Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
domingo, 12 de agosto de 2012
Alma en llamas, Capítulo IX
Giré la última página por quinta vez aquella noche. Estaba en mi habitación, leyendo a la luz de una vela. Me dejé caer sobre la cama, que crujió al recibir de repente mi cuerpo. Mi estómago rugió. Había subido directo nada más volver. No había probado bocado. Algo en mí sabía que toda la comida que tragase se abriría paso por donde había venido en su camino a la salida.
Abandoné las páginas a un lado y apagué la luz. Intenté dormir. A pesar de sentir que mi cuerpo estaba lleno a rebosar de miedo, quedé en un estado a medio camino entre el mundo real y el de Morfeo. Un hombre leía un libro, sentado sobre el mismo fuego que devoraba la estancia en la que se encontraba. Mientras sus ojos azules se deslizaban sobre las páginas, las llamas comenzaron a ascender por su cuerpo. Lo consumían todo a excepción de la lectura. Entonces escuché una risa que me heló la sangre.
Seguía siendo de noche, cerca de las tres de la madrugada. La única luz en la habitación era la que se colaba por la ventana, proveniente de la luna. Miré a través del cristal. “Eso”, que ya no sabía cómo llamarlo, estaba allí, aquella figura que no lograba identificar como hombre o bestia, con la vista clavada en mis ojos. Una pequeña cortina de humo se formaba a su alrededor, aunque no pude ver llama alguna. Supe que me esperaba.
Bajé por las escaleras corriendo, sin molestarme en no hacer ruido. Me paré un segundo, frente a la puerta, a pensar si debía salir o no. Mi cuerpo decidió por mí; antes de darme cuenta estaba fuera. La figura se alejaba lentamente. Requería mi compañía. La seguí, siempre unos pasos por detrás. De vez en cuando se volvía a mirarme, sus ojos fríos captaban cada pequeño detalle. Entonces yo meditaba de nuevo si debía seguir con eso o correr hasta la otra punta del mundo.
Se metió en un portal. Allí lo perdí. Subí, buscando con atención. Todas las puertas en mi camino estaban cerradas. La única que me permitió el paso fue la del ático. Donde me esperaba.
La figura me miraba fijamente. Extendió una mano hacia mí. Al ver que yo no me movía dio un paso. Y otro, y uno más. Cerré los ojos cuando puedo tocar mi mejilla. Su aliento, un hedor indescriptible, me golpeó en la cara. La piel me quemaba, pero yo no me atreví a mirar hasta que todo paró. De nuevo estaba sólo, aunque esta vez era todo distinto. Suspiré, aliviado. Y entonces fue la primera vez que escuché aquella voz.
“Duerme.”
Despertaría horas después en un banco de la calle. Los primeros rayos de luz cruzaban el cielo. O eso creía. Parpadeé. La luz era muy intensa, demasiado para ser del sol. Parpadeé una vez más. Y me di la vuelta.
Era el fuego lo que me despertó mientras arrasaba con todo. El edificio ardía por completo. Se caía a pedazos ante mis ojos. Me quedé allí quieto, sin poder mover un músculo, asustado y al mismo tiempo fascinado.
Amanecía cuando entré por la puerta de casa. Mi madre estaba sentada en el recibidor, dejando el espacio justo para abrir la puerta. Dormía. Se despertó mientras yo intentaba pasar el pie por encima de ella. Subí las escaleras sin hacer caso a los gritos que me lanzaba desde el rellano. Me encerré en mi habitación y me dejé caer en el suelo, apoyado contra la pared. No podía levantarme, ni por ganas.
Así, tirado en el suelo, la recibí. La niebla se filtraba por cualquier resquicio: el hueco bajo mi puerta, el diminuto agujero en el cristal de mi ventana… La bruma, lentamente, llenó la habitación. En su ascenso se coló por mis oídos, mi nariz, mi boca… y se adueñó de mis sentidos.
Sentía mi cuerpo flotar. Abrí los ojos. Estaba rodeado de una espesa niebla. Parpadeé. La niebla seguía ahí, pero menos densa. Tras ella, una fuerte luz. Parpadeé una segunda vez. La bruma desapareció, ahora miraba directamente al sol, pero sin hacerme daño. A mi izquierda y derecha había nubes pintadas sobre un fondo azul. Bajo mis pies se extendía Santander; ni sus edificios más altos llegaban siquiera a mi altura.
Parpadeé por tercera vez.
El tiempo comenzó a retroceder. En apenas unos segundos el sol, que en el momento de mi despertar se hallaba en lo alto del cielo, se ponía por el este. Y al instante siguiente, en menos tiempo del que se tarda en respirar, la luna se alzaba sobre mi cabeza. A mis pies, una campana sonaba tres veces.
Una fuerza invisible tiraba de mí. La ciudad crecía a pasos agigantados. El edificio más alto de la ciudad ahora me miraba desde lo alto. Cerré los ojos, listo para recibir el impacto…
Que no llegó.
Había regresado a aquel edificio. Estaba frente al ático. Seguía flotando, repelido por las paredes y el suelo. La puerta se abrió, cediendo el paso a una oscuridad absoluta. Y de ella salí, o eso pensé en un primer instante.
Era cierto que se parecía a mí, pero tenía rasgos distintos. Su pelo no era negro, si no blanco, y los ojos eran de un azul más frío que el propio hielo. Al verme sonrió; su mueca me hizo temblar. Me apartó, empleando la misma fuerza que se necesita para abrirse paso a través de una cortina, y descendió por las escaleras. Al llegar al rellano del tercer piso derribó la primera puerta que encontró. Se internó en la vivienda y, tras el ruido de cristales rotos, regresó. Llevaba en la mano derecha una botella de whisky, con el cuello roto, que iba perdiendo el alcohol de su interior, bañándolo todo con el líquido ámbar. Cuando no quedó ni una gota, rompió la otra botella, de ron, y repitió el proceso.
Tres veces más realizó aquella tarea. Yo le seguía de la misma forma que un globo sigue a un niño, porque les une un hilo. En mi caso yo no podía verlo, pero sentía la fuerza invisible que me atraía hacia él.
Llegamos al portal. Allí se detuvo un instante. Miró hacia las escaleras, por las cuales goteaba un pequeño río de alcohol mezclado. La madera era antigua, y crujía con cada paso. Esperó hasta estar satisfecho.
Sólo entonces llevó a cabo el último acto de su plan. Metió la mano en el bolsillo, y buscó algo. Lo sacó. En su palma brillaba con fuerza. Las llamas ardían sobre la carne, pero él ni se inmutaba, no lo sentía. Las dejó caer sobre el charco que se formaba a sus pies, y abandonó el portal.
Yo dejé de sentir aquella extraña fuerza invisible que me ataba a él. Suspiré, aliviado, e intenté huir del edificio. “Nada puedes hacer para salvarlo”, me dije. Con aquella idea en la cabeza di un paso hacia la salida. Y un segundo, y un tercero. Tras el cuarto supe que no podía andar; me mantenía siempre en el mismo lugar. Intenté moverme nadando, pero obtuve el mismo resultado.
A mi alrededor las llamas crecían, consumiéndolo todo a su paso. Un trozo de madera cayó del techo; el fuego trepó por él. Se acercaba a mí, quería devorarme. Antes de que pudiese gritar para pedir socorro era pasto de las llamas.
Abrí los ojos. Volvía a estar en mi habitación, tirado en el suelo. La niebla seguía inundándolo todo, pero menos densa. Se batía en retirada a través de las rendijas de la ventana. Me abalancé sobre el cristal. La bruma flotaba sobre la calle, bajando hasta reptar sobre la acera para meterse bajo la gabardina de una figura que se apoyaba en la pared de un edificio. Su atuendo, que se completaba con un sombrero de ala ancha, impedía ver nada de su rostro, a parte de sus ojos azules, fríos como el hielo. En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, pude ver cómo aquella sombra se dividía en dos siluetas, que caminaban en direcciones opuestas.
Leer más...
Etiquetas:
alma en llamas,
novela
domingo, 8 de julio de 2012
Alma en llamas, Capítulo VIII
Para la pobre @smallsadistic. La pobre lo echaba mucho de menos, por lo visto.
____
Fragmento de “Memorias de nadie”, de Vincent Mazzola.
El eco de la guerra aún resonaba en los oscuros callejones de Santander aquella noche. Podía escucharlo desde mi portal. Ni un alma en la calle, sólo silencio. Salí. Escuché bajo mis pies el crujir de cristales rotos. Restos de un viejo jarrón que había volado por la ventana en el transcurso de una acalorada discusión. La que acababa de tener con mi mujer. Caminé, rehuyendo la luz, hasta aquel antro de mala muerte donde tenía la costumbre de ahogar las penas en whisky barato.
Allí lo encontré. Se hallaba enfrascado en una batalla con un vaso de tubo, que no parecía tener interés en secarse. Novato, sin duda. Los camareros de aquel bar que llevaban un par de meses trabajando sabían de sobra que un par de pasadas y el vaso estaba listo de nuevo para cualquier borracho, yo incluido. Respondía al nombre de Eduardo, aunque desde el primer día insistí en llamarlo “Martín”.
Me arrastré hasta la barra y respondí un brusco “Manhattan” al “¿qué le sirvo?” que me brindó aquel intento de camarero. Me reí con ganas de la cara que puso mientras balbuceaba que aquella bebida no la tenían. Le indiqué los ingredientes. Fue el coctel más insípido que me he llevado nunca a la boca.
Ayudado por el alcohol le conté todo lo que tenía en la cabeza. Martín me aguantó con una paciencia infinita. Pronto se dio cuenta de que odiaba ver el vaso vacío. A medida que iba bebiendo las palabras se atascaban más en mi lengua, dando forma a sonidos incomprensibles. Cuando me caí del taburete me llevó a casa.
—Es usted demasiado blando para ese lugar, Martín—dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para conseguir articular las palabras—. Deja ese lugar ahora que puedes.
Él simplemente sonrió y me dejó tumbado en el sofá.
Al día siguiente estaba ahí otra vez. Debo reconocer que pasaba mucho tiempo mirando fijamente el fondo de un vaso mientras este se iba vaciando.
—¿Ya está usted de vuelta?–saludó.
Le pedí lo mismo que la noche anterior. A juzgar por cómo sabía esta vez, deduje que había practicado mucho. Probablemente conmigo.
—No va a hacerme caso, ¿verdad?– pregunté.
—No—respondió—. El señor Bayón paga bien, y necesito el dinero.
—Nada justifica el que se quede aquí, ni todo el oro del mundo.
—Hay algo, créame.
Me contó que existía un “ella”. La llamó Lucía. Me dijo que había cometido la locura de pedirla matrimonio, y que ella había sido lo suficientemente inocente para aceptar. Habían comprado un pequeño piso en Cardenal Cisneros, donde vivían desde hacía unos meses.
—Ella viene de una buena familia—siguió—, así que trato de ganar el máximo dinero posible para que no note tanto cambio.
—¿Y por qué no le pide algo de dinero a su suegro?—pregunté.
—No voy a darle esa satisfacción—dijo—. Siempre pensó que yo no podría darle la vida que Lucía merecía, y voy a demostrarle que se equivoca.
Y allí lo dejé, frotando un vaso como si no hubiera mañana, mientras yo me alejaba de allí, tambaleándome. Él desoiría mis consejos y seguiría allí, día tras día.
Pronto ocurrió. Barón le encargó su primer “reparto”. Lo supe nada más entrar, había otro novato en la barra. Un inútil, presuntuoso, que pensaba que merecía estar en un lugar mejor que aquel. Cuando le pedí un Manhattan me espetó que allí no se servían mariconadas. Tras una retahíla de insultos, tuvo a bien informarme de que, o consumía o debía abandonar el establecimiento. Le dije que me pusiera lo que quiera. Dejó ante mí una cerveza, mal servida.
Llegó cerca de la media noche. Me encontró tirado sobre la barra, dormitando. Me despertó zarandeándome suavemente. Yo respondí tirándole los restos de la cerveza encima. Él, con una sonrisa en la cara, me cogió de los hombros y me levantó para llevarme a casa.
—¿Qué le ha obligado a hacer?—pregunté.
—Nada, esté tranquilo—contestó, lentamente—, y duérmase.
—Ha tardado mucho esta vez—seguí—. Al anterior le hizo su primer encargo a las dos semanas de entrar.
Silencio.
—Espero que no acabes como él. Aunque no me caía tan bien como tú—terminé.
Durante las siguientes semanas apenas lo vi, y si lo conseguía, apenas era más que un saludo de viejos amigos que se encuentran por la calle y tienen ambos algo mejor que hacer. Bueno, él tiene algo mejor que hacer, yo sólo retrasaba mi regreso a casa. Tres meses pasaron así.
Hasta que un día entré al bar, dispuesto a lidiar con aquel personaje que se llamaba así mismo barman. Como si por decir “camarero” en mil idiomas fuese a hacerlo mejor. Sin embargo, no tuve esa oportunidad. Él—ni me molesté en aprender su nombre— ya no estaba tras la barra. Supe lo que significaba al instante: Eduardo había sido “relevado”. La pena me acompañó durante los primeros tragos, después se fue. Como todo.
Con el tiempo dejé de bajar al bar. Curiosamente coincidió con el momento en el que mi casa se quedó vacía. Me acostumbré a pasar el día tirado sobre una butaca, al principio leyendo, y más tarde bebiendo mientras miraba por la ventana el paso del tiempo. Dormía allí mismo, y amanecía con la botella en la mano. Sólo me levantaba para comer, para pasarme por el baño y para reponer el alcohol cuando éste se acababa. Siempre sólo, nunca hubo visitas.
Por eso me extrañó que el timbre sonase aquella fría mañana de Febrero. Día quince, año mil novecientos cuarenta y uno. Tras varios meses de ausencia, era la primera vez que lo veía. Eduardo Martín llamaba a mi puerta.
Se sentó frente a mi butaca, en una incómoda silla de madera que él mismo trajo de la cocina. Me miró; sus ojos habían perdido su característico brillo, y con él, toda muestra de vida. Parecía que hubiese envejecido mil años, y que soportaba todo el peso del mundo sobre sus hombros.
—Huya—fue la primera palabra que salió de su boca.
Me quedé sentado, agitando la botella.
—¿No va a hacerme caso?
—No—respondí—, no necesito moverme de aquí.
—Debería.
—Puede, pero si usted me hubiera hecho caso en un principio, quizá nunca hubiéramos llegado a esta situación.
—Ni siquiera sabe en qué situación me encuentro—hundió la cara en sus manos.
—Pues cuéntemela.
—No va a creerme.
—Pruebe.
Como respuesta, dejó caer un libro. Cuidadosamente encuadernado, envuelto en cuero. A pesar de tener el aspecto propio del paso de los siglos, olía a nuevo. Lo ojeé. Decenas de historias distintas pasaron ante mis ojos, todas de autores distintos. El último de todos…
—¿Quién ha escrito esto?–pregunté.
—Sólo sé que el último capítulo salió de mi propia mano.
—¿Por qué…?
—No lo sé. Algo en mi interior me obligó. Ese… ser, esa sombría figura que me persigue, que nadie más alcanza a ver, me susurra al oído. Estoy seguro de que es él, sólo un ser tan frío como ese puede tener una voz tan tenebrosa. Hace estragos en mi cabeza. A veces, incluso logra que haga cosas…
—¿Y por qué no huye?
—Me persigue—dijo, muerto de miedo—, no me dejará escapar. Además, ahora no puedo. Temo que si yo me voy, el bebé ocupe mi lugar.
—¿Bebé?
Fue la primera vez desde que entró en la que algo parecido a una sonrisa se formó en su rostro.
—Nació esta madrugada.
Quise levantarme, darle la mano y la enhorabuena, pero ya volvía a ser aquel hombre al que la gabardina arrastraba. Se puso en pie, caminó vagamente hasta la puerta y se apoyó en el marco.
—Siga mi consejo—dijo antes de desaparecer.
No me moví de allí. No incluso cuando lo vi entrar en El Auspicio. No cuando comenzaron las llamas. Esperaba a que saliese para irme con él. Nunca tuve la ocasión.
Leer más...
____
Fragmento de “Memorias de nadie”, de Vincent Mazzola.
El eco de la guerra aún resonaba en los oscuros callejones de Santander aquella noche. Podía escucharlo desde mi portal. Ni un alma en la calle, sólo silencio. Salí. Escuché bajo mis pies el crujir de cristales rotos. Restos de un viejo jarrón que había volado por la ventana en el transcurso de una acalorada discusión. La que acababa de tener con mi mujer. Caminé, rehuyendo la luz, hasta aquel antro de mala muerte donde tenía la costumbre de ahogar las penas en whisky barato.
Allí lo encontré. Se hallaba enfrascado en una batalla con un vaso de tubo, que no parecía tener interés en secarse. Novato, sin duda. Los camareros de aquel bar que llevaban un par de meses trabajando sabían de sobra que un par de pasadas y el vaso estaba listo de nuevo para cualquier borracho, yo incluido. Respondía al nombre de Eduardo, aunque desde el primer día insistí en llamarlo “Martín”.
Me arrastré hasta la barra y respondí un brusco “Manhattan” al “¿qué le sirvo?” que me brindó aquel intento de camarero. Me reí con ganas de la cara que puso mientras balbuceaba que aquella bebida no la tenían. Le indiqué los ingredientes. Fue el coctel más insípido que me he llevado nunca a la boca.
Ayudado por el alcohol le conté todo lo que tenía en la cabeza. Martín me aguantó con una paciencia infinita. Pronto se dio cuenta de que odiaba ver el vaso vacío. A medida que iba bebiendo las palabras se atascaban más en mi lengua, dando forma a sonidos incomprensibles. Cuando me caí del taburete me llevó a casa.
—Es usted demasiado blando para ese lugar, Martín—dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para conseguir articular las palabras—. Deja ese lugar ahora que puedes.
Él simplemente sonrió y me dejó tumbado en el sofá.
Al día siguiente estaba ahí otra vez. Debo reconocer que pasaba mucho tiempo mirando fijamente el fondo de un vaso mientras este se iba vaciando.
—¿Ya está usted de vuelta?–saludó.
Le pedí lo mismo que la noche anterior. A juzgar por cómo sabía esta vez, deduje que había practicado mucho. Probablemente conmigo.
—No va a hacerme caso, ¿verdad?– pregunté.
—No—respondió—. El señor Bayón paga bien, y necesito el dinero.
—Nada justifica el que se quede aquí, ni todo el oro del mundo.
—Hay algo, créame.
Me contó que existía un “ella”. La llamó Lucía. Me dijo que había cometido la locura de pedirla matrimonio, y que ella había sido lo suficientemente inocente para aceptar. Habían comprado un pequeño piso en Cardenal Cisneros, donde vivían desde hacía unos meses.
—Ella viene de una buena familia—siguió—, así que trato de ganar el máximo dinero posible para que no note tanto cambio.
—¿Y por qué no le pide algo de dinero a su suegro?—pregunté.
—No voy a darle esa satisfacción—dijo—. Siempre pensó que yo no podría darle la vida que Lucía merecía, y voy a demostrarle que se equivoca.
Y allí lo dejé, frotando un vaso como si no hubiera mañana, mientras yo me alejaba de allí, tambaleándome. Él desoiría mis consejos y seguiría allí, día tras día.
Pronto ocurrió. Barón le encargó su primer “reparto”. Lo supe nada más entrar, había otro novato en la barra. Un inútil, presuntuoso, que pensaba que merecía estar en un lugar mejor que aquel. Cuando le pedí un Manhattan me espetó que allí no se servían mariconadas. Tras una retahíla de insultos, tuvo a bien informarme de que, o consumía o debía abandonar el establecimiento. Le dije que me pusiera lo que quiera. Dejó ante mí una cerveza, mal servida.
Llegó cerca de la media noche. Me encontró tirado sobre la barra, dormitando. Me despertó zarandeándome suavemente. Yo respondí tirándole los restos de la cerveza encima. Él, con una sonrisa en la cara, me cogió de los hombros y me levantó para llevarme a casa.
—¿Qué le ha obligado a hacer?—pregunté.
—Nada, esté tranquilo—contestó, lentamente—, y duérmase.
—Ha tardado mucho esta vez—seguí—. Al anterior le hizo su primer encargo a las dos semanas de entrar.
Silencio.
—Espero que no acabes como él. Aunque no me caía tan bien como tú—terminé.
Durante las siguientes semanas apenas lo vi, y si lo conseguía, apenas era más que un saludo de viejos amigos que se encuentran por la calle y tienen ambos algo mejor que hacer. Bueno, él tiene algo mejor que hacer, yo sólo retrasaba mi regreso a casa. Tres meses pasaron así.
Hasta que un día entré al bar, dispuesto a lidiar con aquel personaje que se llamaba así mismo barman. Como si por decir “camarero” en mil idiomas fuese a hacerlo mejor. Sin embargo, no tuve esa oportunidad. Él—ni me molesté en aprender su nombre— ya no estaba tras la barra. Supe lo que significaba al instante: Eduardo había sido “relevado”. La pena me acompañó durante los primeros tragos, después se fue. Como todo.
Con el tiempo dejé de bajar al bar. Curiosamente coincidió con el momento en el que mi casa se quedó vacía. Me acostumbré a pasar el día tirado sobre una butaca, al principio leyendo, y más tarde bebiendo mientras miraba por la ventana el paso del tiempo. Dormía allí mismo, y amanecía con la botella en la mano. Sólo me levantaba para comer, para pasarme por el baño y para reponer el alcohol cuando éste se acababa. Siempre sólo, nunca hubo visitas.
Por eso me extrañó que el timbre sonase aquella fría mañana de Febrero. Día quince, año mil novecientos cuarenta y uno. Tras varios meses de ausencia, era la primera vez que lo veía. Eduardo Martín llamaba a mi puerta.
Se sentó frente a mi butaca, en una incómoda silla de madera que él mismo trajo de la cocina. Me miró; sus ojos habían perdido su característico brillo, y con él, toda muestra de vida. Parecía que hubiese envejecido mil años, y que soportaba todo el peso del mundo sobre sus hombros.
—Huya—fue la primera palabra que salió de su boca.
Me quedé sentado, agitando la botella.
—¿No va a hacerme caso?
—No—respondí—, no necesito moverme de aquí.
—Debería.
—Puede, pero si usted me hubiera hecho caso en un principio, quizá nunca hubiéramos llegado a esta situación.
—Ni siquiera sabe en qué situación me encuentro—hundió la cara en sus manos.
—Pues cuéntemela.
—No va a creerme.
—Pruebe.
Como respuesta, dejó caer un libro. Cuidadosamente encuadernado, envuelto en cuero. A pesar de tener el aspecto propio del paso de los siglos, olía a nuevo. Lo ojeé. Decenas de historias distintas pasaron ante mis ojos, todas de autores distintos. El último de todos…
—¿Quién ha escrito esto?–pregunté.
—Sólo sé que el último capítulo salió de mi propia mano.
—¿Por qué…?
—No lo sé. Algo en mi interior me obligó. Ese… ser, esa sombría figura que me persigue, que nadie más alcanza a ver, me susurra al oído. Estoy seguro de que es él, sólo un ser tan frío como ese puede tener una voz tan tenebrosa. Hace estragos en mi cabeza. A veces, incluso logra que haga cosas…
—¿Y por qué no huye?
—Me persigue—dijo, muerto de miedo—, no me dejará escapar. Además, ahora no puedo. Temo que si yo me voy, el bebé ocupe mi lugar.
—¿Bebé?
Fue la primera vez desde que entró en la que algo parecido a una sonrisa se formó en su rostro.
—Nació esta madrugada.
Quise levantarme, darle la mano y la enhorabuena, pero ya volvía a ser aquel hombre al que la gabardina arrastraba. Se puso en pie, caminó vagamente hasta la puerta y se apoyó en el marco.
—Siga mi consejo—dijo antes de desaparecer.
No me moví de allí. No incluso cuando lo vi entrar en El Auspicio. No cuando comenzaron las llamas. Esperaba a que saliese para irme con él. Nunca tuve la ocasión.
Leer más...
Etiquetas:
alma en llamas,
novela
miércoles, 18 de enero de 2012
Alma en llamas, Capítulo VII
Quizá alguien reconozca algunos fragmentos de lo que aquí aparece. Podeis pensar que todo aquello que aparece en este blog, cada entrada, cada punto y cada palabra, no es más que una práctica para que esta historia llegue a su final de la mejor forma que puedo darle
_____________________
Me encontré a mí mismo en el Somorrostro. Fue un viernes, una semana después de haberme quedado plantado frente al piso de Marina. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni me interesaba. Como tampoco me importaban cada uno de los siete días que habían pasado desde entonces. Subí cada uno de los escalones hasta el tercer piso, sin saltarme ni uno solo. El sonido de la madera, que crujía bajo mis pies, fue lo único que me acompañó en mi ascenso.
Dos semanas después del incendio ya no quedaba nada de interés allí. La puerta del tercero derecha se había visto reducida a poco más de un palmo de madera sujeto de una bisagra. Todo el piso desprendía un fuerte olor a humo. El interior estaba sumido en la penumbra, iluminado tan solo por la luz que se escapaba del salón. Caminé hasta esa habitación, arrastrando la mano por la pared quemada. Encontré un sofá, un armario comido por las llamas y restos de madera agrupados en dos sitios, sobre los cojines y en el centro de la estancia. Eran las cenizas de un fuego. Todo estaba igual que en mi sueño. Incluso reconocí algunas de las figuras de porcelana.
El sofá cedió cuando me dejé caer sobre él. Me llevé las manos a la cabeza. ¿Cuándo había estado yo en aquel lugar? Por más que pensaba, no encontré una relación. O quizá no lograba recordarlo. Me tumbé, mirando al techo. Suspiré. Cerré los ojos.
La madera del suelo crujió. El viento hacía ondear las cortinas, o lo que quedaba de ellas. El ruido se repitió en lo más profundo del piso. Yo seguía allí, tirado sobre el sofá, con una mano en la frente y mirando al techo. Según mi reloj, me había dormido unos veinte minutos. Mi cabeza seguía en el mundo de los sueños. Intenté levantarme. Y entonces el suelo crujió otra vez. Y una más. La siguiente precedió a un fuerte golpe. Eran los pasos de alguien, que había entrado mientras dormía y ahora se dedicaba a registrar el piso.
Caminé hacia el origen de aquellos ruidos, haciendo caso omiso a aquella prudente voz que me gritaba desde lo más profundo de mi ser. “Vete”, decía. Una parte de mí sabía que era peligroso, que lo más probable es que fuese un ladrón buscando algo de valor. Sin embargo, me poseía una curiosidad insaciable, una fuerza en mi interior que tiraba de mí. Me obligaba a ver aquella escena.
La habitación estaba sumida en la penumbra, como prácticamente todo aquel apartamento. Un gran colchón, completamente rajado, cubría la ventana. Los cajones de una cómoda, y su contenido, se hallaban en el suelo, rotos por la fuerza del impacto. El armario estaba abierto de par en par; la ropa volaba desde su interior. Reconocí una figura entre las sombras, buscando entre las prendas. Al fin, el miedo venció a la curiosidad en justo combate. La voz prudente tomó el mando. “Hora de largarse”, dijo. Y yo, obediente, di un paso atrás.
La madera crujió bajo mi pie. La figura se incorporó. Cerró la puerta que ocultaba la mayor parte de su persona a mis ojos. Me miró.
Eran azules, y tenían un mirar frio que quemaba la piel. Aquellos ojos se clavaron en mí, y no me perdieron de vista ni un segundo desde entonces, incluso cuando él no estaba presente. Brillaban en la penumbra; era lo único visible. Alargó la mano hacia mí. Me eché hacia atrás hasta que mi espalda dio contra la pared. Entonces corrí, sin rumbo. Buscando donde esconderme.
Acabé en la cocina. Agudicé el oído. Escuché cómo caminaba, cómo se acercaba. Abrí armarios, cajones. Encontré un cuchillo, con una hoja tan larga como mi antebrazo. Lo cogí con las dos manos y lo puse entre mi persona y la puerta.
Una mano enguantada se posó en el marco. Apareció una figura, oculta bajo una gabardina y un sombrero de ala ancha que parecían creados a partir de la misma oscuridad. Sólo sus ojos eran visibles. Me fijé en su mano, con la cual sujetaba un objeto que desprendía un brillo rojizo. No pude distinguir de qué se trataba.
Me miró durante una eternidad sin moverse del umbral de la puerta. Me evaluaba. Sólo cuando estuvo satisfecho se abalanzó sobre mí. Alcé el cuchillo, cerré los ojos.
Esperé durante un minuto, conteniendo el aliento. Conté cada uno de los segundos que tuve los ojos cerrados. Supuse que habría un golpe, una mano o un grito. No hubo nada de eso. Reuní el valor para mirar la escena. La figura se había ido. Aquel acto llegó a su final.
Dejé caer el cuchillo. La hoja atravesó la madera por completo, ocultando el metal en el suelo. Me temblaba todo el cuerpo. Con un esfuerzo titánico di un paso. El siguiente vino solo. Antes de darme cuenta, estaba corriendo escaleras abajo, tratando de poner al mundo entre aquel hombre y yo. Salí a la calle. Miré a mi alrededor. Lo buscaba, para huir de él en dirección contraria. No lo pude ver. Sin embargo, sentía su mirada en mi espalda, acechante. Eché a andar sin rumbo fijo, examinando con detenimiento a todo aquel con el que me cruzaba. Ninguno tenía aquellos fríos ojos. Me relajé un poco; “nadie tiene el poder para ver a través de los objetos”, me dije. Así me convencí de que aquella sensación no la causaba otra cosa a parte del miedo.
La poca confianza que había reunido se esfumó al instante. Porque allí mismo, frente a mí, estaba Marina. Me vi. Sonrió, como cada vez que nos encontrábamos. Igual que siempre y a la misma vez ligeramente distinto. Se acercó a mí. Yo estaba paralizado.
—Hola— saludó.
Sentí cómo la extraña sensación se intensificaba y, al instante, perdía fuerza. Como si la figura hubiese visto aumentado su interés en mí, para luego pasar a fijarse en otra persona. En Marina, quien miraba alrededor buscando algo o a alguien. La cogí de la mano y tiré de ella. No la solté hasta que nos alejamos lo suficiente como para no sentir que cada uno de mis movimientos era observado.
—He estado pensando— dijo al cabo de un rato.
—¿En qué?
—En lo que pasó hace unas semanas.
—¿Y has llegado a alguna conclusión?— pregunté.
Ella se hizo esperar. Dio dos grandes zancadas, se paró delante de mí y se giró.
—Ninguna— respondió sonriendo.
Me reí, y con más ganas al ver su expresión de falso enfado. Las carcajadas cesaron cuando ella me pellizcó el brazo.
—¡Au! Eso duele.
—Eso te pasa por reírte de una princesa— contestó ella.
—¿Y dónde está tal princesa?—Ella se señaló a sí misma. Me reí por dentro mientras hacía una reverencia— Disculpadme, pues, mi señora, pues desconocía vuestro… linaje.
—Que no vuelva a repetirse.
Estábamos en el paseo de Pereda. Nunca supe por qué, pero siempre acabábamos junto al mar. Es lo que tiene vivir rodeado por él, a sabiendas de que hoy puede estar tranquilo y mañana amenazar con tragarte. Aquel día, Marina se sentó al borde del agua, cuya superficie estaba totalmente en calma. En mi interior se formaba una tormenta.
—Lo echo de menos—dijo.
Me senté a su lado, sin decir nada. No tenía nada que decir al respecto. Tan solo esperé, en silencio.
—Recuerdo que, cuando era pequeña—siguió— y el abuelo venía a casa, siempre iba a mi habitación conmigo y me contaba un cuento. Siempre el mismo.
—¿Cuál era?—pregunté.
—No tiene título. Lo escribió él. Hace mucho que no lo escucho, y hasta hace poco no me acordaba de él. Pero la semana pasada fuimos a su piso, a recoger sus cosas. Encontré un viejo cuaderno, en el que mi abuelo escribió un puñado de historias. Entre ellas estaba ese cuento.
—¿Me lo cuentas?
—¿En serio? Nunca imaginé que te gustasen las historias para niños.
—¿Por qué no? Soy un devorador de libros. Y hay cuentos infantiles que son geniales.
—Muy bien—accedió—. Aquí va. Hace ya mucho tiempo, había un pueblo en lo alto de un acantilado al borde del mar. En lo más alto, un niño pequeño llamado Vincent salía cada mañana a jugar con su mejor amiga. Se encontraban siempre en el punto más alto. Siempre llegaba él primero, y esperaba mirando la luz del sol reflejada en el agua, jugando con su pelo negro. La niña siempre llegaba y saludaba con su dulce voz cantarina.
—¿Y la niña no tiene nombre?—interrumpí.
—Paciencia, lo bueno se hace esperar—me contestó con una sonrisa–. Entonces Vincent se levantaba e iban a jugar. Todo el día, hasta que se ponía el sol. Entonces se despedían, prometiendo que se encontrarían a la mañana siguiente en el mismo lugar. Pero un día, la niña no apareció. Vincent la esperó todo el tiempo, sentado al borde del acantilado, escuchando atentamente por si la oía llegar. Así volvió una y otra y otra vez. Pero la niña no regresó a aquel lugar.
“Pasaron los años y Vincent creció. Con el tiempo, llegó a olvidar a aquella niña con la que tanto había jugado. Vincent hizo nuevos amigos, vivió nuevas aventuras. Pero un día, o mejor dicho una noche, tuvo un sueño. En él se veía a una chica, que le sonreía. Vincent gritó, pero no le respondió. La chica sólo se quedaba quieta, sonriendo. Entonces Vincent corrió, intentando alcanzarla. Y cuando la tuvo cerca de su mano, despertó. Siete noches seguidas se repitió ese sueño. A la mañana del séptimo día, Vincent se decidió. Se había acordado de que una vez, hace ya mucho, una niña como ella fue su amiga. No lograba recordar su nombre. Cogió una mochila y partió en busca de aquella chica.”
—Vivió muchas aventuras—dijo Marina—, pero nos las saltaremos.
—¿Por qué?
—Siempre le hacía la misma pregunta. Me respondió todas las veces “Tranquila, ahora viene lo mejor”.
“Un día al fin alcanzó su meta. Se trataba de un pueblo, parecido al suyo, al borde del acantilado. Guiado por una corazonada, Vincent subió a lo más alto. No había nada. Se quedó allí sentado, mirando al mar, toda la noche. Hasta que amaneció.
El silencio de la mañana se vio interrumpido por una canción. Vincent se levantó. Se encontró frente a una chica. Ella lo miraba extrañada. Luego sonrió.
—Te he estado esperando mucho—dijo la chica.
Y entonces Vincent recordó su nombre.”
—¿Y cuál era?
—Eso depende de quién escuche la historia.
Lo entendí a medias. Marina me miraba fijamente. Sonreía, con la boca y los ojos. Una cálida sensación me recorrió el cuerpo. Y supe que el nombre de aquella chica era el mismo que el de la dueña de los labios que estaba besando.
Acompañé a Marina a su casa, en parte por pasar tiempo con ella y en parte por querer protegerla hasta que llegase a un lugar seguro. “¿Protegerla de qué?”, me preguntaba. Algo en mi interior me decía que, si se cumplían mis temores, ni siquiera podría ponerme a salvo a mí mismo. Ella me hablaba de su abuelo, de lo mucho que lo echaba de menos. Yo me limitaba a asentir, maldiciéndome por ser tan cobarde.
—…y también escribió un fragmento de una novela, transcurrida en Santander.
—¿Ah, sí?—pregunté, distraído.
—Sí—respondió—. Trata sobre un hombre atormentado, que acaba quemando la ciudad. Me sorprende que él escribiera eso, no pega con el resto.
—Ya…—entonces mi cerebro procesó lo que Marina acababa de decir. Salí de mi mundo interior, empujado por la idea de que aquella historia fuese la que yo necesitaba— ¿Qué acabas de decir?
—Que no tiene el mismo estilo que las otras historias…
—No, eso no, lo otro. La trama de la historia.
—Pues que habla de un hombre loco, de un libro y del incendio de Santander de hace dieciséis años. ¿Me escuchas cuando te hablo?
—¿Puedo verlo?
—¿Por qué tienes tanto interés?— Preguntó ella.
Me detuve. Por un instante me vi a mi mismo contándole lo que me estaba pasando. Quise hablarle del libro, de aquel misterioso personaje que parecía surgido de una novela de misterio con el que me cruzaba y me observaba, de mis pesadillas… Porque para entonces ya habían empezado a sucederse, noche tras noche. Me despertaba en la cama, empapado en sudor. A veces las manos me apestaban a humo. Descubrí que esas veces coincidían con las fechas de los recientes incendios de Santander.
Incluso creí que yo era el causante de que las llamas devorasen la ciudad.
Pero me detuve a tiempo, justo cuando mis palabras alcanzaban la punta de mi lengua. Pude darles una forma distinta, hacer que perdiesen todo significado.
—No lo sé—dije, simplemente—, sólo quiero verlo.
Leer más...
_____________________
Me encontré a mí mismo en el Somorrostro. Fue un viernes, una semana después de haberme quedado plantado frente al piso de Marina. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni me interesaba. Como tampoco me importaban cada uno de los siete días que habían pasado desde entonces. Subí cada uno de los escalones hasta el tercer piso, sin saltarme ni uno solo. El sonido de la madera, que crujía bajo mis pies, fue lo único que me acompañó en mi ascenso.
Dos semanas después del incendio ya no quedaba nada de interés allí. La puerta del tercero derecha se había visto reducida a poco más de un palmo de madera sujeto de una bisagra. Todo el piso desprendía un fuerte olor a humo. El interior estaba sumido en la penumbra, iluminado tan solo por la luz que se escapaba del salón. Caminé hasta esa habitación, arrastrando la mano por la pared quemada. Encontré un sofá, un armario comido por las llamas y restos de madera agrupados en dos sitios, sobre los cojines y en el centro de la estancia. Eran las cenizas de un fuego. Todo estaba igual que en mi sueño. Incluso reconocí algunas de las figuras de porcelana.
El sofá cedió cuando me dejé caer sobre él. Me llevé las manos a la cabeza. ¿Cuándo había estado yo en aquel lugar? Por más que pensaba, no encontré una relación. O quizá no lograba recordarlo. Me tumbé, mirando al techo. Suspiré. Cerré los ojos.
La madera del suelo crujió. El viento hacía ondear las cortinas, o lo que quedaba de ellas. El ruido se repitió en lo más profundo del piso. Yo seguía allí, tirado sobre el sofá, con una mano en la frente y mirando al techo. Según mi reloj, me había dormido unos veinte minutos. Mi cabeza seguía en el mundo de los sueños. Intenté levantarme. Y entonces el suelo crujió otra vez. Y una más. La siguiente precedió a un fuerte golpe. Eran los pasos de alguien, que había entrado mientras dormía y ahora se dedicaba a registrar el piso.
Caminé hacia el origen de aquellos ruidos, haciendo caso omiso a aquella prudente voz que me gritaba desde lo más profundo de mi ser. “Vete”, decía. Una parte de mí sabía que era peligroso, que lo más probable es que fuese un ladrón buscando algo de valor. Sin embargo, me poseía una curiosidad insaciable, una fuerza en mi interior que tiraba de mí. Me obligaba a ver aquella escena.
La habitación estaba sumida en la penumbra, como prácticamente todo aquel apartamento. Un gran colchón, completamente rajado, cubría la ventana. Los cajones de una cómoda, y su contenido, se hallaban en el suelo, rotos por la fuerza del impacto. El armario estaba abierto de par en par; la ropa volaba desde su interior. Reconocí una figura entre las sombras, buscando entre las prendas. Al fin, el miedo venció a la curiosidad en justo combate. La voz prudente tomó el mando. “Hora de largarse”, dijo. Y yo, obediente, di un paso atrás.
La madera crujió bajo mi pie. La figura se incorporó. Cerró la puerta que ocultaba la mayor parte de su persona a mis ojos. Me miró.
Eran azules, y tenían un mirar frio que quemaba la piel. Aquellos ojos se clavaron en mí, y no me perdieron de vista ni un segundo desde entonces, incluso cuando él no estaba presente. Brillaban en la penumbra; era lo único visible. Alargó la mano hacia mí. Me eché hacia atrás hasta que mi espalda dio contra la pared. Entonces corrí, sin rumbo. Buscando donde esconderme.
Acabé en la cocina. Agudicé el oído. Escuché cómo caminaba, cómo se acercaba. Abrí armarios, cajones. Encontré un cuchillo, con una hoja tan larga como mi antebrazo. Lo cogí con las dos manos y lo puse entre mi persona y la puerta.
Una mano enguantada se posó en el marco. Apareció una figura, oculta bajo una gabardina y un sombrero de ala ancha que parecían creados a partir de la misma oscuridad. Sólo sus ojos eran visibles. Me fijé en su mano, con la cual sujetaba un objeto que desprendía un brillo rojizo. No pude distinguir de qué se trataba.
Me miró durante una eternidad sin moverse del umbral de la puerta. Me evaluaba. Sólo cuando estuvo satisfecho se abalanzó sobre mí. Alcé el cuchillo, cerré los ojos.
Esperé durante un minuto, conteniendo el aliento. Conté cada uno de los segundos que tuve los ojos cerrados. Supuse que habría un golpe, una mano o un grito. No hubo nada de eso. Reuní el valor para mirar la escena. La figura se había ido. Aquel acto llegó a su final.
Dejé caer el cuchillo. La hoja atravesó la madera por completo, ocultando el metal en el suelo. Me temblaba todo el cuerpo. Con un esfuerzo titánico di un paso. El siguiente vino solo. Antes de darme cuenta, estaba corriendo escaleras abajo, tratando de poner al mundo entre aquel hombre y yo. Salí a la calle. Miré a mi alrededor. Lo buscaba, para huir de él en dirección contraria. No lo pude ver. Sin embargo, sentía su mirada en mi espalda, acechante. Eché a andar sin rumbo fijo, examinando con detenimiento a todo aquel con el que me cruzaba. Ninguno tenía aquellos fríos ojos. Me relajé un poco; “nadie tiene el poder para ver a través de los objetos”, me dije. Así me convencí de que aquella sensación no la causaba otra cosa a parte del miedo.
La poca confianza que había reunido se esfumó al instante. Porque allí mismo, frente a mí, estaba Marina. Me vi. Sonrió, como cada vez que nos encontrábamos. Igual que siempre y a la misma vez ligeramente distinto. Se acercó a mí. Yo estaba paralizado.
—Hola— saludó.
Sentí cómo la extraña sensación se intensificaba y, al instante, perdía fuerza. Como si la figura hubiese visto aumentado su interés en mí, para luego pasar a fijarse en otra persona. En Marina, quien miraba alrededor buscando algo o a alguien. La cogí de la mano y tiré de ella. No la solté hasta que nos alejamos lo suficiente como para no sentir que cada uno de mis movimientos era observado.
—He estado pensando— dijo al cabo de un rato.
—¿En qué?
—En lo que pasó hace unas semanas.
—¿Y has llegado a alguna conclusión?— pregunté.
Ella se hizo esperar. Dio dos grandes zancadas, se paró delante de mí y se giró.
—Ninguna— respondió sonriendo.
Me reí, y con más ganas al ver su expresión de falso enfado. Las carcajadas cesaron cuando ella me pellizcó el brazo.
—¡Au! Eso duele.
—Eso te pasa por reírte de una princesa— contestó ella.
—¿Y dónde está tal princesa?—Ella se señaló a sí misma. Me reí por dentro mientras hacía una reverencia— Disculpadme, pues, mi señora, pues desconocía vuestro… linaje.
—Que no vuelva a repetirse.
Estábamos en el paseo de Pereda. Nunca supe por qué, pero siempre acabábamos junto al mar. Es lo que tiene vivir rodeado por él, a sabiendas de que hoy puede estar tranquilo y mañana amenazar con tragarte. Aquel día, Marina se sentó al borde del agua, cuya superficie estaba totalmente en calma. En mi interior se formaba una tormenta.
—Lo echo de menos—dijo.
Me senté a su lado, sin decir nada. No tenía nada que decir al respecto. Tan solo esperé, en silencio.
—Recuerdo que, cuando era pequeña—siguió— y el abuelo venía a casa, siempre iba a mi habitación conmigo y me contaba un cuento. Siempre el mismo.
—¿Cuál era?—pregunté.
—No tiene título. Lo escribió él. Hace mucho que no lo escucho, y hasta hace poco no me acordaba de él. Pero la semana pasada fuimos a su piso, a recoger sus cosas. Encontré un viejo cuaderno, en el que mi abuelo escribió un puñado de historias. Entre ellas estaba ese cuento.
—¿Me lo cuentas?
—¿En serio? Nunca imaginé que te gustasen las historias para niños.
—¿Por qué no? Soy un devorador de libros. Y hay cuentos infantiles que son geniales.
—Muy bien—accedió—. Aquí va. Hace ya mucho tiempo, había un pueblo en lo alto de un acantilado al borde del mar. En lo más alto, un niño pequeño llamado Vincent salía cada mañana a jugar con su mejor amiga. Se encontraban siempre en el punto más alto. Siempre llegaba él primero, y esperaba mirando la luz del sol reflejada en el agua, jugando con su pelo negro. La niña siempre llegaba y saludaba con su dulce voz cantarina.
—¿Y la niña no tiene nombre?—interrumpí.
—Paciencia, lo bueno se hace esperar—me contestó con una sonrisa–. Entonces Vincent se levantaba e iban a jugar. Todo el día, hasta que se ponía el sol. Entonces se despedían, prometiendo que se encontrarían a la mañana siguiente en el mismo lugar. Pero un día, la niña no apareció. Vincent la esperó todo el tiempo, sentado al borde del acantilado, escuchando atentamente por si la oía llegar. Así volvió una y otra y otra vez. Pero la niña no regresó a aquel lugar.
“Pasaron los años y Vincent creció. Con el tiempo, llegó a olvidar a aquella niña con la que tanto había jugado. Vincent hizo nuevos amigos, vivió nuevas aventuras. Pero un día, o mejor dicho una noche, tuvo un sueño. En él se veía a una chica, que le sonreía. Vincent gritó, pero no le respondió. La chica sólo se quedaba quieta, sonriendo. Entonces Vincent corrió, intentando alcanzarla. Y cuando la tuvo cerca de su mano, despertó. Siete noches seguidas se repitió ese sueño. A la mañana del séptimo día, Vincent se decidió. Se había acordado de que una vez, hace ya mucho, una niña como ella fue su amiga. No lograba recordar su nombre. Cogió una mochila y partió en busca de aquella chica.”
—Vivió muchas aventuras—dijo Marina—, pero nos las saltaremos.
—¿Por qué?
—Siempre le hacía la misma pregunta. Me respondió todas las veces “Tranquila, ahora viene lo mejor”.
“Un día al fin alcanzó su meta. Se trataba de un pueblo, parecido al suyo, al borde del acantilado. Guiado por una corazonada, Vincent subió a lo más alto. No había nada. Se quedó allí sentado, mirando al mar, toda la noche. Hasta que amaneció.
El silencio de la mañana se vio interrumpido por una canción. Vincent se levantó. Se encontró frente a una chica. Ella lo miraba extrañada. Luego sonrió.
—Te he estado esperando mucho—dijo la chica.
Y entonces Vincent recordó su nombre.”
—¿Y cuál era?
—Eso depende de quién escuche la historia.
Lo entendí a medias. Marina me miraba fijamente. Sonreía, con la boca y los ojos. Una cálida sensación me recorrió el cuerpo. Y supe que el nombre de aquella chica era el mismo que el de la dueña de los labios que estaba besando.
Acompañé a Marina a su casa, en parte por pasar tiempo con ella y en parte por querer protegerla hasta que llegase a un lugar seguro. “¿Protegerla de qué?”, me preguntaba. Algo en mi interior me decía que, si se cumplían mis temores, ni siquiera podría ponerme a salvo a mí mismo. Ella me hablaba de su abuelo, de lo mucho que lo echaba de menos. Yo me limitaba a asentir, maldiciéndome por ser tan cobarde.
—…y también escribió un fragmento de una novela, transcurrida en Santander.
—¿Ah, sí?—pregunté, distraído.
—Sí—respondió—. Trata sobre un hombre atormentado, que acaba quemando la ciudad. Me sorprende que él escribiera eso, no pega con el resto.
—Ya…—entonces mi cerebro procesó lo que Marina acababa de decir. Salí de mi mundo interior, empujado por la idea de que aquella historia fuese la que yo necesitaba— ¿Qué acabas de decir?
—Que no tiene el mismo estilo que las otras historias…
—No, eso no, lo otro. La trama de la historia.
—Pues que habla de un hombre loco, de un libro y del incendio de Santander de hace dieciséis años. ¿Me escuchas cuando te hablo?
—¿Puedo verlo?
—¿Por qué tienes tanto interés?— Preguntó ella.
Me detuve. Por un instante me vi a mi mismo contándole lo que me estaba pasando. Quise hablarle del libro, de aquel misterioso personaje que parecía surgido de una novela de misterio con el que me cruzaba y me observaba, de mis pesadillas… Porque para entonces ya habían empezado a sucederse, noche tras noche. Me despertaba en la cama, empapado en sudor. A veces las manos me apestaban a humo. Descubrí que esas veces coincidían con las fechas de los recientes incendios de Santander.
Incluso creí que yo era el causante de que las llamas devorasen la ciudad.
Pero me detuve a tiempo, justo cuando mis palabras alcanzaban la punta de mi lengua. Pude darles una forma distinta, hacer que perdiesen todo significado.
—No lo sé—dije, simplemente—, sólo quiero verlo.
Leer más...
Etiquetas:
alma en llamas,
novela
domingo, 5 de junio de 2011
Alma en llamas. Capítulo V
Entre aquella noche y la siguiente vez que vi a Marina, pasaron dos semanas. En ese tiempo comenzó a correr un extraño rumor. Se decía que un hombre, ataviado con gabardina y sobrero oscuros, recorría las calles de Santander al amparo de las sombras para prender fuego a los lugares que, en vida, aquel hombre había sufrido. Al margen de la extraña historia, sí que era cierto que recientemente había aumentado el número de incendios en la ciudad.
Lo cierto es que el asunto era el tema estrella en clase. Se comentaba entre susurros, perfectamente audibles, en cualquier clase. Y eso a nuestros profesores, especialmente al señor Montero, no les hacía ninguna gracia.
—¿De qué hablarán?—pregunté a David, el primer día en que se dio esta situación.
—¿No os habéis enterado?—dijo una voz a nuestra espalda, Miguel, pasándonos un periódico bajo la mesa. Mientras lo cogía, pude ver con claridad como David negaba con la cabeza.
“Arde el Somorrostro”, rezaba un gran titular sobre una imagen en blanco y negro del edificio, aún humeante. Examiné el artículo con atención. En él explicaba cómo una vecina, tras detectar el humo que se escapaba por las rendijas de la puerta del 3º derecha, avisó a los bomberos. Éstos encontraron dentro al propietario, Ignacio Salas, atado y amordazado a una de sus propias sillas. El cuerpo del señor Salas había ardido por completo. Era la única víctima, su mujer había salido con unas amigas suyas. La policía descartó el robo al encontrar las joyas de su esposa, completamente calcinadas.
—¿Tú sabías esto?
—Claro que sí—dijo David—, pero si llego a decírtelo me habrías arrastrado hasta allí.
—Que bien me conoces.
Le iba a decir que iríamos al terminar las clases cuando el señor Montero intervino en nuestra conversación, arrebatándome el diario.
—Veremos lo mucho que os habéis enterado de la guerra civil cuando el viernes que viene entreguéis una redacción de veinte páginas —Dijo con voz potente, haciéndose escuchar por encima del bullicio.
La calle del Somorrostro estaba abarrotada. No nos costó mucho averiguar cuál era la casa, delante de la cual se congregaban los curiosos.
—Dicen que lo torturaron… —Susurraba una maruja a su vecina.
—Pues yo he oído que lo hizo él mismo —respondía esta.
—Si tenemos que fiarnos de los rumores vamos a tener un poco crudo averiguar algo, ¿no crees? — Rió David.
Sonreí por el comentario mientras alzaba la vista, buscando el lugar en el que se concentraban todas las miradas. Aún salía humo de las ventanas del tercer piso. Aprovechando la distracción, nos colamos entre el gentío, hasta dar con una barrera policial.
—Múltiples quemaduras… de segundo y tercer grado. Asfixia por inhalación del humo—Escuché, entre el tumulto de voces.
—Si no fuera por las cuerdas, bien podría ser un accidente —Decía otra voz—. ¿Es el señor Salas?
—Sí —respondió la primera voz—. Y el hijo de puta que se lo cargó le dejó puesto el Lacrimosa de Mozart.
—¿El “Lacrimosa”?—Pregunté a David.
—Un réquiem—contestó—. Irónicamente apropiado.
La policía abrió paso. Pude ver como entre dos hombres tomaban una camilla, cubierta por una sábana en la que se notaban los rasgos de un cuerpo y la llevaban hasta un furgón. Una mano agarró la tela, que se cayó con suavidad, y el cadáver quedó a la vista. La multitud ahogó un grito. Escuché los flashes de algunas cámaras fotográficas. Nadie apartó la mirada del cuerpo durante el tiempo que duró el macabro espectáculo. Ni yo pude apartar la mirada de aquellos restos calcinados.
Las fuerzas del orden disolvieron al gentío, con mucha dificultad. Con el fin del entretenimiento, David y yo nos fuimos. Él tuvo que convencerme de que no podría entrar en aquel piso, que nadie, empezando por él mismo, me lo iba a permitir. Me reí con ganas.
Pese a la insistencia por parte de mi amigo de que dejase correr el asunto, seguí muy de cerca los incendios que acontecieron en las dos últimas semanas de un helado Febrero. Conocía cada rumor, cada hecho relacionado con el caso. Aunque la gran mayoría de las cosas que llegaban a mis oídos tenían ciertos rasgos de novela barata. David no veía con buenos ojos lo que catalogaba como una malsana obsesión. Yo hacía como que escuchaba sus reproches. Normalmente me preguntaba por qué lo hacía. No sabía responderle.
El primer día de Marzo fue un tanto extraño. Un hombre, no, mejor dicho, una bestia se coló en lo más profundo de mis pensamientos. Aquel día me desperté sobresaltado. A penas eran las cuatro y veinte de la madrugada, pero creí conveniente aclarar mi mente. Salí al balcón pero no me fue suficiente. Me ahogaba en el sudor emanado aquella noche y no podía soportar su hedor. Mi hedor, mejor dicho. Apestaba a humo.
Lo sentí durante todo el día. Aquellos ojos azules, cargados de furia, apoyados a la perpetuidad en mi espalda. Vi al ser de mis sueños de nuevo en cada sombra de la calle. Me perseguía, temiendo que escapase. Le pertenecía. Así lo decía su mano, que sólo yo podía ver.
Le conté a David lo que me ocurría. La expresión de total felicidad que traía se transformó en una sombría mueca.
—Usted está mentalmente incapacitado, señor Valverde—dijo, con su voz más tétrica—. Se está volviendo loco.
—Váyase usted a la mierda, doctor—le espeté.
David se rió con ganas hasta que entró el señor Montero.
—Valverde, Monleón—nos dijo, a modo de saludo—, quiero vuestro trabajo sobre la guerra civil sobre mi mesa.
Abrí la mochila y busqué el trabajo, mientras David se lo llevaba. Saqué el estuche, cuadernos, libros… Busqué en cada bolsillo, entre cada página. No estaba. De pronto recordé dónde lo había dejado. Estaba sobre la cama.
—Señor Montero—comencé—, me lo he dejado en casa.
—Bueno, no importa. Puedes hacerlo otra vez esta tarde, al salir de clase.
—O podría ir a casa a buscarlo y traérselo en un momento.
—Prefiero mi idea, Valverde.
Me dejé caer sobre la silla. Hacer ese trabajo me había llevado tres tardes enteras, ¿cómo iba a repetirlo entero en una sola? David volvía de su paseo a la mesa del profesor. Le miré a los ojos. Él, moviendo la cabeza de forma imperceptible, asintió. Mientras Montero comenzaba con la lección escribí una nota. “Sobre la cama, en mi habitación”.
Pese a que los rallos del sol impactaban sobre la biblioteca durante toda la mañana, la cavernosa estancia permanecía siempre helada. Una capa de polvo cubría los libros. Entré, quedando envuelto en un perpetuo silencio, sólo roto por el ruido que hizo la silla cuando la arrastré. Nadie protestó. De hecho, no había nadie más que pudiera oírme.
Me senté, dejando caer mis libros. Bostecé. Pasé las hojas sin prestar mucha atención. Comencé a escribir las pocas palabras que recordaba de mi redacción. El recurso pronto se agotó. Busqué otro volumen, intentando encontrar algo que copiar. El texto de me hizo largo y monótono. Los párpados me pesaban. Traté por todos los medios de mantenerme despierto, pero no pude. Pronto mi cabeza se cayó sobre el libro.
Leer más...
Etiquetas:
alma en llamas,
novela
sábado, 21 de mayo de 2011
Alma en llamas, capítulo IV
Aquel fue el primer día en el que vi al padre de Marina. Francisco Javier Gómez de Olea era un hombre alto, al que el tiempo le había privado del cabello. Aquello, unido a su rostro afilado y esos ojos oscuros y penetrantes que todavía hoy siento en mi espalda, le daban el aspecto amenazador que le gustaba mostrar. Rondaba los cincuenta, enfundado siempre con impecables trajes que pagaba con las ganancias de su negocio de construcción. Su historia siempre comenzaba igual, con la bala que atravesó el cráneo de aquel hombre que lo había retenido durante la guerra. Ficticia o real, todo aquel que la escuchaba la tomaba por cierta. Era conocido por su fama de hombre hecho a sí mismo. Las pocas veces que hablamos pude ver con claridad el muro que construyó entre él mismo y el mundo. Aquel día, no había diferencia alguna.
Otro cantar era su mujer. Verónica Mazzola lloraba en el suelo, frente al cuerpo inerte que había sido su padre. Reconocí en ella el pelo rubio de su hija, pero nada más. Sus ojos marrones se ocultaban tras las manos que hacían de filtro ante sus gemidos desconsolados. Su marido la dejó desahogarse allí, en mitad del salón, mientras discutía los pormenores del fallecimiento con una pareja de policías, a quienes David también había avisado. Ellos le confirmaron que la muerte se debía a causas naturales, que el corazón de aquel anciano se había parado por la edad, y que aquellos dos chavales que estaban en una esquina no tenían nada que ver.
Marina también estaba allí. Al llegar se sentó en una silla, en la cocina, sin mediar palabra. David fue quien me dijo que había llegado, a él la muerte no parecía haberle afectado tanto. O quizá fuese que a mí me había impactado demasiado. Estaba petrificado, frente a la ventana, oyendo conversaciones a mi alrededor pero incapaz de escuchar ninguna. Él casi tuvo que arrastrarme hasta el baño, donde me metió bajo un grifo en un intento de sacarme de mi trance. El chorro de agua fría lo logró.
Las primeras palabras que dediqué a mi amigo fueron un conjunto de vocablos de soez significado, haciendo alusión a la genial idea de mantenerme bajo la corriente un par de minutos. El se defendió diciendo que los golpes ya no surtían efecto. Bastó que los mencionase para sentir el dolor en distintas zonas de mi cuerpo. Maldije de nuevo sus ideas de bombero retirado.
—Javier, deberíamos irnos.
Sí, debíamos. Aquel era un momento para la familia, sin desconocidos de por medio. Incluso los policías se iban. Yo ya no pintaba nada allí, nada podía contarme la historia que aquel anciano sabía. Hice un gesto con la cabeza a David, y caminé hacia la puerta principal.
—¿Javier?
La voz sonó a mi espalda, frágil, apenas un susurro. Me volví lentamente. La figura de Marina se dejaba intuir en la cocina. Le dediqué un segundo gesto a David, el cual entendió a la perfección. Se despidió de mí con un gruñido de protesta, y desapareció por la puerta. Cuando se fue entré en la estancia donde ella me esperaba. Nuestras miradas se cruzaron durante una fracción de segundo, antes de que ella se abalanzase sobre mí. Hundió la cabeza en mi pecho, aferrándose a mi camisa, llorando.
Pensé que quedarse allí no era una buena idea. Salimos a la calle. Fuera atardecía. El manto de la noche se echaba sobre nosotros. Había perdido el día, sin darme cuenta del tiempo que había pasado. Mi estómago me gruñó a modo de protesta; lo único que había comido fue el desayuno. Hice una broma al respecto. Marina me regaló la sonrisa más triste que he visto nunca. Caminamos por el paseo de la Pereda. Nos detuvimos en el puerto. Ella se sentó en el bordillo, mirando al mar. No abrió la boca, ni siquiera para preguntarme por qué era el primero que supo lo que le había ocurrido a su abuelo. Se limitó a observar los últimos rayos de sol que brillaban sobre la superficie del agua.
Me senté junto a ella, rodeando sus hombros con mi brazo. Ella apoyó la cabeza sobre el mío. Pude ver sus ojos azules, vidriosos, donde no quedaba una sola lágrima.
—Marina…
No me respondió. Ni siquiera parecía haberme escuchado. El sol, cobarde, me dejó a solas con ella. Pude sentir cómo tiritaba de frio dentro de aquel vestido blanco de lana. Intenté hacer que se levantara, pero no pude. Me miró a los ojos. Vi en ellos que quería quedarse un poco más. Esperé, junto a ella, el tiempo que necesitó. Durante meses había soñado con un momento así. Marina y yo, solos en aquella ciudad. Cruel el destino, ahora me daba esta oportunidad. Deseé tener la labia de aquellos personajes de ficción capaces de decir lo apropiado en cada momento. A mí se me había reservado el papel de “tonto del pueblo”.
Guié a Marina hasta la playa. Ella se dejaba llevar, sin mediar palabra. Nos sentamos en la arena, mirando al faro de la isla de Mouro. Meses después me diría que odiaba playa. Pero no aquella noche.
—Gracias—me dijo.
Aún guardo aquella imagen en mi memoria, grabada a fuego. Ella, enfundada en un vestido blanco que terminaba antes de llegas a las rodillas, con las piernas extendidas, una sobre otra. Una mano en el regazo, la otra hundida en la arena. Me miraba fijamente, sus ojos de color del cielo clavados en los míos. Su pelo rubio formaba tirabuzones perfectos, que caían elegantemente sobre su espalda. La creí un ángel. Con aquella idea en la cabeza me incliné hacia ella. Recuerdo el hormigueo que recorrió mi espalda al sentir sus labios, unidos a los míos. Aquella sensación me duró toda la eternidad que pasamos, en la oscuridad de la noche, antes de separarnos. Una eternidad que se me hizo corta.
La acompañé hasta su casa. Hicimos todo el trayecto mudos, caminando uno junto al otro, pero con toda la tierra separándonos. Pasé el camino buscando las palabras necesarias para despedirme y pedir perdón, pero ninguna de ellas me pareció lo suficientemente buena. Antes de darme cuenta, estábamos frente a su portal.
—Bueno…—fue todo lo que acerté a decir.
Me llevé la mano a la cabeza, tomando un mechón de pelo y rizándolo, como hacía cada vez que estaba nervioso. Ella me sonrió. Di un paso hacia ella, para besarle la mejilla a modo de despedida. De nuevo, me perdí en sus labios.
Volví a verla aquella noche, en sueños. Estábamos en la misma playa que aquella tarde tumbados sobre la arena. Yo mantenía los ojos cerrados. Ella me cantaba en un susurro. De pronto la canción se apagó. Me levanté, sobresaltado. Marina me miraba desde el mar. Eché a correr hacia ella. No pude alcanzar aquella mano tendida, aquella sonrisa. Tropecé, caí al agua. Desde allí pude rozarla. Su cuerpo se convirtió en cenizas, y el viento se las llevó. Por un segundo pude sentir su mano, apoyada en mi mejilla.
Leer más...
Otro cantar era su mujer. Verónica Mazzola lloraba en el suelo, frente al cuerpo inerte que había sido su padre. Reconocí en ella el pelo rubio de su hija, pero nada más. Sus ojos marrones se ocultaban tras las manos que hacían de filtro ante sus gemidos desconsolados. Su marido la dejó desahogarse allí, en mitad del salón, mientras discutía los pormenores del fallecimiento con una pareja de policías, a quienes David también había avisado. Ellos le confirmaron que la muerte se debía a causas naturales, que el corazón de aquel anciano se había parado por la edad, y que aquellos dos chavales que estaban en una esquina no tenían nada que ver.
Marina también estaba allí. Al llegar se sentó en una silla, en la cocina, sin mediar palabra. David fue quien me dijo que había llegado, a él la muerte no parecía haberle afectado tanto. O quizá fuese que a mí me había impactado demasiado. Estaba petrificado, frente a la ventana, oyendo conversaciones a mi alrededor pero incapaz de escuchar ninguna. Él casi tuvo que arrastrarme hasta el baño, donde me metió bajo un grifo en un intento de sacarme de mi trance. El chorro de agua fría lo logró.
Las primeras palabras que dediqué a mi amigo fueron un conjunto de vocablos de soez significado, haciendo alusión a la genial idea de mantenerme bajo la corriente un par de minutos. El se defendió diciendo que los golpes ya no surtían efecto. Bastó que los mencionase para sentir el dolor en distintas zonas de mi cuerpo. Maldije de nuevo sus ideas de bombero retirado.
—Javier, deberíamos irnos.
Sí, debíamos. Aquel era un momento para la familia, sin desconocidos de por medio. Incluso los policías se iban. Yo ya no pintaba nada allí, nada podía contarme la historia que aquel anciano sabía. Hice un gesto con la cabeza a David, y caminé hacia la puerta principal.
—¿Javier?
La voz sonó a mi espalda, frágil, apenas un susurro. Me volví lentamente. La figura de Marina se dejaba intuir en la cocina. Le dediqué un segundo gesto a David, el cual entendió a la perfección. Se despidió de mí con un gruñido de protesta, y desapareció por la puerta. Cuando se fue entré en la estancia donde ella me esperaba. Nuestras miradas se cruzaron durante una fracción de segundo, antes de que ella se abalanzase sobre mí. Hundió la cabeza en mi pecho, aferrándose a mi camisa, llorando.
Pensé que quedarse allí no era una buena idea. Salimos a la calle. Fuera atardecía. El manto de la noche se echaba sobre nosotros. Había perdido el día, sin darme cuenta del tiempo que había pasado. Mi estómago me gruñó a modo de protesta; lo único que había comido fue el desayuno. Hice una broma al respecto. Marina me regaló la sonrisa más triste que he visto nunca. Caminamos por el paseo de la Pereda. Nos detuvimos en el puerto. Ella se sentó en el bordillo, mirando al mar. No abrió la boca, ni siquiera para preguntarme por qué era el primero que supo lo que le había ocurrido a su abuelo. Se limitó a observar los últimos rayos de sol que brillaban sobre la superficie del agua.
Me senté junto a ella, rodeando sus hombros con mi brazo. Ella apoyó la cabeza sobre el mío. Pude ver sus ojos azules, vidriosos, donde no quedaba una sola lágrima.
—Marina…
No me respondió. Ni siquiera parecía haberme escuchado. El sol, cobarde, me dejó a solas con ella. Pude sentir cómo tiritaba de frio dentro de aquel vestido blanco de lana. Intenté hacer que se levantara, pero no pude. Me miró a los ojos. Vi en ellos que quería quedarse un poco más. Esperé, junto a ella, el tiempo que necesitó. Durante meses había soñado con un momento así. Marina y yo, solos en aquella ciudad. Cruel el destino, ahora me daba esta oportunidad. Deseé tener la labia de aquellos personajes de ficción capaces de decir lo apropiado en cada momento. A mí se me había reservado el papel de “tonto del pueblo”.
Guié a Marina hasta la playa. Ella se dejaba llevar, sin mediar palabra. Nos sentamos en la arena, mirando al faro de la isla de Mouro. Meses después me diría que odiaba playa. Pero no aquella noche.
—Gracias—me dijo.
Aún guardo aquella imagen en mi memoria, grabada a fuego. Ella, enfundada en un vestido blanco que terminaba antes de llegas a las rodillas, con las piernas extendidas, una sobre otra. Una mano en el regazo, la otra hundida en la arena. Me miraba fijamente, sus ojos de color del cielo clavados en los míos. Su pelo rubio formaba tirabuzones perfectos, que caían elegantemente sobre su espalda. La creí un ángel. Con aquella idea en la cabeza me incliné hacia ella. Recuerdo el hormigueo que recorrió mi espalda al sentir sus labios, unidos a los míos. Aquella sensación me duró toda la eternidad que pasamos, en la oscuridad de la noche, antes de separarnos. Una eternidad que se me hizo corta.
La acompañé hasta su casa. Hicimos todo el trayecto mudos, caminando uno junto al otro, pero con toda la tierra separándonos. Pasé el camino buscando las palabras necesarias para despedirme y pedir perdón, pero ninguna de ellas me pareció lo suficientemente buena. Antes de darme cuenta, estábamos frente a su portal.
—Bueno…—fue todo lo que acerté a decir.
Me llevé la mano a la cabeza, tomando un mechón de pelo y rizándolo, como hacía cada vez que estaba nervioso. Ella me sonrió. Di un paso hacia ella, para besarle la mejilla a modo de despedida. De nuevo, me perdí en sus labios.
Volví a verla aquella noche, en sueños. Estábamos en la misma playa que aquella tarde tumbados sobre la arena. Yo mantenía los ojos cerrados. Ella me cantaba en un susurro. De pronto la canción se apagó. Me levanté, sobresaltado. Marina me miraba desde el mar. Eché a correr hacia ella. No pude alcanzar aquella mano tendida, aquella sonrisa. Tropecé, caí al agua. Desde allí pude rozarla. Su cuerpo se convirtió en cenizas, y el viento se las llevó. Por un segundo pude sentir su mano, apoyada en mi mejilla.
Leer más...
Etiquetas:
alma en llamas,
novela
viernes, 6 de mayo de 2011
Alma en llamas. capítulo III
Durante el resto de la semana el sueño se repitió. Desperté cada día envuelto en sudor. La cama quedaba completamente deshecha, e incluso las sábanas presentaban roturas. Le expliqué a mi madre que había tenido una pesadilla muy vívida; eso bastó.
Hasta el fin de semana siguiente no tuve tiempo de ir a visitar de nuevo a aquel anciano, cuyos conocimientos del tema me resultaban intrigantes. Conocía a Eduardo Martín—y, por algún motivo, me confundía con él—, autor de uno de los capítulos del libro que ocultaba bajo mi colchón y presunto pirómano. Si realmente quería investigar aquel tema, aquella era una oportunidad única.
Realmente ni yo entiendo por qué ese libro me interesaba tanto. Supongo qe me fascinaba la posibilidad de que, y por muy improbable que fuese, aquellas historias fueran ciertas. Y el hecho de que la acción, por llamarlo de alguna forma, saltase desde Barcelona a Chicago, y regresase a España, me llamaba la atención.
Aquel sábado me levanté al alba. Recuerdo haber visto cómo salía el sol, sus rayos de luz reflejados sobre la superficie de un mar en calma, sentado al borde del agua. Un impulso más. Esperé durante unos minutos, mientras un barco se alejaba del puerto. Regresé con el tiempo suficiente para colarme entre las sábanas y así fingir que seguía dormido a ojos de mi madre. Ni qué decir que me descubrió.
— ¿Dónde has estado? —preguntó apenas hube puesto un pié en la cocina, apenas una hora después de mi regreso.
—En mi cama—respondí, fingiendo que la pregunta me pillaba por sorpresa.
—Entonces el rastro de arena que hay desde la puerta de casa hasta tu habitación me lo he imaginado.
Me maldije por ponérselo tan fácil.
—Supongo—dije, tomando el bol del desayuno.
—Y…—mi madre se acercó a mí, moviendo las cejas— ¿cómo se llama ella?
Escupí la leche, atragantado. Ella me dio unos golpes en la espalda, intentando que se me pasase. Un instante después recuperé el aliento.
— ¿Qué?—inquirí con voz entrecortada.
—Habéis ido juntos a ver el amanecer, lo sé. Que romántico… Recuerdo que, hace años, tu padre y yo también lo hacíamos. Él se plantaba bajo mi ventana, lanzaba unas piedras contra el cristal para llamarme y me gritaba que…
Engullí lo que quedaba de desayuno y salí corriendo, evitando así una vez más la historia que protagonizaron mis progenitores. No era la primera vez que intentaba contármela, aunque yo siempre mostraba el mismo interés que aquella fría mañana de febrero.
—¡Luego me pedirás ayuda, seguro!—Gritó cuando se dio cuenta de que me había ido, mientras yo cerraba la puerta de casa.
Cuando salí eran las nueve de la mañana, según mis cálculos. Si estaba en lo cierto, quedaba como mínimo una hora para que David pensase siquiera en levantarse. Bajé por Miguel de Artigas hasta la plaza del ayuntamiento, sentándome en un banco a dejar pasar el tiempo.
La gente pasaba a mí alrededor sin detenerse a mirar nada. Hombres que iban a abrir sus negocios, mujeres de compras. Algún saludo a medias si miradas conocidas se cruzaban, pero no pasaba de ahí. La suave brisa traía una hoja, robada a un árbol cercano. Su frio aliento se colaba entre mi ropa, congelándome hasta los huesos. Nada más pasó hasta el momento en el que decidí que, fuese la hora que fuese, David tendría que levantarse.
— ¿Tú sabes qué hora es? —me dijo unos minutos después. Estaba notablemente enfadado, quizá por el golpe que le propiné con un cojín en un intento de despertarlo.
—No—respondí, con total sinceridad.
Se apoyó en la cama, tratando de levantarse del suelo. Mientras se volvía a meter entre las sábanas, abrí la ventana de par en par. En viento helado terminó de despertarlo. Se vistió lentamente, pidiendo piedad a gritos.
— ¿Y qué haces aquí?
—Vengo para que me acompañes a ver al abuelo.
—¿Otra vez con esto?—Me apuntó con un dedo, llevándose la otra mano al pelo—. Creo haberte dicho que no cuentes conmigo.
—Necesito que me acompañes—dije, apartando su mano de un golpe—. Hay algo que tienes que oír. Además, esa pose te hace parecer imbécil.
—Vaya, tendré que trabajarme otra.
—Anda, vamos. A ver si hay suerte y te cae encima la granizada que te hace falta.
Llevé a David casi a rastras hasta el edificio del viejo. Me paré al llegar, mirando el portal.
—Ahora que me has traído hasta aquí, no me hagas esperar—dijo.
Conté setenta y dos escalones. Dieciocho por piso, nueve por cada giro. Los subí uno a uno, pensando mientras qué iba a decir. Si llevaba a David era tan sólo para no echarme atrás. Llevaba toda la semana convenciéndome a mí mismo para hacer esto, y aquella mañana aún no lo había logrado del todo. Cuando quise darme cuenta, y mientras buscaba razones para ir corriendo a casa, mi amigo llamaba a la puerta, que se hizo a un lado al instante.
Entramos. Arrastré los pies hasta el salón, el mismo lugar donde había encontrado al anciano. Él se encontraba sentado en el mismo sillón de la última vez. No supe qué decir.
—¿Quién es?—preguntó el anciano.
—Soy Martín—respondí—. Venía a hablar con usted, si es que no está muy ocupado.
—No, Martín, no es problema—dijo, notablemente cansado—. ¿Qué quieres contarme?
—Pues…—una idea cruzó de pronto por mi mente—. Quería ponerle al día sobre aquella “sombra”, pero no recuerdo exactamente hasta que punto conversamos sobre el tema.
—Oye, Javier—me susurró David—, ¿por qué tienes que mentirle?
Lo pensé por un segundo. Él estaba en lo cierto, ¿por qué tenía que engañar al anciano? Bastaba con preguntar. Pero, a estas alturas de la historia, rectificar era algo impensable. Me debatía entre estas dos opciones cuando mi anfitrión me interrumpió.
—Huya.
— ¿Cómo dice?
—Es lo que usted me recomendó. “Huya, y no vuelva a esta ciudad”, me dijo. Que me mantuviera alejado de aquel libro maldito…
Lentamente, la voz del anciano se fue apagando. Se quedó dormido ante mis ojos, de nuevo. Estaba notablemente fatigado. Su respiración era muy suave, muy tranquila.
—Me parece que debemos irnos, David—dije, encaminándome a la salida.
Cuando mi mano tocó el pomo de la puerta principal me giré. Mi amigo no me había seguido. Deshice mis pasos, encontrándolo de pie en el mismo sitio en el que había permanecido durante toda la conversación. Su mirada revelaba un nerviosismo inesperado en él.
— ¿Ocurre algo?—pregunté.
David se abalanzó sobre el anciano, apoyando dos dedos en su cuello.
—Javier, no tiene pulso.
— ¿Cómo?
—¡Que no tiene pulso! ¡Y no respira!
Me acerqué yo también, dispuesto a demostrarle que se equivocaba. Cogí aquel brazo, frágil y arrugado, por la muñeca, sujetándolo con dos dedos. No notaba nada. Me acerqué a su rostro, posé la mano en su pecho. Nada. Sentí como el color se iba de mi cara.
—David, busca un teléfono—dije, con una calma que no era mía.
Me quedé junto al anciano mientras mi amigo corría, desesperado. De pie, sin abrir la boca, sin parpadear siquiera. No podía moverme. Veía como aquel hombre, tan marcado por el paso del tiempo, se iba poco a poco hacia un lugar desconocido, y no me sentía capaz de hacer nada. Ni siquiera pensar en otra cosa, más que en el hecho de que si él moría, yo perdería aquella historia que tanto necesitaba oír.
Perdí la noción del tiempo. No recuerdo en qué momento David volvió a mi lado, ni cuando apareció aquel hombre que, con un empujón en el pecho, me alejó del anciano. Vi como le buscaba el pulso, cómo aplicaba las técnicas que creía necesarias, hasta que se volvió hacia mí.
—Lo siento, chaval—dijo—. Tu abuelo ha fallecido.
El hombre se quedó con nosotros un par de minutos, antes de irse. Reaccioné cuando, tras zarandearme y gritarme, David me abofeteó. Me dijo que debíamos contárselo a alguien. Le pregunté donde estaba el teléfono. Arrastré los pies hasta el aparato. Había una agenda junto a él. El primer número aparecía indicado únicamente como “hijo”. Lo marqué. Me respondió una voz dulce, un timbre femenino cuya musicalidad me sonaba. Sin embargo, mi cabeza no era capaz de reconocer sonidos. Le indiqué la dirección desde la que llamaba, preguntando si conocía al anciano. Me lo confirmó, afirmando que era su nieta.
No pude encontrar una forma fácil de decirlo, así que lo hice sin rodeos. Poca idea tenía yo de que estaba informando a Marina de que su abuelo acababa de morir ante mis ojos. Leer más...
Hasta el fin de semana siguiente no tuve tiempo de ir a visitar de nuevo a aquel anciano, cuyos conocimientos del tema me resultaban intrigantes. Conocía a Eduardo Martín—y, por algún motivo, me confundía con él—, autor de uno de los capítulos del libro que ocultaba bajo mi colchón y presunto pirómano. Si realmente quería investigar aquel tema, aquella era una oportunidad única.
Realmente ni yo entiendo por qué ese libro me interesaba tanto. Supongo qe me fascinaba la posibilidad de que, y por muy improbable que fuese, aquellas historias fueran ciertas. Y el hecho de que la acción, por llamarlo de alguna forma, saltase desde Barcelona a Chicago, y regresase a España, me llamaba la atención.
Aquel sábado me levanté al alba. Recuerdo haber visto cómo salía el sol, sus rayos de luz reflejados sobre la superficie de un mar en calma, sentado al borde del agua. Un impulso más. Esperé durante unos minutos, mientras un barco se alejaba del puerto. Regresé con el tiempo suficiente para colarme entre las sábanas y así fingir que seguía dormido a ojos de mi madre. Ni qué decir que me descubrió.
— ¿Dónde has estado? —preguntó apenas hube puesto un pié en la cocina, apenas una hora después de mi regreso.
—En mi cama—respondí, fingiendo que la pregunta me pillaba por sorpresa.
—Entonces el rastro de arena que hay desde la puerta de casa hasta tu habitación me lo he imaginado.
Me maldije por ponérselo tan fácil.
—Supongo—dije, tomando el bol del desayuno.
—Y…—mi madre se acercó a mí, moviendo las cejas— ¿cómo se llama ella?
Escupí la leche, atragantado. Ella me dio unos golpes en la espalda, intentando que se me pasase. Un instante después recuperé el aliento.
— ¿Qué?—inquirí con voz entrecortada.
—Habéis ido juntos a ver el amanecer, lo sé. Que romántico… Recuerdo que, hace años, tu padre y yo también lo hacíamos. Él se plantaba bajo mi ventana, lanzaba unas piedras contra el cristal para llamarme y me gritaba que…
Engullí lo que quedaba de desayuno y salí corriendo, evitando así una vez más la historia que protagonizaron mis progenitores. No era la primera vez que intentaba contármela, aunque yo siempre mostraba el mismo interés que aquella fría mañana de febrero.
—¡Luego me pedirás ayuda, seguro!—Gritó cuando se dio cuenta de que me había ido, mientras yo cerraba la puerta de casa.
Cuando salí eran las nueve de la mañana, según mis cálculos. Si estaba en lo cierto, quedaba como mínimo una hora para que David pensase siquiera en levantarse. Bajé por Miguel de Artigas hasta la plaza del ayuntamiento, sentándome en un banco a dejar pasar el tiempo.
La gente pasaba a mí alrededor sin detenerse a mirar nada. Hombres que iban a abrir sus negocios, mujeres de compras. Algún saludo a medias si miradas conocidas se cruzaban, pero no pasaba de ahí. La suave brisa traía una hoja, robada a un árbol cercano. Su frio aliento se colaba entre mi ropa, congelándome hasta los huesos. Nada más pasó hasta el momento en el que decidí que, fuese la hora que fuese, David tendría que levantarse.
— ¿Tú sabes qué hora es? —me dijo unos minutos después. Estaba notablemente enfadado, quizá por el golpe que le propiné con un cojín en un intento de despertarlo.
—No—respondí, con total sinceridad.
Se apoyó en la cama, tratando de levantarse del suelo. Mientras se volvía a meter entre las sábanas, abrí la ventana de par en par. En viento helado terminó de despertarlo. Se vistió lentamente, pidiendo piedad a gritos.
— ¿Y qué haces aquí?
—Vengo para que me acompañes a ver al abuelo.
—¿Otra vez con esto?—Me apuntó con un dedo, llevándose la otra mano al pelo—. Creo haberte dicho que no cuentes conmigo.
—Necesito que me acompañes—dije, apartando su mano de un golpe—. Hay algo que tienes que oír. Además, esa pose te hace parecer imbécil.
—Vaya, tendré que trabajarme otra.
—Anda, vamos. A ver si hay suerte y te cae encima la granizada que te hace falta.
Llevé a David casi a rastras hasta el edificio del viejo. Me paré al llegar, mirando el portal.
—Ahora que me has traído hasta aquí, no me hagas esperar—dijo.
Conté setenta y dos escalones. Dieciocho por piso, nueve por cada giro. Los subí uno a uno, pensando mientras qué iba a decir. Si llevaba a David era tan sólo para no echarme atrás. Llevaba toda la semana convenciéndome a mí mismo para hacer esto, y aquella mañana aún no lo había logrado del todo. Cuando quise darme cuenta, y mientras buscaba razones para ir corriendo a casa, mi amigo llamaba a la puerta, que se hizo a un lado al instante.
Entramos. Arrastré los pies hasta el salón, el mismo lugar donde había encontrado al anciano. Él se encontraba sentado en el mismo sillón de la última vez. No supe qué decir.
—¿Quién es?—preguntó el anciano.
—Soy Martín—respondí—. Venía a hablar con usted, si es que no está muy ocupado.
—No, Martín, no es problema—dijo, notablemente cansado—. ¿Qué quieres contarme?
—Pues…—una idea cruzó de pronto por mi mente—. Quería ponerle al día sobre aquella “sombra”, pero no recuerdo exactamente hasta que punto conversamos sobre el tema.
—Oye, Javier—me susurró David—, ¿por qué tienes que mentirle?
Lo pensé por un segundo. Él estaba en lo cierto, ¿por qué tenía que engañar al anciano? Bastaba con preguntar. Pero, a estas alturas de la historia, rectificar era algo impensable. Me debatía entre estas dos opciones cuando mi anfitrión me interrumpió.
—Huya.
— ¿Cómo dice?
—Es lo que usted me recomendó. “Huya, y no vuelva a esta ciudad”, me dijo. Que me mantuviera alejado de aquel libro maldito…
Lentamente, la voz del anciano se fue apagando. Se quedó dormido ante mis ojos, de nuevo. Estaba notablemente fatigado. Su respiración era muy suave, muy tranquila.
—Me parece que debemos irnos, David—dije, encaminándome a la salida.
Cuando mi mano tocó el pomo de la puerta principal me giré. Mi amigo no me había seguido. Deshice mis pasos, encontrándolo de pie en el mismo sitio en el que había permanecido durante toda la conversación. Su mirada revelaba un nerviosismo inesperado en él.
— ¿Ocurre algo?—pregunté.
David se abalanzó sobre el anciano, apoyando dos dedos en su cuello.
—Javier, no tiene pulso.
— ¿Cómo?
—¡Que no tiene pulso! ¡Y no respira!
Me acerqué yo también, dispuesto a demostrarle que se equivocaba. Cogí aquel brazo, frágil y arrugado, por la muñeca, sujetándolo con dos dedos. No notaba nada. Me acerqué a su rostro, posé la mano en su pecho. Nada. Sentí como el color se iba de mi cara.
—David, busca un teléfono—dije, con una calma que no era mía.
Me quedé junto al anciano mientras mi amigo corría, desesperado. De pie, sin abrir la boca, sin parpadear siquiera. No podía moverme. Veía como aquel hombre, tan marcado por el paso del tiempo, se iba poco a poco hacia un lugar desconocido, y no me sentía capaz de hacer nada. Ni siquiera pensar en otra cosa, más que en el hecho de que si él moría, yo perdería aquella historia que tanto necesitaba oír.
Perdí la noción del tiempo. No recuerdo en qué momento David volvió a mi lado, ni cuando apareció aquel hombre que, con un empujón en el pecho, me alejó del anciano. Vi como le buscaba el pulso, cómo aplicaba las técnicas que creía necesarias, hasta que se volvió hacia mí.
—Lo siento, chaval—dijo—. Tu abuelo ha fallecido.
El hombre se quedó con nosotros un par de minutos, antes de irse. Reaccioné cuando, tras zarandearme y gritarme, David me abofeteó. Me dijo que debíamos contárselo a alguien. Le pregunté donde estaba el teléfono. Arrastré los pies hasta el aparato. Había una agenda junto a él. El primer número aparecía indicado únicamente como “hijo”. Lo marqué. Me respondió una voz dulce, un timbre femenino cuya musicalidad me sonaba. Sin embargo, mi cabeza no era capaz de reconocer sonidos. Le indiqué la dirección desde la que llamaba, preguntando si conocía al anciano. Me lo confirmó, afirmando que era su nieta.
No pude encontrar una forma fácil de decirlo, así que lo hice sin rodeos. Poca idea tenía yo de que estaba informando a Marina de que su abuelo acababa de morir ante mis ojos. Leer más...
Etiquetas:
alma en llamas,
novela
Suscribirse a:
Entradas (Atom)