El sonido de los disparos se escuchaba a cientos de kilómetros. Los continuos bombardeos, durante los cuales no podías hacer otra cosa más que agacharte y rezar, acabarían arrasando la ciudad. Pero, con tal de ganar la guerra, ¿qué más da arruinar la vida de cientos de personas?
Disparo una vez más. Esta vez impacta en el pecho de un enemigo. Una pregunta acosa mi cabeza. ¿Y si tenía mujer e hijos? Ya no importaba la respuesta, él estaba muerto y no había vuelta atrás.
¿Quién había decidido que ellos eran mis enemigos? ¿Qué les llevó a tomar tal decisión? No soy capaz de responder a estas preguntas. Soy soldado, me entrenaron para matar. Ya hay otros que piensan por mí.
Disparo una vez más, Y otra, y otra. Cada disparo causa una muerte más. Y con cada muerte, se repiten las mismas preguntas. Y se suceden las mismas respuestas, en un ciclo sin fin.
Un bombardero se acerca. Instintivamente me agacho, protegiéndome de la onda expansiva. La bomba cae sobre un edificio, destruyéndolo al instante. ¿Y si había civiles? Ahora ya estarían muertos, pero a nadie parecía importarle.
Un enemigo se levanta. Un blanco fácil. Apunto y... El dedo me tiembla. Por primera vez desde que me alisté, dudo. Ya no estoy seguro de si lo que hago está bien o mal. El hombre se va a agachar, cuando una bala impacta en él. Muere en el acto.
- ¡Francotirador! - Grita uno de mis compañeros.
Reacciono tarde. Siento el metal al rojo atravesando mi cabeza. No grito, no lloro, no me resisto a la muerte. Oigo a mis compañeros gritar mi nombre, acudiendo en mi ayuda, pero vuelve a ser tarde. Siento como ella me lleva, mientras todo se oscurece a mi alrededor.
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