martes, 28 de julio de 2009

Alma en llamas. Capítulo I



La luz anaranjada del sol recién amanecido bañaba la ciudad de Santander, aún dormida. Esa misma luz se colaba por el único ventanuco del que disponía mi habitación, consiguiendo despertarme. Me revolví en la cama, tratando en vano de poder conciliar el sueño de nuevo. Cuando me rendí a la evidente realidad, abandoné el calor de las sábanas para ir, arrastrando los pies, hasta el baño. El agua de la ducha me ayudaba a despejar mi cabeza.

Me dejé caer sobre la cama, aún empapado, y miré a mi alrededor. La habitación, de por sí deprimente, entristecía aún más a aquellas horas de la mañana. La luz provocaba sombras extrañas, originadas por el escaso mobiliario de mi cubículo. Un armario, en cuyo interior se alojaba el espejo en el cual vivía el chaval escuálido y de pelo eternamente revuelto, tan parecido a mí. La cama sobre la que me encontraba, que cedía siempre bajo mi peso, y un pequeño escritorio completaban la decoración. Lancé una mirada hacia el calendario, aquel día rodeado de rojo. La marca sobraba, me habría sido imposible olvidar aquella fecha.

15 de febrero de 1957. El día de mi decimosexto cumpleaños.

Para mi desgracia, aquel era un día tan normal como los que le habían precedido y los que le seguirían. Era un día laboral, lo que en el idioma de un saco de hormonas andante se traducía como “levanta y a clase”. La eterna disputa entre quedarme en casa y vaguear o dormir la siesta sobre el pupitre se libró una vez más en mi cabeza mientras me vestía, sin pausa pero sin prisa. Caminé, bostezando, hasta la cocina.

Me senté en aquella estancia mientras esperaba a despertar completamente. A medida que mis sentidos se reactivaban, mi olfato captó el aroma del pan recién horneado, cuya masa mi padre trabajaba desde altas horas de la mañana. Él siempre decía que la panadería no le iba a jubilar antes de tiempo, pero que le bastaba con ganar para pagar las facturas. Y con ese objetivo trabajaba con ahínco, día a día.

—Buenos días.

Mi madre apareció en la cocina, con un croissant recién horneado entre las manos. “Esta es una de las ventajas de la panadería” pensé, devorando el bollo. Ella se limitó a mirarme, como hacía siempre hasta que iba a estudiar.
—Por cierto, Javier—me dijo, mostrándome una bolsa—. ¿Puedes llevarle esto a Gonzalo antes de ir a clase?

Asentí, aún con la boca llena. Tomé el vaso de leche que mi madre me ofrecía y lo vacié de un trago. Luego, tras mirar el reloj, cogí mi mochila y la bolsa y salí de casa corriendo.

El recado, naturalmente, consistía en llevarle su barra de pan integral —pues él se tomaba muy en serio la frase “mens sana in corpore sano”, a pesar de estar redondeado como un balón— a Gonzalo Bayón, amigo de mis padres y aquel que me inició en la lectura, hace ya diez años. Regentaba una modesta librería en la calle de Tantín, en el centro de Santander, a unos pocos metros de mi colegio.

—Buenos días— dije al entrar.

— ¡Javier! —me respondió con su euforia natural. Gonzalo, a pesar de su tamaño, se movía con rapidez. Me rodeó con sus brazos y me levantó, como si no fuera más que una pluma— ¡Feliz cumpleaños!

La bolsa con el pan se calló al suelo. Era incapaz de respirar; la falta de aire me mareaba. El librero me soltó, el aire que regresó a mis pulmones me pareció algo milagroso. Tosiendo recogí la bolsa del suelo y se la tendí a Gonzalo.

—Gracias por el reparto— dijo, probando el pan—. Incluso en tu cumpleaños te tienen trabajando. Pobrecito.

—No es nada, me pilla de camino a clase. Eso me recuerda… —miré el reloj, me quedaban diez minutos para entrar— que debo irme.

— ¡Espera! —me gritó cuando tenía una mano en el pomo de la puerta. Me volví. Él sostenía un paquete— Tu regalo.

Lo tomé. El regalo pesaba bastante. Mis manos se deslizaron sobre el papel, esperando abrirlo. Sin embargo, recordé que llegaría tarde si no me daba prisa, y eché a correr tras balbucear un “gracias”.

Legué a clase apenas dos minutos antes de que mi profesor, el padre Montero, hiciese acto de presencia. Tenía el pelo blanco y el rostro lleno de arrugas, muestra de que el paso del tiempo no perdona, ni siquiera a aquellos que dedicaron su vida a Dios.

—Buenos días— saludó con su voz grave y cansada—. Abrid los libros por la página 112. Rivas, empieza a leer.

Pasé la mañana medio dormido. A mi lado, David Monleón se dedicaba a “editar” los dibujos que adornaban el libro de texto a su gusto. El que ostentaba el título de mi mejor amigo era un chico escuálido, con el pelo rubio y ojos de un azul eléctrico, que se las daba de Casanova con dieciséis años.

—Sólo hay que saber cómo tratarlas— decía siempre. A menudo, su rostro daba muestras de que, por mucho que él dijera saber, a las damas no les gustaban mucho sus métodos. A pesar de los resultados, él siempre se empeñaba en darme consejos.

—Viéndote a ti, mejor quédatelos— le respondía cada vez que empezaba sus discursos.

Estos discursos siempre tenían la misma base, el espíritu de un hombre, y se venían dando desde una confesión que nunca debí haber hecho. Dicha confesión concernía a cierta chica rubia con la que me cruzaba cada mañana de camino a clase. Durante el breve periodo de tiempo en el que nos encontrábamos, mis ojos siempre buscaban esos trozos de cielo con los que era capaz, según mi imaginación, de ver a través de mí. De vez en cuando me daba cuenta de que nuestras miradas se cruzaban. Entonces mi vista se clavaba al frente, y ponía todo mi empeño en evitar enrojecer. Ella siempre sonreía educadamente. Tirando de amigos descubrí su nombre. Marina, que así se llamaba la chica que se fugó de mis sueños al mundo real, vivía en un pequeño piso en la calle Tantín, justo enfrente de la librería de Gonzalo. En mi cabeza solía imaginar que, estando yo dentro del establecimiento, ella apareciese con su eterna sonrisa en el rostro y me saludase. Era uno de los miles escenarios que planteaba, a modo de ensayo y error, para intentar encontrar una frase con la que entablar una conversación. La frase, para mi desgracia, no llegaba nunca.

Muchas veces, durante las horas lectivas, mi mente tendía a huir a un mundo en el cual fuese capaz de dirigirle la palabra. Era un mundo en el que todo salía como estaba planeado, que en nada se asemejaba a este. Recuerdo que aquel día me lo pasé en aquel mundo, del que sólo salí cuando las campanas daban las cinco. Esa tarde, David me arrastró hacia su casa siguiendo su rutina habitual de ruegos y amenazas. Su objetivo no era otro que lograr que le hiciera los deberes, algo que él llamaba “apoyo mutuo”.

—Claro. Tú me rascas la espalda hoy, yo lo haré mañana— soltaba siempre. Nunca llegaba ese “mañana”.

A regañadientes, y a sabiendas de que acabaría haciéndolo, decidí seguirle, más guiado por el estómago que por el sentimiento de amistad. Su madre, a cambio de las clases extras, solía invitarme a merendar. Sus postres caseros eran deliciosos.

Nos plantamos frente a su portal y seguimos el ritual de siempre: saludar e ir directos a la habitación de David. Allí, sacamos los libros y comencé a explicarle, sin mucho éxito. Él se limitaba a copiar lo que escribía yo mientas asentía de la misma forma que se le da la razón a un loco. Pasamos así el tiempo, como se nos iban las tardes habitualmente, hasta que llamaron a la puerta principal. David, haciendo algo inusual en él, se levantó y se dirigió a abrir.

—Javier, ¿puedes venir un momento? —Me llamó poco después.

Bajé las escaleras y lo encontré en el vestíbulo. Me hizo un gesto con la cabeza, indicando que entrase al salón. Abrí la puerta.

— ¡Sorpresa!

Me encontré rodeado de amigos y compañeros de clase. Incómodo y sin saber qué hacer, busqué a David, que ya se había perdido entre los invitados. Como salvación, apareció su madre portando una gran tarta.

Tras la merienda, decidí salir al balcón. Las grandes multitudes nunca se me habían dado bien. Me limité a ver pasar a la gente, esperando a que se fueran. Sin embargo, la mayor de mis sorpresas llegó mientras esperaba.

—Hola.

Me giré al escuchar una dulce voz a mi espalda, para encontrarme mirando aquellos trozos de cielo que me robaban el sueño. Marina se encontraba frente a mí, sonriéndome de una forma que yo sólo creía poder ver en ms experiencias oníricas.

—Ho… hola, Marina —acerté a decir.

—Tú debes de ser Javier, ¿cierto? –respondió. No parecía sorprendida ante el hecho de que supiera su nombre—. Tengo entendido que es tu cumpleaños.

Me limité a asentir, lentamente y en silencio, mientras intentaba no volverme rojo. Juré por lo bajo matar a David si salía vivo de esa. Estuvimos un rato parados, mirándonos el uno al otro, hasta que decidí que ya era hora de salir de allí. Sonreí educadamente, me despedí y me fui, evitando al máximo salir corriendo.

Llegué a mi casa poco después y sin aliento. No me detuve ni un momento a pensar, tan sólo intentaba alejarme de allí lo más rápido que pude. ¿Por qué? Ni yo mismo lo sé. Subí las escaleras y me encerré en mi habitación. Me dejé caer sobre la cama, lanzando la mochila. Al oírla caer, mi mente se iluminó. Salté, la recuperé y la abrí. Aún estaba aquel regalo sin abrir, desde que esa mañana lo apretujé entre los libros.

Allí, aislado del mundo, arranqué el papel que lo envolvía. Sus palabras surgieron ante mí por primera vez, envueltas en ese olor a viejo que dan la humedad, el polvo y el paso del tiempo. Aquel 15 de febrero de 1957 fue el primer día en el que aquellas páginas me mostraron el mundo que contenían.

Y aquel maldito día fue cuando lo descubrí. Un escalofrío me recorrió la espalda al girar la primera página. Dudé un segundo. Me lancé contra la ventana. Durante un fugaz segundo pude verlo.

Pude ver al hombre que me había estado siguiendo todo el día. Vestía una gabardina negra y llevaba un sombrero de ala ancha que le ocultaba casi toda la cara. Tan sólo sus ojos quedaban a la vista, unas frías pupilas que te atravesaban con la mirada. Un segundo después, aquel hombre ya no estaba.

Sin embargo, su breve aparición fue suficiente para desvelarme. Aquella noche, en la que el sueño nunca hizo aparición, estudié aquel libro, encuadernado a mano y en cuya portada no había ni título ni autor. Contenía tres historias distintas, tras las cuales se sucedían las páginas en blanco. Además, estas historias parecían haberse escrito por primera vez sobre ese papel, ya que era común encontrar tachones o correcciones, así como manchas de tinta. Pero lo más extraño era que cada historia parecía de un autor diferente, ya que el estilo de la letra difería mucho entre ellos. Comencé con la lectura del primer relato.

Me llamo Francisco Solar, y la locura me invade.

En las siguientes páginas, el protagonista narraba en primera persona como se iba sumiendo aun más en su locura interna, y en cómo la iba aceptando. Las cuartillas pasaron de tener una caligrafía pulcra y estilizada a letras temblorosas, tachones y manchas de tinta. Las últimas páginas de este capítulo estaban fechadas en el diez de abril de 1861.

¿Estoy loco? No. El resto del mundo está loco. ¿Necesito ser purificado? No. El resto del mundo debe ser entregado a las llamas. El fuego purificador es la única salvación de este mundo.

Esta noche, la ciudad de Barcelona y el resto del mundo arderán.


La fecha me sonaba, quizá de uno de los muchos datos con los que nos ametrallaba el señor Montero. Tomé un trozo de papel y la apunté, para después continuar con el siguiente capítulo.

Mi nombre es Eric Nicholas, y tengo miedo de mí mismo.

Eric relataba cómo el libro llegó a sus manos un día; cómo, tras leerlo, comenzó a soñar con escenas de incendios y cómo se iba interesando cada vez más por el fuego. En sus palabras leí el miedo que sintió al darse cuenta de que un hombre observaba sus pasos, pero que nunca llegó a verle el rostro. La última página que Eric
escribió databa de 1871.

Ocho de octubre, 1871.

La ciudad está podrida .La gente que la habita está corrupta. Este lugar debe ser purificado bajo el fuego sagrado.

Esta noche, la ciudad de Chicago y el resto del mundo arderán.


De nuevo, el mismo final. El autor del relato amenazaba con quemar la ciudad donde residía. Y en el siguiente capítulo comenzaba otra historia, con otro autor distinto. Apunté la fecha y proseguí.

Soy Eduardo Martín, y escucho la voz de la locura.


Martín narró en las siguientes páginas cómo, a causa de sus problemas económicos y sus pesadillas, iba perdiendo poco a poco la cordura. Contó cómo un día comenzó a escuchar una voz a la que aprendió a temer y respetar y cómo comenzó a sentirse atraído por las llamas. Y todo culminó el día que fue despedido.

Barón ha cometido su último error. Su demencia nos echará a perder a todos.

Pero eso tiene solución. El fuego arreglará sus errores. El fuego protegerá a mi familia de la locura. Aunque deba entregar mi alma para tal fin.

Hoy, quince de Febrero de 1941, Santander arderá.


Leí y releí la última frase que Martín escribió, probablemente, antes de su muerte. La fecha era exacta, me era imposible olvidarla. Ese día Santander se quemó desde la calle Cádiz hasta la de Sevilla. Si la historia era cierta, me encontraba ante las confesiones de los autores de aquellos incendios.

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lunes, 18 de mayo de 2009

Distancia

Original para el foro Retos ilustrados.
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Tirado en la cama, mirando al techo sin mirar, dejando que el tiempo que pasa se escape de entre mis dedos.

En mi mente se mezclan esos recuerdos que me arrancan una sonrisa con encuentros y reencuentros surgidos de mi imaginación o de mis sueños, ya no sabría determinar su origen. ¿Serán recuerdos lejanos que parecen fragmentos de sueños o fragmentos de sueños que parecen recuerdos lejanos?

Y de pronto vuelvo a la realidad, perdiendo esa burbuja de felicidad en la que estaba sumergido tan repentinamente como llegó, hace quizás unos minutos o varios días de sol. De pronto surge esa distancia que nos separa, que forma un muro infranqueable entre nosotros. Y el tiempo sigue pasando, escapándose de entre mis dedos mientras busco una forma de poder salvar ese muro, que no logro encontrar o que, tal vez, no quiere que la encuentre.

Por más que lo intento, esa burbuja de felicidad no retorna. Esos felices momentos ahora parecen lejanos, inalcanzables, aunque hace tan sólo unos instantes estaba sumergido de lleno en ellos.

¿Qué puedes hacer cuando la persona a la que amas vive tan lejos? Tan solo esperar a que el tiempo cambie algo, deseando que ocurra ese cambio, que me permita poder verte cada día, sentir el contacto de tu piel y besar esos labios tan dulces, ahora tan distantes.


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miércoles, 22 de abril de 2009

Marcus

Sé que no es el día, pero no sé si tendré internet este domingo. Esta historia va dedicada a Saya, por su cumpleaños.
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Encadenado a la fría y húmeda pared de la cárcel, aquel joven meditaba sobre los motivos por los que se hallaba en esta situación. Encarcelado, sin comida ni agua, apenas le quedaban fuerzas para seguir despierto.

Sin ver la luz del sol, ya había perdido la cuenta de los días que llevaba encerrado. Al borde de la locura, solo un pensamiento lo mantenía cuerdo.

Él era inocente.

Acusado sin motivo, y condenado sin pruebas. Así había sido su juicio, amañando desde un principio. Incluso dudaba de la existencia de tal crimen. Pero la palabra del rey era la ley, y él no era más que un simple soldado.

Dentro de su sombría prisión, solo el recuerdo de su amor prohibido le daba fuerzas para aguantar. Sabía que aquello era un error. Una princesa no podía estar junto a un soldado. Por eso lo mantenían en secreto, hasta que fueron descubiertos. Ese era el motivo de su encarcelamiento.

Ahora, abandonado a su suerte, solo le quedaba esperar la muerte, que se le tornaba lenta y sufrida.

La luz del sol lo ciega. Sin previo aviso, lo sueltan de sus cadenas. El hombre se desploma, resignándose a la idea de que el rey, lejos de querer darle una muerte dolorosa, prefiere la humillación pública.

—Está muy débil…

—Rápido, hay que sacarlo de aquí.

—Aguanta, Marcus.

Tres voces distintas, las tres familiares. Pero está demasiado exhausto para reconocerlas. Las tres voces se lo llevan, mientras su mente se va sumiendo en la oscuridad.






Marcus abrió los ojos. Se encontraba en la cama de una habitación pobremente amueblada. Tan sólo había una estantería, roída por los ratones, y la cama, en cuyas mantas abundaban los agujeros que, probablemente, tendrían el mismo origen que el malestar de la estantería.

Marcus saltó de la cama al darse cuenta del hambre que tenía, y salió de la lúgubre habitación. Nada más cruzar el umbral lo cegó la luz del sol, que llevaba varios días sin ver.

—Buenos días, bello durmiente. —Dijo una voz, que Marcus reconoció como la de Yitán, su mejor amigo. Acto seguido, escuchó risas.

Cuando su vista se acostumbró a la luz, Marcus vio a sus tres amigos sentados en la mesa, frente a tres platos llenos de comida. Su primer impulso no fue otro que echarse sobre los platos y devorar su contenido.

—Anda, ven. Te prepararé algo. —Blank, al ver la cara de hambre de su amigo, se levantó y se dirigió a la cocina, entre las risas de sus compañeros de batalla. Volvió al poco, con un humeante plato en las manos, al cual Marcus no quitaba ojo.

— ¿Y Cornelia? —Preguntó Marcus después de comer. Sus amigos palidecieron; se hizo el silencio.

— ¡¿Y Cornelia?! —Repitió, poniéndose de pies.

—Pues, veras, Cornelia —comenzó Cinna con voz temblorosa—… El rey la ha encerrado a espera de su matrimonio.

A Marcus le fallaban las fuerzas. Pálido, se dejó caer en la silla más cercana, balbuceando cosas sin sentido.

—Hay… Hay que hacer algo— logró decir—. Lo que sea

—Es imposible, Marcus. No hay nada que podamos…

Blank no pudo terminar la frase. Antes de poder evitarlo, Marcus salió corriendo, dejando a sus compañeros sin saber qué hacer.



Al poco, Marcus llegó al puerto. La brisa del mar siempre lo calmaba, y en ese momento necesitaba mucha calma. Cornelia, secuestrada por su propio padre. En unos días, el malvado rey la casaría con el príncipe del reino vecino, y ella quedaría fuera del alcance del soldado. Disponía de poco tiempo, pero no tenía plan alguno…

— ¡Rápido, gandules! Debe estar todo listo para mañana al anochecer.
Marcus se giró hacia el origen de las voces. Unos marineros cargaban grandes cajas, mientras un extraño personaje, probablemente el capitán, les gritaba. Y una idea le cruzó la mente.

—Oiga, capitán. —Dijo, acercándose al extravagante hombre.




— ¡¿Que qué?! —El grito de Yitán se oyó en todo el vecindario.

—Me voy con Cornelia—Marcus hablaba con seguridad—. Mañana por la noche. Ya está todo hablado.

Silencio. Ninguno de sus amigos sabía que decir.

—Tan solo necesito enviarle un mensaje.



Cornelia miraba a través de la ventana aquel mundo libre al que ella no tenía acceso. Su padre, ignorando sus deseos, planeaba casarla con un hombre al que no amaba. Y ahora, su único anhelo era el de poder abandonar el castillo e irse con Marcus a un lugar lejano, pero eso era algo que su padre no le permitiría. Necesitaba un plan, y este no tardaría en llegar.

—Princesa, la estaba buscando— Cornelia estaba tan sumida en sus pensamientos que no advirtió la llegada de su criada—. Traigo un mensaje.

A la princesa se le iluminó la mirada. La única persona que se comunicaba con ella a través de su criada era Marcus.

— ¿Y qué dice?




La noche de la partida. Un viento, fuerte y frío, acosa al paciente Marcus, esperando a su amada princesa antes de partir. Dos horas pasan ya de la media noche.

— ¡Jefe, tenemos que irnos! —Le apremiaba el capitán, una y otra vez.

— ¡He pagado por este tiempo y mucho más, capitán!

Los minutos pasaban lentamente, y Cornelia no daba señales de aparecer. Cinna y Yitán esperaban junto a Marcus la llegada de la princesa, que se retrasaba considerablemente.

—Algo ha pasado— sentenció Marcus—. Ella no se retrasaría tanto.

— ¡Ya no podemos esperar más! —El capitán estaba impaciente — ¡Perderemos la marea!

Sin decir una palabra, Marcus salió corriendo de nuevo, seguido por sus amigos, con
la mano en la empuñadura de su espada. Pocos minutos después, el plan de fuga se escapaba, y con él todo deseo de una vida tranquila.




El castillo, fuertemente protegido cada noche, hoy apenas tenía soldados recorriendo sus muros. Los pocos ingenuos que se atrevían a ir en busca de los ruidos extraños de la noche manchaban con su sangre las espadas de Marcus, Cinna y Yitán. La infiltración fue demasiado fácil.

Los tres sabían que su presencia en el castillo no era algo desconocido.
Avanzaron, eliminando a quien se interponía en su paso, dirigiéndose hacia el patio interior. Sus tiempos de soldado les sirvieron para conocer el lugar como su propia vida.

Allí les esperaba una sorpresa.

—Llegáis tarde. —El rey se volvió. Dos hombres de su escolta personal lo acompañaban.

—Sí—Dijo Marcus, avanzando un paso—, debí acabar contigo hace mucho tiempo.

—Palabras, palabras. ¿Puedes respaldarlas?

Como respuesta, Marcus lanzó una estocada, hábilmente detenida por uno de los hombres del rey. El segundo aprovechó ese momento para atacar, pero también fue bloqueado por Yitán. Durante los siguientes minutos, sólo se escucharía el sonido del metal al golpear el metal. Hasta que…

— ¡Quietos! —Blank, con su espada desenvainada, se situó entre ambos bandos.

—Blank, ya era hora… —Dijo Yitán, avanzando hacia su amigo. Sin embargo, éste apuntó con su arma al cuello de Yitán— ¡¿Se puede saber qué haces?!

—Majestad, marchaos. —El rey y sus hombres corrieron, dejando a Blank frente a los que antes eran sus amigos.

—Blank, ¿pero qué haces? —Inquirió Marcus, extrañado.

— ¿No lo veis? Si Cornelia se casa con ese príncipe se acabará esta guerra.

— ¿Y eso importa más que lo que Cornelia quiera? Ella no ama a ese príncipe.

—Lo sé, Marcus. Pero en esta vida hay que hacer sacrificios por un bien mayor. Es su deber como futura reina.

—Blank, juraste ayudar a Marcus con esto —Yitán apartó la espada de Blank con la suya—. ¿Cómo pudiste traicionarnos?

—Busco la paz entre los reinos, y el plan del rey Lear es la mejor solución. Eso es todo.

—Marcus, Cinna, marchaos—Yitán dio un paso hacia Blank—. Yo me encargo de esto.
Mientras Marcus y Cinna corrían tras el rey, Yitán se lanzó contra Blank. Este, viéndolo venir, interceptó la estocada que Yitán le lanzaba, y lanzó su propio ataque.



— ¡Cornelia! —Gritaba Marcus, corriendo por los pasillos del castillo. Cinna apenas podía seguir el ritmo frenético que su amigo llevaba. — ¡Cornelia!

Pronto se escucharon pasos acercándose hacia ellos. Los gritos de Marcus habían atraído a la guardia del castillo.

—No pasareis de aquí —dijo uno de los cinco soldados que les cortaban el paso.

— ¡Abrid paso o…! —Marcus comenzó a hablar, pero se cortó al ver avanzar a Cinna.

—Vete, estos son míos —dice.

— ¿Podrás tu solo con todos?

—Vete antes de que me eche atrás, Marcus, y encuéntrala.

Marcus asintió antes de correr en dirección opuesta a los soldados. Estos hicieron un ademán de ir tras él, pero la espada de Cinna se interpuso en su camino.

Yitán y Blank corrían por los laberínticos pasillos del castillo, deteniéndose cada poco para cruzar sus aceros. Daban dos o tres golpes y volvían a correr.

— ¡Detente, traidor, y lucha! –Gritó Yitán.

Este no hizo caso a sus ataques verbales, y atacó dos veces más. Tratando de anticiparse, Yitán se preparó para correr, pero Blank lanzó un ataque sorpresa que derribó a Yitán y le quitó su espada. Caminando lentamente hacia su antiguo amigo, Blank puso el filo de su espada junto al cuello de Yitán.

—Despídete de la vida.

Las continuas carreras de Marcus lo llevaron de nuevo al patio interior. Allí se encontró de nuevo con el rey, pero esta vez estaba mejor preparado.

—Apresadlo—dijo.

Sorprendido, Marcus se vio obligado a arrodillarse ante el hombre que más odiaba en el mundo, sin posibilidad de defenderse.

—Bueno, Marcus— el rey se paseaba alrededor de su prisionero—, casi consigues cargarte mis planes. ¿Por qué?

—No me interesan tus planes, Lear. Simplemente es que amo a Cornelia—Lear se enfureció ante la osadía de Marcus, que saboreó el momento.

— ¿Qué amas a Cornelia? —El rey le dio una patada en el estómago— ¿Casi pierdo todo porque un plebeyo ama a la princesa? –una segunda patada, esta vez en la cara— ¡Que sepas que esto se acaba aquí!

El rey sacó su espada de la funda. Al verlo, uno de los soldados que mantenían sujeto a Marcus le cogió del pelo y le levantó la cabeza.

—Hoy es tu último día en este mundo, Marcus.
El rey apoyó el filo del arma en el cuello de Marcus y…

— ¡Padre, no!

Cornelia se interpuso entre su padre y Marcus, impidiendo que el rey cumpliese su amenaza. Yitán y Cinna, que llegaron detrás de ella, noquearon a los soldados que sujetaban a su amigo. Viéndose libre, Marcus se levantó, tomó su espada y dijo:

—Tus amenazas no son más que palabras. ¿Puedes respaldarlas?

El rey, furioso, apartó a su hija y lanzó un golpe, que Marcus detuvo con maestría. El segundo ataque de Lear se vio frustrado de igual forma, y lo mismo ocurrió con las siguientes estocadas. A cada segundo, la ira del monarca aumentaba, dejando que ésta guiase sus movimientos, hasta que Marcus pasó al ataque y lo desarmó.

—Lear, ha llegado tu hora—Marcus lanzó el golpe final.

Pero éste no dio en el blanco esperado.

— ¡No!


El gritó que salió de labios de Marcus fue ensordecedor. La sangre que bañaba su espada no era la del rey, si no la de Cornelia, que en el último segundo se interpuso de nuevo entre ambos.

—Marcus… perdóname—decía la princesa—… al fin y al cabo, es mi padre.
La princesa exhaló su último suspiro. Marcus, abatido, extrajo la espada del cuerpo inerte que pertenecía a su amada, tratando de asimilar lo que había hecho.

—No—repitió.

Caminó ante la mirada de sus amigos, que no se atrevían a decir palabra. Sabían que sin Cornelia, Marcus no tenía motivos para seguir viviendo. Por eso no hicieron nada cuando su amigo levantó su arma.

—Si no podemos estar juntos en este mundo, lo estaremos en el otro—dijo Marcus, antes de clavar la espada en su pecho.
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martes, 24 de marzo de 2009

Alma en llamas- Preludio


Dicen que el alma de los hombres guarda un débil equilibrio entre el bien y el mal, tan débil que una mera palabra podría romperlo. Muchos hombres a lo largo de la historia sucumbieron a la oscuridad, manchando sus manos y su ser con la sangre de sus víctimas. Yo mismo estuve a punto de ser uno de ellos.


Francisco Solar vagaba por las calles de una Barcelona medio dormida ya, acompañado por esa luz rojiza del atardecer y una voz en su cabeza. Su mirada recorría los rostros de las pocas personas con las que se cruzaba. Ellos, al verlo, aceleraban el paso con una mezcla de temor y repugnancia ante las ropas sucias y destrozadas que vestía.

Tenía el aspecto de no haber comido en meses y lucía el porte y el olor de aquellos que no conocían el jabón. Aún así, su apariencia inspiraba miedo; sus ojos brillaban de una forma inquietante, con determinación. Determinación de matar.

El hombre con aspecto de vagabundo encontró su objetivo. Ante él se alzaba el Gran Teatro del Liceo, y tenía la puerta de los actores abierta y sin vigilancia. Colarse fue demasiado fácil. Oculto entre las sombras, Francisco esperó. El momento oportuno tardaría en llegar.

Extrajo de entre sus raídas ropas un pequeño libro, escrito a mano. Las hojas desprendían un aroma a humedad y alcohol, con manchas de diversos orígenes. A salvo en su escondrijo de ratas, y con los escasos conocimientos de aquellos símbolos que la enseñanza pública le había dado, releyó en aquellas páginas la historia que él había escrito, su historia, sin saber si alguien encontraría algún interés en ella. De alguna forma, ese pasatiempo le calmaba.

La gente iba entrando, ocupando sus asientos. Esperaban disfrutar de una gran obra. No sabían que participarían en ella. Francisco luchaba por contenerse, escondido en la sastrería. Debía esperar a que el teatro se llenase. Pero la voz en su cabeza tenía otros planes.

“Es la hora. El espectáculo debe comenzar. Por el bien de todos.”


Francisco sucumbió. Eran las siete y cuarto de la tarde cuando aparecieron las primeras llamas. El fuego, originado en las páginas de su historia, lo abrazó, abrasando su cuerpo. Él no sentía dolor. Los responsables del teatro decían que estaría solucionado en unos instantes, que pronto comenzaría la obra. No conocían la magnitud que podía alcanzar el fuego alimentado por un alma enloquecida.

Una media hora después, el fuego surgía a borbotones del edificio, de un modo similar a un volcán. Se extendió por los bastidores igual que una chispa eléctrica. El calor y el humo obligaron a quienes luchaban contra las llamas a abandonar sus puestos. El telón cayó sobre los asientos; una ola de fuego abrasó el lugar. Los adornos rodaban por las escaleras envueltos en el fuego. La gente que estaba en el vestíbulo corría, tratando de salvar sus vidas.

Las llamas fueron creciendo. Durante una hora, Barcelona estuvo iluminada por un siniestro fulgor. Desde una distancia, donde el cielo y el mar se unen en una sola cosa, tal macabro espectáculo resultaba incluso bello. La sombría criatura, que se alejaba de la ciudad, disfrutó de la visión hasta que ésta quedó reducida a una pequeña columna de humo.

¿Hasta dónde está un hombre dispuesto a llegar? Cuando esos límites no están definidos, cuando ese sufrimiento no desaparece, la calma es el único anhelo. Cuando se pronunció aquella palabra, cada vez que se pronuncia esa palabra, alguien se pierde irremediablemente.


Eric Nicholas caminaba por la calle Dekoven, vestido con un largo abrigo negro y un sombrero de ala ancha que cubría su pelo rubio. Debían ser las nueve de la noche cuando aquel muerto en vida, que avanzaba arrastrando los pies como si cargara con el peso del mundo a sus hombros, avistó el establo que pertenecía a Patrick O’ Leary. Eric sonrió; había llegado la hora de sanar el mundo.

Sigilosamente, Eric entró en el establo. Allí se encontraba el propio Patrick cuidando de los animales bajo la tenue luz de una lámpara de aceite.

“Te lo está poniendo muy fácil, Eric. Pronto podrás subsanar el error humano que hiere este mundo.”


Eric respondió afirmativamente a esa voz que sólo él podía escuchar, esa voz que, un día, se dejó oír por primera vez en su mente. Sus ojos examinaron el lugar, construido completamente en madera. Patrick avanzaba ahora hacia el lugar donde se almacenaba el heno, con la lámpara en alto.

“Ahora o nunca” pensó Eric para sí.

Sin hacer ruido, Eric se levantó. Procurando no ser descubierto, caminó lentamente hacia Patrick, demasiado absorto en su tarea como para atender a los mugidos de los animales que guardaba en el establo, y que ahora sentían temor hacia ese hombre al que la locura dominaba por completo. Cuando Patrick se giró, ya era demasiado tarde.

Del primer golpe, Eric lo derribó. Después, mientras Patrick trataba de entender lo que ocurría, el loco cerró la puerta desde dentro. Las llamas comenzaban a crecer, escalando las paredes de madera.

— ¿Se puede saber que haces? —inquirió Patrick.

—Purificar el mundo—respondió Eric, dándole un golpe que lo dejó inconsciente. Después se sentó a esperar, entre los animales nerviosos que no dejaban de golpear las puertas, tratando de escapar.

Sentado en la paja, con un libro entre las manos. Pasó las hojas, releyendo las palabras que él mismo había escrito. Cerrándolo con un golpe, lo arrojó con odio, repulsión y miedo al fuego. La hoguera lo devoró, al igual que al cuerpo de Eric.

Pronto, las llamas consumieron todo el establo. El fuego, hambriento, se extendió por una ciudad construida principalmente en madera, con la ayuda del viento. La población luchó por proteger su cuidad. Dos días después, el fuego había destruido gran parte de la cuidad, y las víctimas se contaban por centenas.

Y la sombría criatura que había planeado tal atrocidad, se alejaba de una Chicago en llamas.

El miedo nos confunde. El miedo nos aterra. El miedo nos mata. Cuando el temor acecha en cada esquina, vives con miedo. Cuando el miedo te mira en tu reflejo, te desesperas. Cuando te temes a ti mismo, ansías morir.


Aquel hombre caminaba al amparo de la noche, escondiéndose de las miradas de los transeúntes. Sus ropas negras y su sombrero ayudaban en esa tarea. De él, sólo sus ojos eran visibles. Sabía que le veían, que le temían, pero ya no importaba. Nada importaba ya. Le acompañaba un eterno sonido, el del líquido moviéndose dentro de un recipiente. Bastaba acercarse un poco a aquel hombre para saber que lo que cargaba eran dos latas de combustible. Sin embargo. Nadie se atrevía a acercarse. Había algo en su mirada que les invitaba a mantenerse todo lo alejados que pudieran de él.

Aquel hombre continuaba impasible, arrastrando los pies al andar. Contestaba susurrando a alguna voz que solamente él podía escuchar. El hombre no recordaba el origen de la voz, sólo sabía que un día comenzó a escucharla. Ahora esta voz guiaba sus pasos. Esos pasos lo llevaban hasta un local de dudosa reputación llamado “el Auspicio”, un lugar que la gente solía evitar. Aquel hombre sacó una llave de uno de sus bolsillos y abrió la puerta.

El interior del local estaba oscuro y vacío. El hombre entró, arrastrando los pies. Cuando sus ojos se acostumbraron a la escasa luz, éste vio un salón pequeño, con unas mesas distribuidas por la habitación, una barra y un pequeño escenario. Un local de poca monta. Era imposible para cualquier visitante deducir el motivo por el cual el dueño nadaba en la abundancia.

El hombre caminó hacia la barra. En el suelo, detrás de esta, había una trampilla, bajo la cual se abría un largo pasillo con varias puertas. Cada puerta daba a una habitación, amuebladas de distintas formas según su utilidad. Las habitaciones disponían de una segunda salida, permitiendo escapar fácilmente de un cuerpo policial que no ponía el esfuerzo necesario. Abrió alguna de esas puertas, mientras recordaba a los distintos políticos que habían ocupado una de esas habitaciones con una señorita de compañía, o a la gente de la peor calaña que negociaba al amparo de un local del que las fuerzas del orden salían con los bolsillos apestando a ese dinero que acallaba conciencias.

Al final de este largo pasillo, se encontraba el despacho del dueño del local.
—Martín —dijo el gerente, extrañado al verlo entrar—. ¿Qué hace aquí?

El despacho del gerente era, sin duda, el lugar mejor amueblado del local. Un sillón de cuero, mueble bar, chimenea con un fuego perenne… El lugar demostraba que aquel hombre tenía dinero y sabía gastarlo. Y el aspecto del propio gerente ayudaba a esa imagen. Era un hombre que rozaba los cincuenta o incluso más, como demostraba el color blanco de su pelo y su bigote de morsa. Su presencia no pasaba inadvertida, y vestía un traje que debía haber sido hecho a medida, tanto por su coste como por la envergadura del hombre a quien vestía.

—Usted… —El hombre dejó las latas de combustible en el suelo— Usted… —Repitió, sacando un rollo de cuerda y un cuchillo del bolsillo— Usted me despidió.

El gerente miró por primera vez los ojos bañados en la locura que inundaba a Martín. Su cuerpo se paralizó, a causa del miedo que sintió al descubrir en los ojos de su visitante las intenciones de este.

—Martín, contrólese —Tartamudeó el gerente—. Piense en lo que va a hacer, en las consecuencias…

—Lo he pensado mucho tiempo, señor Barón — dijo Martín, cortando al gerente—, y esta es la mejor solución.

Antes de que Barón pudiese hacer algo, Martín se abalanzó sobre él y lo ató a la silla. Después, cogió las dos latas de combustible y roció con una al gerente y, con la otra, a sí mismo.

—Por favor — Suplicó Barón— por favor, no lo haga. Le daré todo lo que pida, pero no lo haga.

Martín tomó uno de los puros que descansaban sobre la mesa del gerente y lo encendió. Tras disfrutar con el humo del cigarro, extrajo un libro sin encuadernar del interior de su abrigo. Pasó la mano por las letras que él mismo había escrito. Con repugnancia, dejó caer el puro sobre el libro, que se prendió fuego.

— Despídase de la vida, Señor Barón — dijo, arrojando el libro contra el gerente.

El efecto fue inmediato. Alimentado por el combustible, el fuego se propagó rápidamente por el despacho. Los gritos de terror y pánico de Santiago Barón eran ahogados por la risa de Eduardo Martín. Pronto, ambos cuerpos quedaron calcinados.

El incendio se propagó por toda la calle. La gente corría, tratando de salvar sus vidas. Cientos de curiosos observaban la ciudad ardiendo. Fotografiaron la macabra escena. Sin embargo, nadie vio como una mujer abandonaba a su bebé recién nacido esa noche ni a aquella sombra que se alejaba de la ciudad.

Yo fui uno de ellos. Fui uno de esos hombres que se vio metido en algo mucho más grande que él y tuvo miedo. Sentí temor, llegué a temer incluso a mi reflejo. Mi historia ya se había repetido antes.

Me llamo Javier Valverde, y esta es mi historia.

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sábado, 21 de marzo de 2009

Ejecución

Otro original del foro Retos ilustrados.
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Caminas lentamente hacia tu final. Tratas de arañar unos segundos al tiempo para prolongar tu vida. No buscas un milagro; sabes que no llegará. Mucho tiempo llevas rezando por él, pero en el fondo sabías que a ti sólo espera la muerte.

No gritas suplicando clemencia, ya perdiste la voz intentándolo. No lloras, no tienes lágrimas que llorar. Tan sólo te queda aceptar la muerte.

Te atan a un poste. Frente a ti, cinco hombres armados te apuntan. Tus ejecutores. Un sexto hombre se te acerca.
— ¿Algún último deseo? —Pregunta.

Buscas en tu interior. Sabes que lo único que quieres no te lo darán, ya lo pediste muchas veces antes. Solo una idea pasa por tu mente

—Que sea rápido— Respondes.

Te vendan los ojos. Sabes que tu final está próximo. Tan sólo deseas que esto acabe. Oyes gritar “Fuego”, y cuando las balas impactan en ti ya no sientes nada. Ya nunca volverás a sentir nada.
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