Durante el resto de la semana el sueño se repitió. Desperté cada día envuelto en sudor. La cama quedaba completamente deshecha, e incluso las sábanas presentaban roturas. Le expliqué a mi madre que había tenido una pesadilla muy vívida; eso bastó.
Hasta el fin de semana siguiente no tuve tiempo de ir a visitar de nuevo a aquel anciano, cuyos conocimientos del tema me resultaban intrigantes. Conocía a Eduardo Martín—y, por algún motivo, me confundía con él—, autor de uno de los capítulos del libro que ocultaba bajo mi colchón y presunto pirómano. Si realmente quería investigar aquel tema, aquella era una oportunidad única.
Realmente ni yo entiendo por qué ese libro me interesaba tanto. Supongo qe me fascinaba la posibilidad de que, y por muy improbable que fuese, aquellas historias fueran ciertas. Y el hecho de que la acción, por llamarlo de alguna forma, saltase desde Barcelona a Chicago, y regresase a España, me llamaba la atención.
Aquel sábado me levanté al alba. Recuerdo haber visto cómo salía el sol, sus rayos de luz reflejados sobre la superficie de un mar en calma, sentado al borde del agua. Un impulso más. Esperé durante unos minutos, mientras un barco se alejaba del puerto. Regresé con el tiempo suficiente para colarme entre las sábanas y así fingir que seguía dormido a ojos de mi madre. Ni qué decir que me descubrió.
— ¿Dónde has estado? —preguntó apenas hube puesto un pié en la cocina, apenas una hora después de mi regreso.
—En mi cama—respondí, fingiendo que la pregunta me pillaba por sorpresa.
—Entonces el rastro de arena que hay desde la puerta de casa hasta tu habitación me lo he imaginado.
Me maldije por ponérselo tan fácil.
—Supongo—dije, tomando el bol del desayuno.
—Y…—mi madre se acercó a mí, moviendo las cejas— ¿cómo se llama ella?
Escupí la leche, atragantado. Ella me dio unos golpes en la espalda, intentando que se me pasase. Un instante después recuperé el aliento.
— ¿Qué?—inquirí con voz entrecortada.
—Habéis ido juntos a ver el amanecer, lo sé. Que romántico… Recuerdo que, hace años, tu padre y yo también lo hacíamos. Él se plantaba bajo mi ventana, lanzaba unas piedras contra el cristal para llamarme y me gritaba que…
Engullí lo que quedaba de desayuno y salí corriendo, evitando así una vez más la historia que protagonizaron mis progenitores. No era la primera vez que intentaba contármela, aunque yo siempre mostraba el mismo interés que aquella fría mañana de febrero.
—¡Luego me pedirás ayuda, seguro!—Gritó cuando se dio cuenta de que me había ido, mientras yo cerraba la puerta de casa.
Cuando salí eran las nueve de la mañana, según mis cálculos. Si estaba en lo cierto, quedaba como mínimo una hora para que David pensase siquiera en levantarse. Bajé por Miguel de Artigas hasta la plaza del ayuntamiento, sentándome en un banco a dejar pasar el tiempo.
La gente pasaba a mí alrededor sin detenerse a mirar nada. Hombres que iban a abrir sus negocios, mujeres de compras. Algún saludo a medias si miradas conocidas se cruzaban, pero no pasaba de ahí. La suave brisa traía una hoja, robada a un árbol cercano. Su frio aliento se colaba entre mi ropa, congelándome hasta los huesos. Nada más pasó hasta el momento en el que decidí que, fuese la hora que fuese, David tendría que levantarse.
— ¿Tú sabes qué hora es? —me dijo unos minutos después. Estaba notablemente enfadado, quizá por el golpe que le propiné con un cojín en un intento de despertarlo.
—No—respondí, con total sinceridad.
Se apoyó en la cama, tratando de levantarse del suelo. Mientras se volvía a meter entre las sábanas, abrí la ventana de par en par. En viento helado terminó de despertarlo. Se vistió lentamente, pidiendo piedad a gritos.
— ¿Y qué haces aquí?
—Vengo para que me acompañes a ver al abuelo.
—¿Otra vez con esto?—Me apuntó con un dedo, llevándose la otra mano al pelo—. Creo haberte dicho que no cuentes conmigo.
—Necesito que me acompañes—dije, apartando su mano de un golpe—. Hay algo que tienes que oír. Además, esa pose te hace parecer imbécil.
—Vaya, tendré que trabajarme otra.
—Anda, vamos. A ver si hay suerte y te cae encima la granizada que te hace falta.
Llevé a David casi a rastras hasta el edificio del viejo. Me paré al llegar, mirando el portal.
—Ahora que me has traído hasta aquí, no me hagas esperar—dijo.
Conté setenta y dos escalones. Dieciocho por piso, nueve por cada giro. Los subí uno a uno, pensando mientras qué iba a decir. Si llevaba a David era tan sólo para no echarme atrás. Llevaba toda la semana convenciéndome a mí mismo para hacer esto, y aquella mañana aún no lo había logrado del todo. Cuando quise darme cuenta, y mientras buscaba razones para ir corriendo a casa, mi amigo llamaba a la puerta, que se hizo a un lado al instante.
Entramos. Arrastré los pies hasta el salón, el mismo lugar donde había encontrado al anciano. Él se encontraba sentado en el mismo sillón de la última vez. No supe qué decir.
—¿Quién es?—preguntó el anciano.
—Soy Martín—respondí—. Venía a hablar con usted, si es que no está muy ocupado.
—No, Martín, no es problema—dijo, notablemente cansado—. ¿Qué quieres contarme?
—Pues…—una idea cruzó de pronto por mi mente—. Quería ponerle al día sobre aquella “sombra”, pero no recuerdo exactamente hasta que punto conversamos sobre el tema.
—Oye, Javier—me susurró David—, ¿por qué tienes que mentirle?
Lo pensé por un segundo. Él estaba en lo cierto, ¿por qué tenía que engañar al anciano? Bastaba con preguntar. Pero, a estas alturas de la historia, rectificar era algo impensable. Me debatía entre estas dos opciones cuando mi anfitrión me interrumpió.
—Huya.
— ¿Cómo dice?
—Es lo que usted me recomendó. “Huya, y no vuelva a esta ciudad”, me dijo. Que me mantuviera alejado de aquel libro maldito…
Lentamente, la voz del anciano se fue apagando. Se quedó dormido ante mis ojos, de nuevo. Estaba notablemente fatigado. Su respiración era muy suave, muy tranquila.
—Me parece que debemos irnos, David—dije, encaminándome a la salida.
Cuando mi mano tocó el pomo de la puerta principal me giré. Mi amigo no me había seguido. Deshice mis pasos, encontrándolo de pie en el mismo sitio en el que había permanecido durante toda la conversación. Su mirada revelaba un nerviosismo inesperado en él.
— ¿Ocurre algo?—pregunté.
David se abalanzó sobre el anciano, apoyando dos dedos en su cuello.
—Javier, no tiene pulso.
— ¿Cómo?
—¡Que no tiene pulso! ¡Y no respira!
Me acerqué yo también, dispuesto a demostrarle que se equivocaba. Cogí aquel brazo, frágil y arrugado, por la muñeca, sujetándolo con dos dedos. No notaba nada. Me acerqué a su rostro, posé la mano en su pecho. Nada. Sentí como el color se iba de mi cara.
—David, busca un teléfono—dije, con una calma que no era mía.
Me quedé junto al anciano mientras mi amigo corría, desesperado. De pie, sin abrir la boca, sin parpadear siquiera. No podía moverme. Veía como aquel hombre, tan marcado por el paso del tiempo, se iba poco a poco hacia un lugar desconocido, y no me sentía capaz de hacer nada. Ni siquiera pensar en otra cosa, más que en el hecho de que si él moría, yo perdería aquella historia que tanto necesitaba oír.
Perdí la noción del tiempo. No recuerdo en qué momento David volvió a mi lado, ni cuando apareció aquel hombre que, con un empujón en el pecho, me alejó del anciano. Vi como le buscaba el pulso, cómo aplicaba las técnicas que creía necesarias, hasta que se volvió hacia mí.
—Lo siento, chaval—dijo—. Tu abuelo ha fallecido.
El hombre se quedó con nosotros un par de minutos, antes de irse. Reaccioné cuando, tras zarandearme y gritarme, David me abofeteó. Me dijo que debíamos contárselo a alguien. Le pregunté donde estaba el teléfono. Arrastré los pies hasta el aparato. Había una agenda junto a él. El primer número aparecía indicado únicamente como “hijo”. Lo marqué. Me respondió una voz dulce, un timbre femenino cuya musicalidad me sonaba. Sin embargo, mi cabeza no era capaz de reconocer sonidos. Le indiqué la dirección desde la que llamaba, preguntando si conocía al anciano. Me lo confirmó, afirmando que era su nieta.
No pude encontrar una forma fácil de decirlo, así que lo hice sin rodeos. Poca idea tenía yo de que estaba informando a Marina de que su abuelo acababa de morir ante mis ojos.
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viernes, 6 de mayo de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
Cuentos infantiles.
Por que todas las historias, o al menos esta, se merecen un final feliz.
Para ti, Marina. Hasta luego
__________
—Abuelo, cuéntame un cuento.
La niña estaba tumbada en la cama, tapada hasta los hombros. Sus ojos azules, despiertos, cargados de inocencia infantil, miraban el rostro arrugado del hombre que acababa de apartarle un mechón de su pelo rubio para besarle la frente.
—¿Ahora, pequeña?—dijo él—. Pero si es muy tarde. Deberías estar durmiendo ya.
—Jo, abuelo… Venga, uno cortito para que pueda dormir—rogó ella.
—Está bien…—cedió el abuelo—. Pero uno solo, y después a dormir.
“Hace ya mucho tiempo, había un pueblo en lo alto de un acantilado al borde del mar. En lo más alto, un niño pequeño llamado Vincent salía cada mañana a jugar con su mejor amiga.”
—¿Y cómo era ese niño, abuelo?
—¿Cómo te lo imaginas tú, pequeña? —preguntó.
—Pues… ¡Tiene el pelo negro! —respondió la niña, saltando sobre la cama.
—¿Y los ojos?
—Mmm… ¡Negros también!
—De acuerdo, pequeña.
“El pequeño Vincent se encontraba cada mañana con su mejor amiga, en lo más alto del acantilado. Siempre llegaba el primero, y esperaba mirando la luz del sol reflejada en el agua, jugando con su pelo negro. La niña siempre llegaba y saludaba con su dulce voz cantarina.”
—¿Y cómo se llamaba la niña, abuelo?
—Para eso aún queda más cuento, pequeña.
“Entonces Vincent se levantaba e iban a jugar. Todo el día, hasta que se ponía el sol. Entonces se despedían, prometiendo que se encontrarían a la mañana siguiente en el mismo lugar. Pero un día, la niña no apareció. Vincent la esperó todo el tiempo, sentado al borde del acantilado, escuchando atentamente por si la oía llegar. Así volvió una y otra y otra vez. Pero la niña no regresó a aquel lugar.
Pasaron los años y Vincent creció. Con el tiempo, llegó a olvidar a aquella niña con la que tanto había jugado.”
—Abuelo, ¿y cómo era la niña?
—Pues como son todas las niñas—respondió él—. De hecho, se parece mucho a ti.
—Vaya…
“Vincent hizo nuevos amigos, vivió nuevas aventuras. Pero un día, o mejor dicho una noche, tuvo un sueño. En él se veía a una chica, que le sonreía. Vincent gritó, pero no le respondió. La chica sólo se quedaba quieta, sonriendo. Entonces Vincent corrió, intentando alcanzarla. Y cuando la tuvo cerca de su mano, despertó. Siete noches seguidas se repitió ese sueño. A la mañana del séptimo día, Vincent se decidió. Se había acordado de que una vez, hace ya mucho, una niña como ella fue su amiga. No lograba recordar su nombre. Cogió una mochila y partió en busca de aquella chica.”
—Vincent vivió muchas aventuras en su viaje—dijo el abuelo—. Por desgracia, se nos hace tarde, así que nos las saltaremos.
—Jo, abuelo, no es justo.
—Tranquila, ahora viene lo mejor
“Un día al fin alcanzó su meta. Se trataba de un pueblo, parecido al suyo, al borde del acantilado. Guiado por una corazonada, Vincent subió a lo más alto. No había nada. Se quedó allí sentado, mirando al mar, toda la noche. Hasta que amaneció.
El silencio de la mañana se vio interrumpido por una canción. Vincent se levantó. Se encontró frente a una chica. Ella lo miraba extrañada. Luego sonrió.
—Te he estado esperando mucho—dijo.
Y entonces Vincent recordó su nombre.”
—¿Y cuál era, eh, abuelo?
—Eso depende de quién escuche la historia, Marina.
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Para ti, Marina. Hasta luego
__________
—Abuelo, cuéntame un cuento.
La niña estaba tumbada en la cama, tapada hasta los hombros. Sus ojos azules, despiertos, cargados de inocencia infantil, miraban el rostro arrugado del hombre que acababa de apartarle un mechón de su pelo rubio para besarle la frente.
—¿Ahora, pequeña?—dijo él—. Pero si es muy tarde. Deberías estar durmiendo ya.
—Jo, abuelo… Venga, uno cortito para que pueda dormir—rogó ella.
—Está bien…—cedió el abuelo—. Pero uno solo, y después a dormir.
“Hace ya mucho tiempo, había un pueblo en lo alto de un acantilado al borde del mar. En lo más alto, un niño pequeño llamado Vincent salía cada mañana a jugar con su mejor amiga.”
—¿Y cómo era ese niño, abuelo?
—¿Cómo te lo imaginas tú, pequeña? —preguntó.
—Pues… ¡Tiene el pelo negro! —respondió la niña, saltando sobre la cama.
—¿Y los ojos?
—Mmm… ¡Negros también!
—De acuerdo, pequeña.
“El pequeño Vincent se encontraba cada mañana con su mejor amiga, en lo más alto del acantilado. Siempre llegaba el primero, y esperaba mirando la luz del sol reflejada en el agua, jugando con su pelo negro. La niña siempre llegaba y saludaba con su dulce voz cantarina.”
—¿Y cómo se llamaba la niña, abuelo?
—Para eso aún queda más cuento, pequeña.
“Entonces Vincent se levantaba e iban a jugar. Todo el día, hasta que se ponía el sol. Entonces se despedían, prometiendo que se encontrarían a la mañana siguiente en el mismo lugar. Pero un día, la niña no apareció. Vincent la esperó todo el tiempo, sentado al borde del acantilado, escuchando atentamente por si la oía llegar. Así volvió una y otra y otra vez. Pero la niña no regresó a aquel lugar.
Pasaron los años y Vincent creció. Con el tiempo, llegó a olvidar a aquella niña con la que tanto había jugado.”
—Abuelo, ¿y cómo era la niña?
—Pues como son todas las niñas—respondió él—. De hecho, se parece mucho a ti.
—Vaya…
“Vincent hizo nuevos amigos, vivió nuevas aventuras. Pero un día, o mejor dicho una noche, tuvo un sueño. En él se veía a una chica, que le sonreía. Vincent gritó, pero no le respondió. La chica sólo se quedaba quieta, sonriendo. Entonces Vincent corrió, intentando alcanzarla. Y cuando la tuvo cerca de su mano, despertó. Siete noches seguidas se repitió ese sueño. A la mañana del séptimo día, Vincent se decidió. Se había acordado de que una vez, hace ya mucho, una niña como ella fue su amiga. No lograba recordar su nombre. Cogió una mochila y partió en busca de aquella chica.”
—Vincent vivió muchas aventuras en su viaje—dijo el abuelo—. Por desgracia, se nos hace tarde, así que nos las saltaremos.
—Jo, abuelo, no es justo.
—Tranquila, ahora viene lo mejor
“Un día al fin alcanzó su meta. Se trataba de un pueblo, parecido al suyo, al borde del acantilado. Guiado por una corazonada, Vincent subió a lo más alto. No había nada. Se quedó allí sentado, mirando al mar, toda la noche. Hasta que amaneció.
El silencio de la mañana se vio interrumpido por una canción. Vincent se levantó. Se encontró frente a una chica. Ella lo miraba extrañada. Luego sonrió.
—Te he estado esperando mucho—dijo.
Y entonces Vincent recordó su nombre.”
—¿Y cuál era, eh, abuelo?
—Eso depende de quién escuche la historia, Marina.
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domingo, 17 de abril de 2011
Lucha
Ojalá fuera tan fácil.
_____
El perdedor se levantó con ganas de pelear. Perdía su sangre, se precipitaba a su final. Sonreía, sin embargo. Atrapado entre la pared y un cañón, que apuntaba directamente a su frente. Aferraba un trozo de cristal. No se rendía.
—Te veré en tu funeral.
El hombre del arma reía. Calló. Se hizo el silencio. La explosión lo rompió. El aire se llenó de olor a pólvora quemada. El perdedor se echó atrás. Se apoyaba en la pared; la sangre manando del orificio de su cabeza. El hombre le dio la espalda.
—Lo siento, no estás invitado.
El hombre se volvió. Tarde. El perdedor se le echó encima. Clavó el cristal en su cuello. Cayeron. Inertes, muertos.
El perdedor cayó, no sin antes luchar. No sin antes ganar.
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_____
El perdedor se levantó con ganas de pelear. Perdía su sangre, se precipitaba a su final. Sonreía, sin embargo. Atrapado entre la pared y un cañón, que apuntaba directamente a su frente. Aferraba un trozo de cristal. No se rendía.
—Te veré en tu funeral.
El hombre del arma reía. Calló. Se hizo el silencio. La explosión lo rompió. El aire se llenó de olor a pólvora quemada. El perdedor se echó atrás. Se apoyaba en la pared; la sangre manando del orificio de su cabeza. El hombre le dio la espalda.
—Lo siento, no estás invitado.
El hombre se volvió. Tarde. El perdedor se le echó encima. Clavó el cristal en su cuello. Cayeron. Inertes, muertos.
El perdedor cayó, no sin antes luchar. No sin antes ganar.
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martes, 29 de marzo de 2011
La lágrima de Artemisa
Allá donde haya un buen tesoro...
_______________________________________
—Hay que reconocer que los tiene bien puestos, ¿verdad, inspector?
El hombre al que iba dirigida la pregunta, un veterano del cuerpo siempre enfundado en una gabardina raída, se detuvo al instante. Ladeó levemente la cabeza, lanzando una mirada asesina al policía que le acompañaba, prudentemente situado dos pasos por detrás de su superior. Éste se detuvo al instante, eliminando la perpetua sonrisa que blandía desde aquella mañana.
—¿Le parece un tema para bromear, sargento?
—No, señor…— tartamudeó.
—Entonces, no las haga, Jackson.
—Es Johnson…— murmuró este.
El sargento se quitó la gorra y se pasó la mano por el pelo. Sin duda, James Graunt era un hombre con demasiado mal humor, y más si tenemos en cuenta la extraña nota que habían recibido hace una semana, remitida del museo. “Cuiden bien de la lágrima de la diosa, pasaré a recogerla el próximo sábado a media noche”, decía la carta. Firmaba simplemente Hermione.
—¡Anda que no se lo tiene creído la niña!— dijo el inspector al leer la nota, escrita con una pulcra caligrafía.
—Mira que anunciar el robo… Parece que confía mucho en su habilidad.
—No es sólo por eso. El nombre “Hermione” deriva de Hermes, el dios griego, el cual dicen que el día de su nacimiento robó el rebaño de su hermano Apolo.
—¿Y? — preguntó Johnson.
—Pero que poca cultura. Va a robar la “Lágrima de Artemisa”, que es la hermana de Apolo.
—No lo entiendo…
El inspector le propinó un fuerte golpe en la nuca que lo hizo tambalearse.
— No me sorprende.
Y allí estaban, en aquella enorme estancia, una semana después. Entraron a través de una de las tres puertas que permitían el acceso a la sala, la que quedaba justo enfrente del enorme cuadro que colgaba de la pared, abarcándola casi por completo. “El lamento de la cierva” representaba a la diosa Artemisa en pleno llanto, tirada junto al cuerpo inerte del animal que daba nombre a la pintura. La distribución era un capricho del director, ya que en la habitación sólo se guardaban el lienzo y una joya.
La Lágrima de Artemisa era un zafiro del tamaño de un puño. Ocupaba el centro de la sala, delante del cuadro de la misma diosa, sobre un pilar y cubierto por un cristal protector que hacía que saltase la alarma con solo estornudar sobre él. Aquel día, la sala estaba cerrada al público, y llena de agentes de policía.
— Me gustará ver cómo intenta robarla delante de mío… —James Graunt se apoyó en una pared, y haciendo caso omiso a los carteles que había por todo el recinto, encendió su pipa.
Quedaban treinta minutos para la media noche. Se hizo el relevo, y el grupo tomó posiciones. Cuatro hombres rodeando la joya, el resto distribuidos por parejas en las esquinas. El inspector seguía en el mismo sitio, mirando con atención cada mínimo movimiento. Examinó a cada uno de los agentes que estaban en la sala. Como había especificado, eran todos hombres. No quería pensar en la posibilidad de que la ladrona fuese miembro del cuerpo, pero no podía dejar nada al azar. Contó los minutos que quedaban para la hora mencionada en aquella nota. Quince.
—Jackson —dijo entones —, quedas al mando.
Abandonó la sala, bajo la incrédula mirada de todos. Caminó arrastrando los pies, cruzándose con los otros agentes que patrullaban el interior del museo. En menos de cinco minutos había abandonado el edificio.
—Vamos, chicos, relajaos —soltó Johnson en cuanto perdió de vista al inspector —. Nuestro personal está por todo el edificio, es imposible que entre aquí.
Se apoyó en la pared, en el punto exacto donde minutos antes había estado Graunt, y comenzó a imitarlo para el entretenimiento de sus compañeros. Entre sus carcajadas fingió tropezar y cayó al suelo. Se quedó tumbado en el suelo unos instantes. Sin duda, iba a ser una noche tranquila. A nadie se le ocurriría ir aquella noche a robar…
Lo vio caer durante unos segundos. Un pequeño cilindro de plata, que escuchó rebotar sobre el suelo fuera de su alcance visual. Sus compañeros miraban el objeto sin comprender del todo lo que era. Se levantó de un salto. Tarde. Era exactamente medianoche cuando la nube de humo llenó por completo la sala.
Johnson tosió. Oyó un ruido a su lado, como si alguien hubiera saltado y caído allí. Alargó una mano, intentando cogerlo. No atrapó más que humo. Escuchó un grito, un cuerpo cayendo al suelo. Y otro más, junto al primero. Después un crujido, un minuto de silencio, y nada.
La nube de humo se mantuvo cinco minutos, tras los cuales desapareció con una brisa de origen desconocido. Dos agentes estaban tirados en el suelo, inconscientes. Para alivio de todos, la joya seguía en su lugar.
—¡Aquí no ha pasado nada! —rió Johnson.
Esperó a que sus compañeros lo celebraran con él. Ninguno lo hizo. Todos miraban fijamente la pared que tenía detrás de él. Lentamente se giró. Y no encontró nada.
—¡Mierda!
Era una noche oscura, sin luna. La poza luz que había era la que se filtraba por el tragaluz del museo, en donde había un agujero lo suficientemente grande para una persona. Un agente de policía estaba tirado en el suelo, inconsciente. Y una mujer ataba con cuidado un paquete a una tirolina que terminaba en un edificio cercano. El bulto llegó hasta allí sin problemas. La mujer se preparó para seguirlo.
—Quieta —dijo una voz.
La mujer se detuvo. Se volvió lentamente. Un hombre, enfundado en una vieja y raída gabardina, la apuntaba con una pistola. James Graunt contó los pasos que podía dar antes de que ella saltase al otro edificio y quedase fuese de su alcance. Demasiados como para pensar siquiera en intentarlo.
—Hermione, ¿me equivoco?
—No, señor inspector—dijo ella. Llevaba un traje negro, que dificultaba verla en la oscuridad, y cubría su rostro con un antifaz del mismo color. Lo único que delataba su posición era aquel pelo rubio, brillante incluso con la poca luz, y los zafiros con los que miraba.
—Aléjate de la cuerda —ordenó.
Ella puso un pie en el borde del tejado, sujetando la cuerda con una mano. Había una caída de más de quince metros. Graunt dio un paso hacia ella. Hermione lo vio, le lanzó un beso de despedida y saltó. Hubo un fogonazo, seguido de un fuerte olor a pólvora. El metal se internó en la oscuridad de la noche, lejos de cualquier persona. Hermione se alejó llevándose el botín, como había anunciado. Delante de todos, y sin que nadie pudiese impedirlo, se había llevado la otra lágrima de Artemisa.
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—Hay que reconocer que los tiene bien puestos, ¿verdad, inspector?
El hombre al que iba dirigida la pregunta, un veterano del cuerpo siempre enfundado en una gabardina raída, se detuvo al instante. Ladeó levemente la cabeza, lanzando una mirada asesina al policía que le acompañaba, prudentemente situado dos pasos por detrás de su superior. Éste se detuvo al instante, eliminando la perpetua sonrisa que blandía desde aquella mañana.
—¿Le parece un tema para bromear, sargento?
—No, señor…— tartamudeó.
—Entonces, no las haga, Jackson.
—Es Johnson…— murmuró este.
El sargento se quitó la gorra y se pasó la mano por el pelo. Sin duda, James Graunt era un hombre con demasiado mal humor, y más si tenemos en cuenta la extraña nota que habían recibido hace una semana, remitida del museo. “Cuiden bien de la lágrima de la diosa, pasaré a recogerla el próximo sábado a media noche”, decía la carta. Firmaba simplemente Hermione.
—¡Anda que no se lo tiene creído la niña!— dijo el inspector al leer la nota, escrita con una pulcra caligrafía.
—Mira que anunciar el robo… Parece que confía mucho en su habilidad.
—No es sólo por eso. El nombre “Hermione” deriva de Hermes, el dios griego, el cual dicen que el día de su nacimiento robó el rebaño de su hermano Apolo.
—¿Y? — preguntó Johnson.
—Pero que poca cultura. Va a robar la “Lágrima de Artemisa”, que es la hermana de Apolo.
—No lo entiendo…
El inspector le propinó un fuerte golpe en la nuca que lo hizo tambalearse.
— No me sorprende.
Y allí estaban, en aquella enorme estancia, una semana después. Entraron a través de una de las tres puertas que permitían el acceso a la sala, la que quedaba justo enfrente del enorme cuadro que colgaba de la pared, abarcándola casi por completo. “El lamento de la cierva” representaba a la diosa Artemisa en pleno llanto, tirada junto al cuerpo inerte del animal que daba nombre a la pintura. La distribución era un capricho del director, ya que en la habitación sólo se guardaban el lienzo y una joya.
La Lágrima de Artemisa era un zafiro del tamaño de un puño. Ocupaba el centro de la sala, delante del cuadro de la misma diosa, sobre un pilar y cubierto por un cristal protector que hacía que saltase la alarma con solo estornudar sobre él. Aquel día, la sala estaba cerrada al público, y llena de agentes de policía.
— Me gustará ver cómo intenta robarla delante de mío… —James Graunt se apoyó en una pared, y haciendo caso omiso a los carteles que había por todo el recinto, encendió su pipa.
Quedaban treinta minutos para la media noche. Se hizo el relevo, y el grupo tomó posiciones. Cuatro hombres rodeando la joya, el resto distribuidos por parejas en las esquinas. El inspector seguía en el mismo sitio, mirando con atención cada mínimo movimiento. Examinó a cada uno de los agentes que estaban en la sala. Como había especificado, eran todos hombres. No quería pensar en la posibilidad de que la ladrona fuese miembro del cuerpo, pero no podía dejar nada al azar. Contó los minutos que quedaban para la hora mencionada en aquella nota. Quince.
—Jackson —dijo entones —, quedas al mando.
Abandonó la sala, bajo la incrédula mirada de todos. Caminó arrastrando los pies, cruzándose con los otros agentes que patrullaban el interior del museo. En menos de cinco minutos había abandonado el edificio.
—Vamos, chicos, relajaos —soltó Johnson en cuanto perdió de vista al inspector —. Nuestro personal está por todo el edificio, es imposible que entre aquí.
Se apoyó en la pared, en el punto exacto donde minutos antes había estado Graunt, y comenzó a imitarlo para el entretenimiento de sus compañeros. Entre sus carcajadas fingió tropezar y cayó al suelo. Se quedó tumbado en el suelo unos instantes. Sin duda, iba a ser una noche tranquila. A nadie se le ocurriría ir aquella noche a robar…
Lo vio caer durante unos segundos. Un pequeño cilindro de plata, que escuchó rebotar sobre el suelo fuera de su alcance visual. Sus compañeros miraban el objeto sin comprender del todo lo que era. Se levantó de un salto. Tarde. Era exactamente medianoche cuando la nube de humo llenó por completo la sala.
Johnson tosió. Oyó un ruido a su lado, como si alguien hubiera saltado y caído allí. Alargó una mano, intentando cogerlo. No atrapó más que humo. Escuchó un grito, un cuerpo cayendo al suelo. Y otro más, junto al primero. Después un crujido, un minuto de silencio, y nada.
La nube de humo se mantuvo cinco minutos, tras los cuales desapareció con una brisa de origen desconocido. Dos agentes estaban tirados en el suelo, inconscientes. Para alivio de todos, la joya seguía en su lugar.
—¡Aquí no ha pasado nada! —rió Johnson.
Esperó a que sus compañeros lo celebraran con él. Ninguno lo hizo. Todos miraban fijamente la pared que tenía detrás de él. Lentamente se giró. Y no encontró nada.
—¡Mierda!
Era una noche oscura, sin luna. La poza luz que había era la que se filtraba por el tragaluz del museo, en donde había un agujero lo suficientemente grande para una persona. Un agente de policía estaba tirado en el suelo, inconsciente. Y una mujer ataba con cuidado un paquete a una tirolina que terminaba en un edificio cercano. El bulto llegó hasta allí sin problemas. La mujer se preparó para seguirlo.
—Quieta —dijo una voz.
La mujer se detuvo. Se volvió lentamente. Un hombre, enfundado en una vieja y raída gabardina, la apuntaba con una pistola. James Graunt contó los pasos que podía dar antes de que ella saltase al otro edificio y quedase fuese de su alcance. Demasiados como para pensar siquiera en intentarlo.
—Hermione, ¿me equivoco?
—No, señor inspector—dijo ella. Llevaba un traje negro, que dificultaba verla en la oscuridad, y cubría su rostro con un antifaz del mismo color. Lo único que delataba su posición era aquel pelo rubio, brillante incluso con la poca luz, y los zafiros con los que miraba.
—Aléjate de la cuerda —ordenó.
Ella puso un pie en el borde del tejado, sujetando la cuerda con una mano. Había una caída de más de quince metros. Graunt dio un paso hacia ella. Hermione lo vio, le lanzó un beso de despedida y saltó. Hubo un fogonazo, seguido de un fuerte olor a pólvora. El metal se internó en la oscuridad de la noche, lejos de cualquier persona. Hermione se alejó llevándose el botín, como había anunciado. Delante de todos, y sin que nadie pudiese impedirlo, se había llevado la otra lágrima de Artemisa.
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Lágrima de Artemisa,
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lunes, 14 de marzo de 2011
Last song
Para tí. No sé si seré capaz de cumplir los términos de ese acuerdo... que no sé de donde te has sacado. Sólo espero que, si algún día lo logro, sigas teniendo el mismo número.
________
Deslizo la mano sobre tu pelo rubio.
Te acercas, apoyando tu frente en la mía.
Sonríes, me miras,
siempre con esos ojos azules, llenos de vida.
—Te quiero— susurro.
Y veo felicidad en tus ojos.
Un segundo, apenas.
Después se transforman,
dos piedras azules sin brillo.
Ni vida ni pena.
Con el viento te vas
y la pesadilla comienza Leer más...
________
Deslizo la mano sobre tu pelo rubio.
Te acercas, apoyando tu frente en la mía.
Sonríes, me miras,
siempre con esos ojos azules, llenos de vida.
—Te quiero— susurro.
Y veo felicidad en tus ojos.
Un segundo, apenas.
Después se transforman,
dos piedras azules sin brillo.
Ni vida ni pena.
Con el viento te vas
y la pesadilla comienza Leer más...
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