Creo que este año suspenderé Filosofía... xDD
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Ella corría por las calles de Barcelona, su pelo negro ondeando al viento. Sus oscuros ojos miraban con miedo. Se chocó con dos personas, cayó al suelo. Le dolían todos los músculos del cuerpo. Y seguía corriendo, huyendo de algo que nadie más alcanzaba a ver.
- ¡Aléjate de mí! –gritó ella con su voz aguda.
La gente de la Rambla la tomó por loca. Nadie la seguía. Ella se preguntaba si era la única que podía ver a aquel ser de ojos amarillos y consistencia del humo. Se preguntó si aquel ser realmente existía, si era fruto de su imaginación. No se atrevía a detenerse y comprobarlo.
Se alejó de las calles principales. Giró a la izquierda, a la derecha, de nuevo a la izquierda… Acabó en un callejón, apenas iluminado por la anaranjada luz del crepúsculo.
Y aquel ser de ojos amarillos le cerraba el paso. Ella gritó, pidiendo auxilio. Nadie vino. Ella se dejó caer, llorando. La criatura no se detuvo. La cubrió con su cuerpo hecho de humo. Y desaparecieron.
Nadie recordaría a aquella chica que corría por las calles de Barcelona, tratando de huir de su propio destino.
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martes, 1 de diciembre de 2009
domingo, 29 de noviembre de 2009
Ejecución, II
Gracias, San, por la inspiración xD
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Y allí estaba. Indefenso. Atado. Cegado. Torturado. Su vida en tus manos. No lo conoces de nada, y sin embargo tu arma acabará con él. Nada de balas falsas o reales. Segarás su vida.
Tu general se acerca a él. Susurran unas palabras. Se aleja del condenado riéndose. Alza la espada. Disfruta del momento. Un minuto… Dos... Bajó la mano, cortando el aire. Tu mano tiembla, pero no aprietas el gatillo.
No hizo falta llegar a tanto. Está muerto. Tres agujeros de bala en su pecho. Uno en el centro. Otra le perforó el pulmón. La tercera, el corazón. De los tres orificios manaba sangre.
Los soldados recogen sus armas. Ninguno habló. El general se acercó a vosotros, felicitando vuestro trabajo.
—Mi general, con vuestro permiso—Preguntas—. ¿Cuál fue su último deseo?
El general se rió con ganas.
—Que fuese rápido—Respondió.
Y la furia te corroe por dentro. Se burló de él. Lo torturó.
Armas tu fusil. Apuntas. La bala le atravesó la cabeza. Se desplomó.
Se abalanzan sobre ti. Alguien grita. Estas arrestado. Morirás mañana, al amanecer.
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Y allí estaba. Indefenso. Atado. Cegado. Torturado. Su vida en tus manos. No lo conoces de nada, y sin embargo tu arma acabará con él. Nada de balas falsas o reales. Segarás su vida.
Tu general se acerca a él. Susurran unas palabras. Se aleja del condenado riéndose. Alza la espada. Disfruta del momento. Un minuto… Dos... Bajó la mano, cortando el aire. Tu mano tiembla, pero no aprietas el gatillo.
No hizo falta llegar a tanto. Está muerto. Tres agujeros de bala en su pecho. Uno en el centro. Otra le perforó el pulmón. La tercera, el corazón. De los tres orificios manaba sangre.
Los soldados recogen sus armas. Ninguno habló. El general se acercó a vosotros, felicitando vuestro trabajo.
—Mi general, con vuestro permiso—Preguntas—. ¿Cuál fue su último deseo?
El general se rió con ganas.
—Que fuese rápido—Respondió.
Y la furia te corroe por dentro. Se burló de él. Lo torturó.
Armas tu fusil. Apuntas. La bala le atravesó la cabeza. Se desplomó.
Se abalanzan sobre ti. Alguien grita. Estas arrestado. Morirás mañana, al amanecer.
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jueves, 26 de noviembre de 2009
Destello de plata
Para ella
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Destello de plata. Rio de sangre. Temor. Dolor
Muerte.
El brillo de sus ojos te enmudece. Tus propios ojos te miran. Te odian. Él te odia, aquel que se esconde en ti. Aquel que eres, aquel que no eres. Aquel que se llevará tu vida. Aquel que te lanzará a un vació infinito.
Aquel que blande un cuchillo de plata manchado de sangre. Su sangre. Tu sangre.
Ves cómo agoniza. Ves cómo muere. Ves cómo una parte de ti desaparece. Sonríes, bañando una vez más aquel filo plateado con tu propia sangre.
Caéis en la oscuridad. Morís…
Despiertas. Pasas la mano derecha por tu frente sudorosa. Todo fue un mal sueño.
Te levantas de la cama. Tu mano izquierda blande un cuchillo de plata…
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Destello de plata. Rio de sangre. Temor. Dolor
Muerte.
El brillo de sus ojos te enmudece. Tus propios ojos te miran. Te odian. Él te odia, aquel que se esconde en ti. Aquel que eres, aquel que no eres. Aquel que se llevará tu vida. Aquel que te lanzará a un vació infinito.
Aquel que blande un cuchillo de plata manchado de sangre. Su sangre. Tu sangre.
Ves cómo agoniza. Ves cómo muere. Ves cómo una parte de ti desaparece. Sonríes, bañando una vez más aquel filo plateado con tu propia sangre.
Caéis en la oscuridad. Morís…
Despiertas. Pasas la mano derecha por tu frente sudorosa. Todo fue un mal sueño.
Te levantas de la cama. Tu mano izquierda blande un cuchillo de plata…
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miércoles, 25 de noviembre de 2009
Valor.
Sí, Raquel, yo en las clases me voy a mi mundo xD.
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En la oscura noche sólo se escuchaba el sonido del acero golpeando al acero. Dos ejércitos se enfrentaban, unos tratando de defender sus tierras de los invasores. Y perdían.
Franz luchaba por salvar su tierra y su vida junto a su mejor amigo, rodeados del ejército enemigo. Ambos veían como sus compañeros caían, uno tras otro.
Tocaron retirada. Los soldados corrieron a la fortaleza, tratando de salvar sus vidas. Los invasores gritaban, celebrando su victoria. Muchos de ellos corrían para tratar de alcanzar a los que huían, lanzando estocadas al aire. Seth tiró de Franz, sacándolo de aquel encierro. Corrían repeliendo los ataques de sus perseguidores.
— ¡Ya queda poco! —gritó Seth, bloqueando otra estocada. El puente del castillo estaba a apenas unos metros.
Y entonces silbó una flecha perdida. Seth cayó. Franz se detuvo junto al cuerpo de su mejor amigo, ahora agonizante. Junto a él aparecieron algunos de los compañeros de armas de Seth. Los restos de aquel grupo que se alistó unido. Casi hermanos.
—Dejadme—dijo Seth, con sus últimas fuerzas—. Salvaos.
Franz gritó. Su mejor amigo ahora yacía frente a él, muerto. Le ordenó a alguien que lo llevase adentro. Ni se fijó en quien era. Sólo una cosa ocupaba su mente.
Se puso de pié, con la espada en la mano. Volvió a gritar con todas sus fuerzas, antes de volver a lanzarse contra el invasor. Sus compañeros, sus hermanos, lo imitaron. Debían de ser unos siete hombres, pero el enemigo se veía superado.
Los defensores del castillo, inspirados por el valor de aquellos hombres, abandonaron su refugio para unirse a la batalla, para expulsar a aquellos invasores. El enemigo, creyéndose vencedor, apenas tuvo tiempo de reorganizarse. Pronto se dieron cuenta de que aquella batalla estaba perdida.
Porque el valor de unos pocos podía transformar la derrota en victoria.
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En la oscura noche sólo se escuchaba el sonido del acero golpeando al acero. Dos ejércitos se enfrentaban, unos tratando de defender sus tierras de los invasores. Y perdían.
Franz luchaba por salvar su tierra y su vida junto a su mejor amigo, rodeados del ejército enemigo. Ambos veían como sus compañeros caían, uno tras otro.
Tocaron retirada. Los soldados corrieron a la fortaleza, tratando de salvar sus vidas. Los invasores gritaban, celebrando su victoria. Muchos de ellos corrían para tratar de alcanzar a los que huían, lanzando estocadas al aire. Seth tiró de Franz, sacándolo de aquel encierro. Corrían repeliendo los ataques de sus perseguidores.
— ¡Ya queda poco! —gritó Seth, bloqueando otra estocada. El puente del castillo estaba a apenas unos metros.
Y entonces silbó una flecha perdida. Seth cayó. Franz se detuvo junto al cuerpo de su mejor amigo, ahora agonizante. Junto a él aparecieron algunos de los compañeros de armas de Seth. Los restos de aquel grupo que se alistó unido. Casi hermanos.
—Dejadme—dijo Seth, con sus últimas fuerzas—. Salvaos.
Franz gritó. Su mejor amigo ahora yacía frente a él, muerto. Le ordenó a alguien que lo llevase adentro. Ni se fijó en quien era. Sólo una cosa ocupaba su mente.
Se puso de pié, con la espada en la mano. Volvió a gritar con todas sus fuerzas, antes de volver a lanzarse contra el invasor. Sus compañeros, sus hermanos, lo imitaron. Debían de ser unos siete hombres, pero el enemigo se veía superado.
Los defensores del castillo, inspirados por el valor de aquellos hombres, abandonaron su refugio para unirse a la batalla, para expulsar a aquellos invasores. El enemigo, creyéndose vencedor, apenas tuvo tiempo de reorganizarse. Pronto se dieron cuenta de que aquella batalla estaba perdida.
Porque el valor de unos pocos podía transformar la derrota en victoria.
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jueves, 15 de octubre de 2009
Venganza
Una historia con muy posible continuación.
Para Bea, que hoy le salen más arrugas.
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—No es un sueño, es la vida —dijo el cardenal Amaury, mirando a los ojos a su hermano—. Una vida que, para vos, se acaba.
La habitación, iluminada por la anaranjada luz del amanecer, se tiño de sangre. La espada del cardenal rebanó la cabeza del rey, que rodó por el suelo. Se detuvo junto a la cama tras dejar un rastro de sangre por donde había pasado.
Amaury limpió el líquido rojo que manchaba su filo de plata en las ropas de su hermano decapitado y escupió sobre su cuerpo inerte.
—Adiós, majestad —rió, antes de abandonar la alcoba.
El silencio sepulcral que la muerte del rey había provocado en la habitación se rompió con un llanto. De debajo de la cama salió un niño, de apenas diez años, con el pelo rubio. Sus ojos, marrones y llenos de lágrimas, se cruzaron con los de su padre, inertes e incapaces de volver a ver. Alain, que así se llamaba el niño, se secó las lágrimas y abandonó la alcoba corriendo.
Era una noche cerrada, sin luna. Del gran salón surgía una música de festejo, en honor al nombramiento del nuevo rey. Tras el fallecimiento del anterior monarca, su hermano sería el sustituto en el trono. Amaury presidía la mesa principal, controlándolo todo con unos ojos oscuros que ocultaban sus pensamientos al mundo. Su lucha contra el tiempo le había dejado un rostro arrugado y un pelo blanco como la nieve. Observaba a las parejas bailar, riendo por dentro.
En unos minutos sería rey.
La música se detuvo. Las puertas se abrieron, dando paso a un hombre que porteaba una corona de oro y joyas. Las puertas se cerraron tras él. Las parejas se situaron en sus respectivos asientos, de pié. La corona llegó hasta la mesa principal. La rodeó. Un sacerdote la cogió. La alzó y la bendijo. Amaury se levantó. Había llegado el momento…
—¡¡Alto!!
Las puertas se abrieron de un fuerte golpe. Con paso firme, Alain entró en el salón, seguido por su tutor Bernard, que portaba una espada desenvainada. Las gentes murmuraron.
— ¿Por qué osáis interrumpir la ceremonia, príncipe? —preguntó el sacerdote.
—Porque ese hombre no puede ser rey —respondió Alain con voz firme—. Un hombre que mata a su propio hermano por avaricia no está preparado para gobernar.
Los murmullos cesaron de golpe. En silencio, las miradas del cardenal y del príncipe se cruzaron. Nadie en la sala pudo negar que en esos ojos sólo había odio.
El sacerdote les miró a ambos, preguntándose qué hacer. Amaury asintió, sonriendo. El sacerdote posó la corona sobre la cabeza del cardenal, con una sonrisa maliciosa y que sonaba a oro. La ceremonia había terminado.
—Yo, Amaury de Draizar —dijo el nuevo rey, con una voz grave y autoritaria—, por la presente, os declaro culpables de traición. El castigo —se detuvo, regodeándose en el momento —es vuestro destierro.
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Para Bea, que hoy le salen más arrugas.
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—No es un sueño, es la vida —dijo el cardenal Amaury, mirando a los ojos a su hermano—. Una vida que, para vos, se acaba.
La habitación, iluminada por la anaranjada luz del amanecer, se tiño de sangre. La espada del cardenal rebanó la cabeza del rey, que rodó por el suelo. Se detuvo junto a la cama tras dejar un rastro de sangre por donde había pasado.
Amaury limpió el líquido rojo que manchaba su filo de plata en las ropas de su hermano decapitado y escupió sobre su cuerpo inerte.
—Adiós, majestad —rió, antes de abandonar la alcoba.
El silencio sepulcral que la muerte del rey había provocado en la habitación se rompió con un llanto. De debajo de la cama salió un niño, de apenas diez años, con el pelo rubio. Sus ojos, marrones y llenos de lágrimas, se cruzaron con los de su padre, inertes e incapaces de volver a ver. Alain, que así se llamaba el niño, se secó las lágrimas y abandonó la alcoba corriendo.
Era una noche cerrada, sin luna. Del gran salón surgía una música de festejo, en honor al nombramiento del nuevo rey. Tras el fallecimiento del anterior monarca, su hermano sería el sustituto en el trono. Amaury presidía la mesa principal, controlándolo todo con unos ojos oscuros que ocultaban sus pensamientos al mundo. Su lucha contra el tiempo le había dejado un rostro arrugado y un pelo blanco como la nieve. Observaba a las parejas bailar, riendo por dentro.
En unos minutos sería rey.
La música se detuvo. Las puertas se abrieron, dando paso a un hombre que porteaba una corona de oro y joyas. Las puertas se cerraron tras él. Las parejas se situaron en sus respectivos asientos, de pié. La corona llegó hasta la mesa principal. La rodeó. Un sacerdote la cogió. La alzó y la bendijo. Amaury se levantó. Había llegado el momento…
—¡¡Alto!!
Las puertas se abrieron de un fuerte golpe. Con paso firme, Alain entró en el salón, seguido por su tutor Bernard, que portaba una espada desenvainada. Las gentes murmuraron.
— ¿Por qué osáis interrumpir la ceremonia, príncipe? —preguntó el sacerdote.
—Porque ese hombre no puede ser rey —respondió Alain con voz firme—. Un hombre que mata a su propio hermano por avaricia no está preparado para gobernar.
Los murmullos cesaron de golpe. En silencio, las miradas del cardenal y del príncipe se cruzaron. Nadie en la sala pudo negar que en esos ojos sólo había odio.
El sacerdote les miró a ambos, preguntándose qué hacer. Amaury asintió, sonriendo. El sacerdote posó la corona sobre la cabeza del cardenal, con una sonrisa maliciosa y que sonaba a oro. La ceremonia había terminado.
—Yo, Amaury de Draizar —dijo el nuevo rey, con una voz grave y autoritaria—, por la presente, os declaro culpables de traición. El castigo —se detuvo, regodeándose en el momento —es vuestro destierro.
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