martes, 27 de noviembre de 2012

Alma en llamas, capítulo X

Hoy he terminado el relato que presentaré a un concurso literario. El premio: 1500€ y la publicación. Casi un sueño.

Así que, para celebrarlo... otro capítulo de esta cosa xD.

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—Vamos, hombre, por favor.

Era un viernes por la mañana, de finales de marzo. Frío como pocos. En el patio, durante el recreo, David y yo nos refugiamos en una de las esquinas del colegio, cubiertos por los abrigos. Allí aprovechó para suplicarme por un favor, aunque no lograba entender de qué se trataba.

—No lo comprendo. ¿Para qué necesitas que te acompañe yo, si ya vas a ir con una chica?

—¡Porque su padre no le deja estar a solas con un chico!

—¿Y cómo os habéis visto hasta ahora?

—A escondidas—dijo—, pero ahora ya está cansada.

—Sigo sin entender por qué mi presencia te ayudaría. Si no le deja estar con uno, imagínate con dos. —David abrió la boca para responder. Sabía que seguiría insistiendo hasta que aceptase; podía llegar a ser muy pesado. Al final accedí—. De acuerdo, iré. Pero me debes una, y me la pienso cobrar.

El edificio era muy antiguo, la pintura de la fachada se había caído casi por completo. La gárgola que coronaba la construcción perdió la mitad de su rostro antes de que yo naciera; ahora vestía un manto de excrementos de paloma. De la puerta principal no quedaba más que un trozo de madera sujeto por las bisagras que no impedía el paso a nadie.

—Sí que has tardado mucho en pedirme este favor.

David miraba con temor el edificio al que yo pretendía entrar, calculando las posibilidades de que las grietas se uniesen de golpe y se cayese la construcción. Era el cuarto edificio que revisábamos; normalmente mirando buzones o preguntando a las porteras. Éste carecía de ambas.

—¿Habrías venido si no te hubiera obligado? —pregunté antes de entrar.

No me respondió. Me siguió a duras penas por unas escaleras de madera carcomida que crujían bajo nuestros pies amenazando con abrirse y tragarnos. La única luz que había se filtraba entre las grietas de la fachada; yo no sabía si dar las gracias o maldecir por ello. En los rellanos podía intuir los túneles oscuros que antaño habían guardado muebles, familias y recuerdos que habían huido años atrás.

Al fin alcanzamos el último piso, el único que contaba con una débil puerta que impedía el paso. David suplicaba que siguiésemos el ejemplo de los vecinos y pusiéramos tierra de por medio entre el edificio y nosotros.

El tiempo que pasó entre que llamé a la puerta y esta se abrió me pareció eterno. Nos quedamos quietos, esperando inmersos en el eterno silencio que dominaba la cavernosa y abandonada construcción hasta que el eco de unos pasos, lentos como quien posee todo el tiempo del mundo, lo rompieron. La puerta se abrió con un chirrido, mostrando la figura de una mujer fugada de un sueño.

El pelo, arrancado del cielo nocturno para enmarcar su rostro, se ondulaba ligeramente a la altura de sus hombros. Los ojos eran oscuros, pozos sin fondo que te atrapaban al menor descuido. Los finos labios mostraban unas pequeñas arrugas que revelaban que en aquella boca había brillado una sonrisa casi eterna, ya apagada. Sus formas se veían atrapadas en un lujoso vestido de color carmín, que hacía de aquella mujer el manjar más exquisito de la faz de la tierra. Nos examinó con una mirada que podía ver el alma; primero a David, cuya mandíbula se había desencajado de la sorpresa, y luego a mí. Giró sobre sí misma, satisfecha tras su revisión, y se internó hacia la inmensa oscuridad que dominaba el interior de su apartamento.

El piso era pequeño, sin más puertas que la de la entrada principal. Intuí las formas del mobiliario y, a través de ellas, a qué habitación correspondían. Conté un baño, una cocina, una habitación y el salón donde ella nos esperaba. Las persianas estaban echadas, pero el tiempo y el viento habían terminado por abrir agujeros aquí y allá que permitían que la luz del sol se colase. Con estos fragmentos pudimos encontrarla al amparo de un cigarrillo que disfrutaba sentada en una butaca, la única. A su espalda se alzaba una inmensa estantería que abarcaba toda la pared y en la que no entraba ni un solo alfiler. Ocupamos el sofá de las pocas visitas, que se quejó bajo nuestro peso y escupió una nube de humo. Nos separaba una cómoda sobre la cual reposaban una vela, un libro encuadernado en piel cuyo título quedaba fuera de mi alcance y un cenicero en el que no entraba ni una colilla más. No había televisión ni radio ni una simple bombilla. En aquella casa nunca se oyó el zumbar de la electricidad recorriendo cables de cobre o el ensordecedor timbre del teléfono.

Esperamos en silencio durante un minuto. En ese espacio de tiempo, David se dedicó a incrementar el tamaño del charco de saliva que se formaba bajo sus pies. Era totalmente incapaz de apartar la mirada de nuestra anfitriona, tan ocupada en jugar con el humo del tabaco que parecía ser incapaz de vernos. Me centré en intentar leerle el pensamiento a partir del pulso, de los ojos. Intentaba averiguar qué significaba aquel amago de sonrisa en la comisura de los labios.

—No deberíais haber venido—dijo al fin.

Lucía tenía un timbre de voz que se te colaba por los oídos y causaba estragos en la cabeza; conseguía que dudases de todo lo que sabías, conocías y creías cierto. Con su voz y una sonrisa podría haber convencido a toda la Iglesia de que la tierra era tan redonda como una pelota de fútbol.

—¿Ves, Javier?—me soltó David por lo bajo. Aquellas palabras le sacaron de su mundo de ensueño—. Deberíamos irnos.

Negué con la cabeza. Lucía rió; una carcajada vacía, típica de quien ha olvidado cómo hacerlo. Dejó que se consumiese el cigarro y encendió otro; durante su historia deduje que para ella el tabaco era como su alimento, una droga que acallaba los malos recuerdos y expulsaba a los demonios por el módico precio de unos minutos de su vida. Terminaba uno y encendía otro; el humo ocupaba toda la habitación. Sus palabras lo moldeaban, creaban imágenes que contaban su historia.

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lunes, 1 de octubre de 2012

Sannie en el país multicolor

Me aburría un día...

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En un país multicolor, iluminado por un sol verde, una chica con un vestido a cuadros morados y negros paseaba, saltando por un camino de color rojo. El viento hacía que su pelo rubio ondease levemente; sus ojos azules hechizaban a todo aquel que…

San: Leo…

Narrador: ¿Sí?

San: Te veo venir. Más te vale que al doblar la esquina no me encuentre con un ejército inquisitorial dispuesto a quemarme viva al grito de “¡Muere, Sue, muere!

Narrador: ¿Y si lo hay?

San: Te meteré una bombona de butano por el culo.

Narrador:…

San:…

… y al llegar al cruce, San tomó el camino azul. Paseando, le dio una patada a una piedra, que golpeó en el ojo a un conejo a rayas rosas y grises antes de caer a un charco. Ella corrió hacia el animal, abrazándolo contra su pecho.

San: Pobre conejo.

Conejo: Sí… pobre de mí.

Y así fue como San se hizo la cicatriz con forma de diente de conejo en la teta derecha. Fin.

…

¿Cómo que no he terminado mi servicio comunitario? ¿Acaso contar esta parida no basta? Ah… que debo contarla hasta el final… Dios, no debería gastar la broma de la caca de perro en una bolsa de papel en llamas y ponerla frente a una comisaría. El conejo salió corriendo al ver la cara de mala hostia de San.

San: ¡Te voy a guisar vivo!

Y mientras lanzaba maldiciones al aire, una figura misteriosa surgió del agua.

Figura misteriosa: Hola, mi dama. He esperado durante eones en estas aguas, hasta que alguien me llamase. Y ahora que vos lo habéis hecho, por lo que, debo deciros, estoy muy agradecida…

San: Corta el rollo.

Figura misteriosa: ¿Perdón?

San: Que dejes de darme la plasta y me des ya mi regalo.

Figura misteriosa: ¿Regalo?

San: Sí, claro. En todas las historias de este tipo, el ser que surge del agua por X motivo siempre le da un regalo a quien lo sacó de ahí. Y como esto no es más que un plagio barato, lo lógico es…

Figura misteriosa: Pues te jodes, no hay regalo.

San: Vaya por dios.

Figura misteriosa: En fin, por dónde iba… Ah, sí. Estoy aquí porque al narrador no le sale de los cojones hacer otro self-insert para decirte por qué mierdas estás aquí. De hecho, la historia debía acabarse con lo del conejo, pero te enfadabas si lo hacía, así que se inventó esta basura. Y por eso soy tan malhablado/a.

San: ¿Malhablado/a? ¿Leo, eres hermafrodita?

Narrador: No, idiota, es que la figura misteriosa esa es asexual. Y deja de dirigirte hacia mi persona, que queda fatal.

San: Vale, vale. ¿Y qué he de hacer?

Figura misteriosa: Tu misión es viajar hasta el volcán de Tu-fur-ciamadre para allí destruir la piedra Quetepenetren en el fuego de su interior.

San: ¿Andabas inspirado, eh?

Narrador: Cállate.

Figura misteriosa: Ala, aquí tienes la puta piedra. Y ahora tira. Y que no te vuelva a ver, o te inserto en KHM para que Wk te banee con su mazo rosa.

Con una misión ya definida, San se encaminó por el paseo morado hacia el volcán de nombre absurdo. Saltaba tranquilamente, canturreando una canción sobre un robot unicornio gay, cuando se encontró con alguien.

San: Coño, Nei, ¿qué haces tú aquí?

Neissa: A Vicky no le apetece inventarse personajes. Así que me ha dado esta espada y me ha plantado aquí a esperarte. En teoría había una historia trabajada del porqué, pero era demasiado aburrida.

San: ¿Por qué tú puedes llamarle “Vicky” y yo no?

Neissa: Porque yo puedo arrearle collejas y tú no.

San: Aaaanda.

Y las dos chicas comenzaron a andar.

San: ¿Y por qué vienes?

Neissa: Ah, cierto. Estoy aquí para ayudarte. Por lo que parece, el viaje incorpora peligros que podrían matarte y necesitas protección.

San: ¿Y te manda a ti para que mueras por mí? Joder, Leo quiere matarte.

Narrador: Un poco, sí.

Neissa: Verás mañana en clase.

Pero entonces, una bestia enorme apareció ante ellas. Tenía unas garras enormes y afiladas y unas alas que abarcaban estadios. Su cara, blanca como la nieve, sonreía con una mueca prepotente y burlona.

Bestia: Got a problem?

Neissa: Capullo…

La guerrera dio un paso al frente. Mal dado, porque la bestia alzó una pata y la aplastó. Tan mala suerte tuvo el pobre animal que la espada se clavó entre sus dedos, alcanzando su único punto débil y muriendo en el acto.

Neissa: Creo que ya me ha matado.

San: Sí, eso creo.

Neissa: En fin, ya cumplí mi misión. Ahora vete, mañana ajustaré cuentas con Vicky.

Y San continuó su viaje, tan feliz de la vida. Llegó hasta la base del volcán, donde se encontró con otra cara conocida.

San: ¡Alitaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas!

Ann: ¡¡Saaaaaaaaaandíííííaaaaaaaaaaa!!

San: ¿Qué haces tú aquí?

Ann: No lo sé. Leo no me ha avisado.

Narrador: No estabas.

Ann: Pues me avisas antes.

Narrador: No, que se me olvida la trama absurda.

Ann: Este tío… Bueno, al tema. Que he de ayudarte a llegar hasta la cima.

San: Ah, vale. ¿Tú no tienes armas?

Ann: No, ninguna.

San: Ah…

Empezaron a escalar. Sin esfuerzo, alcanzaron la cima en unos minutos. Pero antes de estar a salvo, San resbala.

Ann: ¡Cuidado!

Heroicamente, Ann se lanza, consiguiendo que San se agarre y pueda terminar de subir. Sin embargo, ella no puede salvarse, y cae rodando ladera abajo.

Ann: ¡Leo, capullo!

Narrador: Me lo dicen mucho.

Y cuando llegó al suelo, murió. Y San siguió caminando como si nada.

Narrador: ¿No te importa que haya matado a Ann?

San: Eres tú quien escribe lo que hago. Si tú no haces que me importe su muerte… difícil lo veo.

Narrador: Cierto, cierto.

Al final, llegó al final de la cueva. Hacía calor, mucho. La ropa de San empezaba a quemarse…

San: Leo, como acabe en bragas, te ataré, amordazaré y entregaré a Ellios.

… pero pronto para. San avanza hasta el borde de la pared y mira al fondo.

San: ¿Y sólo he de lanzar esta piedra y ya? Qué bien.

Y la deja caer. Después, gira para volver sobre sus pasos. Se para al escuchar algo. No estaba sola.

San: ¿Quién anda ahí?

Narrador: Que lista. Como si el malo maloso fuese a responder así.

Y una criatura empuja a San al interior del volcán. Y mientras arde se oye una cancioncita de tono infantil, cuya letra dice algo que suena como “Duele, Rue, duele”.

San: ¡Capullo!

Shadow: Gracias por distraerla, León, así pude tirarla. ¿Nos vamos de cervezas?

Narrador: Mmm…

Misteriosamente, una fuerza invisible empuja a Shadow a la lava.

Y así, ahora sí, termina la historia.



—Leo… Leo, despierta

— ¿Si?

—¿Ya estás despierto?

—Hola, hermanita, ¿Qué haces aquí?

León abrió los ojos y miró a su alrededor. Frente a él se encontraban Neissa, Ann y San, las tres armadas con bates, microondas y una bombona de butano.

—Vamos a agradecerte lo que nos dedicaste mientras dormías, sin duda, bajo los efectos de una droga—dijo San mientras, lentamente, le bajaba los pantalones a León mientras las otras dos lo sujetaban. Regodeándose con ello, acercó la bombona hasta él…
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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Interrogatorio

Odio la nueva interfaz de Blogger. He dicho.

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La habitación era pequeña, de paredes pintadas de gris e iluminadas por una bombilla que colgaba del techo. El escaso mobiliario consistía en una única puerta de acceso, un gran espejo que ocupaba todo un muro, una cámara colgada del techo en una esquina, una mesa simple, dos sillas enfrentadas y un hombre encadenado a la que quedaba frente al gran cristal al que ponía muecas mientras hacía sonar sus grilletes. Parecía que aquella situación lo divertía bastante.

El hombre rondaba los veinticinco. Era menudo, robusto. Tenía el pelo rapado y una cicatriz que le cruzaba verticalmente la cara, sobre la nariz. Los ojos eran pequeños y oscuros, y tenía una risa entrenada en el arte de irritar al personal a la que acudía con asiduidad. Llevaba una camiseta de manga corta, ceñida, que permitía ver los tatuajes que cubrían la piel de los brazos que agitaba con furia, intentando soltarse. En uno de los tirones casi arranca las cadenas de la silla.

Como si aquello hubiera sido una señal la puerta se abrió. En el umbral se recortaba la silueta cansada de un hombre de mediana edad, ataviado con una gabardina, que entró arrastrando los pies y con una carpeta en los brazos. Ocupó la silla que quedaba libre y posó una nueve milímetros sobre la mesa, a la vista del encadenado pero fuera de su alcance y, como si no estuviese, comenzó a revisar sus papeles. El preso miró por un segundo el pelo entrecano del recién llegado, lo único que la carpeta no ocultaba, y se abalanzó sobre el arma.

—¿Es eso lo que quieres, Logan? ¿Coger el arma y pegarme un tiro?—dijo el recién llegado cuando el primero se cansó. Tomó el arma con dos dedos y la deslizó sobre la mesa—. Puedes tenerla. No te servirá de nada, no está cargada.

Como si no lo creyera, Logan alzó la pistola lo poco que los grilletes se lo permitían y apretó el gatillo. El sonido del percutor fue todo lo que obtuvo. Disparó tres veces más, riéndose a carcajadas.

—Debería probar a hacer esto en público—Logan dejó el arma sobre la mesa y se centró en el inspector—. ¿Para qué coño me has llamado hoy, Gordon?

—Como si no lo supieras ya.

El encadenado echó la cabeza hacia atrás, mirando al techo con la boca abierta.

—La señorita Seyfried no desea ser molestada, inspector.

Gordon sacó un cigarro del bolsillo y se lo tendió. Cuando Logan aceptó, lo encendió con calma. El preso dio tres caladas antes de soltarle el humo en la cara. —Ella no tiene nada que ver con esto.

—Ella está metida en esto, hasta el fondo— Logan no perdía la sonrisa.

—Haznos un favor a todos y dinos donde está— dijo el inspector.

Ahí estaba de nuevo su risa estridente. Dos minutos y medio empleó, intentando que Gordon perdiese la paciencia infinita que le caracterizaba. Al ver que no lo conseguía cambió de táctica.

–Chloé está muerta—escupió.

Gordon tomó aire. Se levantó, fue hacia la cámara y la desconectó. Se dio la vuelta, caminó hacia Logan y le golpeó. Lo habría derribado si la silla no hubiera estado fijada al suelo.

—¡¿Dónde está!? ¡Dímelo!—Gritó, acompañando cada palabra con un puñetazo.
—Está muerta—repitió Logan.

La patada le golpeó en el estómago.

—Parece que no entiendes la situación, gilipollas. La hija del fiscal general lleva dos semanas desaparecida, que es exactamente el tiempo que yo llevo sin dormir más de dos horas seguidas. Aquí nadie va a declarar en mi contra, ningún juez va a procesarme. Soy libre para hacer lo que quiera, desde despellejar cada fragmento de tu piel hasta mutilarte o dejarte incapacitado de por vida. Incluso podría hacerte desaparecer, dudo que alguien fuese a echarte de menos. Vas a sufrir el mayor dolor.

Ante tales amenazas, Logan volvió a reír, como si disfrutase de todo eso. Como si no tuviera nada que perder.

—En algo tienes razón, Gordon. Nadie me echaría de menos.

Cuando el inspector supo lo que iba a hacer ya fue tarde. El mordisco fue tan fuerte que un trozo de lengua cayó al suelo. Logan notó el sabor de la sangre que le llenaba la boca, que seguía riéndose. Gordon pidió a gritos una ambulancia aunque sabía que no iban a llegar a tiempo. Los enfermeros se lo llevaron cadáver. Durante los días siguientes Gordon sólo pudo pensar en él, en cómo se habían llevado la única pista que tenía y en las últimas palabras que había dicho, moviendo los labios y sin articular sonido alguno.

“Está muerta.”
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domingo, 12 de agosto de 2012

Alma en llamas, Capítulo IX


Giré la última página por quinta vez aquella noche. Estaba en mi habitación, leyendo a la luz de una vela. Me dejé caer sobre la cama, que crujió al recibir de repente mi cuerpo. Mi estómago rugió. Había subido directo nada más volver. No había probado bocado. Algo en mí sabía que toda la comida que tragase se abriría paso por donde había venido en su camino a la salida.

Abandoné las páginas a un lado y apagué la luz. Intenté dormir. A pesar de sentir que mi cuerpo estaba lleno a rebosar de miedo, quedé en un estado a medio camino entre el mundo real y el de Morfeo. Un hombre leía un libro, sentado sobre el mismo fuego que devoraba la estancia en la que se encontraba. Mientras sus ojos azules se deslizaban sobre las páginas, las llamas comenzaron a ascender por su cuerpo. Lo consumían todo a excepción de la lectura. Entonces escuché una risa que me heló la sangre.

Seguía siendo de noche, cerca de las tres de la madrugada. La única luz en la habitación era la que se colaba por la ventana, proveniente de la luna. Miré a través del cristal. “Eso”, que ya no sabía cómo llamarlo, estaba allí, aquella figura que no lograba identificar como hombre o bestia, con la vista clavada en mis ojos. Una pequeña cortina de humo se formaba a su alrededor, aunque no pude ver llama alguna. Supe que me esperaba.

Bajé por las escaleras corriendo, sin molestarme en no hacer ruido. Me paré un segundo, frente a la puerta, a pensar si debía salir o no. Mi cuerpo decidió por mí; antes de darme cuenta estaba fuera. La figura se alejaba lentamente. Requería mi compañía. La seguí, siempre unos pasos por detrás. De vez en cuando se volvía a mirarme, sus ojos fríos captaban cada pequeño detalle. Entonces yo meditaba de nuevo si debía seguir con eso o correr hasta la otra punta del mundo.

Se metió en un portal. Allí lo perdí. Subí, buscando con atención. Todas las puertas en mi camino estaban cerradas. La única que me permitió el paso fue la del ático. Donde me esperaba.

La figura me miraba fijamente. Extendió una mano hacia mí. Al ver que yo no me movía dio un paso. Y otro, y uno más. Cerré los ojos cuando puedo tocar mi mejilla. Su aliento, un hedor indescriptible, me golpeó en la cara. La piel me quemaba, pero yo no me atreví a mirar hasta que todo paró. De nuevo estaba sólo, aunque esta vez era todo distinto. Suspiré, aliviado. Y entonces fue la primera vez que escuché aquella voz.

“Duerme.”

Despertaría horas después en un banco de la calle. Los primeros rayos de luz cruzaban el cielo. O eso creía. Parpadeé. La luz era muy intensa, demasiado para ser del sol. Parpadeé una vez más. Y me di la vuelta.

Era el fuego lo que me despertó mientras arrasaba con todo. El edificio ardía por completo. Se caía a pedazos ante mis ojos. Me quedé allí quieto, sin poder mover un músculo, asustado y al mismo tiempo fascinado.

Amanecía cuando entré por la puerta de casa. Mi madre estaba sentada en el recibidor, dejando el espacio justo para abrir la puerta. Dormía. Se despertó mientras yo intentaba pasar el pie por encima de ella. Subí las escaleras sin hacer caso a los gritos que me lanzaba desde el rellano. Me encerré en mi habitación y me dejé caer en el suelo, apoyado contra la pared. No podía levantarme, ni por ganas.

Así, tirado en el suelo, la recibí. La niebla se filtraba por cualquier resquicio: el hueco bajo mi puerta, el diminuto agujero en el cristal de mi ventana… La bruma, lentamente, llenó la habitación. En su ascenso se coló por mis oídos, mi nariz, mi boca… y se adueñó de mis sentidos.

Sentía mi cuerpo flotar. Abrí los ojos. Estaba rodeado de una espesa niebla. Parpadeé. La niebla seguía ahí, pero menos densa. Tras ella, una fuerte luz. Parpadeé una segunda vez. La bruma desapareció, ahora miraba directamente al sol, pero sin hacerme daño. A mi izquierda y derecha había nubes pintadas sobre un fondo azul. Bajo mis pies se extendía Santander; ni sus edificios más altos llegaban siquiera a mi altura.

Parpadeé por tercera vez.

El tiempo comenzó a retroceder. En apenas unos segundos el sol, que en el momento de mi despertar se hallaba en lo alto del cielo, se ponía por el este. Y al instante siguiente, en menos tiempo del que se tarda en respirar, la luna se alzaba sobre mi cabeza. A mis pies, una campana sonaba tres veces.

Una fuerza invisible tiraba de mí. La ciudad crecía a pasos agigantados. El edificio más alto de la ciudad ahora me miraba desde lo alto. Cerré los ojos, listo para recibir el impacto…

Que no llegó.

Había regresado a aquel edificio. Estaba frente al ático. Seguía flotando, repelido por las paredes y el suelo. La puerta se abrió, cediendo el paso a una oscuridad absoluta. Y de ella salí, o eso pensé en un primer instante.

Era cierto que se parecía a mí, pero tenía rasgos distintos. Su pelo no era negro, si no blanco, y los ojos eran de un azul más frío que el propio hielo. Al verme sonrió; su mueca me hizo temblar. Me apartó, empleando la misma fuerza que se necesita para abrirse paso a través de una cortina, y descendió por las escaleras. Al llegar al rellano del tercer piso derribó la primera puerta que encontró. Se internó en la vivienda y, tras el ruido de cristales rotos, regresó. Llevaba en la mano derecha una botella de whisky, con el cuello roto, que iba perdiendo el alcohol de su interior, bañándolo todo con el líquido ámbar. Cuando no quedó ni una gota, rompió la otra botella, de ron, y repitió el proceso.

Tres veces más realizó aquella tarea. Yo le seguía de la misma forma que un globo sigue a un niño, porque les une un hilo. En mi caso yo no podía verlo, pero sentía la fuerza invisible que me atraía hacia él.

Llegamos al portal. Allí se detuvo un instante. Miró hacia las escaleras, por las cuales goteaba un pequeño río de alcohol mezclado. La madera era antigua, y crujía con cada paso. Esperó hasta estar satisfecho.

Sólo entonces llevó a cabo el último acto de su plan. Metió la mano en el bolsillo, y buscó algo. Lo sacó. En su palma brillaba con fuerza. Las llamas ardían sobre la carne, pero él ni se inmutaba, no lo sentía. Las dejó caer sobre el charco que se formaba a sus pies, y abandonó el portal.

Yo dejé de sentir aquella extraña fuerza invisible que me ataba a él. Suspiré, aliviado, e intenté huir del edificio. “Nada puedes hacer para salvarlo”, me dije. Con aquella idea en la cabeza di un paso hacia la salida. Y un segundo, y un tercero. Tras el cuarto supe que no podía andar; me mantenía siempre en el mismo lugar. Intenté moverme nadando, pero obtuve el mismo resultado.

A mi alrededor las llamas crecían, consumiéndolo todo a su paso. Un trozo de madera cayó del techo; el fuego trepó por él. Se acercaba a mí, quería devorarme. Antes de que pudiese gritar para pedir socorro era pasto de las llamas.

Abrí los ojos. Volvía a estar en mi habitación, tirado en el suelo. La niebla seguía inundándolo todo, pero menos densa. Se batía en retirada a través de las rendijas de la ventana. Me abalancé sobre el cristal. La bruma flotaba sobre la calle, bajando hasta reptar sobre la acera para meterse bajo la gabardina de una figura que se apoyaba en la pared de un edificio. Su atuendo, que se completaba con un sombrero de ala ancha, impedía ver nada de su rostro, a parte de sus ojos azules, fríos como el hielo. En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, pude ver cómo aquella sombra se dividía en dos siluetas, que caminaban en direcciones opuestas.
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sábado, 4 de agosto de 2012

Se ha escrito un crimen. Segunda parte

A pesar de que nadie fue capaz de adivinarlo (por qué será), he escrito el final. Por si a alguien le interesa intentar adivinarlo antes de leer esto, este es el relato inicial

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El restaurante, una reciente inauguración en el centro, estaba abarrotado. Los camareros, elegantemente trajeados, se deshacían en sonrisas y halagos con tal de conseguir una buena propina, maldiciendo por lo bajo a aquellos que apenas les dejaban un par de pequeñas monedas.

Sentados en la mesa más cercana a los aseos, dos hombres, uno de ellos con una ligera mueca de dolor, disfrutaban de una mariscada que bien valía el sueldo de un mes. Comían despacio, sin ninguna prisa, mientras el resto de clientes abandonaba poco a poco el restaurante. La extraña pareja se quedó sentada en su mesa hasta que sólo quedaron ellos, y sólo entonces pidieron los cafés y la cuenta.

—Debe de haberle costado una pequeña fortuna, inspector— dijo uno de ellos.
El de la mueca de dolor asintió mientras sacaba la cartera. El sueldo de un inspector no era gran cosa, y si se la tenía que dejar ahí… ¿Quién le mandaría apostar? Sabía que tenía muy mala suerte en estos aspectos…

—Si no fuese porque el dueño es un viejo amigo, lo detendría por robo. He visto a ladrones huir con un botín menor a este—comentó, mientras su compañero se reía—. Tengo curiosidad, ¿cómo lo descubrió?

—Si le soy sincero…—comenzó el otro—fue suerte. Los cinco tenían un fuerte motivo para hacerlo, y se les veía capaces. No pude decidirme del todo, así que… Asigné cada nombre a un número del uno al cinco y tiré un dado.

—Venga ya, es imposible—el inspector vio a su compañero asentir con convicción y se echó a reir como un loco, en un estruendo que escandalizó a los camareros durante su limpieza— No me jodas… ¡Maldito suertudo! La diosa fortuna está siempre en mi contra, eso es un hecho.

—Se ve que sí—concedió su compañero—. Cuénteme usted, ¿cómo lo descubrió?

El inspector se tomó un segundo antes de responder mientras encendía un cigarrillo. Un camarero se acercó a pedirle que por favor lo apagase, que no estaba permitido fumar, pero no le hizo caso. Se echó para atrás, soltando una gran cantidad de humo de golpe como si fuese una locomotora antes de comenzar su relato.
—Supongo que también fue algo de suerte. En un principio creí que fue su propio hijo, Miquel. Tenía un brillo en los ojos que no me gustaba, y cuando le insinué la posibilidad de que hubiese sido él no se molestó en negarlo. Pero lo descarté cuando supe lo del somnífero; era una clara muestra de que el crimen fue premeditado y Miquel era un hombre de instintos. A la criada y al mayordomo los descarté por el mismo motivo. Ella se bebió el somnífero sin saberlo, y él… Él no se habría molestado en cerrarle los ojos. Entonces lo supe: Había sido su mujer, la joven. La que siempre trataba de ocultar la mano que tenía paralizada casi por completo.

—Pero, ¿por qué?— preguntó su compañero—. Es cierto que se está muriendo, pero, ¿no podría esperar a que el viejo muriese por muerte natural?

—No. La enfermedad es hereditaria, ya había visto morir a su padre por ella. Es terrible, el Huntington no se limita a matarte. Te destruye por dentro. Laura tenía miedo. Pero su marido no planeaba hacer nada, como mucho cambió su testamento. Cuando ella le pidió que hiciese la donación para los estudios clínicos, él se negó. No había trabajado toda su vida para morir en la pobreza. Discutieron, y fue entonces cuando el doctor le dijo lo que ella siempre supo: se había casado con Laura sólo para tener algo bonito que follarse. Ella no pudo soportarlo. Mezcló el somnífero con el café en polvo mientras Clara limpiaba la casa, al mediodía. A las doce fue a verle a su despacho, con el cuchillo escondido bajo su vestido. Lo besó, se puso a su espalda, lo rodeó con sus brazos, con una mano bajando por su barriga… Y entonces le cortó el cuello. El doctor se resistió durante los pocos segundos que tardó el somnífero en hacer efecto. Laura clavó el cuchillo en la mesa, con cierta dificultad, y se dirigió a la puerta. Se volvió a verle por última vez, los ojos gélidos y vacíos del que fue su marido. Regresó junto al cadáver, le cerró los ojos y se fue.

—Una historia digna de una novela negra— concluyó su compañero.

Durante unos instantes se hizo el silencio. El mismo camarero que le pidió que apagase el pitillo se acercó de nuevo para informarles de que estaban a punto de cerrar, y que por favor pagasen la cuenta y abandonasen el local. El inspector lanzó el dinero contra el plato de la cuenta, se encaminó hacia la salida y se detuvo a ver como aquel camarero se llevaba su sueldo.

—Esta es la última vez que hago una apuesta.
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