La segunda de las historias basadas en "El juego del Ángel", de Carlos Ruiz Zafón, en concreto, en las historias que el protagonista escribe para el diaro "La voz de la industria".
A menudo, la muerte emplea diversos trucos para engatusar a sus víctimas. A veces emplea el color verde del dinero, otras el rojo de los labios de una mujer.
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El hombre dejó caer la cuchilla y se lavó la cara. Examinó cada centímetro de la piel de su rostro y, tras darse por satisfecho, recogió los artilugios de afeitado. Se enfundó en el mejor de sus trajes y se miró al espejo.
—James, estás hecho todo un triunfador—se dijo en voz alta. Su reflejo le guiñó un ojo.
James Graunt había llegado cinco años atrás a la Ciudad Condal, escondido junto a su madre en un vagón de mercancías. Durante meses habitaron una pequeña casa al borde del derrumbe de las afueras de Barcelona, sin luz ni agua corriente, cuya puerta carecía de cierre alguno. Su madre encontró trabajo en una compañía eléctrica, limpiando las oficinas. A veces llevaba a James, para que le ayudara y le hiciera compañía.
En una de aquellas ocasiones coincidió con uno de los trabajadores de la compañía. Al verlo, el hombre dejó de murmurar improperios para mirarlo de arriba abajo.
—Chico, ¿quieres ganarte unas monedas?—le preguntó. James asintió con entusiasmo.
Aquel hombre le llevó a la calle, hasta un barrio en obras donde instalaban el tendido eléctrico. Le dijo que se llamaba Diego. Al llegar le ofreció un cable, y le señaló un poste cercano.
—Sólo tienes que subir ahí y colocar esto. ¿Crees que podrás?
James asintió de nuevo, agarró el cable y comenzó a trepar. El madero alcanzaba una altura de dos pisos. En lo más alto había una caja, con un par de cables más como aquel. James colocó el suyo como pudo, fijándose en cómo estaban dispuestos los demás, mientras se sujetaba con las piernas para no caer. Al terminar, miró abajo antes de comenzar el descenso.
Le pudieron los nervios, la cabeza le daba vueltas. Antes de poder evitarlo se precipitaba hacia el suelo. Diego lo cogió al vuelo.
—Bien hecho—le dijo, dejándolo en el suelo—, pero la próxima vez baja más despacio.
Así comenzó a trabajar en la compañía eléctrica, primero a las órdenes de Diego y, tras dos años, dando él las órdenes, relegando en otros las tareas que él mismo tuvo que realizar alguna vez. Pronto, el director y dueño de la empresa, don Roberto Vidal, se fijó en él y lo adoptó como su pupilo. Sus ideas comerciales multiplicaron los beneficios. James obtuvo así un despacho, un salario digno de un noble y una vida llena de lujos. Se compró un piso en el centro, amueblado con todas las comodidades del mundo. Su madre prefirió permanecer en la casa a medio derruir de las afueras. Moriría limpiando el despacho de su hijo. Diego abandonó la empresa; James lo despidió para sustituirlo por gente más joven, con menor cabeza y manos más baratas.
Don Roberto pronto adoptaría a James, tratándolo como si fuera su propio hijo. Lo convirtió en su heredero y lo instó a comer domingo si domingo también en su propia casa con él y su esposa, Lucía Sagnier, una mujer que podría haber sido su hija. James no tardó en ganarse sus favores. Don Roberto, cegado por el color y el olor del dinero, nunca sospechó que aquella aventura que nunca pudo ver, pese a su obviedad, fuese a marcar el final de su historia.
Y así, exactamente una semana antes de esta noche, James se reunió con Lucía Sagnier en una pensión, cuya discreción siempre estaba en venta. La bruma cubría por completo Barcelona. Bajo la luz de una farola a la puerta de la posada le saludó un mendigo, ofreciéndole una botella de vino. James le dejó caer uno de los billetes de su cartera y subió las escaleras. Lucía le esperaba en una habitación del primer piso. Lo recibió de pie, enfundada en un vestido de tubo verde oscuro, que nacía en el pecho y moría antes de las rodillas, y que soltó una vez James cerró la puerta tras de sí. La tela cayó sola, lentamente, descubriendo las formas de la mujer. Y Lucía, con un beso, arrastró a James hasta la cama.
Dos horas y tres botellas de vino después, James disfrutaba un cigarrillo tirado sobre la cama mientras Lucía se vestía. Bebió el último sorbo de su copa, se colocó el pelo y ajustó el cierre de su vestido.
—Estoy cansada de esconderme—dijo—. ¿Por qué no podemos salir de esta pocilga y vivir nuestro amor bajo la luna?
—Lo sabes perfectamente, cielo—respondió James, poniéndose en pie—. Porque si tu marido nos descubriese, a mi me despide y a ti te abandona. Y ya sabes lo que eso significa.
—Entonces—continuó Lucía, tomándolo del cuello—, ya sabes lo que tenemos que hacer.
Y se despidió de él con un suave beso. No volverían a verse en una semana; en concreto, hasta esta noche. En el homenaje por la muerte de Roberto Vidal.
James bajó a la calle, donde le esperaba un coche de alquiler, un vehículo con brillante carrocería y un ángel de plata como mascarón de proa. La ocasión merecía que el heredero de la más importante compañía eléctrica acudiese al evento en un Rolls Royce.
Para el acontecimiento se alquiló todo un hotel, dejando las habitaciones vacías por si algún invitado decidía pasar la noche allí. Habían dispuesto a todo un ejército de botones que abrían las puertas de los coches y recogían equipajes entre reverencias y sonrisas serviciales. James, que se sentía afortunado aquella noche, regaló al chico que le abrió la puerta, y que tendría la misma edad que él cuando llegó a la ciudad, uno de los billetes que impedían que su cartera cerrase en su totalidad. Acudió al comedor y se sentó en el centro de la mesa que presidía la estancia, reservada a las personas más cercanas al difunto. A su derecha se encontraba Lucía Sagnier, quien, como saludo, posó su mano sobre la rodilla de James y comenzó a subir por su pierna. Él sonrió y negó con la cabeza; ya tendrían tiempo después. Tendrían todo el tiempo que quisieran.
Cuando el comedor se llenó, James se puso en pie. Golpeó la copa con un tenedor, atrayendo la atención de todos los presentes. Pronunció un breve discurso en honor de Don Roberto, que culminó con un brindis. Al sentarse la vio.
Ella estaba sentada en una mesa cercana. Venía enfundada en un vestido corto, tan oscuro como su pelo. Mantenía los ojos verdes fijos en James y, tras dar un sorbo a su copa de champagne, se relamió los labios, que brillaban con un fuerte color rojo. James miró de reojo a Lucía, que se entretenía entretenida hablando con uno de los directivos de la empresa, y volvió la vista de nuevo a aquella mujer. La dama le guiñó un ojo y volvió a la comida.
Tras la cena había organizado un baile. Se retiraron las mesas y se instaló un cuarteto de cuerda en un extremo de la sala. James y Lucia fueron los primeros en bailar, seguidos por numerosos invitados. Tras la tercera pieza alguien tocó el hombro de James, solicitando un baile con la hermosa viuda. Él aceptó, dando las gracias por poder retirarse a buscar un refresco. Se acercó a un camarero y pidió una copa.
Se la tendió aquella dama con una amplia sonrisa. Champagne. Dom Pérignon de fina reserva. La aceptó con un “gracias”. El perfume que ella desprendía cautivaba el olfato.
—Gran fiesta—dijo ella con una voz dulce—, lástima el motivo.
—Sí, era un gran hombre—respondió él, conteniendo la risa.
—Será una gran pérdida–añadió la mujer—. Creo que no tuvimos el gusto de conocernos, ¿verdad?
—No lo creo, señorita, no habría olvidado una sonrisa como la suya. James Graunt, hijo adoptivo de Don Roberto—contestó, haciendo una leve reverencia.
—Chloé Permanyer.
—Encantado—terminó, besando el dorso de la mano que la mujer le tendía.
Chloé siempre sabía qué palabra, que gesto debía emplear para conseguir que cualquier hombre acabase a sus pies. Aquella noche desplegó sus encantos, en cada uno de los cuales cayó James como un infante cae en los trucos de magia, a pesar de que él pensaba llevar totalmente las riendas. Cuando él le ofreció subir a una habitación, ella fingió sentirse sorprendida y alagada. Tras un rápido vistazo hacia las parejas de baile, James la cogió de la mano y la guió hacia la misma habitación que había reservado para celebrar con Lucía aquella ocasión tan especial.
Tras cerrar la puerta, James se abalanzó sobre el cuello de la dama. Ella le empujaba hacia la cama mientras le iba arrebatando la chaqueta y la camisa. Cuando él intentó capturar sus labios, Chloé le detuvo posando un dedo en los suyos. Después, bajó la mano a su pecho y lo empujó contra el colchón. Y entonces, extrajo del pecho un par de cintas de seda, y comenzó atando una de ellas a su muñeca, para después hacer un nudo con el resto entorno al cabecero de la cama.
—¿Y esto? —preguntó James mientras le ataba la otra mano.
—Para asegurarme de que no me interrumpes durante el número—respondió ella con una sonrisa seductora.
Chloé se puso de pie frente a la cama y comenzó a quitarse el vestido, moviéndose al ritmo de la música que sonaba justo debajo. Con una mano se soltó el broche del sujetador y lo lanzó sobre James. La última de sus prendas cayó por culpa de sus movimientos de cadera. Completamente desnuda, Chloé reptó por el pecho hasta llegar a la altura de su rostro. Y entonces lo besó.
Era un beso cargado de lujuria y ansia animal. James intentó soltarse por la fuerza, deseando tomar a aquella mujer de una vez. Chloé, que sabía que en todo momento tenía ventaja, decidió seguir con el beso. Exploró cada centímetro de su boca, jugando con su lengua. James cada vez tenía más dificultades para respirar. Sus brazos, que instantes antes se agitaban con fuerza, dejaron de moverse. Él dejó de responder a sus caricias y besos. Chloé se incorporó, y examinó el rostro de James. Estaba muerto; sus labios y piel teñidas del mismo rojo que Chloé usaba.
Chloé se vistió con prisa. En el vestíbulo terminó de colocarse el pelo. Salió, pidió que le llamaran a un taxi y esperó. Se estaba subiendo a él mientras Lucía iba a la habitación acordada y, cuando ésta estaba gritando, Chloé se alejaba, internándose en la noche.
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viernes, 19 de agosto de 2011
sábado, 13 de agosto de 2011
Los misterios de Barcelona
Una historia basada en "El juego del ángel", la novela de Carlos Ruiz Zafón. Concretamente, parte de la misma premisa que crea el protagonista, David Martin, en su primera publicación en La voz de la industria. Por ello, he decidido ponerle el mismo título que lleva en el libro.
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Cae la noche, y la bruma recorre las calles de Barcelona, reptando sobre el asfalto como si de una serpiente se tratase, transformando edificios, objetos y personas en apenas sombras confusas e irreconocibles. A la luz de una farola, un vagabundo apura las últimas gotas de un cartón de vino mientras saca de entre los pliegues de su chaqueta, raída y sucia, un sustituto de cristal. Tirado a la puerta de una pensión barata, de la cual el habían echado por impago dos semanas atrás, su hedor, formado por el aroma de la basura, el alcohol y el sudor en ese orden, anunciaba su presencia. Tenía una barba espesa, con calvas aquí y allá en las cuales se adivinaban viejas cicatrices, y un ojo amoratado, probablemente trofeo de una pelea callejera.
La noche avanzaba, muchas de las sombras desaparecían. Una de aquellas se aproximaba a la luz, que la iluminó hasta transformar la figura en un hombre alto, enfundado en un elegante traje, con las manos en los bolsillos y un cigarro en los labios. El vagabundo lo miró de arriba abajo. Llevaba un corte de pelo impecable, la barba recién afeitada y la mirada cargada de misterio. Sonriendo tras el examen, el vagabundo le tendió su botella.
—Necesitará fuerzas para poner una buena cornamenta—dijo entre dientes.
El hombre dejó caer un gran billete verde, llevándose un dedo a los labios. El vagabundo examinó el papel y, tras darse por satisfecho y esconder el papel en el único bolsillo sin agujeros que le quedaba, repitió el gesto sin molestarse en contener una carcajada. Sólo entonces el hombre aceptó la botella. Dio un buen trago, una última calada a su cigarro, dejó ambos objetos en las manos del mendigo y se internó en la pensión. Diez minutos más tarde, y con los gemidos de una mujer en los oídos, el vagabundo se levantó. Vació la botella de un trago, echándose más de la mitad de su contenido sobre su ropa. Dejó caer el cristal, que se rompió en mil pedazos al tocar el suelo, y echó a andar, en busca de un lugar donde le cambiasen aquel papel verde por un poco de pan y un buen vino.
Las únicas sombras que quedaban ya eran las grandes, las que correspondían a los edificios. El vagabundo se internó entre dos de las siluetas, guiado por una mancha luminosa que resultó ser una bombilla. Bajo ella reconoció el tacto rugoso de la madera. Golpeó la puerta tres veces. Ésta chirrió al ceder el paso a un hombre corpulento, que lanzó al vagabundo una mirada asesina.
—Creía haberte dicho que no quería verte más por aquí—gruñó a modo de saludo.
El mendigo le ofreció el papel verde como quien ofrece una invitación. Se rió al ver la expresión de incredulidad del hombre que le impedía entrar y que, ahora, le invitaba a pasar. Dejó que lo guiaran hasta un gran salón, ampliamente iluminado por dos lámparas de araña. Las mesas se distribuían uniformemente por toda la estancia, procurando ofrecer una buena vista del escenario en el que la banda del local tocaba desde los clásicos hasta la música de la época. Al vagabundo lo sentaron en la mesa más cercana al decorado, y al instante apareció un camarero que le ofrecía una botella de vino mientras le nombraba platos exóticos que sonaban a poco. Pidió algo parecido a un chuletón de ternera, y esperó pacientemente a que se lo sirvieran, dando buena cuenta del tinto que le habían entregado. Necesitó otra botella para cuando le sirvieron la carne.
Devoró el chuletón como si no hubiera mañana. Sólo cuando el hueso cayó limpio sobre el plato se dio por satisfecho. Llamó al camarero para que le trajese la cuenta, y mientras le cobraba terminó de beberse la segunda botella. Cuando éste regresó, le ofreció un platillo con un par de monedas.
—Es imposible que, de ese billete, sólo me quede esto—protestó entre hipidos.
—El señor me ha pedido que añada a la cuenta de esta noche lo que usted debía con anterioridad—se excusó el camarero—, y me ha ordenado comunicarle que aún no está saldada.
El vagabundo, enfurecido y borracho, lanzó la botella contra la pared que tenía más cerca. Antes de que cayera el último trozo de cristal al suelo, el hombre corpulento de la entrada había hecho su aparición, obligando amablemente a que el mendigo abandonase el establecimiento. Al llegar a la salida, lo lanzó como quien se deshace de una bolsa de basura.
—¡Y vuelve cuando tengas otro billete de esos!—le gritó antes de cerrar la puerta.
El vagabundo se puso de pie. Se sacudió la suciedad de la chaqueta, aunque mucha se quedase ya pegada a su ropa. Se internó un poco más en el callejón, buscando un lugar donde aliviarse antes de ir a su refugio para dormir. Allí, rodeado por la oscuridad, se bajó los pantalones y dejó que su vejiga se vaciase libremente, con las manos entrelazadas tras la nuca. Tras terminar, se vistió y caminó hacia la calle principal.
Mientras retornaba oyó unas voces que se escapaban por una ventana entreabierta. Un hombre y una mujer. El vagabundo se asomó por la rendija. El hombre quedaba fuera de su campo de visión, pero la mujer era totalmente apreciable. Enfundada un ajustado vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación, su pelo negro enmarcaba su rostro, y sus ojos verdes cautivaban todos los sentidos con una sola mirada. Llevaba un pintalabios del mismo color que su atuendo, y tenía la piel más pálida que había visto nunca.
—Es una lástima que ya te hayas puesto ese pintalabios, Chloé—dijo el hombre, posando una copa de champan junto a la de ella, vacía sobre la mesa y con la marca de sus labios en el borde.
Ella le dedicó una sonrisa como respuesta, y se encaminó a la ventana. Entonces lo vio. La mujer dijo algo que el vagabundo no alcanzó a entender del todo. Sólo comprendió que estaba en peligro cuando el hombre apartó el cristal y le apuntó con un arma.
—Quizá nuestro inesperado visitante quiera entrar con nosotros.
La mujer, Chloé, le abrió la puerta. Lo llevaron hasta una pequeña habitación, sin más muebles que una silla de madera en la que le obligaron a sentarse. Allí, el hombre posó el cañón sobre la frente del vagabundo. El frio metal le sacó del mundo creado por el alcohol.
—¡Yo no sé nada!—balbuceó—¡No he oído nada, lo juro!
—No podemos…—comenzó Chloé, hasta que el hombre la detuvo.
—Esté tranquilo, buen hombre—le dijo, apartando el arma—, tan sólo queremos que nos dé su opinión acerca del nuevo pintalabios de mi acompañante.
La mujer le dedicó una mirada incrédula, mientras el vagabundo asentía frenéticamente.
—¡Haré lo que sea, señor, lo que usted me pida!
—Entonces, Chloé, si haces el favor…—invitó el hombre, guardando la pistola.
Chloé, a regañadientes, se acercó al mendigo. Cada uno de sus movimientos era hipnótico. Se agachó, llevó una mano a la barbilla del vagabundo y le obligó a levantar la cabeza.
Y entonces le besó. A lo largo de un minuto, Chloé se adueñó de su boca; jugó con su lengua como nunca antes una mujer había hecho. Cuando se separaron, el vagabundo se relamió.
—Es exquisito—empezó, buscando las palabras apropiadas—, tiene un sabor que…
Pero no pudo decir nada más. Su boca se paralizó, sus músculos no respondían. Antes de que transcurriese otro minuto jadeaba, tratando de atrapar algo de aire que llevarse a los pulmones. Poco tiempo tardó en caer de la silla, un cuerpo inerte incapaz de sentir. Estaba muerto.
—Creo que necesitaré otro baso de champagne antes de irme—dijo Chloé, abandonando la habitación.
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Cae la noche, y la bruma recorre las calles de Barcelona, reptando sobre el asfalto como si de una serpiente se tratase, transformando edificios, objetos y personas en apenas sombras confusas e irreconocibles. A la luz de una farola, un vagabundo apura las últimas gotas de un cartón de vino mientras saca de entre los pliegues de su chaqueta, raída y sucia, un sustituto de cristal. Tirado a la puerta de una pensión barata, de la cual el habían echado por impago dos semanas atrás, su hedor, formado por el aroma de la basura, el alcohol y el sudor en ese orden, anunciaba su presencia. Tenía una barba espesa, con calvas aquí y allá en las cuales se adivinaban viejas cicatrices, y un ojo amoratado, probablemente trofeo de una pelea callejera.
La noche avanzaba, muchas de las sombras desaparecían. Una de aquellas se aproximaba a la luz, que la iluminó hasta transformar la figura en un hombre alto, enfundado en un elegante traje, con las manos en los bolsillos y un cigarro en los labios. El vagabundo lo miró de arriba abajo. Llevaba un corte de pelo impecable, la barba recién afeitada y la mirada cargada de misterio. Sonriendo tras el examen, el vagabundo le tendió su botella.
—Necesitará fuerzas para poner una buena cornamenta—dijo entre dientes.
El hombre dejó caer un gran billete verde, llevándose un dedo a los labios. El vagabundo examinó el papel y, tras darse por satisfecho y esconder el papel en el único bolsillo sin agujeros que le quedaba, repitió el gesto sin molestarse en contener una carcajada. Sólo entonces el hombre aceptó la botella. Dio un buen trago, una última calada a su cigarro, dejó ambos objetos en las manos del mendigo y se internó en la pensión. Diez minutos más tarde, y con los gemidos de una mujer en los oídos, el vagabundo se levantó. Vació la botella de un trago, echándose más de la mitad de su contenido sobre su ropa. Dejó caer el cristal, que se rompió en mil pedazos al tocar el suelo, y echó a andar, en busca de un lugar donde le cambiasen aquel papel verde por un poco de pan y un buen vino.
Las únicas sombras que quedaban ya eran las grandes, las que correspondían a los edificios. El vagabundo se internó entre dos de las siluetas, guiado por una mancha luminosa que resultó ser una bombilla. Bajo ella reconoció el tacto rugoso de la madera. Golpeó la puerta tres veces. Ésta chirrió al ceder el paso a un hombre corpulento, que lanzó al vagabundo una mirada asesina.
—Creía haberte dicho que no quería verte más por aquí—gruñó a modo de saludo.
El mendigo le ofreció el papel verde como quien ofrece una invitación. Se rió al ver la expresión de incredulidad del hombre que le impedía entrar y que, ahora, le invitaba a pasar. Dejó que lo guiaran hasta un gran salón, ampliamente iluminado por dos lámparas de araña. Las mesas se distribuían uniformemente por toda la estancia, procurando ofrecer una buena vista del escenario en el que la banda del local tocaba desde los clásicos hasta la música de la época. Al vagabundo lo sentaron en la mesa más cercana al decorado, y al instante apareció un camarero que le ofrecía una botella de vino mientras le nombraba platos exóticos que sonaban a poco. Pidió algo parecido a un chuletón de ternera, y esperó pacientemente a que se lo sirvieran, dando buena cuenta del tinto que le habían entregado. Necesitó otra botella para cuando le sirvieron la carne.
Devoró el chuletón como si no hubiera mañana. Sólo cuando el hueso cayó limpio sobre el plato se dio por satisfecho. Llamó al camarero para que le trajese la cuenta, y mientras le cobraba terminó de beberse la segunda botella. Cuando éste regresó, le ofreció un platillo con un par de monedas.
—Es imposible que, de ese billete, sólo me quede esto—protestó entre hipidos.
—El señor me ha pedido que añada a la cuenta de esta noche lo que usted debía con anterioridad—se excusó el camarero—, y me ha ordenado comunicarle que aún no está saldada.
El vagabundo, enfurecido y borracho, lanzó la botella contra la pared que tenía más cerca. Antes de que cayera el último trozo de cristal al suelo, el hombre corpulento de la entrada había hecho su aparición, obligando amablemente a que el mendigo abandonase el establecimiento. Al llegar a la salida, lo lanzó como quien se deshace de una bolsa de basura.
—¡Y vuelve cuando tengas otro billete de esos!—le gritó antes de cerrar la puerta.
El vagabundo se puso de pie. Se sacudió la suciedad de la chaqueta, aunque mucha se quedase ya pegada a su ropa. Se internó un poco más en el callejón, buscando un lugar donde aliviarse antes de ir a su refugio para dormir. Allí, rodeado por la oscuridad, se bajó los pantalones y dejó que su vejiga se vaciase libremente, con las manos entrelazadas tras la nuca. Tras terminar, se vistió y caminó hacia la calle principal.
Mientras retornaba oyó unas voces que se escapaban por una ventana entreabierta. Un hombre y una mujer. El vagabundo se asomó por la rendija. El hombre quedaba fuera de su campo de visión, pero la mujer era totalmente apreciable. Enfundada un ajustado vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación, su pelo negro enmarcaba su rostro, y sus ojos verdes cautivaban todos los sentidos con una sola mirada. Llevaba un pintalabios del mismo color que su atuendo, y tenía la piel más pálida que había visto nunca.
—Es una lástima que ya te hayas puesto ese pintalabios, Chloé—dijo el hombre, posando una copa de champan junto a la de ella, vacía sobre la mesa y con la marca de sus labios en el borde.
Ella le dedicó una sonrisa como respuesta, y se encaminó a la ventana. Entonces lo vio. La mujer dijo algo que el vagabundo no alcanzó a entender del todo. Sólo comprendió que estaba en peligro cuando el hombre apartó el cristal y le apuntó con un arma.
—Quizá nuestro inesperado visitante quiera entrar con nosotros.
La mujer, Chloé, le abrió la puerta. Lo llevaron hasta una pequeña habitación, sin más muebles que una silla de madera en la que le obligaron a sentarse. Allí, el hombre posó el cañón sobre la frente del vagabundo. El frio metal le sacó del mundo creado por el alcohol.
—¡Yo no sé nada!—balbuceó—¡No he oído nada, lo juro!
—No podemos…—comenzó Chloé, hasta que el hombre la detuvo.
—Esté tranquilo, buen hombre—le dijo, apartando el arma—, tan sólo queremos que nos dé su opinión acerca del nuevo pintalabios de mi acompañante.
La mujer le dedicó una mirada incrédula, mientras el vagabundo asentía frenéticamente.
—¡Haré lo que sea, señor, lo que usted me pida!
—Entonces, Chloé, si haces el favor…—invitó el hombre, guardando la pistola.
Chloé, a regañadientes, se acercó al mendigo. Cada uno de sus movimientos era hipnótico. Se agachó, llevó una mano a la barbilla del vagabundo y le obligó a levantar la cabeza.
Y entonces le besó. A lo largo de un minuto, Chloé se adueñó de su boca; jugó con su lengua como nunca antes una mujer había hecho. Cuando se separaron, el vagabundo se relamió.
—Es exquisito—empezó, buscando las palabras apropiadas—, tiene un sabor que…
Pero no pudo decir nada más. Su boca se paralizó, sus músculos no respondían. Antes de que transcurriese otro minuto jadeaba, tratando de atrapar algo de aire que llevarse a los pulmones. Poco tiempo tardó en caer de la silla, un cuerpo inerte incapaz de sentir. Estaba muerto.
—Creo que necesitaré otro baso de champagne antes de irme—dijo Chloé, abandonando la habitación.
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