miércoles, 26 de septiembre de 2012
Interrogatorio
Odio la nueva interfaz de Blogger. He dicho.
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La habitación era pequeña, de paredes pintadas de gris e iluminadas por una bombilla que colgaba del techo. El escaso mobiliario consistía en una única puerta de acceso, un gran espejo que ocupaba todo un muro, una cámara colgada del techo en una esquina, una mesa simple, dos sillas enfrentadas y un hombre encadenado a la que quedaba frente al gran cristal al que ponía muecas mientras hacía sonar sus grilletes. Parecía que aquella situación lo divertía bastante.
El hombre rondaba los veinticinco. Era menudo, robusto. Tenía el pelo rapado y una cicatriz que le cruzaba verticalmente la cara, sobre la nariz. Los ojos eran pequeños y oscuros, y tenía una risa entrenada en el arte de irritar al personal a la que acudía con asiduidad. Llevaba una camiseta de manga corta, ceñida, que permitía ver los tatuajes que cubrían la piel de los brazos que agitaba con furia, intentando soltarse. En uno de los tirones casi arranca las cadenas de la silla.
Como si aquello hubiera sido una señal la puerta se abrió. En el umbral se recortaba la silueta cansada de un hombre de mediana edad, ataviado con una gabardina, que entró arrastrando los pies y con una carpeta en los brazos. Ocupó la silla que quedaba libre y posó una nueve milímetros sobre la mesa, a la vista del encadenado pero fuera de su alcance y, como si no estuviese, comenzó a revisar sus papeles. El preso miró por un segundo el pelo entrecano del recién llegado, lo único que la carpeta no ocultaba, y se abalanzó sobre el arma.
—¿Es eso lo que quieres, Logan? ¿Coger el arma y pegarme un tiro?—dijo el recién llegado cuando el primero se cansó. Tomó el arma con dos dedos y la deslizó sobre la mesa—. Puedes tenerla. No te servirá de nada, no está cargada.
Como si no lo creyera, Logan alzó la pistola lo poco que los grilletes se lo permitían y apretó el gatillo. El sonido del percutor fue todo lo que obtuvo. Disparó tres veces más, riéndose a carcajadas.
—Debería probar a hacer esto en público—Logan dejó el arma sobre la mesa y se centró en el inspector—. ¿Para qué coño me has llamado hoy, Gordon?
—Como si no lo supieras ya.
El encadenado echó la cabeza hacia atrás, mirando al techo con la boca abierta.
—La señorita Seyfried no desea ser molestada, inspector.
Gordon sacó un cigarro del bolsillo y se lo tendió. Cuando Logan aceptó, lo encendió con calma. El preso dio tres caladas antes de soltarle el humo en la cara.
—Ella no tiene nada que ver con esto.
—Ella está metida en esto, hasta el fondo— Logan no perdía la sonrisa.
—Haznos un favor a todos y dinos donde está— dijo el inspector.
Ahí estaba de nuevo su risa estridente. Dos minutos y medio empleó, intentando que Gordon perdiese la paciencia infinita que le caracterizaba. Al ver que no lo conseguía cambió de táctica.
–Chloé está muerta—escupió.
Gordon tomó aire. Se levantó, fue hacia la cámara y la desconectó. Se dio la vuelta, caminó hacia Logan y le golpeó. Lo habría derribado si la silla no hubiera estado fijada al suelo.
—¡¿Dónde está!? ¡Dímelo!—Gritó, acompañando cada palabra con un puñetazo.
—Está muerta—repitió Logan.
La patada le golpeó en el estómago.
—Parece que no entiendes la situación, gilipollas. La hija del fiscal general lleva dos semanas desaparecida, que es exactamente el tiempo que yo llevo sin dormir más de dos horas seguidas. Aquí nadie va a declarar en mi contra, ningún juez va a procesarme. Soy libre para hacer lo que quiera, desde despellejar cada fragmento de tu piel hasta mutilarte o dejarte incapacitado de por vida. Incluso podría hacerte desaparecer, dudo que alguien fuese a echarte de menos. Vas a sufrir el mayor dolor.
Ante tales amenazas, Logan volvió a reír, como si disfrutase de todo eso. Como si no tuviera nada que perder.
—En algo tienes razón, Gordon. Nadie me echaría de menos.
Cuando el inspector supo lo que iba a hacer ya fue tarde. El mordisco fue tan fuerte que un trozo de lengua cayó al suelo. Logan notó el sabor de la sangre que le llenaba la boca, que seguía riéndose. Gordon pidió a gritos una ambulancia aunque sabía que no iban a llegar a tiempo. Los enfermeros se lo llevaron cadáver. Durante los días siguientes Gordon sólo pudo pensar en él, en cómo se habían llevado la única pista que tenía y en las últimas palabras que había dicho, moviendo los labios y sin articular sonido alguno.
“Está muerta.”
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domingo, 12 de agosto de 2012
Alma en llamas, Capítulo IX
Giré la última página por quinta vez aquella noche. Estaba en mi habitación, leyendo a la luz de una vela. Me dejé caer sobre la cama, que crujió al recibir de repente mi cuerpo. Mi estómago rugió. Había subido directo nada más volver. No había probado bocado. Algo en mí sabía que toda la comida que tragase se abriría paso por donde había venido en su camino a la salida.
Abandoné las páginas a un lado y apagué la luz. Intenté dormir. A pesar de sentir que mi cuerpo estaba lleno a rebosar de miedo, quedé en un estado a medio camino entre el mundo real y el de Morfeo. Un hombre leía un libro, sentado sobre el mismo fuego que devoraba la estancia en la que se encontraba. Mientras sus ojos azules se deslizaban sobre las páginas, las llamas comenzaron a ascender por su cuerpo. Lo consumían todo a excepción de la lectura. Entonces escuché una risa que me heló la sangre.
Seguía siendo de noche, cerca de las tres de la madrugada. La única luz en la habitación era la que se colaba por la ventana, proveniente de la luna. Miré a través del cristal. “Eso”, que ya no sabía cómo llamarlo, estaba allí, aquella figura que no lograba identificar como hombre o bestia, con la vista clavada en mis ojos. Una pequeña cortina de humo se formaba a su alrededor, aunque no pude ver llama alguna. Supe que me esperaba.
Bajé por las escaleras corriendo, sin molestarme en no hacer ruido. Me paré un segundo, frente a la puerta, a pensar si debía salir o no. Mi cuerpo decidió por mí; antes de darme cuenta estaba fuera. La figura se alejaba lentamente. Requería mi compañía. La seguí, siempre unos pasos por detrás. De vez en cuando se volvía a mirarme, sus ojos fríos captaban cada pequeño detalle. Entonces yo meditaba de nuevo si debía seguir con eso o correr hasta la otra punta del mundo.
Se metió en un portal. Allí lo perdí. Subí, buscando con atención. Todas las puertas en mi camino estaban cerradas. La única que me permitió el paso fue la del ático. Donde me esperaba.
La figura me miraba fijamente. Extendió una mano hacia mí. Al ver que yo no me movía dio un paso. Y otro, y uno más. Cerré los ojos cuando puedo tocar mi mejilla. Su aliento, un hedor indescriptible, me golpeó en la cara. La piel me quemaba, pero yo no me atreví a mirar hasta que todo paró. De nuevo estaba sólo, aunque esta vez era todo distinto. Suspiré, aliviado. Y entonces fue la primera vez que escuché aquella voz.
“Duerme.”
Despertaría horas después en un banco de la calle. Los primeros rayos de luz cruzaban el cielo. O eso creía. Parpadeé. La luz era muy intensa, demasiado para ser del sol. Parpadeé una vez más. Y me di la vuelta.
Era el fuego lo que me despertó mientras arrasaba con todo. El edificio ardía por completo. Se caía a pedazos ante mis ojos. Me quedé allí quieto, sin poder mover un músculo, asustado y al mismo tiempo fascinado.
Amanecía cuando entré por la puerta de casa. Mi madre estaba sentada en el recibidor, dejando el espacio justo para abrir la puerta. Dormía. Se despertó mientras yo intentaba pasar el pie por encima de ella. Subí las escaleras sin hacer caso a los gritos que me lanzaba desde el rellano. Me encerré en mi habitación y me dejé caer en el suelo, apoyado contra la pared. No podía levantarme, ni por ganas.
Así, tirado en el suelo, la recibí. La niebla se filtraba por cualquier resquicio: el hueco bajo mi puerta, el diminuto agujero en el cristal de mi ventana… La bruma, lentamente, llenó la habitación. En su ascenso se coló por mis oídos, mi nariz, mi boca… y se adueñó de mis sentidos.
Sentía mi cuerpo flotar. Abrí los ojos. Estaba rodeado de una espesa niebla. Parpadeé. La niebla seguía ahí, pero menos densa. Tras ella, una fuerte luz. Parpadeé una segunda vez. La bruma desapareció, ahora miraba directamente al sol, pero sin hacerme daño. A mi izquierda y derecha había nubes pintadas sobre un fondo azul. Bajo mis pies se extendía Santander; ni sus edificios más altos llegaban siquiera a mi altura.
Parpadeé por tercera vez.
El tiempo comenzó a retroceder. En apenas unos segundos el sol, que en el momento de mi despertar se hallaba en lo alto del cielo, se ponía por el este. Y al instante siguiente, en menos tiempo del que se tarda en respirar, la luna se alzaba sobre mi cabeza. A mis pies, una campana sonaba tres veces.
Una fuerza invisible tiraba de mí. La ciudad crecía a pasos agigantados. El edificio más alto de la ciudad ahora me miraba desde lo alto. Cerré los ojos, listo para recibir el impacto…
Que no llegó.
Había regresado a aquel edificio. Estaba frente al ático. Seguía flotando, repelido por las paredes y el suelo. La puerta se abrió, cediendo el paso a una oscuridad absoluta. Y de ella salí, o eso pensé en un primer instante.
Era cierto que se parecía a mí, pero tenía rasgos distintos. Su pelo no era negro, si no blanco, y los ojos eran de un azul más frío que el propio hielo. Al verme sonrió; su mueca me hizo temblar. Me apartó, empleando la misma fuerza que se necesita para abrirse paso a través de una cortina, y descendió por las escaleras. Al llegar al rellano del tercer piso derribó la primera puerta que encontró. Se internó en la vivienda y, tras el ruido de cristales rotos, regresó. Llevaba en la mano derecha una botella de whisky, con el cuello roto, que iba perdiendo el alcohol de su interior, bañándolo todo con el líquido ámbar. Cuando no quedó ni una gota, rompió la otra botella, de ron, y repitió el proceso.
Tres veces más realizó aquella tarea. Yo le seguía de la misma forma que un globo sigue a un niño, porque les une un hilo. En mi caso yo no podía verlo, pero sentía la fuerza invisible que me atraía hacia él.
Llegamos al portal. Allí se detuvo un instante. Miró hacia las escaleras, por las cuales goteaba un pequeño río de alcohol mezclado. La madera era antigua, y crujía con cada paso. Esperó hasta estar satisfecho.
Sólo entonces llevó a cabo el último acto de su plan. Metió la mano en el bolsillo, y buscó algo. Lo sacó. En su palma brillaba con fuerza. Las llamas ardían sobre la carne, pero él ni se inmutaba, no lo sentía. Las dejó caer sobre el charco que se formaba a sus pies, y abandonó el portal.
Yo dejé de sentir aquella extraña fuerza invisible que me ataba a él. Suspiré, aliviado, e intenté huir del edificio. “Nada puedes hacer para salvarlo”, me dije. Con aquella idea en la cabeza di un paso hacia la salida. Y un segundo, y un tercero. Tras el cuarto supe que no podía andar; me mantenía siempre en el mismo lugar. Intenté moverme nadando, pero obtuve el mismo resultado.
A mi alrededor las llamas crecían, consumiéndolo todo a su paso. Un trozo de madera cayó del techo; el fuego trepó por él. Se acercaba a mí, quería devorarme. Antes de que pudiese gritar para pedir socorro era pasto de las llamas.
Abrí los ojos. Volvía a estar en mi habitación, tirado en el suelo. La niebla seguía inundándolo todo, pero menos densa. Se batía en retirada a través de las rendijas de la ventana. Me abalancé sobre el cristal. La bruma flotaba sobre la calle, bajando hasta reptar sobre la acera para meterse bajo la gabardina de una figura que se apoyaba en la pared de un edificio. Su atuendo, que se completaba con un sombrero de ala ancha, impedía ver nada de su rostro, a parte de sus ojos azules, fríos como el hielo. En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, pude ver cómo aquella sombra se dividía en dos siluetas, que caminaban en direcciones opuestas.
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sábado, 4 de agosto de 2012
Se ha escrito un crimen. Segunda parte
A pesar de que nadie fue capaz de adivinarlo (por qué será), he escrito el final. Por si a alguien le interesa intentar adivinarlo antes de leer esto, este es el relato inicial
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El restaurante, una reciente inauguración en el centro, estaba abarrotado. Los camareros, elegantemente trajeados, se deshacían en sonrisas y halagos con tal de conseguir una buena propina, maldiciendo por lo bajo a aquellos que apenas les dejaban un par de pequeñas monedas.
Sentados en la mesa más cercana a los aseos, dos hombres, uno de ellos con una ligera mueca de dolor, disfrutaban de una mariscada que bien valía el sueldo de un mes. Comían despacio, sin ninguna prisa, mientras el resto de clientes abandonaba poco a poco el restaurante. La extraña pareja se quedó sentada en su mesa hasta que sólo quedaron ellos, y sólo entonces pidieron los cafés y la cuenta.
—Debe de haberle costado una pequeña fortuna, inspector— dijo uno de ellos.
El de la mueca de dolor asintió mientras sacaba la cartera. El sueldo de un inspector no era gran cosa, y si se la tenía que dejar ahí… ¿Quién le mandaría apostar? Sabía que tenía muy mala suerte en estos aspectos…
—Si no fuese porque el dueño es un viejo amigo, lo detendría por robo. He visto a ladrones huir con un botín menor a este—comentó, mientras su compañero se reía—. Tengo curiosidad, ¿cómo lo descubrió?
—Si le soy sincero…—comenzó el otro—fue suerte. Los cinco tenían un fuerte motivo para hacerlo, y se les veía capaces. No pude decidirme del todo, así que… Asigné cada nombre a un número del uno al cinco y tiré un dado.
—Venga ya, es imposible—el inspector vio a su compañero asentir con convicción y se echó a reir como un loco, en un estruendo que escandalizó a los camareros durante su limpieza— No me jodas… ¡Maldito suertudo! La diosa fortuna está siempre en mi contra, eso es un hecho.
—Se ve que sí—concedió su compañero—. Cuénteme usted, ¿cómo lo descubrió?
El inspector se tomó un segundo antes de responder mientras encendía un cigarrillo. Un camarero se acercó a pedirle que por favor lo apagase, que no estaba permitido fumar, pero no le hizo caso. Se echó para atrás, soltando una gran cantidad de humo de golpe como si fuese una locomotora antes de comenzar su relato.
—Supongo que también fue algo de suerte. En un principio creí que fue su propio hijo, Miquel. Tenía un brillo en los ojos que no me gustaba, y cuando le insinué la posibilidad de que hubiese sido él no se molestó en negarlo. Pero lo descarté cuando supe lo del somnífero; era una clara muestra de que el crimen fue premeditado y Miquel era un hombre de instintos. A la criada y al mayordomo los descarté por el mismo motivo. Ella se bebió el somnífero sin saberlo, y él… Él no se habría molestado en cerrarle los ojos. Entonces lo supe: Había sido su mujer, la joven. La que siempre trataba de ocultar la mano que tenía paralizada casi por completo.
—Pero, ¿por qué?— preguntó su compañero—. Es cierto que se está muriendo, pero, ¿no podría esperar a que el viejo muriese por muerte natural?
—No. La enfermedad es hereditaria, ya había visto morir a su padre por ella. Es terrible, el Huntington no se limita a matarte. Te destruye por dentro. Laura tenía miedo. Pero su marido no planeaba hacer nada, como mucho cambió su testamento. Cuando ella le pidió que hiciese la donación para los estudios clínicos, él se negó. No había trabajado toda su vida para morir en la pobreza. Discutieron, y fue entonces cuando el doctor le dijo lo que ella siempre supo: se había casado con Laura sólo para tener algo bonito que follarse. Ella no pudo soportarlo. Mezcló el somnífero con el café en polvo mientras Clara limpiaba la casa, al mediodía. A las doce fue a verle a su despacho, con el cuchillo escondido bajo su vestido. Lo besó, se puso a su espalda, lo rodeó con sus brazos, con una mano bajando por su barriga… Y entonces le cortó el cuello. El doctor se resistió durante los pocos segundos que tardó el somnífero en hacer efecto. Laura clavó el cuchillo en la mesa, con cierta dificultad, y se dirigió a la puerta. Se volvió a verle por última vez, los ojos gélidos y vacíos del que fue su marido. Regresó junto al cadáver, le cerró los ojos y se fue.
—Una historia digna de una novela negra— concluyó su compañero.
Durante unos instantes se hizo el silencio. El mismo camarero que le pidió que apagase el pitillo se acercó de nuevo para informarles de que estaban a punto de cerrar, y que por favor pagasen la cuenta y abandonasen el local. El inspector lanzó el dinero contra el plato de la cuenta, se encaminó hacia la salida y se detuvo a ver como aquel camarero se llevaba su sueldo.
—Esta es la última vez que hago una apuesta.
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El restaurante, una reciente inauguración en el centro, estaba abarrotado. Los camareros, elegantemente trajeados, se deshacían en sonrisas y halagos con tal de conseguir una buena propina, maldiciendo por lo bajo a aquellos que apenas les dejaban un par de pequeñas monedas.
Sentados en la mesa más cercana a los aseos, dos hombres, uno de ellos con una ligera mueca de dolor, disfrutaban de una mariscada que bien valía el sueldo de un mes. Comían despacio, sin ninguna prisa, mientras el resto de clientes abandonaba poco a poco el restaurante. La extraña pareja se quedó sentada en su mesa hasta que sólo quedaron ellos, y sólo entonces pidieron los cafés y la cuenta.
—Debe de haberle costado una pequeña fortuna, inspector— dijo uno de ellos.
El de la mueca de dolor asintió mientras sacaba la cartera. El sueldo de un inspector no era gran cosa, y si se la tenía que dejar ahí… ¿Quién le mandaría apostar? Sabía que tenía muy mala suerte en estos aspectos…
—Si no fuese porque el dueño es un viejo amigo, lo detendría por robo. He visto a ladrones huir con un botín menor a este—comentó, mientras su compañero se reía—. Tengo curiosidad, ¿cómo lo descubrió?
—Si le soy sincero…—comenzó el otro—fue suerte. Los cinco tenían un fuerte motivo para hacerlo, y se les veía capaces. No pude decidirme del todo, así que… Asigné cada nombre a un número del uno al cinco y tiré un dado.
—Venga ya, es imposible—el inspector vio a su compañero asentir con convicción y se echó a reir como un loco, en un estruendo que escandalizó a los camareros durante su limpieza— No me jodas… ¡Maldito suertudo! La diosa fortuna está siempre en mi contra, eso es un hecho.
—Se ve que sí—concedió su compañero—. Cuénteme usted, ¿cómo lo descubrió?
El inspector se tomó un segundo antes de responder mientras encendía un cigarrillo. Un camarero se acercó a pedirle que por favor lo apagase, que no estaba permitido fumar, pero no le hizo caso. Se echó para atrás, soltando una gran cantidad de humo de golpe como si fuese una locomotora antes de comenzar su relato.
—Supongo que también fue algo de suerte. En un principio creí que fue su propio hijo, Miquel. Tenía un brillo en los ojos que no me gustaba, y cuando le insinué la posibilidad de que hubiese sido él no se molestó en negarlo. Pero lo descarté cuando supe lo del somnífero; era una clara muestra de que el crimen fue premeditado y Miquel era un hombre de instintos. A la criada y al mayordomo los descarté por el mismo motivo. Ella se bebió el somnífero sin saberlo, y él… Él no se habría molestado en cerrarle los ojos. Entonces lo supe: Había sido su mujer, la joven. La que siempre trataba de ocultar la mano que tenía paralizada casi por completo.
—Pero, ¿por qué?— preguntó su compañero—. Es cierto que se está muriendo, pero, ¿no podría esperar a que el viejo muriese por muerte natural?
—No. La enfermedad es hereditaria, ya había visto morir a su padre por ella. Es terrible, el Huntington no se limita a matarte. Te destruye por dentro. Laura tenía miedo. Pero su marido no planeaba hacer nada, como mucho cambió su testamento. Cuando ella le pidió que hiciese la donación para los estudios clínicos, él se negó. No había trabajado toda su vida para morir en la pobreza. Discutieron, y fue entonces cuando el doctor le dijo lo que ella siempre supo: se había casado con Laura sólo para tener algo bonito que follarse. Ella no pudo soportarlo. Mezcló el somnífero con el café en polvo mientras Clara limpiaba la casa, al mediodía. A las doce fue a verle a su despacho, con el cuchillo escondido bajo su vestido. Lo besó, se puso a su espalda, lo rodeó con sus brazos, con una mano bajando por su barriga… Y entonces le cortó el cuello. El doctor se resistió durante los pocos segundos que tardó el somnífero en hacer efecto. Laura clavó el cuchillo en la mesa, con cierta dificultad, y se dirigió a la puerta. Se volvió a verle por última vez, los ojos gélidos y vacíos del que fue su marido. Regresó junto al cadáver, le cerró los ojos y se fue.
—Una historia digna de una novela negra— concluyó su compañero.
Durante unos instantes se hizo el silencio. El mismo camarero que le pidió que apagase el pitillo se acercó de nuevo para informarles de que estaban a punto de cerrar, y que por favor pagasen la cuenta y abandonasen el local. El inspector lanzó el dinero contra el plato de la cuenta, se encaminó hacia la salida y se detuvo a ver como aquel camarero se llevaba su sueldo.
—Esta es la última vez que hago una apuesta.
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lunes, 9 de julio de 2012
La princesa y el dragón
¡Feliz cumpleaños, Romy! xP
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La princesa observaba la cruenta batalla con temor. El caballero, armado sólo con su escudo y su espada, se enfrentaba sin miedo a aquel dragón rojo, que rugía y escupía fuego. El caballero esquivaba los ataques del animal, buscando el momento en el que hundir su acero en la carne del dragón. Se cubría con el escudo cuando la bestia le lanzaba su fuego, pero aquello no serviría siempre. Las llamas bailan a su alrededor.
Al fin, el dragón alzó la cabeza al cielo, dispuesto a quemar al caballero de una vez por todas. ¡Era su oportunidad! El caballero arrojó el escudo a un lado y se lanzó al ataque sujetando la espada con ambas manos. Trepó por el lomo del dragón y giró la espada en un tajo que debía ser capaz de cortarle el cuello. La espada se clavó en su carne, de donde el caballero no la pudo sacar.
La bestia, rugiendo con fuerza, lanzó al caballero contra las llamas de una brusca sacudida. El caballero gritó hasta que el fuego lo devoró. El dragón terminó con sus restos humeantes.
La princesa suspiró aliviada. Todo había acabado. Se subió al lomo del dragón, y juntos emprendieron el vuelo hacia la puesta de sol.
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La princesa observaba la cruenta batalla con temor. El caballero, armado sólo con su escudo y su espada, se enfrentaba sin miedo a aquel dragón rojo, que rugía y escupía fuego. El caballero esquivaba los ataques del animal, buscando el momento en el que hundir su acero en la carne del dragón. Se cubría con el escudo cuando la bestia le lanzaba su fuego, pero aquello no serviría siempre. Las llamas bailan a su alrededor.
Al fin, el dragón alzó la cabeza al cielo, dispuesto a quemar al caballero de una vez por todas. ¡Era su oportunidad! El caballero arrojó el escudo a un lado y se lanzó al ataque sujetando la espada con ambas manos. Trepó por el lomo del dragón y giró la espada en un tajo que debía ser capaz de cortarle el cuello. La espada se clavó en su carne, de donde el caballero no la pudo sacar.
La bestia, rugiendo con fuerza, lanzó al caballero contra las llamas de una brusca sacudida. El caballero gritó hasta que el fuego lo devoró. El dragón terminó con sus restos humeantes.
La princesa suspiró aliviada. Todo había acabado. Se subió al lomo del dragón, y juntos emprendieron el vuelo hacia la puesta de sol.
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domingo, 8 de julio de 2012
Alma en llamas, Capítulo VIII
Para la pobre @smallsadistic. La pobre lo echaba mucho de menos, por lo visto.
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Fragmento de “Memorias de nadie”, de Vincent Mazzola.
El eco de la guerra aún resonaba en los oscuros callejones de Santander aquella noche. Podía escucharlo desde mi portal. Ni un alma en la calle, sólo silencio. Salí. Escuché bajo mis pies el crujir de cristales rotos. Restos de un viejo jarrón que había volado por la ventana en el transcurso de una acalorada discusión. La que acababa de tener con mi mujer. Caminé, rehuyendo la luz, hasta aquel antro de mala muerte donde tenía la costumbre de ahogar las penas en whisky barato.
Allí lo encontré. Se hallaba enfrascado en una batalla con un vaso de tubo, que no parecía tener interés en secarse. Novato, sin duda. Los camareros de aquel bar que llevaban un par de meses trabajando sabían de sobra que un par de pasadas y el vaso estaba listo de nuevo para cualquier borracho, yo incluido. Respondía al nombre de Eduardo, aunque desde el primer día insistí en llamarlo “Martín”.
Me arrastré hasta la barra y respondí un brusco “Manhattan” al “¿qué le sirvo?” que me brindó aquel intento de camarero. Me reí con ganas de la cara que puso mientras balbuceaba que aquella bebida no la tenían. Le indiqué los ingredientes. Fue el coctel más insípido que me he llevado nunca a la boca.
Ayudado por el alcohol le conté todo lo que tenía en la cabeza. Martín me aguantó con una paciencia infinita. Pronto se dio cuenta de que odiaba ver el vaso vacío. A medida que iba bebiendo las palabras se atascaban más en mi lengua, dando forma a sonidos incomprensibles. Cuando me caí del taburete me llevó a casa.
—Es usted demasiado blando para ese lugar, Martín—dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para conseguir articular las palabras—. Deja ese lugar ahora que puedes.
Él simplemente sonrió y me dejó tumbado en el sofá.
Al día siguiente estaba ahí otra vez. Debo reconocer que pasaba mucho tiempo mirando fijamente el fondo de un vaso mientras este se iba vaciando.
—¿Ya está usted de vuelta?–saludó.
Le pedí lo mismo que la noche anterior. A juzgar por cómo sabía esta vez, deduje que había practicado mucho. Probablemente conmigo.
—No va a hacerme caso, ¿verdad?– pregunté.
—No—respondió—. El señor Bayón paga bien, y necesito el dinero.
—Nada justifica el que se quede aquí, ni todo el oro del mundo.
—Hay algo, créame.
Me contó que existía un “ella”. La llamó Lucía. Me dijo que había cometido la locura de pedirla matrimonio, y que ella había sido lo suficientemente inocente para aceptar. Habían comprado un pequeño piso en Cardenal Cisneros, donde vivían desde hacía unos meses.
—Ella viene de una buena familia—siguió—, así que trato de ganar el máximo dinero posible para que no note tanto cambio.
—¿Y por qué no le pide algo de dinero a su suegro?—pregunté.
—No voy a darle esa satisfacción—dijo—. Siempre pensó que yo no podría darle la vida que Lucía merecía, y voy a demostrarle que se equivoca.
Y allí lo dejé, frotando un vaso como si no hubiera mañana, mientras yo me alejaba de allí, tambaleándome. Él desoiría mis consejos y seguiría allí, día tras día.
Pronto ocurrió. Barón le encargó su primer “reparto”. Lo supe nada más entrar, había otro novato en la barra. Un inútil, presuntuoso, que pensaba que merecía estar en un lugar mejor que aquel. Cuando le pedí un Manhattan me espetó que allí no se servían mariconadas. Tras una retahíla de insultos, tuvo a bien informarme de que, o consumía o debía abandonar el establecimiento. Le dije que me pusiera lo que quiera. Dejó ante mí una cerveza, mal servida.
Llegó cerca de la media noche. Me encontró tirado sobre la barra, dormitando. Me despertó zarandeándome suavemente. Yo respondí tirándole los restos de la cerveza encima. Él, con una sonrisa en la cara, me cogió de los hombros y me levantó para llevarme a casa.
—¿Qué le ha obligado a hacer?—pregunté.
—Nada, esté tranquilo—contestó, lentamente—, y duérmase.
—Ha tardado mucho esta vez—seguí—. Al anterior le hizo su primer encargo a las dos semanas de entrar.
Silencio.
—Espero que no acabes como él. Aunque no me caía tan bien como tú—terminé.
Durante las siguientes semanas apenas lo vi, y si lo conseguía, apenas era más que un saludo de viejos amigos que se encuentran por la calle y tienen ambos algo mejor que hacer. Bueno, él tiene algo mejor que hacer, yo sólo retrasaba mi regreso a casa. Tres meses pasaron así.
Hasta que un día entré al bar, dispuesto a lidiar con aquel personaje que se llamaba así mismo barman. Como si por decir “camarero” en mil idiomas fuese a hacerlo mejor. Sin embargo, no tuve esa oportunidad. Él—ni me molesté en aprender su nombre— ya no estaba tras la barra. Supe lo que significaba al instante: Eduardo había sido “relevado”. La pena me acompañó durante los primeros tragos, después se fue. Como todo.
Con el tiempo dejé de bajar al bar. Curiosamente coincidió con el momento en el que mi casa se quedó vacía. Me acostumbré a pasar el día tirado sobre una butaca, al principio leyendo, y más tarde bebiendo mientras miraba por la ventana el paso del tiempo. Dormía allí mismo, y amanecía con la botella en la mano. Sólo me levantaba para comer, para pasarme por el baño y para reponer el alcohol cuando éste se acababa. Siempre sólo, nunca hubo visitas.
Por eso me extrañó que el timbre sonase aquella fría mañana de Febrero. Día quince, año mil novecientos cuarenta y uno. Tras varios meses de ausencia, era la primera vez que lo veía. Eduardo Martín llamaba a mi puerta.
Se sentó frente a mi butaca, en una incómoda silla de madera que él mismo trajo de la cocina. Me miró; sus ojos habían perdido su característico brillo, y con él, toda muestra de vida. Parecía que hubiese envejecido mil años, y que soportaba todo el peso del mundo sobre sus hombros.
—Huya—fue la primera palabra que salió de su boca.
Me quedé sentado, agitando la botella.
—¿No va a hacerme caso?
—No—respondí—, no necesito moverme de aquí.
—Debería.
—Puede, pero si usted me hubiera hecho caso en un principio, quizá nunca hubiéramos llegado a esta situación.
—Ni siquiera sabe en qué situación me encuentro—hundió la cara en sus manos.
—Pues cuéntemela.
—No va a creerme.
—Pruebe.
Como respuesta, dejó caer un libro. Cuidadosamente encuadernado, envuelto en cuero. A pesar de tener el aspecto propio del paso de los siglos, olía a nuevo. Lo ojeé. Decenas de historias distintas pasaron ante mis ojos, todas de autores distintos. El último de todos…
—¿Quién ha escrito esto?–pregunté.
—Sólo sé que el último capítulo salió de mi propia mano.
—¿Por qué…?
—No lo sé. Algo en mi interior me obligó. Ese… ser, esa sombría figura que me persigue, que nadie más alcanza a ver, me susurra al oído. Estoy seguro de que es él, sólo un ser tan frío como ese puede tener una voz tan tenebrosa. Hace estragos en mi cabeza. A veces, incluso logra que haga cosas…
—¿Y por qué no huye?
—Me persigue—dijo, muerto de miedo—, no me dejará escapar. Además, ahora no puedo. Temo que si yo me voy, el bebé ocupe mi lugar.
—¿Bebé?
Fue la primera vez desde que entró en la que algo parecido a una sonrisa se formó en su rostro.
—Nació esta madrugada.
Quise levantarme, darle la mano y la enhorabuena, pero ya volvía a ser aquel hombre al que la gabardina arrastraba. Se puso en pie, caminó vagamente hasta la puerta y se apoyó en el marco.
—Siga mi consejo—dijo antes de desaparecer.
No me moví de allí. No incluso cuando lo vi entrar en El Auspicio. No cuando comenzaron las llamas. Esperaba a que saliese para irme con él. Nunca tuve la ocasión.
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Fragmento de “Memorias de nadie”, de Vincent Mazzola.
El eco de la guerra aún resonaba en los oscuros callejones de Santander aquella noche. Podía escucharlo desde mi portal. Ni un alma en la calle, sólo silencio. Salí. Escuché bajo mis pies el crujir de cristales rotos. Restos de un viejo jarrón que había volado por la ventana en el transcurso de una acalorada discusión. La que acababa de tener con mi mujer. Caminé, rehuyendo la luz, hasta aquel antro de mala muerte donde tenía la costumbre de ahogar las penas en whisky barato.
Allí lo encontré. Se hallaba enfrascado en una batalla con un vaso de tubo, que no parecía tener interés en secarse. Novato, sin duda. Los camareros de aquel bar que llevaban un par de meses trabajando sabían de sobra que un par de pasadas y el vaso estaba listo de nuevo para cualquier borracho, yo incluido. Respondía al nombre de Eduardo, aunque desde el primer día insistí en llamarlo “Martín”.
Me arrastré hasta la barra y respondí un brusco “Manhattan” al “¿qué le sirvo?” que me brindó aquel intento de camarero. Me reí con ganas de la cara que puso mientras balbuceaba que aquella bebida no la tenían. Le indiqué los ingredientes. Fue el coctel más insípido que me he llevado nunca a la boca.
Ayudado por el alcohol le conté todo lo que tenía en la cabeza. Martín me aguantó con una paciencia infinita. Pronto se dio cuenta de que odiaba ver el vaso vacío. A medida que iba bebiendo las palabras se atascaban más en mi lengua, dando forma a sonidos incomprensibles. Cuando me caí del taburete me llevó a casa.
—Es usted demasiado blando para ese lugar, Martín—dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para conseguir articular las palabras—. Deja ese lugar ahora que puedes.
Él simplemente sonrió y me dejó tumbado en el sofá.
Al día siguiente estaba ahí otra vez. Debo reconocer que pasaba mucho tiempo mirando fijamente el fondo de un vaso mientras este se iba vaciando.
—¿Ya está usted de vuelta?–saludó.
Le pedí lo mismo que la noche anterior. A juzgar por cómo sabía esta vez, deduje que había practicado mucho. Probablemente conmigo.
—No va a hacerme caso, ¿verdad?– pregunté.
—No—respondió—. El señor Bayón paga bien, y necesito el dinero.
—Nada justifica el que se quede aquí, ni todo el oro del mundo.
—Hay algo, créame.
Me contó que existía un “ella”. La llamó Lucía. Me dijo que había cometido la locura de pedirla matrimonio, y que ella había sido lo suficientemente inocente para aceptar. Habían comprado un pequeño piso en Cardenal Cisneros, donde vivían desde hacía unos meses.
—Ella viene de una buena familia—siguió—, así que trato de ganar el máximo dinero posible para que no note tanto cambio.
—¿Y por qué no le pide algo de dinero a su suegro?—pregunté.
—No voy a darle esa satisfacción—dijo—. Siempre pensó que yo no podría darle la vida que Lucía merecía, y voy a demostrarle que se equivoca.
Y allí lo dejé, frotando un vaso como si no hubiera mañana, mientras yo me alejaba de allí, tambaleándome. Él desoiría mis consejos y seguiría allí, día tras día.
Pronto ocurrió. Barón le encargó su primer “reparto”. Lo supe nada más entrar, había otro novato en la barra. Un inútil, presuntuoso, que pensaba que merecía estar en un lugar mejor que aquel. Cuando le pedí un Manhattan me espetó que allí no se servían mariconadas. Tras una retahíla de insultos, tuvo a bien informarme de que, o consumía o debía abandonar el establecimiento. Le dije que me pusiera lo que quiera. Dejó ante mí una cerveza, mal servida.
Llegó cerca de la media noche. Me encontró tirado sobre la barra, dormitando. Me despertó zarandeándome suavemente. Yo respondí tirándole los restos de la cerveza encima. Él, con una sonrisa en la cara, me cogió de los hombros y me levantó para llevarme a casa.
—¿Qué le ha obligado a hacer?—pregunté.
—Nada, esté tranquilo—contestó, lentamente—, y duérmase.
—Ha tardado mucho esta vez—seguí—. Al anterior le hizo su primer encargo a las dos semanas de entrar.
Silencio.
—Espero que no acabes como él. Aunque no me caía tan bien como tú—terminé.
Durante las siguientes semanas apenas lo vi, y si lo conseguía, apenas era más que un saludo de viejos amigos que se encuentran por la calle y tienen ambos algo mejor que hacer. Bueno, él tiene algo mejor que hacer, yo sólo retrasaba mi regreso a casa. Tres meses pasaron así.
Hasta que un día entré al bar, dispuesto a lidiar con aquel personaje que se llamaba así mismo barman. Como si por decir “camarero” en mil idiomas fuese a hacerlo mejor. Sin embargo, no tuve esa oportunidad. Él—ni me molesté en aprender su nombre— ya no estaba tras la barra. Supe lo que significaba al instante: Eduardo había sido “relevado”. La pena me acompañó durante los primeros tragos, después se fue. Como todo.
Con el tiempo dejé de bajar al bar. Curiosamente coincidió con el momento en el que mi casa se quedó vacía. Me acostumbré a pasar el día tirado sobre una butaca, al principio leyendo, y más tarde bebiendo mientras miraba por la ventana el paso del tiempo. Dormía allí mismo, y amanecía con la botella en la mano. Sólo me levantaba para comer, para pasarme por el baño y para reponer el alcohol cuando éste se acababa. Siempre sólo, nunca hubo visitas.
Por eso me extrañó que el timbre sonase aquella fría mañana de Febrero. Día quince, año mil novecientos cuarenta y uno. Tras varios meses de ausencia, era la primera vez que lo veía. Eduardo Martín llamaba a mi puerta.
Se sentó frente a mi butaca, en una incómoda silla de madera que él mismo trajo de la cocina. Me miró; sus ojos habían perdido su característico brillo, y con él, toda muestra de vida. Parecía que hubiese envejecido mil años, y que soportaba todo el peso del mundo sobre sus hombros.
—Huya—fue la primera palabra que salió de su boca.
Me quedé sentado, agitando la botella.
—¿No va a hacerme caso?
—No—respondí—, no necesito moverme de aquí.
—Debería.
—Puede, pero si usted me hubiera hecho caso en un principio, quizá nunca hubiéramos llegado a esta situación.
—Ni siquiera sabe en qué situación me encuentro—hundió la cara en sus manos.
—Pues cuéntemela.
—No va a creerme.
—Pruebe.
Como respuesta, dejó caer un libro. Cuidadosamente encuadernado, envuelto en cuero. A pesar de tener el aspecto propio del paso de los siglos, olía a nuevo. Lo ojeé. Decenas de historias distintas pasaron ante mis ojos, todas de autores distintos. El último de todos…
—¿Quién ha escrito esto?–pregunté.
—Sólo sé que el último capítulo salió de mi propia mano.
—¿Por qué…?
—No lo sé. Algo en mi interior me obligó. Ese… ser, esa sombría figura que me persigue, que nadie más alcanza a ver, me susurra al oído. Estoy seguro de que es él, sólo un ser tan frío como ese puede tener una voz tan tenebrosa. Hace estragos en mi cabeza. A veces, incluso logra que haga cosas…
—¿Y por qué no huye?
—Me persigue—dijo, muerto de miedo—, no me dejará escapar. Además, ahora no puedo. Temo que si yo me voy, el bebé ocupe mi lugar.
—¿Bebé?
Fue la primera vez desde que entró en la que algo parecido a una sonrisa se formó en su rostro.
—Nació esta madrugada.
Quise levantarme, darle la mano y la enhorabuena, pero ya volvía a ser aquel hombre al que la gabardina arrastraba. Se puso en pie, caminó vagamente hasta la puerta y se apoyó en el marco.
—Siga mi consejo—dijo antes de desaparecer.
No me moví de allí. No incluso cuando lo vi entrar en El Auspicio. No cuando comenzaron las llamas. Esperaba a que saliese para irme con él. Nunca tuve la ocasión.
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