Original para el foro Retos ilustrados.
Advertencia inicial: Prohibido galletear antes de que Len deje su comentario.
_____________________________________________________
Tirado en la cama, mirando al techo sin mirar, dejando que el tiempo que pasa se escape de entre mis dedos.
En mi mente se mezclan esos recuerdos que me arrancan una sonrisa con encuentros y reencuentros surgidos de mi imaginación o de mis sueños, ya no sabría determinar su origen. ¿Serán recuerdos lejanos que parecen fragmentos de sueños o fragmentos de sueños que parecen recuerdos lejanos?
Y de pronto vuelvo a la realidad, perdiendo esa burbuja de felicidad en la que estaba sumergido tan repentinamente como llegó, hace quizás unos minutos o varios días de sol. De pronto surge esa distancia que nos separa, que forma un muro infranqueable entre nosotros. Y el tiempo sigue pasando, escapándose de entre mis dedos mientras busco una forma de poder salvar ese muro, que no logro encontrar o que, tal vez, no quiere que la encuentre.
Por más que lo intento, esa burbuja de felicidad no retorna. Esos felices momentos ahora parecen lejanos, inalcanzables, aunque hace tan sólo unos instantes estaba sumergido de lleno en ellos.
¿Qué puedes hacer cuando la persona a la que amas vive tan lejos? Tan solo esperar a que el tiempo cambie algo, deseando que ocurra ese cambio, que me permita poder verte cada día, sentir el contacto de tu piel y besar esos labios tan dulces, ahora tan distantes.
Leer más...
lunes, 18 de mayo de 2009
miércoles, 22 de abril de 2009
Marcus
Sé que no es el día, pero no sé si tendré internet este domingo. Esta historia va dedicada a Saya, por su cumpleaños.
________________________________________________________________
Encadenado a la fría y húmeda pared de la cárcel, aquel joven meditaba sobre los motivos por los que se hallaba en esta situación. Encarcelado, sin comida ni agua, apenas le quedaban fuerzas para seguir despierto.
Sin ver la luz del sol, ya había perdido la cuenta de los días que llevaba encerrado. Al borde de la locura, solo un pensamiento lo mantenía cuerdo.
Él era inocente.
Acusado sin motivo, y condenado sin pruebas. Así había sido su juicio, amañando desde un principio. Incluso dudaba de la existencia de tal crimen. Pero la palabra del rey era la ley, y él no era más que un simple soldado.
Dentro de su sombría prisión, solo el recuerdo de su amor prohibido le daba fuerzas para aguantar. Sabía que aquello era un error. Una princesa no podía estar junto a un soldado. Por eso lo mantenían en secreto, hasta que fueron descubiertos. Ese era el motivo de su encarcelamiento.
Ahora, abandonado a su suerte, solo le quedaba esperar la muerte, que se le tornaba lenta y sufrida.
La luz del sol lo ciega. Sin previo aviso, lo sueltan de sus cadenas. El hombre se desploma, resignándose a la idea de que el rey, lejos de querer darle una muerte dolorosa, prefiere la humillación pública.
—Está muy débil…
—Rápido, hay que sacarlo de aquí.
—Aguanta, Marcus.
Tres voces distintas, las tres familiares. Pero está demasiado exhausto para reconocerlas. Las tres voces se lo llevan, mientras su mente se va sumiendo en la oscuridad.
Marcus abrió los ojos. Se encontraba en la cama de una habitación pobremente amueblada. Tan sólo había una estantería, roída por los ratones, y la cama, en cuyas mantas abundaban los agujeros que, probablemente, tendrían el mismo origen que el malestar de la estantería.
Marcus saltó de la cama al darse cuenta del hambre que tenía, y salió de la lúgubre habitación. Nada más cruzar el umbral lo cegó la luz del sol, que llevaba varios días sin ver.
—Buenos días, bello durmiente. —Dijo una voz, que Marcus reconoció como la de Yitán, su mejor amigo. Acto seguido, escuchó risas.
Cuando su vista se acostumbró a la luz, Marcus vio a sus tres amigos sentados en la mesa, frente a tres platos llenos de comida. Su primer impulso no fue otro que echarse sobre los platos y devorar su contenido.
—Anda, ven. Te prepararé algo. —Blank, al ver la cara de hambre de su amigo, se levantó y se dirigió a la cocina, entre las risas de sus compañeros de batalla. Volvió al poco, con un humeante plato en las manos, al cual Marcus no quitaba ojo.
— ¿Y Cornelia? —Preguntó Marcus después de comer. Sus amigos palidecieron; se hizo el silencio.
— ¡¿Y Cornelia?! —Repitió, poniéndose de pies.
—Pues, veras, Cornelia —comenzó Cinna con voz temblorosa—… El rey la ha encerrado a espera de su matrimonio.
A Marcus le fallaban las fuerzas. Pálido, se dejó caer en la silla más cercana, balbuceando cosas sin sentido.
—Hay… Hay que hacer algo— logró decir—. Lo que sea
—Es imposible, Marcus. No hay nada que podamos…
Blank no pudo terminar la frase. Antes de poder evitarlo, Marcus salió corriendo, dejando a sus compañeros sin saber qué hacer.
Al poco, Marcus llegó al puerto. La brisa del mar siempre lo calmaba, y en ese momento necesitaba mucha calma. Cornelia, secuestrada por su propio padre. En unos días, el malvado rey la casaría con el príncipe del reino vecino, y ella quedaría fuera del alcance del soldado. Disponía de poco tiempo, pero no tenía plan alguno…
— ¡Rápido, gandules! Debe estar todo listo para mañana al anochecer.
Marcus se giró hacia el origen de las voces. Unos marineros cargaban grandes cajas, mientras un extraño personaje, probablemente el capitán, les gritaba. Y una idea le cruzó la mente.
—Oiga, capitán. —Dijo, acercándose al extravagante hombre.
— ¡¿Que qué?! —El grito de Yitán se oyó en todo el vecindario.
—Me voy con Cornelia—Marcus hablaba con seguridad—. Mañana por la noche. Ya está todo hablado.
Silencio. Ninguno de sus amigos sabía que decir.
—Tan solo necesito enviarle un mensaje.
Cornelia miraba a través de la ventana aquel mundo libre al que ella no tenía acceso. Su padre, ignorando sus deseos, planeaba casarla con un hombre al que no amaba. Y ahora, su único anhelo era el de poder abandonar el castillo e irse con Marcus a un lugar lejano, pero eso era algo que su padre no le permitiría. Necesitaba un plan, y este no tardaría en llegar.
—Princesa, la estaba buscando— Cornelia estaba tan sumida en sus pensamientos que no advirtió la llegada de su criada—. Traigo un mensaje.
A la princesa se le iluminó la mirada. La única persona que se comunicaba con ella a través de su criada era Marcus.
— ¿Y qué dice?
La noche de la partida. Un viento, fuerte y frío, acosa al paciente Marcus, esperando a su amada princesa antes de partir. Dos horas pasan ya de la media noche.
— ¡Jefe, tenemos que irnos! —Le apremiaba el capitán, una y otra vez.
— ¡He pagado por este tiempo y mucho más, capitán!
Los minutos pasaban lentamente, y Cornelia no daba señales de aparecer. Cinna y Yitán esperaban junto a Marcus la llegada de la princesa, que se retrasaba considerablemente.
—Algo ha pasado— sentenció Marcus—. Ella no se retrasaría tanto.
— ¡Ya no podemos esperar más! —El capitán estaba impaciente — ¡Perderemos la marea!
Sin decir una palabra, Marcus salió corriendo de nuevo, seguido por sus amigos, con
la mano en la empuñadura de su espada. Pocos minutos después, el plan de fuga se escapaba, y con él todo deseo de una vida tranquila.
El castillo, fuertemente protegido cada noche, hoy apenas tenía soldados recorriendo sus muros. Los pocos ingenuos que se atrevían a ir en busca de los ruidos extraños de la noche manchaban con su sangre las espadas de Marcus, Cinna y Yitán. La infiltración fue demasiado fácil.
Los tres sabían que su presencia en el castillo no era algo desconocido.
Avanzaron, eliminando a quien se interponía en su paso, dirigiéndose hacia el patio interior. Sus tiempos de soldado les sirvieron para conocer el lugar como su propia vida.
Allí les esperaba una sorpresa.
—Llegáis tarde. —El rey se volvió. Dos hombres de su escolta personal lo acompañaban.
—Sí—Dijo Marcus, avanzando un paso—, debí acabar contigo hace mucho tiempo.
—Palabras, palabras. ¿Puedes respaldarlas?
Como respuesta, Marcus lanzó una estocada, hábilmente detenida por uno de los hombres del rey. El segundo aprovechó ese momento para atacar, pero también fue bloqueado por Yitán. Durante los siguientes minutos, sólo se escucharía el sonido del metal al golpear el metal. Hasta que…
— ¡Quietos! —Blank, con su espada desenvainada, se situó entre ambos bandos.
—Blank, ya era hora… —Dijo Yitán, avanzando hacia su amigo. Sin embargo, éste apuntó con su arma al cuello de Yitán— ¡¿Se puede saber qué haces?!
—Majestad, marchaos. —El rey y sus hombres corrieron, dejando a Blank frente a los que antes eran sus amigos.
—Blank, ¿pero qué haces? —Inquirió Marcus, extrañado.
— ¿No lo veis? Si Cornelia se casa con ese príncipe se acabará esta guerra.
— ¿Y eso importa más que lo que Cornelia quiera? Ella no ama a ese príncipe.
—Lo sé, Marcus. Pero en esta vida hay que hacer sacrificios por un bien mayor. Es su deber como futura reina.
—Blank, juraste ayudar a Marcus con esto —Yitán apartó la espada de Blank con la suya—. ¿Cómo pudiste traicionarnos?
—Busco la paz entre los reinos, y el plan del rey Lear es la mejor solución. Eso es todo.
—Marcus, Cinna, marchaos—Yitán dio un paso hacia Blank—. Yo me encargo de esto.
Mientras Marcus y Cinna corrían tras el rey, Yitán se lanzó contra Blank. Este, viéndolo venir, interceptó la estocada que Yitán le lanzaba, y lanzó su propio ataque.
— ¡Cornelia! —Gritaba Marcus, corriendo por los pasillos del castillo. Cinna apenas podía seguir el ritmo frenético que su amigo llevaba. — ¡Cornelia!
Pronto se escucharon pasos acercándose hacia ellos. Los gritos de Marcus habían atraído a la guardia del castillo.
—No pasareis de aquí —dijo uno de los cinco soldados que les cortaban el paso.
— ¡Abrid paso o…! —Marcus comenzó a hablar, pero se cortó al ver avanzar a Cinna.
—Vete, estos son míos —dice.
— ¿Podrás tu solo con todos?
—Vete antes de que me eche atrás, Marcus, y encuéntrala.
Marcus asintió antes de correr en dirección opuesta a los soldados. Estos hicieron un ademán de ir tras él, pero la espada de Cinna se interpuso en su camino.
Yitán y Blank corrían por los laberínticos pasillos del castillo, deteniéndose cada poco para cruzar sus aceros. Daban dos o tres golpes y volvían a correr.
— ¡Detente, traidor, y lucha! –Gritó Yitán.
Este no hizo caso a sus ataques verbales, y atacó dos veces más. Tratando de anticiparse, Yitán se preparó para correr, pero Blank lanzó un ataque sorpresa que derribó a Yitán y le quitó su espada. Caminando lentamente hacia su antiguo amigo, Blank puso el filo de su espada junto al cuello de Yitán.
—Despídete de la vida.
Las continuas carreras de Marcus lo llevaron de nuevo al patio interior. Allí se encontró de nuevo con el rey, pero esta vez estaba mejor preparado.
—Apresadlo—dijo.
Sorprendido, Marcus se vio obligado a arrodillarse ante el hombre que más odiaba en el mundo, sin posibilidad de defenderse.
—Bueno, Marcus— el rey se paseaba alrededor de su prisionero—, casi consigues cargarte mis planes. ¿Por qué?
—No me interesan tus planes, Lear. Simplemente es que amo a Cornelia—Lear se enfureció ante la osadía de Marcus, que saboreó el momento.
— ¿Qué amas a Cornelia? —El rey le dio una patada en el estómago— ¿Casi pierdo todo porque un plebeyo ama a la princesa? –una segunda patada, esta vez en la cara— ¡Que sepas que esto se acaba aquí!
El rey sacó su espada de la funda. Al verlo, uno de los soldados que mantenían sujeto a Marcus le cogió del pelo y le levantó la cabeza.
—Hoy es tu último día en este mundo, Marcus.
El rey apoyó el filo del arma en el cuello de Marcus y…
— ¡Padre, no!
Cornelia se interpuso entre su padre y Marcus, impidiendo que el rey cumpliese su amenaza. Yitán y Cinna, que llegaron detrás de ella, noquearon a los soldados que sujetaban a su amigo. Viéndose libre, Marcus se levantó, tomó su espada y dijo:
—Tus amenazas no son más que palabras. ¿Puedes respaldarlas?
El rey, furioso, apartó a su hija y lanzó un golpe, que Marcus detuvo con maestría. El segundo ataque de Lear se vio frustrado de igual forma, y lo mismo ocurrió con las siguientes estocadas. A cada segundo, la ira del monarca aumentaba, dejando que ésta guiase sus movimientos, hasta que Marcus pasó al ataque y lo desarmó.
—Lear, ha llegado tu hora—Marcus lanzó el golpe final.
Pero éste no dio en el blanco esperado.
— ¡No!
El gritó que salió de labios de Marcus fue ensordecedor. La sangre que bañaba su espada no era la del rey, si no la de Cornelia, que en el último segundo se interpuso de nuevo entre ambos.
—Marcus… perdóname—decía la princesa—… al fin y al cabo, es mi padre.
La princesa exhaló su último suspiro. Marcus, abatido, extrajo la espada del cuerpo inerte que pertenecía a su amada, tratando de asimilar lo que había hecho.
—No—repitió.
Caminó ante la mirada de sus amigos, que no se atrevían a decir palabra. Sabían que sin Cornelia, Marcus no tenía motivos para seguir viviendo. Por eso no hicieron nada cuando su amigo levantó su arma.
—Si no podemos estar juntos en este mundo, lo estaremos en el otro—dijo Marcus, antes de clavar la espada en su pecho.
Leer más...
________________________________________________________________
Encadenado a la fría y húmeda pared de la cárcel, aquel joven meditaba sobre los motivos por los que se hallaba en esta situación. Encarcelado, sin comida ni agua, apenas le quedaban fuerzas para seguir despierto.
Sin ver la luz del sol, ya había perdido la cuenta de los días que llevaba encerrado. Al borde de la locura, solo un pensamiento lo mantenía cuerdo.
Él era inocente.
Acusado sin motivo, y condenado sin pruebas. Así había sido su juicio, amañando desde un principio. Incluso dudaba de la existencia de tal crimen. Pero la palabra del rey era la ley, y él no era más que un simple soldado.
Dentro de su sombría prisión, solo el recuerdo de su amor prohibido le daba fuerzas para aguantar. Sabía que aquello era un error. Una princesa no podía estar junto a un soldado. Por eso lo mantenían en secreto, hasta que fueron descubiertos. Ese era el motivo de su encarcelamiento.
Ahora, abandonado a su suerte, solo le quedaba esperar la muerte, que se le tornaba lenta y sufrida.
La luz del sol lo ciega. Sin previo aviso, lo sueltan de sus cadenas. El hombre se desploma, resignándose a la idea de que el rey, lejos de querer darle una muerte dolorosa, prefiere la humillación pública.
—Está muy débil…
—Rápido, hay que sacarlo de aquí.
—Aguanta, Marcus.
Tres voces distintas, las tres familiares. Pero está demasiado exhausto para reconocerlas. Las tres voces se lo llevan, mientras su mente se va sumiendo en la oscuridad.
Marcus abrió los ojos. Se encontraba en la cama de una habitación pobremente amueblada. Tan sólo había una estantería, roída por los ratones, y la cama, en cuyas mantas abundaban los agujeros que, probablemente, tendrían el mismo origen que el malestar de la estantería.
Marcus saltó de la cama al darse cuenta del hambre que tenía, y salió de la lúgubre habitación. Nada más cruzar el umbral lo cegó la luz del sol, que llevaba varios días sin ver.
—Buenos días, bello durmiente. —Dijo una voz, que Marcus reconoció como la de Yitán, su mejor amigo. Acto seguido, escuchó risas.
Cuando su vista se acostumbró a la luz, Marcus vio a sus tres amigos sentados en la mesa, frente a tres platos llenos de comida. Su primer impulso no fue otro que echarse sobre los platos y devorar su contenido.
—Anda, ven. Te prepararé algo. —Blank, al ver la cara de hambre de su amigo, se levantó y se dirigió a la cocina, entre las risas de sus compañeros de batalla. Volvió al poco, con un humeante plato en las manos, al cual Marcus no quitaba ojo.
— ¿Y Cornelia? —Preguntó Marcus después de comer. Sus amigos palidecieron; se hizo el silencio.
— ¡¿Y Cornelia?! —Repitió, poniéndose de pies.
—Pues, veras, Cornelia —comenzó Cinna con voz temblorosa—… El rey la ha encerrado a espera de su matrimonio.
A Marcus le fallaban las fuerzas. Pálido, se dejó caer en la silla más cercana, balbuceando cosas sin sentido.
—Hay… Hay que hacer algo— logró decir—. Lo que sea
—Es imposible, Marcus. No hay nada que podamos…
Blank no pudo terminar la frase. Antes de poder evitarlo, Marcus salió corriendo, dejando a sus compañeros sin saber qué hacer.
Al poco, Marcus llegó al puerto. La brisa del mar siempre lo calmaba, y en ese momento necesitaba mucha calma. Cornelia, secuestrada por su propio padre. En unos días, el malvado rey la casaría con el príncipe del reino vecino, y ella quedaría fuera del alcance del soldado. Disponía de poco tiempo, pero no tenía plan alguno…
— ¡Rápido, gandules! Debe estar todo listo para mañana al anochecer.
Marcus se giró hacia el origen de las voces. Unos marineros cargaban grandes cajas, mientras un extraño personaje, probablemente el capitán, les gritaba. Y una idea le cruzó la mente.
—Oiga, capitán. —Dijo, acercándose al extravagante hombre.
— ¡¿Que qué?! —El grito de Yitán se oyó en todo el vecindario.
—Me voy con Cornelia—Marcus hablaba con seguridad—. Mañana por la noche. Ya está todo hablado.
Silencio. Ninguno de sus amigos sabía que decir.
—Tan solo necesito enviarle un mensaje.
Cornelia miraba a través de la ventana aquel mundo libre al que ella no tenía acceso. Su padre, ignorando sus deseos, planeaba casarla con un hombre al que no amaba. Y ahora, su único anhelo era el de poder abandonar el castillo e irse con Marcus a un lugar lejano, pero eso era algo que su padre no le permitiría. Necesitaba un plan, y este no tardaría en llegar.
—Princesa, la estaba buscando— Cornelia estaba tan sumida en sus pensamientos que no advirtió la llegada de su criada—. Traigo un mensaje.
A la princesa se le iluminó la mirada. La única persona que se comunicaba con ella a través de su criada era Marcus.
— ¿Y qué dice?
La noche de la partida. Un viento, fuerte y frío, acosa al paciente Marcus, esperando a su amada princesa antes de partir. Dos horas pasan ya de la media noche.
— ¡Jefe, tenemos que irnos! —Le apremiaba el capitán, una y otra vez.
— ¡He pagado por este tiempo y mucho más, capitán!
Los minutos pasaban lentamente, y Cornelia no daba señales de aparecer. Cinna y Yitán esperaban junto a Marcus la llegada de la princesa, que se retrasaba considerablemente.
—Algo ha pasado— sentenció Marcus—. Ella no se retrasaría tanto.
— ¡Ya no podemos esperar más! —El capitán estaba impaciente — ¡Perderemos la marea!
Sin decir una palabra, Marcus salió corriendo de nuevo, seguido por sus amigos, con
la mano en la empuñadura de su espada. Pocos minutos después, el plan de fuga se escapaba, y con él todo deseo de una vida tranquila.
El castillo, fuertemente protegido cada noche, hoy apenas tenía soldados recorriendo sus muros. Los pocos ingenuos que se atrevían a ir en busca de los ruidos extraños de la noche manchaban con su sangre las espadas de Marcus, Cinna y Yitán. La infiltración fue demasiado fácil.
Los tres sabían que su presencia en el castillo no era algo desconocido.
Avanzaron, eliminando a quien se interponía en su paso, dirigiéndose hacia el patio interior. Sus tiempos de soldado les sirvieron para conocer el lugar como su propia vida.
Allí les esperaba una sorpresa.
—Llegáis tarde. —El rey se volvió. Dos hombres de su escolta personal lo acompañaban.
—Sí—Dijo Marcus, avanzando un paso—, debí acabar contigo hace mucho tiempo.
—Palabras, palabras. ¿Puedes respaldarlas?
Como respuesta, Marcus lanzó una estocada, hábilmente detenida por uno de los hombres del rey. El segundo aprovechó ese momento para atacar, pero también fue bloqueado por Yitán. Durante los siguientes minutos, sólo se escucharía el sonido del metal al golpear el metal. Hasta que…
— ¡Quietos! —Blank, con su espada desenvainada, se situó entre ambos bandos.
—Blank, ya era hora… —Dijo Yitán, avanzando hacia su amigo. Sin embargo, éste apuntó con su arma al cuello de Yitán— ¡¿Se puede saber qué haces?!
—Majestad, marchaos. —El rey y sus hombres corrieron, dejando a Blank frente a los que antes eran sus amigos.
—Blank, ¿pero qué haces? —Inquirió Marcus, extrañado.
— ¿No lo veis? Si Cornelia se casa con ese príncipe se acabará esta guerra.
— ¿Y eso importa más que lo que Cornelia quiera? Ella no ama a ese príncipe.
—Lo sé, Marcus. Pero en esta vida hay que hacer sacrificios por un bien mayor. Es su deber como futura reina.
—Blank, juraste ayudar a Marcus con esto —Yitán apartó la espada de Blank con la suya—. ¿Cómo pudiste traicionarnos?
—Busco la paz entre los reinos, y el plan del rey Lear es la mejor solución. Eso es todo.
—Marcus, Cinna, marchaos—Yitán dio un paso hacia Blank—. Yo me encargo de esto.
Mientras Marcus y Cinna corrían tras el rey, Yitán se lanzó contra Blank. Este, viéndolo venir, interceptó la estocada que Yitán le lanzaba, y lanzó su propio ataque.
— ¡Cornelia! —Gritaba Marcus, corriendo por los pasillos del castillo. Cinna apenas podía seguir el ritmo frenético que su amigo llevaba. — ¡Cornelia!
Pronto se escucharon pasos acercándose hacia ellos. Los gritos de Marcus habían atraído a la guardia del castillo.
—No pasareis de aquí —dijo uno de los cinco soldados que les cortaban el paso.
— ¡Abrid paso o…! —Marcus comenzó a hablar, pero se cortó al ver avanzar a Cinna.
—Vete, estos son míos —dice.
— ¿Podrás tu solo con todos?
—Vete antes de que me eche atrás, Marcus, y encuéntrala.
Marcus asintió antes de correr en dirección opuesta a los soldados. Estos hicieron un ademán de ir tras él, pero la espada de Cinna se interpuso en su camino.
Yitán y Blank corrían por los laberínticos pasillos del castillo, deteniéndose cada poco para cruzar sus aceros. Daban dos o tres golpes y volvían a correr.
— ¡Detente, traidor, y lucha! –Gritó Yitán.
Este no hizo caso a sus ataques verbales, y atacó dos veces más. Tratando de anticiparse, Yitán se preparó para correr, pero Blank lanzó un ataque sorpresa que derribó a Yitán y le quitó su espada. Caminando lentamente hacia su antiguo amigo, Blank puso el filo de su espada junto al cuello de Yitán.
—Despídete de la vida.
Las continuas carreras de Marcus lo llevaron de nuevo al patio interior. Allí se encontró de nuevo con el rey, pero esta vez estaba mejor preparado.
—Apresadlo—dijo.
Sorprendido, Marcus se vio obligado a arrodillarse ante el hombre que más odiaba en el mundo, sin posibilidad de defenderse.
—Bueno, Marcus— el rey se paseaba alrededor de su prisionero—, casi consigues cargarte mis planes. ¿Por qué?
—No me interesan tus planes, Lear. Simplemente es que amo a Cornelia—Lear se enfureció ante la osadía de Marcus, que saboreó el momento.
— ¿Qué amas a Cornelia? —El rey le dio una patada en el estómago— ¿Casi pierdo todo porque un plebeyo ama a la princesa? –una segunda patada, esta vez en la cara— ¡Que sepas que esto se acaba aquí!
El rey sacó su espada de la funda. Al verlo, uno de los soldados que mantenían sujeto a Marcus le cogió del pelo y le levantó la cabeza.
—Hoy es tu último día en este mundo, Marcus.
El rey apoyó el filo del arma en el cuello de Marcus y…
— ¡Padre, no!
Cornelia se interpuso entre su padre y Marcus, impidiendo que el rey cumpliese su amenaza. Yitán y Cinna, que llegaron detrás de ella, noquearon a los soldados que sujetaban a su amigo. Viéndose libre, Marcus se levantó, tomó su espada y dijo:
—Tus amenazas no son más que palabras. ¿Puedes respaldarlas?
El rey, furioso, apartó a su hija y lanzó un golpe, que Marcus detuvo con maestría. El segundo ataque de Lear se vio frustrado de igual forma, y lo mismo ocurrió con las siguientes estocadas. A cada segundo, la ira del monarca aumentaba, dejando que ésta guiase sus movimientos, hasta que Marcus pasó al ataque y lo desarmó.
—Lear, ha llegado tu hora—Marcus lanzó el golpe final.
Pero éste no dio en el blanco esperado.
— ¡No!
El gritó que salió de labios de Marcus fue ensordecedor. La sangre que bañaba su espada no era la del rey, si no la de Cornelia, que en el último segundo se interpuso de nuevo entre ambos.
—Marcus… perdóname—decía la princesa—… al fin y al cabo, es mi padre.
La princesa exhaló su último suspiro. Marcus, abatido, extrajo la espada del cuerpo inerte que pertenecía a su amada, tratando de asimilar lo que había hecho.
—No—repitió.
Caminó ante la mirada de sus amigos, que no se atrevían a decir palabra. Sabían que sin Cornelia, Marcus no tenía motivos para seguir viviendo. Por eso no hicieron nada cuando su amigo levantó su arma.
—Si no podemos estar juntos en este mundo, lo estaremos en el otro—dijo Marcus, antes de clavar la espada en su pecho.
Leer más...
Etiquetas:
leon durmiente,
Marcus,
original,
Saya
martes, 24 de marzo de 2009
Alma en llamas- Preludio
Dicen que el alma de los hombres guarda un débil equilibrio entre el bien y el mal, tan débil que una mera palabra podría romperlo. Muchos hombres a lo largo de la historia sucumbieron a la oscuridad, manchando sus manos y su ser con la sangre de sus víctimas. Yo mismo estuve a punto de ser uno de ellos.
Francisco Solar vagaba por las calles de una Barcelona medio dormida ya, acompañado por esa luz rojiza del atardecer y una voz en su cabeza. Su mirada recorría los rostros de las pocas personas con las que se cruzaba. Ellos, al verlo, aceleraban el paso con una mezcla de temor y repugnancia ante las ropas sucias y destrozadas que vestía.
Tenía el aspecto de no haber comido en meses y lucía el porte y el olor de aquellos que no conocían el jabón. Aún así, su apariencia inspiraba miedo; sus ojos brillaban de una forma inquietante, con determinación. Determinación de matar.
El hombre con aspecto de vagabundo encontró su objetivo. Ante él se alzaba el Gran Teatro del Liceo, y tenía la puerta de los actores abierta y sin vigilancia. Colarse fue demasiado fácil. Oculto entre las sombras, Francisco esperó. El momento oportuno tardaría en llegar.
Extrajo de entre sus raídas ropas un pequeño libro, escrito a mano. Las hojas desprendían un aroma a humedad y alcohol, con manchas de diversos orígenes. A salvo en su escondrijo de ratas, y con los escasos conocimientos de aquellos símbolos que la enseñanza pública le había dado, releyó en aquellas páginas la historia que él había escrito, su historia, sin saber si alguien encontraría algún interés en ella. De alguna forma, ese pasatiempo le calmaba.
La gente iba entrando, ocupando sus asientos. Esperaban disfrutar de una gran obra. No sabían que participarían en ella. Francisco luchaba por contenerse, escondido en la sastrería. Debía esperar a que el teatro se llenase. Pero la voz en su cabeza tenía otros planes.
“Es la hora. El espectáculo debe comenzar. Por el bien de todos.”
Francisco sucumbió. Eran las siete y cuarto de la tarde cuando aparecieron las primeras llamas. El fuego, originado en las páginas de su historia, lo abrazó, abrasando su cuerpo. Él no sentía dolor. Los responsables del teatro decían que estaría solucionado en unos instantes, que pronto comenzaría la obra. No conocían la magnitud que podía alcanzar el fuego alimentado por un alma enloquecida.
Una media hora después, el fuego surgía a borbotones del edificio, de un modo similar a un volcán. Se extendió por los bastidores igual que una chispa eléctrica. El calor y el humo obligaron a quienes luchaban contra las llamas a abandonar sus puestos. El telón cayó sobre los asientos; una ola de fuego abrasó el lugar. Los adornos rodaban por las escaleras envueltos en el fuego. La gente que estaba en el vestíbulo corría, tratando de salvar sus vidas.
Las llamas fueron creciendo. Durante una hora, Barcelona estuvo iluminada por un siniestro fulgor. Desde una distancia, donde el cielo y el mar se unen en una sola cosa, tal macabro espectáculo resultaba incluso bello. La sombría criatura, que se alejaba de la ciudad, disfrutó de la visión hasta que ésta quedó reducida a una pequeña columna de humo.
¿Hasta dónde está un hombre dispuesto a llegar? Cuando esos límites no están definidos, cuando ese sufrimiento no desaparece, la calma es el único anhelo. Cuando se pronunció aquella palabra, cada vez que se pronuncia esa palabra, alguien se pierde irremediablemente.
Eric Nicholas caminaba por la calle Dekoven, vestido con un largo abrigo negro y un sombrero de ala ancha que cubría su pelo rubio. Debían ser las nueve de la noche cuando aquel muerto en vida, que avanzaba arrastrando los pies como si cargara con el peso del mundo a sus hombros, avistó el establo que pertenecía a Patrick O’ Leary. Eric sonrió; había llegado la hora de sanar el mundo.
Sigilosamente, Eric entró en el establo. Allí se encontraba el propio Patrick cuidando de los animales bajo la tenue luz de una lámpara de aceite.
“Te lo está poniendo muy fácil, Eric. Pronto podrás subsanar el error humano que hiere este mundo.”
Eric respondió afirmativamente a esa voz que sólo él podía escuchar, esa voz que, un día, se dejó oír por primera vez en su mente. Sus ojos examinaron el lugar, construido completamente en madera. Patrick avanzaba ahora hacia el lugar donde se almacenaba el heno, con la lámpara en alto.
“Ahora o nunca” pensó Eric para sí.
Sin hacer ruido, Eric se levantó. Procurando no ser descubierto, caminó lentamente hacia Patrick, demasiado absorto en su tarea como para atender a los mugidos de los animales que guardaba en el establo, y que ahora sentían temor hacia ese hombre al que la locura dominaba por completo. Cuando Patrick se giró, ya era demasiado tarde.
Del primer golpe, Eric lo derribó. Después, mientras Patrick trataba de entender lo que ocurría, el loco cerró la puerta desde dentro. Las llamas comenzaban a crecer, escalando las paredes de madera.
— ¿Se puede saber que haces? —inquirió Patrick.
—Purificar el mundo—respondió Eric, dándole un golpe que lo dejó inconsciente. Después se sentó a esperar, entre los animales nerviosos que no dejaban de golpear las puertas, tratando de escapar.
Sentado en la paja, con un libro entre las manos. Pasó las hojas, releyendo las palabras que él mismo había escrito. Cerrándolo con un golpe, lo arrojó con odio, repulsión y miedo al fuego. La hoguera lo devoró, al igual que al cuerpo de Eric.
Pronto, las llamas consumieron todo el establo. El fuego, hambriento, se extendió por una ciudad construida principalmente en madera, con la ayuda del viento. La población luchó por proteger su cuidad. Dos días después, el fuego había destruido gran parte de la cuidad, y las víctimas se contaban por centenas.
Y la sombría criatura que había planeado tal atrocidad, se alejaba de una Chicago en llamas.
El miedo nos confunde. El miedo nos aterra. El miedo nos mata. Cuando el temor acecha en cada esquina, vives con miedo. Cuando el miedo te mira en tu reflejo, te desesperas. Cuando te temes a ti mismo, ansías morir.
Aquel hombre caminaba al amparo de la noche, escondiéndose de las miradas de los transeúntes. Sus ropas negras y su sombrero ayudaban en esa tarea. De él, sólo sus ojos eran visibles. Sabía que le veían, que le temían, pero ya no importaba. Nada importaba ya. Le acompañaba un eterno sonido, el del líquido moviéndose dentro de un recipiente. Bastaba acercarse un poco a aquel hombre para saber que lo que cargaba eran dos latas de combustible. Sin embargo. Nadie se atrevía a acercarse. Había algo en su mirada que les invitaba a mantenerse todo lo alejados que pudieran de él.
Aquel hombre continuaba impasible, arrastrando los pies al andar. Contestaba susurrando a alguna voz que solamente él podía escuchar. El hombre no recordaba el origen de la voz, sólo sabía que un día comenzó a escucharla. Ahora esta voz guiaba sus pasos. Esos pasos lo llevaban hasta un local de dudosa reputación llamado “el Auspicio”, un lugar que la gente solía evitar. Aquel hombre sacó una llave de uno de sus bolsillos y abrió la puerta.
El interior del local estaba oscuro y vacío. El hombre entró, arrastrando los pies. Cuando sus ojos se acostumbraron a la escasa luz, éste vio un salón pequeño, con unas mesas distribuidas por la habitación, una barra y un pequeño escenario. Un local de poca monta. Era imposible para cualquier visitante deducir el motivo por el cual el dueño nadaba en la abundancia.
El hombre caminó hacia la barra. En el suelo, detrás de esta, había una trampilla, bajo la cual se abría un largo pasillo con varias puertas. Cada puerta daba a una habitación, amuebladas de distintas formas según su utilidad. Las habitaciones disponían de una segunda salida, permitiendo escapar fácilmente de un cuerpo policial que no ponía el esfuerzo necesario. Abrió alguna de esas puertas, mientras recordaba a los distintos políticos que habían ocupado una de esas habitaciones con una señorita de compañía, o a la gente de la peor calaña que negociaba al amparo de un local del que las fuerzas del orden salían con los bolsillos apestando a ese dinero que acallaba conciencias.
Al final de este largo pasillo, se encontraba el despacho del dueño del local.
—Martín —dijo el gerente, extrañado al verlo entrar—. ¿Qué hace aquí?
El despacho del gerente era, sin duda, el lugar mejor amueblado del local. Un sillón de cuero, mueble bar, chimenea con un fuego perenne… El lugar demostraba que aquel hombre tenía dinero y sabía gastarlo. Y el aspecto del propio gerente ayudaba a esa imagen. Era un hombre que rozaba los cincuenta o incluso más, como demostraba el color blanco de su pelo y su bigote de morsa. Su presencia no pasaba inadvertida, y vestía un traje que debía haber sido hecho a medida, tanto por su coste como por la envergadura del hombre a quien vestía.
—Usted… —El hombre dejó las latas de combustible en el suelo— Usted… —Repitió, sacando un rollo de cuerda y un cuchillo del bolsillo— Usted me despidió.
El gerente miró por primera vez los ojos bañados en la locura que inundaba a Martín. Su cuerpo se paralizó, a causa del miedo que sintió al descubrir en los ojos de su visitante las intenciones de este.
—Martín, contrólese —Tartamudeó el gerente—. Piense en lo que va a hacer, en las consecuencias…
—Lo he pensado mucho tiempo, señor Barón — dijo Martín, cortando al gerente—, y esta es la mejor solución.
Antes de que Barón pudiese hacer algo, Martín se abalanzó sobre él y lo ató a la silla. Después, cogió las dos latas de combustible y roció con una al gerente y, con la otra, a sí mismo.
—Por favor — Suplicó Barón— por favor, no lo haga. Le daré todo lo que pida, pero no lo haga.
Martín tomó uno de los puros que descansaban sobre la mesa del gerente y lo encendió. Tras disfrutar con el humo del cigarro, extrajo un libro sin encuadernar del interior de su abrigo. Pasó la mano por las letras que él mismo había escrito. Con repugnancia, dejó caer el puro sobre el libro, que se prendió fuego.
— Despídase de la vida, Señor Barón — dijo, arrojando el libro contra el gerente.
El efecto fue inmediato. Alimentado por el combustible, el fuego se propagó rápidamente por el despacho. Los gritos de terror y pánico de Santiago Barón eran ahogados por la risa de Eduardo Martín. Pronto, ambos cuerpos quedaron calcinados.
El incendio se propagó por toda la calle. La gente corría, tratando de salvar sus vidas. Cientos de curiosos observaban la ciudad ardiendo. Fotografiaron la macabra escena. Sin embargo, nadie vio como una mujer abandonaba a su bebé recién nacido esa noche ni a aquella sombra que se alejaba de la ciudad.
Yo fui uno de ellos. Fui uno de esos hombres que se vio metido en algo mucho más grande que él y tuvo miedo. Sentí temor, llegué a temer incluso a mi reflejo. Mi historia ya se había repetido antes.
Me llamo Javier Valverde, y esta es mi historia.
Leer más...
Etiquetas:
alma en llamas,
leon durmiente,
original
sábado, 21 de marzo de 2009
Ejecución
Otro original del foro Retos ilustrados.
____________________________________________________
Caminas lentamente hacia tu final. Tratas de arañar unos segundos al tiempo para prolongar tu vida. No buscas un milagro; sabes que no llegará. Mucho tiempo llevas rezando por él, pero en el fondo sabías que a ti sólo espera la muerte.
No gritas suplicando clemencia, ya perdiste la voz intentándolo. No lloras, no tienes lágrimas que llorar. Tan sólo te queda aceptar la muerte.
Te atan a un poste. Frente a ti, cinco hombres armados te apuntan. Tus ejecutores. Un sexto hombre se te acerca.
— ¿Algún último deseo? —Pregunta.
Buscas en tu interior. Sabes que lo único que quieres no te lo darán, ya lo pediste muchas veces antes. Solo una idea pasa por tu mente
—Que sea rápido— Respondes.
Te vendan los ojos. Sabes que tu final está próximo. Tan sólo deseas que esto acabe. Oyes gritar “Fuego”, y cuando las balas impactan en ti ya no sientes nada. Ya nunca volverás a sentir nada. Leer más...
____________________________________________________
Caminas lentamente hacia tu final. Tratas de arañar unos segundos al tiempo para prolongar tu vida. No buscas un milagro; sabes que no llegará. Mucho tiempo llevas rezando por él, pero en el fondo sabías que a ti sólo espera la muerte.
No gritas suplicando clemencia, ya perdiste la voz intentándolo. No lloras, no tienes lágrimas que llorar. Tan sólo te queda aceptar la muerte.
Te atan a un poste. Frente a ti, cinco hombres armados te apuntan. Tus ejecutores. Un sexto hombre se te acerca.
— ¿Algún último deseo? —Pregunta.
Buscas en tu interior. Sabes que lo único que quieres no te lo darán, ya lo pediste muchas veces antes. Solo una idea pasa por tu mente
—Que sea rápido— Respondes.
Te vendan los ojos. Sabes que tu final está próximo. Tan sólo deseas que esto acabe. Oyes gritar “Fuego”, y cuando las balas impactan en ti ya no sientes nada. Ya nunca volverás a sentir nada. Leer más...
Etiquetas:
leon durmiente,
original,
Retos ilustrados
martes, 17 de marzo de 2009
Asesino
Otro original corto. El día que escriba más de una página me emborracharé para celebrarlo.
________________________________________________________________________
Soy un asesino.
Desde niño, eso es lo que soy. Se me entrenó para matar, no para pensar. Matar, ese es mi deber; matar de la forma que sea necesaria.
Matar, no pensar. Arrebatar vidas, no meditar el por qué, el motivo. Esas muertes no pesan sobre mi conciencia, sino de quien encarga el trabajo.
Ya no recuerdo cuantas personas he matado. ¿Para qué contarlas? Ya están muertas, no importa más. No importa nada.
Ni siquiera estos pensamientos.
Borro esta idea de la mente. Ya es la hora del encargo. El objetivo sale y, sin dudar, aprieto el gatillo. Cae al instante.
¿Sentiría dolor alguno? Ya no importa. Nada importa. Es lo que soy, no hay vuelta atrás.
Soy un asesino. Leer más...
________________________________________________________________________
Soy un asesino.
Desde niño, eso es lo que soy. Se me entrenó para matar, no para pensar. Matar, ese es mi deber; matar de la forma que sea necesaria.
Matar, no pensar. Arrebatar vidas, no meditar el por qué, el motivo. Esas muertes no pesan sobre mi conciencia, sino de quien encarga el trabajo.
Ya no recuerdo cuantas personas he matado. ¿Para qué contarlas? Ya están muertas, no importa más. No importa nada.
Ni siquiera estos pensamientos.
Borro esta idea de la mente. Ya es la hora del encargo. El objetivo sale y, sin dudar, aprieto el gatillo. Cae al instante.
¿Sentiría dolor alguno? Ya no importa. Nada importa. Es lo que soy, no hay vuelta atrás.
Soy un asesino. Leer más...
Etiquetas:
Asesino,
leon durmiente,
original
Suscribirse a:
Entradas (Atom)