La biblioteca de mi universidad celebra un concurso de microrelatos, 200 euros le dan al ganador. Me lancé a escribir sin leer las bases y resulta que... tienen que estar basados en la biblioteca xD.
Así que aquí me encuentro, con un relato de 150 palabras. Clavadas. "¿Y qué hago con esto? Pues al blog". Incluso me planteé organizar un concurso, pero... ¿Para qué, si nadie lo lee?
Pues ala, que esto dura menos que lo que se tarda en pelar una pipa.
_________
Estaba oscuro. Sólo un punto brillante en la lejanía. El eco de sus pasos, una gota de agua cayendo eran su única compañía. Un rugido ensordecedor, una lengua de fuego y él volvía a correr. No quería repetir la experiencia. El aliento de dragón aún le inundaba la nariz. Las dragonas tienen poca paciencia cuando se trata de sus huevos, y aquella menos. No atendía a razones.
—Le dije a mi señor que era imposible desayunar huevos de dragón—maldijo—, pero no me escuchó.
La cueva se volvía estrecha por momentos. Gateó hasta que le fue imposible, no había suelo bajo sus pies. Tenía que trepar si quería vivir. La dragona se puso de pie. La nueva lengua de fuego le lamió el cuerpo, la llamarada lo abrazó. Él cayó al fondo, su carne quemada hasta los huesos. A la dragona le gustaba cocinar sus presas en su estómago.
Leer más...
martes, 28 de febrero de 2012
jueves, 2 de febrero de 2012
Goodbye, my lover
Basado en la canción de James Blaunt de título homónimo
Para la mujer que lo fue todo; mi Isabella, mi Cristina, mi Penélope, mi Marina.
_____
Te imagino aquí, de pie,
mirando al mundo a través de la ventana.
Mis brazos rodean tu cintura
un lazo que no quiero soltar.
Tus manos atrapan las mías,
las guían por un viaje sobre tu cuerpo
cuyo final nunca ha de llegar.
Ladeas la cabeza,
me miras de reojo con una sonrisa a medias.
Y yo me río;
me creía tu rey,
no era más que tu esclavo,
suplicante por un nuevo roce de tus labios.
Te desnudé por última vez
antes de que te fueras de aquí;
a la otra punta del mundo,
tan lejos de mí.
Leer más...
Para la mujer que lo fue todo; mi Isabella, mi Cristina, mi Penélope, mi Marina.
_____
Te imagino aquí, de pie,
mirando al mundo a través de la ventana.
Mis brazos rodean tu cintura
un lazo que no quiero soltar.
Tus manos atrapan las mías,
las guían por un viaje sobre tu cuerpo
cuyo final nunca ha de llegar.
Ladeas la cabeza,
me miras de reojo con una sonrisa a medias.
Y yo me río;
me creía tu rey,
no era más que tu esclavo,
suplicante por un nuevo roce de tus labios.
Te desnudé por última vez
antes de que te fueras de aquí;
a la otra punta del mundo,
tan lejos de mí.
Leer más...
Etiquetas:
Marina
miércoles, 18 de enero de 2012
Alma en llamas, Capítulo VII
Quizá alguien reconozca algunos fragmentos de lo que aquí aparece. Podeis pensar que todo aquello que aparece en este blog, cada entrada, cada punto y cada palabra, no es más que una práctica para que esta historia llegue a su final de la mejor forma que puedo darle
_____________________
Me encontré a mí mismo en el Somorrostro. Fue un viernes, una semana después de haberme quedado plantado frente al piso de Marina. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni me interesaba. Como tampoco me importaban cada uno de los siete días que habían pasado desde entonces. Subí cada uno de los escalones hasta el tercer piso, sin saltarme ni uno solo. El sonido de la madera, que crujía bajo mis pies, fue lo único que me acompañó en mi ascenso.
Dos semanas después del incendio ya no quedaba nada de interés allí. La puerta del tercero derecha se había visto reducida a poco más de un palmo de madera sujeto de una bisagra. Todo el piso desprendía un fuerte olor a humo. El interior estaba sumido en la penumbra, iluminado tan solo por la luz que se escapaba del salón. Caminé hasta esa habitación, arrastrando la mano por la pared quemada. Encontré un sofá, un armario comido por las llamas y restos de madera agrupados en dos sitios, sobre los cojines y en el centro de la estancia. Eran las cenizas de un fuego. Todo estaba igual que en mi sueño. Incluso reconocí algunas de las figuras de porcelana.
El sofá cedió cuando me dejé caer sobre él. Me llevé las manos a la cabeza. ¿Cuándo había estado yo en aquel lugar? Por más que pensaba, no encontré una relación. O quizá no lograba recordarlo. Me tumbé, mirando al techo. Suspiré. Cerré los ojos.
La madera del suelo crujió. El viento hacía ondear las cortinas, o lo que quedaba de ellas. El ruido se repitió en lo más profundo del piso. Yo seguía allí, tirado sobre el sofá, con una mano en la frente y mirando al techo. Según mi reloj, me había dormido unos veinte minutos. Mi cabeza seguía en el mundo de los sueños. Intenté levantarme. Y entonces el suelo crujió otra vez. Y una más. La siguiente precedió a un fuerte golpe. Eran los pasos de alguien, que había entrado mientras dormía y ahora se dedicaba a registrar el piso.
Caminé hacia el origen de aquellos ruidos, haciendo caso omiso a aquella prudente voz que me gritaba desde lo más profundo de mi ser. “Vete”, decía. Una parte de mí sabía que era peligroso, que lo más probable es que fuese un ladrón buscando algo de valor. Sin embargo, me poseía una curiosidad insaciable, una fuerza en mi interior que tiraba de mí. Me obligaba a ver aquella escena.
La habitación estaba sumida en la penumbra, como prácticamente todo aquel apartamento. Un gran colchón, completamente rajado, cubría la ventana. Los cajones de una cómoda, y su contenido, se hallaban en el suelo, rotos por la fuerza del impacto. El armario estaba abierto de par en par; la ropa volaba desde su interior. Reconocí una figura entre las sombras, buscando entre las prendas. Al fin, el miedo venció a la curiosidad en justo combate. La voz prudente tomó el mando. “Hora de largarse”, dijo. Y yo, obediente, di un paso atrás.
La madera crujió bajo mi pie. La figura se incorporó. Cerró la puerta que ocultaba la mayor parte de su persona a mis ojos. Me miró.
Eran azules, y tenían un mirar frio que quemaba la piel. Aquellos ojos se clavaron en mí, y no me perdieron de vista ni un segundo desde entonces, incluso cuando él no estaba presente. Brillaban en la penumbra; era lo único visible. Alargó la mano hacia mí. Me eché hacia atrás hasta que mi espalda dio contra la pared. Entonces corrí, sin rumbo. Buscando donde esconderme.
Acabé en la cocina. Agudicé el oído. Escuché cómo caminaba, cómo se acercaba. Abrí armarios, cajones. Encontré un cuchillo, con una hoja tan larga como mi antebrazo. Lo cogí con las dos manos y lo puse entre mi persona y la puerta.
Una mano enguantada se posó en el marco. Apareció una figura, oculta bajo una gabardina y un sombrero de ala ancha que parecían creados a partir de la misma oscuridad. Sólo sus ojos eran visibles. Me fijé en su mano, con la cual sujetaba un objeto que desprendía un brillo rojizo. No pude distinguir de qué se trataba.
Me miró durante una eternidad sin moverse del umbral de la puerta. Me evaluaba. Sólo cuando estuvo satisfecho se abalanzó sobre mí. Alcé el cuchillo, cerré los ojos.
Esperé durante un minuto, conteniendo el aliento. Conté cada uno de los segundos que tuve los ojos cerrados. Supuse que habría un golpe, una mano o un grito. No hubo nada de eso. Reuní el valor para mirar la escena. La figura se había ido. Aquel acto llegó a su final.
Dejé caer el cuchillo. La hoja atravesó la madera por completo, ocultando el metal en el suelo. Me temblaba todo el cuerpo. Con un esfuerzo titánico di un paso. El siguiente vino solo. Antes de darme cuenta, estaba corriendo escaleras abajo, tratando de poner al mundo entre aquel hombre y yo. Salí a la calle. Miré a mi alrededor. Lo buscaba, para huir de él en dirección contraria. No lo pude ver. Sin embargo, sentía su mirada en mi espalda, acechante. Eché a andar sin rumbo fijo, examinando con detenimiento a todo aquel con el que me cruzaba. Ninguno tenía aquellos fríos ojos. Me relajé un poco; “nadie tiene el poder para ver a través de los objetos”, me dije. Así me convencí de que aquella sensación no la causaba otra cosa a parte del miedo.
La poca confianza que había reunido se esfumó al instante. Porque allí mismo, frente a mí, estaba Marina. Me vi. Sonrió, como cada vez que nos encontrábamos. Igual que siempre y a la misma vez ligeramente distinto. Se acercó a mí. Yo estaba paralizado.
—Hola— saludó.
Sentí cómo la extraña sensación se intensificaba y, al instante, perdía fuerza. Como si la figura hubiese visto aumentado su interés en mí, para luego pasar a fijarse en otra persona. En Marina, quien miraba alrededor buscando algo o a alguien. La cogí de la mano y tiré de ella. No la solté hasta que nos alejamos lo suficiente como para no sentir que cada uno de mis movimientos era observado.
—He estado pensando— dijo al cabo de un rato.
—¿En qué?
—En lo que pasó hace unas semanas.
—¿Y has llegado a alguna conclusión?— pregunté.
Ella se hizo esperar. Dio dos grandes zancadas, se paró delante de mí y se giró.
—Ninguna— respondió sonriendo.
Me reí, y con más ganas al ver su expresión de falso enfado. Las carcajadas cesaron cuando ella me pellizcó el brazo.
—¡Au! Eso duele.
—Eso te pasa por reírte de una princesa— contestó ella.
—¿Y dónde está tal princesa?—Ella se señaló a sí misma. Me reí por dentro mientras hacía una reverencia— Disculpadme, pues, mi señora, pues desconocía vuestro… linaje.
—Que no vuelva a repetirse.
Estábamos en el paseo de Pereda. Nunca supe por qué, pero siempre acabábamos junto al mar. Es lo que tiene vivir rodeado por él, a sabiendas de que hoy puede estar tranquilo y mañana amenazar con tragarte. Aquel día, Marina se sentó al borde del agua, cuya superficie estaba totalmente en calma. En mi interior se formaba una tormenta.
—Lo echo de menos—dijo.
Me senté a su lado, sin decir nada. No tenía nada que decir al respecto. Tan solo esperé, en silencio.
—Recuerdo que, cuando era pequeña—siguió— y el abuelo venía a casa, siempre iba a mi habitación conmigo y me contaba un cuento. Siempre el mismo.
—¿Cuál era?—pregunté.
—No tiene título. Lo escribió él. Hace mucho que no lo escucho, y hasta hace poco no me acordaba de él. Pero la semana pasada fuimos a su piso, a recoger sus cosas. Encontré un viejo cuaderno, en el que mi abuelo escribió un puñado de historias. Entre ellas estaba ese cuento.
—¿Me lo cuentas?
—¿En serio? Nunca imaginé que te gustasen las historias para niños.
—¿Por qué no? Soy un devorador de libros. Y hay cuentos infantiles que son geniales.
—Muy bien—accedió—. Aquí va. Hace ya mucho tiempo, había un pueblo en lo alto de un acantilado al borde del mar. En lo más alto, un niño pequeño llamado Vincent salía cada mañana a jugar con su mejor amiga. Se encontraban siempre en el punto más alto. Siempre llegaba él primero, y esperaba mirando la luz del sol reflejada en el agua, jugando con su pelo negro. La niña siempre llegaba y saludaba con su dulce voz cantarina.
—¿Y la niña no tiene nombre?—interrumpí.
—Paciencia, lo bueno se hace esperar—me contestó con una sonrisa–. Entonces Vincent se levantaba e iban a jugar. Todo el día, hasta que se ponía el sol. Entonces se despedían, prometiendo que se encontrarían a la mañana siguiente en el mismo lugar. Pero un día, la niña no apareció. Vincent la esperó todo el tiempo, sentado al borde del acantilado, escuchando atentamente por si la oía llegar. Así volvió una y otra y otra vez. Pero la niña no regresó a aquel lugar.
“Pasaron los años y Vincent creció. Con el tiempo, llegó a olvidar a aquella niña con la que tanto había jugado. Vincent hizo nuevos amigos, vivió nuevas aventuras. Pero un día, o mejor dicho una noche, tuvo un sueño. En él se veía a una chica, que le sonreía. Vincent gritó, pero no le respondió. La chica sólo se quedaba quieta, sonriendo. Entonces Vincent corrió, intentando alcanzarla. Y cuando la tuvo cerca de su mano, despertó. Siete noches seguidas se repitió ese sueño. A la mañana del séptimo día, Vincent se decidió. Se había acordado de que una vez, hace ya mucho, una niña como ella fue su amiga. No lograba recordar su nombre. Cogió una mochila y partió en busca de aquella chica.”
—Vivió muchas aventuras—dijo Marina—, pero nos las saltaremos.
—¿Por qué?
—Siempre le hacía la misma pregunta. Me respondió todas las veces “Tranquila, ahora viene lo mejor”.
“Un día al fin alcanzó su meta. Se trataba de un pueblo, parecido al suyo, al borde del acantilado. Guiado por una corazonada, Vincent subió a lo más alto. No había nada. Se quedó allí sentado, mirando al mar, toda la noche. Hasta que amaneció.
El silencio de la mañana se vio interrumpido por una canción. Vincent se levantó. Se encontró frente a una chica. Ella lo miraba extrañada. Luego sonrió.
—Te he estado esperando mucho—dijo la chica.
Y entonces Vincent recordó su nombre.”
—¿Y cuál era?
—Eso depende de quién escuche la historia.
Lo entendí a medias. Marina me miraba fijamente. Sonreía, con la boca y los ojos. Una cálida sensación me recorrió el cuerpo. Y supe que el nombre de aquella chica era el mismo que el de la dueña de los labios que estaba besando.
Acompañé a Marina a su casa, en parte por pasar tiempo con ella y en parte por querer protegerla hasta que llegase a un lugar seguro. “¿Protegerla de qué?”, me preguntaba. Algo en mi interior me decía que, si se cumplían mis temores, ni siquiera podría ponerme a salvo a mí mismo. Ella me hablaba de su abuelo, de lo mucho que lo echaba de menos. Yo me limitaba a asentir, maldiciéndome por ser tan cobarde.
—…y también escribió un fragmento de una novela, transcurrida en Santander.
—¿Ah, sí?—pregunté, distraído.
—Sí—respondió—. Trata sobre un hombre atormentado, que acaba quemando la ciudad. Me sorprende que él escribiera eso, no pega con el resto.
—Ya…—entonces mi cerebro procesó lo que Marina acababa de decir. Salí de mi mundo interior, empujado por la idea de que aquella historia fuese la que yo necesitaba— ¿Qué acabas de decir?
—Que no tiene el mismo estilo que las otras historias…
—No, eso no, lo otro. La trama de la historia.
—Pues que habla de un hombre loco, de un libro y del incendio de Santander de hace dieciséis años. ¿Me escuchas cuando te hablo?
—¿Puedo verlo?
—¿Por qué tienes tanto interés?— Preguntó ella.
Me detuve. Por un instante me vi a mi mismo contándole lo que me estaba pasando. Quise hablarle del libro, de aquel misterioso personaje que parecía surgido de una novela de misterio con el que me cruzaba y me observaba, de mis pesadillas… Porque para entonces ya habían empezado a sucederse, noche tras noche. Me despertaba en la cama, empapado en sudor. A veces las manos me apestaban a humo. Descubrí que esas veces coincidían con las fechas de los recientes incendios de Santander.
Incluso creí que yo era el causante de que las llamas devorasen la ciudad.
Pero me detuve a tiempo, justo cuando mis palabras alcanzaban la punta de mi lengua. Pude darles una forma distinta, hacer que perdiesen todo significado.
—No lo sé—dije, simplemente—, sólo quiero verlo.
Leer más...
_____________________
Me encontré a mí mismo en el Somorrostro. Fue un viernes, una semana después de haberme quedado plantado frente al piso de Marina. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni me interesaba. Como tampoco me importaban cada uno de los siete días que habían pasado desde entonces. Subí cada uno de los escalones hasta el tercer piso, sin saltarme ni uno solo. El sonido de la madera, que crujía bajo mis pies, fue lo único que me acompañó en mi ascenso.
Dos semanas después del incendio ya no quedaba nada de interés allí. La puerta del tercero derecha se había visto reducida a poco más de un palmo de madera sujeto de una bisagra. Todo el piso desprendía un fuerte olor a humo. El interior estaba sumido en la penumbra, iluminado tan solo por la luz que se escapaba del salón. Caminé hasta esa habitación, arrastrando la mano por la pared quemada. Encontré un sofá, un armario comido por las llamas y restos de madera agrupados en dos sitios, sobre los cojines y en el centro de la estancia. Eran las cenizas de un fuego. Todo estaba igual que en mi sueño. Incluso reconocí algunas de las figuras de porcelana.
El sofá cedió cuando me dejé caer sobre él. Me llevé las manos a la cabeza. ¿Cuándo había estado yo en aquel lugar? Por más que pensaba, no encontré una relación. O quizá no lograba recordarlo. Me tumbé, mirando al techo. Suspiré. Cerré los ojos.
La madera del suelo crujió. El viento hacía ondear las cortinas, o lo que quedaba de ellas. El ruido se repitió en lo más profundo del piso. Yo seguía allí, tirado sobre el sofá, con una mano en la frente y mirando al techo. Según mi reloj, me había dormido unos veinte minutos. Mi cabeza seguía en el mundo de los sueños. Intenté levantarme. Y entonces el suelo crujió otra vez. Y una más. La siguiente precedió a un fuerte golpe. Eran los pasos de alguien, que había entrado mientras dormía y ahora se dedicaba a registrar el piso.
Caminé hacia el origen de aquellos ruidos, haciendo caso omiso a aquella prudente voz que me gritaba desde lo más profundo de mi ser. “Vete”, decía. Una parte de mí sabía que era peligroso, que lo más probable es que fuese un ladrón buscando algo de valor. Sin embargo, me poseía una curiosidad insaciable, una fuerza en mi interior que tiraba de mí. Me obligaba a ver aquella escena.
La habitación estaba sumida en la penumbra, como prácticamente todo aquel apartamento. Un gran colchón, completamente rajado, cubría la ventana. Los cajones de una cómoda, y su contenido, se hallaban en el suelo, rotos por la fuerza del impacto. El armario estaba abierto de par en par; la ropa volaba desde su interior. Reconocí una figura entre las sombras, buscando entre las prendas. Al fin, el miedo venció a la curiosidad en justo combate. La voz prudente tomó el mando. “Hora de largarse”, dijo. Y yo, obediente, di un paso atrás.
La madera crujió bajo mi pie. La figura se incorporó. Cerró la puerta que ocultaba la mayor parte de su persona a mis ojos. Me miró.
Eran azules, y tenían un mirar frio que quemaba la piel. Aquellos ojos se clavaron en mí, y no me perdieron de vista ni un segundo desde entonces, incluso cuando él no estaba presente. Brillaban en la penumbra; era lo único visible. Alargó la mano hacia mí. Me eché hacia atrás hasta que mi espalda dio contra la pared. Entonces corrí, sin rumbo. Buscando donde esconderme.
Acabé en la cocina. Agudicé el oído. Escuché cómo caminaba, cómo se acercaba. Abrí armarios, cajones. Encontré un cuchillo, con una hoja tan larga como mi antebrazo. Lo cogí con las dos manos y lo puse entre mi persona y la puerta.
Una mano enguantada se posó en el marco. Apareció una figura, oculta bajo una gabardina y un sombrero de ala ancha que parecían creados a partir de la misma oscuridad. Sólo sus ojos eran visibles. Me fijé en su mano, con la cual sujetaba un objeto que desprendía un brillo rojizo. No pude distinguir de qué se trataba.
Me miró durante una eternidad sin moverse del umbral de la puerta. Me evaluaba. Sólo cuando estuvo satisfecho se abalanzó sobre mí. Alcé el cuchillo, cerré los ojos.
Esperé durante un minuto, conteniendo el aliento. Conté cada uno de los segundos que tuve los ojos cerrados. Supuse que habría un golpe, una mano o un grito. No hubo nada de eso. Reuní el valor para mirar la escena. La figura se había ido. Aquel acto llegó a su final.
Dejé caer el cuchillo. La hoja atravesó la madera por completo, ocultando el metal en el suelo. Me temblaba todo el cuerpo. Con un esfuerzo titánico di un paso. El siguiente vino solo. Antes de darme cuenta, estaba corriendo escaleras abajo, tratando de poner al mundo entre aquel hombre y yo. Salí a la calle. Miré a mi alrededor. Lo buscaba, para huir de él en dirección contraria. No lo pude ver. Sin embargo, sentía su mirada en mi espalda, acechante. Eché a andar sin rumbo fijo, examinando con detenimiento a todo aquel con el que me cruzaba. Ninguno tenía aquellos fríos ojos. Me relajé un poco; “nadie tiene el poder para ver a través de los objetos”, me dije. Así me convencí de que aquella sensación no la causaba otra cosa a parte del miedo.
La poca confianza que había reunido se esfumó al instante. Porque allí mismo, frente a mí, estaba Marina. Me vi. Sonrió, como cada vez que nos encontrábamos. Igual que siempre y a la misma vez ligeramente distinto. Se acercó a mí. Yo estaba paralizado.
—Hola— saludó.
Sentí cómo la extraña sensación se intensificaba y, al instante, perdía fuerza. Como si la figura hubiese visto aumentado su interés en mí, para luego pasar a fijarse en otra persona. En Marina, quien miraba alrededor buscando algo o a alguien. La cogí de la mano y tiré de ella. No la solté hasta que nos alejamos lo suficiente como para no sentir que cada uno de mis movimientos era observado.
—He estado pensando— dijo al cabo de un rato.
—¿En qué?
—En lo que pasó hace unas semanas.
—¿Y has llegado a alguna conclusión?— pregunté.
Ella se hizo esperar. Dio dos grandes zancadas, se paró delante de mí y se giró.
—Ninguna— respondió sonriendo.
Me reí, y con más ganas al ver su expresión de falso enfado. Las carcajadas cesaron cuando ella me pellizcó el brazo.
—¡Au! Eso duele.
—Eso te pasa por reírte de una princesa— contestó ella.
—¿Y dónde está tal princesa?—Ella se señaló a sí misma. Me reí por dentro mientras hacía una reverencia— Disculpadme, pues, mi señora, pues desconocía vuestro… linaje.
—Que no vuelva a repetirse.
Estábamos en el paseo de Pereda. Nunca supe por qué, pero siempre acabábamos junto al mar. Es lo que tiene vivir rodeado por él, a sabiendas de que hoy puede estar tranquilo y mañana amenazar con tragarte. Aquel día, Marina se sentó al borde del agua, cuya superficie estaba totalmente en calma. En mi interior se formaba una tormenta.
—Lo echo de menos—dijo.
Me senté a su lado, sin decir nada. No tenía nada que decir al respecto. Tan solo esperé, en silencio.
—Recuerdo que, cuando era pequeña—siguió— y el abuelo venía a casa, siempre iba a mi habitación conmigo y me contaba un cuento. Siempre el mismo.
—¿Cuál era?—pregunté.
—No tiene título. Lo escribió él. Hace mucho que no lo escucho, y hasta hace poco no me acordaba de él. Pero la semana pasada fuimos a su piso, a recoger sus cosas. Encontré un viejo cuaderno, en el que mi abuelo escribió un puñado de historias. Entre ellas estaba ese cuento.
—¿Me lo cuentas?
—¿En serio? Nunca imaginé que te gustasen las historias para niños.
—¿Por qué no? Soy un devorador de libros. Y hay cuentos infantiles que son geniales.
—Muy bien—accedió—. Aquí va. Hace ya mucho tiempo, había un pueblo en lo alto de un acantilado al borde del mar. En lo más alto, un niño pequeño llamado Vincent salía cada mañana a jugar con su mejor amiga. Se encontraban siempre en el punto más alto. Siempre llegaba él primero, y esperaba mirando la luz del sol reflejada en el agua, jugando con su pelo negro. La niña siempre llegaba y saludaba con su dulce voz cantarina.
—¿Y la niña no tiene nombre?—interrumpí.
—Paciencia, lo bueno se hace esperar—me contestó con una sonrisa–. Entonces Vincent se levantaba e iban a jugar. Todo el día, hasta que se ponía el sol. Entonces se despedían, prometiendo que se encontrarían a la mañana siguiente en el mismo lugar. Pero un día, la niña no apareció. Vincent la esperó todo el tiempo, sentado al borde del acantilado, escuchando atentamente por si la oía llegar. Así volvió una y otra y otra vez. Pero la niña no regresó a aquel lugar.
“Pasaron los años y Vincent creció. Con el tiempo, llegó a olvidar a aquella niña con la que tanto había jugado. Vincent hizo nuevos amigos, vivió nuevas aventuras. Pero un día, o mejor dicho una noche, tuvo un sueño. En él se veía a una chica, que le sonreía. Vincent gritó, pero no le respondió. La chica sólo se quedaba quieta, sonriendo. Entonces Vincent corrió, intentando alcanzarla. Y cuando la tuvo cerca de su mano, despertó. Siete noches seguidas se repitió ese sueño. A la mañana del séptimo día, Vincent se decidió. Se había acordado de que una vez, hace ya mucho, una niña como ella fue su amiga. No lograba recordar su nombre. Cogió una mochila y partió en busca de aquella chica.”
—Vivió muchas aventuras—dijo Marina—, pero nos las saltaremos.
—¿Por qué?
—Siempre le hacía la misma pregunta. Me respondió todas las veces “Tranquila, ahora viene lo mejor”.
“Un día al fin alcanzó su meta. Se trataba de un pueblo, parecido al suyo, al borde del acantilado. Guiado por una corazonada, Vincent subió a lo más alto. No había nada. Se quedó allí sentado, mirando al mar, toda la noche. Hasta que amaneció.
El silencio de la mañana se vio interrumpido por una canción. Vincent se levantó. Se encontró frente a una chica. Ella lo miraba extrañada. Luego sonrió.
—Te he estado esperando mucho—dijo la chica.
Y entonces Vincent recordó su nombre.”
—¿Y cuál era?
—Eso depende de quién escuche la historia.
Lo entendí a medias. Marina me miraba fijamente. Sonreía, con la boca y los ojos. Una cálida sensación me recorrió el cuerpo. Y supe que el nombre de aquella chica era el mismo que el de la dueña de los labios que estaba besando.
Acompañé a Marina a su casa, en parte por pasar tiempo con ella y en parte por querer protegerla hasta que llegase a un lugar seguro. “¿Protegerla de qué?”, me preguntaba. Algo en mi interior me decía que, si se cumplían mis temores, ni siquiera podría ponerme a salvo a mí mismo. Ella me hablaba de su abuelo, de lo mucho que lo echaba de menos. Yo me limitaba a asentir, maldiciéndome por ser tan cobarde.
—…y también escribió un fragmento de una novela, transcurrida en Santander.
—¿Ah, sí?—pregunté, distraído.
—Sí—respondió—. Trata sobre un hombre atormentado, que acaba quemando la ciudad. Me sorprende que él escribiera eso, no pega con el resto.
—Ya…—entonces mi cerebro procesó lo que Marina acababa de decir. Salí de mi mundo interior, empujado por la idea de que aquella historia fuese la que yo necesitaba— ¿Qué acabas de decir?
—Que no tiene el mismo estilo que las otras historias…
—No, eso no, lo otro. La trama de la historia.
—Pues que habla de un hombre loco, de un libro y del incendio de Santander de hace dieciséis años. ¿Me escuchas cuando te hablo?
—¿Puedo verlo?
—¿Por qué tienes tanto interés?— Preguntó ella.
Me detuve. Por un instante me vi a mi mismo contándole lo que me estaba pasando. Quise hablarle del libro, de aquel misterioso personaje que parecía surgido de una novela de misterio con el que me cruzaba y me observaba, de mis pesadillas… Porque para entonces ya habían empezado a sucederse, noche tras noche. Me despertaba en la cama, empapado en sudor. A veces las manos me apestaban a humo. Descubrí que esas veces coincidían con las fechas de los recientes incendios de Santander.
Incluso creí que yo era el causante de que las llamas devorasen la ciudad.
Pero me detuve a tiempo, justo cuando mis palabras alcanzaban la punta de mi lengua. Pude darles una forma distinta, hacer que perdiesen todo significado.
—No lo sé—dije, simplemente—, sólo quiero verlo.
Leer más...
Etiquetas:
alma en llamas,
novela
viernes, 9 de diciembre de 2011
Balas de nieve
Aclaraciones iniciales:
Las primeras lineas las escribí mentalmente mientras andaba por la calle. Cuando llegué a casa las pasé a ordenador, y me di cuenta de que necesitaba un nombre. El primero que me vino a la cabeza fue el de "James Hetfield", así que lo usé. Cuando terminé el párrafo busqué el nombre en Google; me sonaba pero no daba con qué.
En resumen: no tengo nada contra Metalica ni contra su vocalista, sólo es coincidencia.
__________
El gélido acero se calentó al instante, rodeado por el intenso olor de la pólvora quemada. La bala surcó el aire a más velocidad de la que el ojo humano podía captar. El proyectil atravesó piel, carne y hueso hasta llegar al cerebro, y salió por el otro extremo como si lo que acabara de penetrar tuviera la resistencia propia de un trozo de papel. James Hetfield tardó apenas medio segundo en morir; no tuvo tiempo para poder sentir el indescriptible dolor que puede causar un arma de fuego. Su cuerpo inerte cayó de rodillas antes de precipitarse sobre un charco formado por la mezcla de su sangre y su materia gris.
El arma aún estaba caliente cuando Jon Vega la guardó. Sentía su peso junto al corazón, en el bolsillo interior de su americana recién estrenada y cubierta por los restos del cadáver a sus pies. Sacó un cigarro del lado contrario a la pistola, le arrancó el filtro y se lo llevó a los labios. La primera calada le supo a gloria y alquitrán, con la misma intensidad que la que sentía tras saborear uno tras echar un polvo. Se sentó en una butaca cercana desde la que podía observar con todo detalle el cuerpo inerte al que acababa de arrebatarle la vida y, en breves instantes, la cartera.
Nada más terminarlo encendió otro. Se levantó mientras lanzaba una columna de humo; nunca había conseguido hacer la “O”. Levantó la pierna todo lo que pudo y la dejó caer sobre el cráneo de James con toda la fuerza de su cuerpo. La mandíbula quedó destrozada. Cubrió el cuerpo con las cortinas, hechas jirones, y vació el mueble bar sobre la tela. Cuando el alcohol se mezcló con la sangre dejó caer el cigarrillo sin ningún cuidado.
Al abandonar la casa las llamas ya devoraban por completo todo el salón.
Se sentó en el asiento trasero de un Bentley Azure negro aparcado frente a la puerta de la casa. El motor arrancó en el momento en el que el fuego podía verse en el piso superior. El vehículo se deslizó en silencio por una calle totalmente vacía. Si alguien había sido testigo, no quiso pronunciarse. En el interior la calma era total. Sólo cuando alcanzaron la autopista el chófer se atrevió a preguntar:
—Disculpe, pero, ¿no era el señor Hetfield amigo suyo?
—Lo era—respondió Jon—. Precisamente por eso debía matarlo yo.
***
James Hetfield había sido un hombre de cabeza dura que nació en el caluroso verano de 1974. Durante su infancia, el hecho de compartir nombre y apellido con el vocalista de Metálica lo hizo creer que triunfaría en su vida sin dar palo al agua. Por eso abandonó los estudios a los quince años, aunque sus padres no se enterarían hasta dos años después. Él siguió levantándose a la misma hora de siempre, desayunaba con su madre como cada mañana, y salía hacia clase con la misma mochila cada día. Dos manzanas antes de llegar al instituto torcía a la derecha y se internaba por una pequeña cicatriz que separaba dos edificios hasta una puerta de madera carcomida.
Abandonaba aquel callejón dos horas después, con los ojos rojos y el olor de la maría en la ropa, para tirarse en un banco del parque a pasar la mañana, con una bolsa de cannabis en un bolsillo de la chaqueta y otra de un polvo blanco que le recomendaron no probar en el otro. Una de esas mañanas, un hombre tan alto que ocultaba el sol se situó entre él y toda escapatoria posible y posó una mano del tamaño de la rueda de un coche sobre su hombro, invitándolo a acompañarlo a dar un paseo. Su coche estaba tan lleno que James tuvo que ir en el maletero.
La primera vez que vio a Jon Vega, éste vestía un impecable traje hecho a medida el día anterior. Él lo miró con desprecio, como si prefiriese ver algo de mierda en lugar de un trozo de carne golpeada hasta perder la forma, que se sostenía sobre la silla por un trozo de cuerda. Estuvo en la habitación un instante, le lanzó el cigarro contra un ojo y abandonó el cuartucho. James se quedaba sólo con dos armarios que lo apalearon hasta que perdieron el aliento. Cuando Jon regresó y le planteó la pregunta, James no tenía dientes para poder responderle:
—¿Para quién trabajas?
James salió vivo de allí, cubierto de una mezcla de su propia sangre y la orina de los matones. Lo tiraron de un coche en marcha en el mismo banco del que lo cogieron. Era de noche; hacía ya una semana que sus padres habían puesto la denuncia de desaparición. Tres días de hospital y un mes en cama. Cuando pudo abandonar su habitación por su propio pie, en la calle corría el viento helado del invierno. Regresó arrastrando los pies al callejón estrecho donde se reunía con Tim para recibir la mercancía. Se encontró la puerta carcomida tirada en el suelo y un fuerte olor a humo en las paredes. Jon Vega ocupaba la única butaca que se había salvado, y que nunca antes estuvo ahí. Al verlo entrar se puso en pie; su rostro iluminado por el fuego de un cigarrillo adquiría un aire tétrico.
—¿James, cierto? Ven conmigo, ahora trabajas para mí.
El tono de su voz no permitía reproche alguno.
James pasó tres años haciendo el mismo trabajo que tuvo antes, la única diferencia es que ganaba más. El día de su decimonoveno cumpleaños invitó a todos sus amigos, los cuales ya no le hablaban desde hacía tiempo, que celebró en un club de striptease. Aquella noche una puta se llevó su virginidad por cincuenta dólares; desde la brutal paliza que le dieron los matones de Jon, ninguna chica aceptaba acercarse a él a más de dos metros. Unas lo evitaban por miedo a recibir algo del estilo, otras simplemente por cómo le quedó la cara tras aquello. Hasta que no se puso el reloj de oro que sus compañeros de trabajo, si es que se les puede llamar así, le regalaron por su vigesimosegundo cumpleaños, ninguna mujer aceptó acostarse con él sin un fajo de billetes encima de la mesa. Las que a partir de entonces lo hicieron esperaba que les lloviese algo de la fortuna que poseía aquel hombre de rostro desfigurado.
Por aquel entonces, Jon comenzó a descubrir lo divertido que podía resultarle tener a James cerca. Aprendió a reír de su forma de actuar cuando mezclaba whisky con cocaína. Lo dejó actuar como monologuista durante horas, a pesar de que no hacía más que emitir gruñidos incomprensibles, bajarse los pantalones y follarse al soporte del micrófono y lanzarse en plancha contra el público en un intento de que lo pasaran de uno a otro. En su imaginación, James nadaba entre un gentío eufórico. Realmente chapoteaba sobre el suelo contra el que se había pegado.
Con el paso del tiempo, y el aumento de la ingesta de drogas varias, James empezó a perder la cordura. Entró gritando al despacho de Jon con una bolsa de heroína mientras éste mantenía una conversación con el alcalde, atacó a tres agentes de policía durante una borrachera, estampó un coche contra la fachada de la iglesia… Y todo en la misma noche. Jon mismo fue a recogerlo en su Bentley a la comisaría mientas sus abogados “aseguraban” que todo había sido un malentendido.
—James, somos amigos, ¿verdad?—le preguntó Jon en el coche.
—Caaaaro, Jon, zomoz amigoz—le respondió James, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no vomitar.
—Pues acepta mi consejo y deja las drogas. Vas a acabar mal si sigues así.
Apenas unas horas después James ya volvía a estar colocado. Jon dejó de pasarle nada que pudiera afectar a su sistema nervioso. Durante un mes, Hetfield se mantuvo encerrado en su cuarto evitando todo contacto. Cuando el mono le venció se escapó durante la noche. Se arrastró por la calle hasta que encontró a un hombre que aceptó cambiarle su reloj de oro por un par de pastillas. Al reconocerlo, aquel hombre le ofreció ir a un lugar donde podría obtener mucho más, si quería. James aceptó.
Lo llevó hasta un hotel, a la planta diecisiete. Allí conoció a Tim. Él le habló de sus proyectos, de sus ideas para el futuro. Acabó preguntándole si estaría dispuesto a vender para él, a cambio de toda la coca que pudiera esnifar. Añadió al trato una casa a las afueras donde podría vivir, colocarse y follar hasta que su cuerpo aguantase. James, tras oír las palabras “droga” y “sexo”, aceptó. Había sobrevivido a un traficante, ¿por qué no a otro?
Veinticuatro horas más tarde Jon le hacía una visita. Venía solo, enfundado en uno de esos trajes de seda que su ejército de sastres confeccionaban para él. En todos los años que trabajaron juntos, James no lo vio repetir ni una sola vez. No pudo evitar dejarlo entrar, nunca pudo negarle nada. Lo guió hasta el salón sin decir una palabra. Se sentaron uno frente a otro, en silencio hasta que Jon se llevó la mano a la chaqueta.
—Creí que éramos amigos, Jon—le dijo Hetfield cuando vio brillar el arma.
—Lo éramos, James—respondió Vega, poniéndose de pie—, hasta que me diste la espalda.
Leer más...
Las primeras lineas las escribí mentalmente mientras andaba por la calle. Cuando llegué a casa las pasé a ordenador, y me di cuenta de que necesitaba un nombre. El primero que me vino a la cabeza fue el de "James Hetfield", así que lo usé. Cuando terminé el párrafo busqué el nombre en Google; me sonaba pero no daba con qué.
En resumen: no tengo nada contra Metalica ni contra su vocalista, sólo es coincidencia.
__________
El gélido acero se calentó al instante, rodeado por el intenso olor de la pólvora quemada. La bala surcó el aire a más velocidad de la que el ojo humano podía captar. El proyectil atravesó piel, carne y hueso hasta llegar al cerebro, y salió por el otro extremo como si lo que acabara de penetrar tuviera la resistencia propia de un trozo de papel. James Hetfield tardó apenas medio segundo en morir; no tuvo tiempo para poder sentir el indescriptible dolor que puede causar un arma de fuego. Su cuerpo inerte cayó de rodillas antes de precipitarse sobre un charco formado por la mezcla de su sangre y su materia gris.
El arma aún estaba caliente cuando Jon Vega la guardó. Sentía su peso junto al corazón, en el bolsillo interior de su americana recién estrenada y cubierta por los restos del cadáver a sus pies. Sacó un cigarro del lado contrario a la pistola, le arrancó el filtro y se lo llevó a los labios. La primera calada le supo a gloria y alquitrán, con la misma intensidad que la que sentía tras saborear uno tras echar un polvo. Se sentó en una butaca cercana desde la que podía observar con todo detalle el cuerpo inerte al que acababa de arrebatarle la vida y, en breves instantes, la cartera.
Nada más terminarlo encendió otro. Se levantó mientras lanzaba una columna de humo; nunca había conseguido hacer la “O”. Levantó la pierna todo lo que pudo y la dejó caer sobre el cráneo de James con toda la fuerza de su cuerpo. La mandíbula quedó destrozada. Cubrió el cuerpo con las cortinas, hechas jirones, y vació el mueble bar sobre la tela. Cuando el alcohol se mezcló con la sangre dejó caer el cigarrillo sin ningún cuidado.
Al abandonar la casa las llamas ya devoraban por completo todo el salón.
Se sentó en el asiento trasero de un Bentley Azure negro aparcado frente a la puerta de la casa. El motor arrancó en el momento en el que el fuego podía verse en el piso superior. El vehículo se deslizó en silencio por una calle totalmente vacía. Si alguien había sido testigo, no quiso pronunciarse. En el interior la calma era total. Sólo cuando alcanzaron la autopista el chófer se atrevió a preguntar:
—Disculpe, pero, ¿no era el señor Hetfield amigo suyo?
—Lo era—respondió Jon—. Precisamente por eso debía matarlo yo.
James Hetfield había sido un hombre de cabeza dura que nació en el caluroso verano de 1974. Durante su infancia, el hecho de compartir nombre y apellido con el vocalista de Metálica lo hizo creer que triunfaría en su vida sin dar palo al agua. Por eso abandonó los estudios a los quince años, aunque sus padres no se enterarían hasta dos años después. Él siguió levantándose a la misma hora de siempre, desayunaba con su madre como cada mañana, y salía hacia clase con la misma mochila cada día. Dos manzanas antes de llegar al instituto torcía a la derecha y se internaba por una pequeña cicatriz que separaba dos edificios hasta una puerta de madera carcomida.
Abandonaba aquel callejón dos horas después, con los ojos rojos y el olor de la maría en la ropa, para tirarse en un banco del parque a pasar la mañana, con una bolsa de cannabis en un bolsillo de la chaqueta y otra de un polvo blanco que le recomendaron no probar en el otro. Una de esas mañanas, un hombre tan alto que ocultaba el sol se situó entre él y toda escapatoria posible y posó una mano del tamaño de la rueda de un coche sobre su hombro, invitándolo a acompañarlo a dar un paseo. Su coche estaba tan lleno que James tuvo que ir en el maletero.
La primera vez que vio a Jon Vega, éste vestía un impecable traje hecho a medida el día anterior. Él lo miró con desprecio, como si prefiriese ver algo de mierda en lugar de un trozo de carne golpeada hasta perder la forma, que se sostenía sobre la silla por un trozo de cuerda. Estuvo en la habitación un instante, le lanzó el cigarro contra un ojo y abandonó el cuartucho. James se quedaba sólo con dos armarios que lo apalearon hasta que perdieron el aliento. Cuando Jon regresó y le planteó la pregunta, James no tenía dientes para poder responderle:
—¿Para quién trabajas?
James salió vivo de allí, cubierto de una mezcla de su propia sangre y la orina de los matones. Lo tiraron de un coche en marcha en el mismo banco del que lo cogieron. Era de noche; hacía ya una semana que sus padres habían puesto la denuncia de desaparición. Tres días de hospital y un mes en cama. Cuando pudo abandonar su habitación por su propio pie, en la calle corría el viento helado del invierno. Regresó arrastrando los pies al callejón estrecho donde se reunía con Tim para recibir la mercancía. Se encontró la puerta carcomida tirada en el suelo y un fuerte olor a humo en las paredes. Jon Vega ocupaba la única butaca que se había salvado, y que nunca antes estuvo ahí. Al verlo entrar se puso en pie; su rostro iluminado por el fuego de un cigarrillo adquiría un aire tétrico.
—¿James, cierto? Ven conmigo, ahora trabajas para mí.
El tono de su voz no permitía reproche alguno.
James pasó tres años haciendo el mismo trabajo que tuvo antes, la única diferencia es que ganaba más. El día de su decimonoveno cumpleaños invitó a todos sus amigos, los cuales ya no le hablaban desde hacía tiempo, que celebró en un club de striptease. Aquella noche una puta se llevó su virginidad por cincuenta dólares; desde la brutal paliza que le dieron los matones de Jon, ninguna chica aceptaba acercarse a él a más de dos metros. Unas lo evitaban por miedo a recibir algo del estilo, otras simplemente por cómo le quedó la cara tras aquello. Hasta que no se puso el reloj de oro que sus compañeros de trabajo, si es que se les puede llamar así, le regalaron por su vigesimosegundo cumpleaños, ninguna mujer aceptó acostarse con él sin un fajo de billetes encima de la mesa. Las que a partir de entonces lo hicieron esperaba que les lloviese algo de la fortuna que poseía aquel hombre de rostro desfigurado.
Por aquel entonces, Jon comenzó a descubrir lo divertido que podía resultarle tener a James cerca. Aprendió a reír de su forma de actuar cuando mezclaba whisky con cocaína. Lo dejó actuar como monologuista durante horas, a pesar de que no hacía más que emitir gruñidos incomprensibles, bajarse los pantalones y follarse al soporte del micrófono y lanzarse en plancha contra el público en un intento de que lo pasaran de uno a otro. En su imaginación, James nadaba entre un gentío eufórico. Realmente chapoteaba sobre el suelo contra el que se había pegado.
Con el paso del tiempo, y el aumento de la ingesta de drogas varias, James empezó a perder la cordura. Entró gritando al despacho de Jon con una bolsa de heroína mientras éste mantenía una conversación con el alcalde, atacó a tres agentes de policía durante una borrachera, estampó un coche contra la fachada de la iglesia… Y todo en la misma noche. Jon mismo fue a recogerlo en su Bentley a la comisaría mientas sus abogados “aseguraban” que todo había sido un malentendido.
—James, somos amigos, ¿verdad?—le preguntó Jon en el coche.
—Caaaaro, Jon, zomoz amigoz—le respondió James, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no vomitar.
—Pues acepta mi consejo y deja las drogas. Vas a acabar mal si sigues así.
Apenas unas horas después James ya volvía a estar colocado. Jon dejó de pasarle nada que pudiera afectar a su sistema nervioso. Durante un mes, Hetfield se mantuvo encerrado en su cuarto evitando todo contacto. Cuando el mono le venció se escapó durante la noche. Se arrastró por la calle hasta que encontró a un hombre que aceptó cambiarle su reloj de oro por un par de pastillas. Al reconocerlo, aquel hombre le ofreció ir a un lugar donde podría obtener mucho más, si quería. James aceptó.
Lo llevó hasta un hotel, a la planta diecisiete. Allí conoció a Tim. Él le habló de sus proyectos, de sus ideas para el futuro. Acabó preguntándole si estaría dispuesto a vender para él, a cambio de toda la coca que pudiera esnifar. Añadió al trato una casa a las afueras donde podría vivir, colocarse y follar hasta que su cuerpo aguantase. James, tras oír las palabras “droga” y “sexo”, aceptó. Había sobrevivido a un traficante, ¿por qué no a otro?
Veinticuatro horas más tarde Jon le hacía una visita. Venía solo, enfundado en uno de esos trajes de seda que su ejército de sastres confeccionaban para él. En todos los años que trabajaron juntos, James no lo vio repetir ni una sola vez. No pudo evitar dejarlo entrar, nunca pudo negarle nada. Lo guió hasta el salón sin decir una palabra. Se sentaron uno frente a otro, en silencio hasta que Jon se llevó la mano a la chaqueta.
—Creí que éramos amigos, Jon—le dijo Hetfield cuando vio brillar el arma.
—Lo éramos, James—respondió Vega, poniéndose de pie—, hasta que me diste la espalda.
Leer más...
Etiquetas:
Balas,
gente a la que maté,
nieve
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Nigthmare
Un conjunto de malas pesadillas. La peor es la última, la que más se repite.
__________
Abrí los ojos. Estaba en la cama, tumbado en una habitación cuya oscuridad sólo se rompía por la tenue luz roja de mi despertador. Me incorporé sobre el colchón y miré mis manos, apenas una silueta roja. Me toqué una con la otra, recorriendo cada pequeño centímetro de piel, desde las muñecas hasta las uñas, tan largas que no parecían tener fin. El dorso estaba cubierto de pelo, que nacía en los nudillos y moría en el codo. Una larga cola que nacía al final de mi espalda me dio los buenos días con una caricia, y mis colmillos brillaban sobre mis labios, alcanzando la barbilla. Salté de la cama y corrí al baño. Bajo la luz anaranjada, mi reflejo en el espejo tenía un aspecto atroz. Dos grandes cuernos salían de su cabeza. El rostro estaba cubierto por el pelo, excepto allí donde se notaban las cicatrices. Sus labios se torcían en una mueca macabra. Su mano derecha se alzaba, los dedos completamente estirados, mientras la mía se cerraba en un puño. Con un fuerte golpe rompió el cristal que nos separaba. Me atrapó por el cuello y me levantó con facilidad. Mascullaba algo que no alcancé a entender, quizá por lo extraño de su lengua o por la falta de oxígeno. Sólo tenía claro que no podía ni gritar…
Abrí los ojos. Estaba en la cama, tumbado en una habitación cuya oscuridad sólo se rompía por la tenue luz roja de mi despertador. Me sequé la frente, empapada en sudor. Mi cuerpo entero temblaba, y no sabía por qué. Tan sólo tenía la certeza de que algo malo pasaba. Me di la vuelta en la cama y cerré los ojos, confiando en que aquella sensación no fuese más que eso. Nada más lejos. Cuando volvía a quedarme dormido lo oí. Un gruñido, proveniente del piso inferior. Mientras pensaba que probablemente sería el viento, lo volví a escuchar con más fuerza. Armándome de valor salté de la cama y fui a las escaleras. Apenas puse un pie en el primer escalón me arrepentí, pero pude bajar un segundo. El tercero vino por inercia y el cuarto por miedo. Porque entre medias volví a oír el rugido, más fuerte y terrible que nunca, tras mi espalda, acompañado por un fuerte y nauseabundo hedor. Me volví lentamente, lo justo apenas para encontrarme de frente con unos brillantes ojos del color del fuego, del tamaño de balones de fútbol. Eché a correr justo cuando la bestia cerró sus enormes fauces en torno al primer escalón y lo devoró con la misma facilidad con la que un niño come una golosina. Antes de darme cuenta, la escalera infinita quedó boca abajo. Una vez que lo entendí la gravedad se hizo notar. Caí con un grito atrapado en mi garganta, mientras la bestia saltaba y me atrapaba entre sus colmillos.
Abrí los ojos. Estaba en la cama, tumbado en una habitación cuya oscuridad sólo se rompía por la tenue luz roja de mi despertador. Una silueta roja se recortaba sobre mí; una amplia sonrisa con un tétrico brillo me saludaba. Una mano se cerraba en torno a mi cuello, reteniéndome sobre la cama. La figura alzó su otro brazo, en cuyo extremo adiviné la forma de un objeto de metálico brillo. Estaba frío cuando lo sentí sobre la piel, separándola a su paso sin ningún dolor. La sonrisa se acentuó, se tornó en una mueca de ansia contenida. La silueta murmuró algo, apenas un par de palabras, que entendí cuando se abalanzó sobre mi pecho abierto. El primer desgarrón fue el más doloroso, la carne me ardía mientras la figura masticaba un trozo de mi pulmón. El dolor insufrible se repetía cada vez que sus dientes atrapaban algo de mis entrañas. “Bon apetite”, sus palabras resonaban en mis oídos mientras gritaba con todas mis fuerzas.
Abrí los ojos. Estaba en la cama, tumbado en una habitación cuya oscuridad sólo se rompía por la tenue luz roja de mi despertador. Un intenso zumbido me impedía dormir. Alcé una mano pesada, cubierta por el sudor, y con gran esfuerzo la dejé caer sobre el maldito aparato. Su pantalla conjuraba la cifra maldita, el 0610. Las seis y diez de la mañana. Sin fuerzas me dejé caer contra el suelo y me arrastré hasta el baño. Dejé correr el agua hasta que calentó y me metí bajo ella, esperando que su poder milagroso me lanzase por la fuerza al mundo real mientras una cola puntiaguda me frotaba la espalda.
Leer más...
__________
Abrí los ojos. Estaba en la cama, tumbado en una habitación cuya oscuridad sólo se rompía por la tenue luz roja de mi despertador. Me incorporé sobre el colchón y miré mis manos, apenas una silueta roja. Me toqué una con la otra, recorriendo cada pequeño centímetro de piel, desde las muñecas hasta las uñas, tan largas que no parecían tener fin. El dorso estaba cubierto de pelo, que nacía en los nudillos y moría en el codo. Una larga cola que nacía al final de mi espalda me dio los buenos días con una caricia, y mis colmillos brillaban sobre mis labios, alcanzando la barbilla. Salté de la cama y corrí al baño. Bajo la luz anaranjada, mi reflejo en el espejo tenía un aspecto atroz. Dos grandes cuernos salían de su cabeza. El rostro estaba cubierto por el pelo, excepto allí donde se notaban las cicatrices. Sus labios se torcían en una mueca macabra. Su mano derecha se alzaba, los dedos completamente estirados, mientras la mía se cerraba en un puño. Con un fuerte golpe rompió el cristal que nos separaba. Me atrapó por el cuello y me levantó con facilidad. Mascullaba algo que no alcancé a entender, quizá por lo extraño de su lengua o por la falta de oxígeno. Sólo tenía claro que no podía ni gritar…
Abrí los ojos. Estaba en la cama, tumbado en una habitación cuya oscuridad sólo se rompía por la tenue luz roja de mi despertador. Me sequé la frente, empapada en sudor. Mi cuerpo entero temblaba, y no sabía por qué. Tan sólo tenía la certeza de que algo malo pasaba. Me di la vuelta en la cama y cerré los ojos, confiando en que aquella sensación no fuese más que eso. Nada más lejos. Cuando volvía a quedarme dormido lo oí. Un gruñido, proveniente del piso inferior. Mientras pensaba que probablemente sería el viento, lo volví a escuchar con más fuerza. Armándome de valor salté de la cama y fui a las escaleras. Apenas puse un pie en el primer escalón me arrepentí, pero pude bajar un segundo. El tercero vino por inercia y el cuarto por miedo. Porque entre medias volví a oír el rugido, más fuerte y terrible que nunca, tras mi espalda, acompañado por un fuerte y nauseabundo hedor. Me volví lentamente, lo justo apenas para encontrarme de frente con unos brillantes ojos del color del fuego, del tamaño de balones de fútbol. Eché a correr justo cuando la bestia cerró sus enormes fauces en torno al primer escalón y lo devoró con la misma facilidad con la que un niño come una golosina. Antes de darme cuenta, la escalera infinita quedó boca abajo. Una vez que lo entendí la gravedad se hizo notar. Caí con un grito atrapado en mi garganta, mientras la bestia saltaba y me atrapaba entre sus colmillos.
Abrí los ojos. Estaba en la cama, tumbado en una habitación cuya oscuridad sólo se rompía por la tenue luz roja de mi despertador. Una silueta roja se recortaba sobre mí; una amplia sonrisa con un tétrico brillo me saludaba. Una mano se cerraba en torno a mi cuello, reteniéndome sobre la cama. La figura alzó su otro brazo, en cuyo extremo adiviné la forma de un objeto de metálico brillo. Estaba frío cuando lo sentí sobre la piel, separándola a su paso sin ningún dolor. La sonrisa se acentuó, se tornó en una mueca de ansia contenida. La silueta murmuró algo, apenas un par de palabras, que entendí cuando se abalanzó sobre mi pecho abierto. El primer desgarrón fue el más doloroso, la carne me ardía mientras la figura masticaba un trozo de mi pulmón. El dolor insufrible se repetía cada vez que sus dientes atrapaban algo de mis entrañas. “Bon apetite”, sus palabras resonaban en mis oídos mientras gritaba con todas mis fuerzas.
Abrí los ojos. Estaba en la cama, tumbado en una habitación cuya oscuridad sólo se rompía por la tenue luz roja de mi despertador. Un intenso zumbido me impedía dormir. Alcé una mano pesada, cubierta por el sudor, y con gran esfuerzo la dejé caer sobre el maldito aparato. Su pantalla conjuraba la cifra maldita, el 0610. Las seis y diez de la mañana. Sin fuerzas me dejé caer contra el suelo y me arrastré hasta el baño. Dejé correr el agua hasta que calentó y me metí bajo ella, esperando que su poder milagroso me lanzase por la fuerza al mundo real mientras una cola puntiaguda me frotaba la espalda.
Leer más...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)