano libre a la altura del codo. La navaja cayó al suelo, haciendo un ruido metálico. Un segundo golpe, esta vez en la cara, le hizo caer.

Con los asaltantes en el suelo, el enmascarado se giró. Blandía una sonrisa llena de arrogancia. Se acercó a la chica, que seguía paralizada por el shock. Él rodeó con un brazo su cintura y la atrajo. Ella cerró los ojos, esperando un beso… Que nunca llegó.

Mientras la chica mantenía los ojos cerrados, el enmascarado sacó su cartera. La abrió, cogió todo lo que contenía y la lanzó hacia un lado.

Cuando la chica abrió los ojos, su misterioso héroe había desaparecido. Una nota ocupaba su lugar, un número que correspondía a la cifra que se había llevado y una sola frase.

“Estos son mis honorarios.”
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martes, 23 de agosto de 2011

El poder de la magia

Lo que tiene ver pelis de magos xD.
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Tom caminaba por la calle, cogido de la mano de su madre mientras le regalaba una gran sonrisa a todo aquel que le cruzase una mirada con él. Los transeúntes, inspirados por el gesto de un niño que dos días atrás había alcanzado los diez años, le saludaban y sonreían con una pequeña parte de su contagiosa alegría. Su padre, un hombre que pasaba la vida trabajando y al que apenas veía, había conseguido dos entradas para un espectáculo de magia, diciéndole que se fijase en cada pequeño detalle y después, cuando estuvieran ambos en casa, se lo contase todo. Entonces, Tom se abalanzó sobre él.

El teatro era un gran edificio de fachada elegantemente iluminada, con un letrero luminoso que atraía las miradas cubierto por aquellas extrañas formas que sólo su madre sabía descifrar.

—El gran mago Magno–le dijo, señalando aquellas manchas negras –. Ya hemos llegado, Tom.

Se acercaron a la entrada cuando llegaba un coche tirado por caballos. De él se bajaron dos personas, un hombre y una mujer. Una vocecita en su cabeza, apenas un eco de la voz de su padre, le dio la respuesta a la pregunta que aún no había formulado. “Gente importante”. Como le habían enseñado, se hizo a un lado junto a su madre, manteniendo la amplia sonrisa. El hombre pasó de largo, entregándole al chico que vigilaba la puerta dos papeles como los que su madre guardaba. La mujer, sin embargo, le dedicó una dulce sonrisa antes de seguir a su acompañante a través del hueco que habían abierto para ellos. Cuando el teatro se los tragó, Tom se dirigió al chico que cerraba la abertura.

—¡He venido a ver al mago!—anunció, eufórico, mientras su madre le mostraba aquellos papeles llenos de formas. El chico les abrió las puertas sin aquella sonrisa servicial que le dedicó a los anteriores espectadores. Madre e hijo entraron de la mano.

Su padre había conseguido dos asientos en la decimoquinta fila, bastante alejada del escenario pero lo suficientemente cerca para poder ver bien. Las butacas eran cómodas, de terciopelo rojo, y se contaban por cientos. En las paredes, palcos mejor acomodados, que permitían una gran panorámica de toda la escena, destinados para la “gente importante”. Tom reconoció sentados a la pareja que había llegado en aquel coche, quienes miraban de reojo el telón que cubría todo el escenario. El teatro, que cuando Tom y su madre habían llegado estaba prácticamente vacío, se fue llenando poco a poco. Para su mala suerte, un hombre alto se sentó justo frente a Tom, impidiéndole ver bien. Él, en su mente, le gritó “gigantón”, con tanta fuerza que el apodo se le escapó en un susurro.

Al fin, el telón se levantó. Una hermosa mujer, que Tom reconoció como la princesa de uno de aquellos cuentos que su madre le leía antes de dormir, cruzó el escenario entrando por una oreja del gigantón y saliendo por la otra. Tom se puso en pie sobre la butaca, intentando ver por encima de él, pero era tan alto que aun así no podía. Apenas distinguía a la mujer, que se movía por el escenario. Esperó a llegar al centro antes de hablar.

—Damas y caballeros–comenzó—, tengo el placer de presentarles… ¡al gran mago Magno!

El aplauso fue generalizado, y cuando el mago apareció de la nada envuelto en una nube de humo se convirtió en una ovación. Tom observaba con los ojos y la boca muy abiertos cada gesto, cada paso. Su madre al principio sonreía a cada suspiro y grito de su hijo, pero después se centró en el espectáculo, olvidándose de todo lo demás.

Pero cuando comenzó con los números importantes, Tom se desilusionó. Desde su asiento apenas podía ver nada. Aprovechando que su madre estaba distraída, se deslizó de su asiento y se fue acercando poco a poco al escenario. Se encaramó a la madera cuando el mago pidió un voluntario.

—Vaya, ya no hace falta—dijo al ver a Tom—. Oye, chico, ¿quieres ayudarme?

Tom asintió con entusiasmo y subió al escenario. El mago le mostró una jaula que contenía una paloma blanca y le pidió que la cubriera con un pañuelo que la mujer le dio. Él hizo lo que le pidieron, fijándose en todo lo que Magno hacía.

—Y a la de tres, tira del pañuelo—le pidió el mago—. Una, dos… ¡y tres!

Tom tiró. La tela se apartó con facilidad, como si el objeto que ocultaba no existiese. Y de hecho, no había objeto. La jaula había desaparecido por completo, paloma incluida. Tom abrió mucho la boca de sorpresa.

—Y ahora—siguió Magno—, cubre mi mano con el pañuelo, por favor.

Él lo hizo, deseando ver el siguiente truco. El bulto bajo la tela creció un poco. Y al gesto del mago, volvió a tirar. Magno sujetaba a la paloma con su mano. Tom, junto a todo el público, estalló en un aplauso. El mago la dejó volar libre por el teatro, hasta que esta se posó en uno de los palcos.

Después bajó del escenario, aunque no fue hacia su asiento. La ayudante del mago le había puesto una silla en el centro del pasillo, en primera fila. Cuando Tom se sentó, ella le sonrió.

—Te vi saltando para poder ver el espectáculo–le dijo en un susurro, dándole un beso en la frente.

Sólo entonces se fijó en ella. La mujer le guiñó un ojo azul antes de darse la vuelta para volver a las escaleras; su pelo rubio, que se rizaba formando tirabuzones perfectos, giró con ella. Iba enfundada en un corsé de seda negra, que terminaba en una falda corta. Tom se dijo a sí mismo que era imposible que fuese la princesa de un cuento: era demasiado bonita como para poder serlo.

El mago se dirigió al público una vez más.

—Y ahora, damas y caballeros, es la hora de que mi ayudante desaparezca—anunció—, aunque no creo que tarde mucho en volver. Si hacer desaparecer una paloma es difícil, hacerlo con una persona lo es aún más. Por favor, no lo intenten con sus mujeres.

Hubo una risa general. Tom se dijo que había dicho un chiste, aunque no lo había entendido del todo. Su ayudante llevó una caja al centro del escenario, abriéndola para que el público lo viese. Totalmente vacía. La mujer se metió en la caja. Tom se acercó un poco más; estaba sentado casi en el aire. El mago cerró la caja y la aseguró con un candado.

—Ahora mismo, es imposible salir de esta caja—dijo, mientras un hombre le traía una gran espada—. Mi ayudante Arianne desconoce por lo que voy a hacer a continuación. La atravesaré con esta espada. Y si no hay error, saldrá ilesa.

Y sin esperar un instante, Magno hundió la hoja con todas sus fuerzas en la caja, hasta la empuñadura. No hubo grito alguno. Repitió el proceso dos veces más, antes de darse por satisfecho. Después abrió el candado y la caja. Estaba vacía de nuevo.

—Y ahora, damas y caballeros, si se giran y reciben con un aplauso a mi ayudante…

Tom se giró sobre su silla. Arianne, la ayudante del mago, caminaba a lo largo del pasillo, sonriendo y saludando a todo el público. Al llegar junto a Tom le revolvió el pelo, y regresó al escenario.

—Lamento anunciar que éste será el último efecto de esta noche—dijo el mago, con un deje de tristeza en la voz—, pero también será el más espectacular. Necesitaré dos voluntarios, que elegirá mi ayudante— Arianne señaló a dos hombres, que subieron rápido al escenario entre aplausos—. Caballeros, me gustaría que atasen mis manos y mis pies con las cuerdas.

Mientras ellos lo hacían, otras dos personas llevaron hasta el escenario un gran tanque de agua, que se abría por el techo. Una vez estuvo bien atado, el mago dijo:

—Damas y caballeros, si alguien teme ver a un hombre ahogándose, les recomiendo que abandonen la sala.

Un gancho descendió del techo. Arianne lo enganchó a las cuerdas de sus muñecas y lo subieron, dejándolo caer en el agua. Una cortina cayó sobre el tanque, cubriéndolo por completo pero dejando que se adivinase su forma bajo ella. Transcurrió un minuto completo hasta que la ayudante lo destapó. Dentro del tanque sólo quedaba agua.

—Y como llegué—gritó la voz del mago, resonando por todo el teatro—me voy. Ha sido un placer tenerles esta noche con nosotros. No duden en volver, ¡intenten descubrir el engaño!

Aquella noche, Tom abandonó el teatro lleno de euforia, y con un deje de tristeza. Allí decidió que, cuando creciese, sería mago, el mejor del mundo. Cualquier cosa que le permitiese tener una ayudante como Arianne.
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viernes, 19 de agosto de 2011

El color de la muerte

La segunda de las historias basadas en "El juego del Ángel", de Carlos Ruiz Zafón, en concreto, en las historias que el protagonista escribe para el diaro "La voz de la industria".

A menudo, la muerte emplea diversos trucos para engatusar a sus víctimas. A veces emplea el color verde del dinero, otras el rojo de los labios de una mujer.

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El hombre dejó caer la cuchilla y se lavó la cara. Examinó cada centímetro de la piel de su rostro y, tras darse por satisfecho, recogió los artilugios de afeitado. Se enfundó en el mejor de sus trajes y se miró al espejo.
—James, estás hecho todo un triunfador—se dijo en voz alta. Su reflejo le guiñó un ojo.

James Graunt había llegado cinco años atrás a la Ciudad Condal, escondido junto a su madre en un vagón de mercancías. Durante meses habitaron una pequeña casa al borde del derrumbe de las afueras de Barcelona, sin luz ni agua corriente, cuya puerta carecía de cierre alguno. Su madre encontró trabajo en una compañía eléctrica, limpiando las oficinas. A veces llevaba a James, para que le ayudara y le hiciera compañía.

En una de aquellas ocasiones coincidió con uno de los trabajadores de la compañía. Al verlo, el hombre dejó de murmurar improperios para mirarlo de arriba abajo.

—Chico, ¿quieres ganarte unas monedas?—le preguntó. James asintió con entusiasmo.

Aquel hombre le llevó a la calle, hasta un barrio en obras donde instalaban el tendido eléctrico. Le dijo que se llamaba Diego. Al llegar le ofreció un cable, y le señaló un poste cercano.

—Sólo tienes que subir ahí y colocar esto. ¿Crees que podrás?

James asintió de nuevo, agarró el cable y comenzó a trepar. El madero alcanzaba una altura de dos pisos. En lo más alto había una caja, con un par de cables más como aquel. James colocó el suyo como pudo, fijándose en cómo estaban dispuestos los demás, mientras se sujetaba con las piernas para no caer. Al terminar, miró abajo antes de comenzar el descenso.

Le pudieron los nervios, la cabeza le daba vueltas. Antes de poder evitarlo se precipitaba hacia el suelo. Diego lo cogió al vuelo.

—Bien hecho—le dijo, dejándolo en el suelo—, pero la próxima vez baja más despacio.

Así comenzó a trabajar en la compañía eléctrica, primero a las órdenes de Diego y, tras dos años, dando él las órdenes, relegando en otros las tareas que él mismo tuvo que realizar alguna vez. Pronto, el director y dueño de la empresa, don Roberto Vidal, se fijó en él y lo adoptó como su pupilo. Sus ideas comerciales multiplicaron los beneficios. James obtuvo así un despacho, un salario digno de un noble y una vida llena de lujos. Se compró un piso en el centro, amueblado con todas las comodidades del mundo. Su madre prefirió permanecer en la casa a medio derruir de las afueras. Moriría limpiando el despacho de su hijo. Diego abandonó la empresa; James lo despidió para sustituirlo por gente más joven, con menor cabeza y manos más baratas.

Don Roberto pronto adoptaría a James, tratándolo como si fuera su propio hijo. Lo convirtió en su heredero y lo instó a comer domingo si domingo también en su propia casa con él y su esposa, Lucía Sagnier, una mujer que podría haber sido su hija. James no tardó en ganarse sus favores. Don Roberto, cegado por el color y el olor del dinero, nunca sospechó que aquella aventura que nunca pudo ver, pese a su obviedad, fuese a marcar el final de su historia.

Y así, exactamente una semana antes de esta noche, James se reunió con Lucía Sagnier en una pensión, cuya discreción siempre estaba en venta. La bruma cubría por completo Barcelona. Bajo la luz de una farola a la puerta de la posada le saludó un mendigo, ofreciéndole una botella de vino. James le dejó caer uno de los billetes de su cartera y subió las escaleras. Lucía le esperaba en una habitación del primer piso. Lo recibió de pie, enfundada en un vestido de tubo verde oscuro, que nacía en el pecho y moría antes de las rodillas, y que soltó una vez James cerró la puerta tras de sí. La tela cayó sola, lentamente, descubriendo las formas de la mujer. Y Lucía, con un beso, arrastró a James hasta la cama.

Dos horas y tres botellas de vino después, James disfrutaba un cigarrillo tirado sobre la cama mientras Lucía se vestía. Bebió el último sorbo de su copa, se colocó el pelo y ajustó el cierre de su vestido.

—Estoy cansada de esconderme—dijo—. ¿Por qué no podemos salir de esta pocilga y vivir nuestro amor bajo la luna?

—Lo sabes perfectamente, cielo—respondió James, poniéndose en pie—. Porque si tu marido nos descubriese, a mi me despide y a ti te abandona. Y ya sabes lo que eso significa.

—Entonces—continuó Lucía, tomándolo del cuello—, ya sabes lo que tenemos que hacer.

Y se despidió de él con un suave beso. No volverían a verse en una semana; en concreto, hasta esta noche. En el homenaje por la muerte de Roberto Vidal.

James bajó a la calle, donde le esperaba un coche de alquiler, un vehículo con brillante carrocería y un ángel de plata como mascarón de proa. La ocasión merecía que el heredero de la más importante compañía eléctrica acudiese al evento en un Rolls Royce.

Para el acontecimiento se alquiló todo un hotel, dejando las habitaciones vacías por si algún invitado decidía pasar la noche allí. Habían dispuesto a todo un ejército de botones que abrían las puertas de los coches y recogían equipajes entre reverencias y sonrisas serviciales. James, que se sentía afortunado aquella noche, regaló al chico que le abrió la puerta, y que tendría la misma edad que él cuando llegó a la ciudad, uno de los billetes que impedían que su cartera cerrase en su totalidad. Acudió al comedor y se sentó en el centro de la mesa que presidía la estancia, reservada a las personas más cercanas al difunto. A su derecha se encontraba Lucía Sagnier, quien, como saludo, posó su mano sobre la rodilla de James y comenzó a subir por su pierna. Él sonrió y negó con la cabeza; ya tendrían tiempo después. Tendrían todo el tiempo que quisieran.

Cuando el comedor se llenó, James se puso en pie. Golpeó la copa con un tenedor, atrayendo la atención de todos los presentes. Pronunció un breve discurso en honor de Don Roberto, que culminó con un brindis. Al sentarse la vio.

Ella estaba sentada en una mesa cercana. Venía enfundada en un vestido corto, tan oscuro como su pelo. Mantenía los ojos verdes fijos en James y, tras dar un sorbo a su copa de champagne, se relamió los labios, que brillaban con un fuerte color rojo. James miró de reojo a Lucía, que se entretenía entretenida hablando con uno de los directivos de la empresa, y volvió la vista de nuevo a aquella mujer. La dama le guiñó un ojo y volvió a la comida.

Tras la cena había organizado un baile. Se retiraron las mesas y se instaló un cuarteto de cuerda en un extremo de la sala. James y Lucia fueron los primeros en bailar, seguidos por numerosos invitados. Tras la tercera pieza alguien tocó el hombro de James, solicitando un baile con la hermosa viuda. Él aceptó, dando las gracias por poder retirarse a buscar un refresco. Se acercó a un camarero y pidió una copa.

Se la tendió aquella dama con una amplia sonrisa. Champagne. Dom Pérignon de fina reserva. La aceptó con un “gracias”. El perfume que ella desprendía cautivaba el olfato.

—Gran fiesta—dijo ella con una voz dulce—, lástima el motivo.

—Sí, era un gran hombre—respondió él, conteniendo la risa.

—Será una gran pérdida–añadió la mujer—. Creo que no tuvimos el gusto de conocernos, ¿verdad?

—No lo creo, señorita, no habría olvidado una sonrisa como la suya. James Graunt, hijo adoptivo de Don Roberto—contestó, haciendo una leve reverencia.

—Chloé Permanyer.

—Encantado—terminó, besando el dorso de la mano que la mujer le tendía.

Chloé siempre sabía qué palabra, que gesto debía emplear para conseguir que cualquier hombre acabase a sus pies. Aquella noche desplegó sus encantos, en cada uno de los cuales cayó James como un infante cae en los trucos de magia, a pesar de que él pensaba llevar totalmente las riendas. Cuando él le ofreció subir a una habitación, ella fingió sentirse sorprendida y alagada. Tras un rápido vistazo hacia las parejas de baile, James la cogió de la mano y la guió hacia la misma habitación que había reservado para celebrar con Lucía aquella ocasión tan especial.

Tras cerrar la puerta, James se abalanzó sobre el cuello de la dama. Ella le empujaba hacia la cama mientras le iba arrebatando la chaqueta y la camisa. Cuando él intentó capturar sus labios, Chloé le detuvo posando un dedo en los suyos. Después, bajó la mano a su pecho y lo empujó contra el colchón. Y entonces, extrajo del pecho un par de cintas de seda, y comenzó atando una de ellas a su muñeca, para después hacer un nudo con el resto entorno al cabecero de la cama.

—¿Y esto? —preguntó James mientras le ataba la otra mano.

—Para asegurarme de que no me interrumpes durante el número—respondió ella con una sonrisa seductora.

Chloé se puso de pie frente a la cama y comenzó a quitarse el vestido, moviéndose al ritmo de la música que sonaba justo debajo. Con una mano se soltó el broche del sujetador y lo lanzó sobre James. La última de sus prendas cayó por culpa de sus movimientos de cadera. Completamente desnuda, Chloé reptó por el pecho hasta llegar a la altura de su rostro. Y entonces lo besó.

Era un beso cargado de lujuria y ansia animal. James intentó soltarse por la fuerza, deseando tomar a aquella mujer de una vez. Chloé, que sabía que en todo momento tenía ventaja, decidió seguir con el beso. Exploró cada centímetro de su boca, jugando con su lengua. James cada vez tenía más dificultades para respirar. Sus brazos, que instantes antes se agitaban con fuerza, dejaron de moverse. Él dejó de responder a sus caricias y besos. Chloé se incorporó, y examinó el rostro de James. Estaba muerto; sus labios y piel teñidas del mismo rojo que Chloé usaba.

Chloé se vistió con prisa. En el vestíbulo terminó de colocarse el pelo. Salió, pidió que le llamaran a un taxi y esperó. Se estaba subiendo a él mientras Lucía iba a la habitación acordada y, cuando ésta estaba gritando, Chloé se alejaba, internándose en la noche.
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