miércoles, 9 de marzo de 2011

Misterios de medianoche: Andy

Por que las grandes historias siempre se escriben en torno a una mujer.

Dedicada a la chica de mismo nombre, por permintirme usarlo xD.

Esta historia también puede convertirse en un pequeño concurso, que consistirá en adivinar quién es el asesino. El ganador se llevará como premio un beso del autor y una bolsa de aire. Ambos premios serán enviados por correo, así que si quereis participar, debeis evitar dejar comentarios de forma anónima.

¡Suerte!

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Las cortinas ondeaban al son del viento que entraba por la ventana abierta. La habitación se iluminaba por la tenue luz de la luna llena, que hacía que su pálida piel fuese aún más blanca. Ella dormía plácidamente, tumbada de lado sobre la cama. Abrazaba la almohada. Aparté un mechón de su cabello dorado y besé suavemente su mejilla, a modo de despedida.

—Adiós–murmuró ella en sueños.

Sonreí antes de abandonar la habitación. Ella despertaría sola, como cada vez que nos habíamos encontrado, siempre entre aquellas mismas cuatro paredes. Ambos teníamos claro que el resto del mundo no nos pertenecía. Eché a andar por aquella calle alejada de la mano de Dios. Me llevé la mano a la boca. Andy tenía un extraño hechizo en los labios, que te hacía desearlos cada vez más, cuanto más los probases.

Recuerdo la primera vez que sentí su roce. Ocurrió a las dos semanas de llegar a mi nueva casa. Aquel día rompí la primera de las tres reglas de mi señor: “Nunca entres en el estudio”. Trabajaba en aquella mansión como mayordomo. Había empezado una fría mañana de febrero. La primera persona que conocí allí fue Sebastián, el mayordomo mayor quien, con ese tono de quien acostumbra a ordenar y ser obedecido, me ametralló una serie de instrucciones a seguir mientras me guiaba por las distintas habitaciones. Me mostró la que sería mi alcoba, un pequeño cuarto de dos camas y un armario que compartiría con un tal Vincent. Me indicó que tras las puertas de madera carcomida del guardarropa encontraría la poca ropa que iba a necesitar, apenas un par de esmóquines, elegantes a la par que viejos. Ordenó que me vistiera y partiera hacia el comedor, donde sacaría brillo a la cubertería de plata. Desapareció tras lanzarme unas indicaciones rápidas.

Cuando llegué a aquella sala, perpetuamente iluminada por el perenne fuego de cientos de velas, había un hombre que, ataviado con las mismas prendas que yo, dedicaba su esfuerzo a limpiar el suelo escoba en mano. Tenía el pelo negro y los ojos oscuros, con una divertida mirada en ellos. Al verme, dejó caer su instrumento y vino hacia mí a paso ligero, con una sonrisa en la cara.

—¡Hola! Tú debes de ser mi nuevo compañero—gritó con euforia, estrechando mi mano—. Me llamo Vincent. ¡Encantado!

—Yo soy Patrick—dije, flexionando los dedos. Él empleó mucha fuerza en su saludo—. El gusto es mío. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Dos años—respondió—. Si necesitas ayuda, pregúntame. Supongo que te ha mandado aquí para que limpies la cubertería, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas.

—Es la forma que tiene Sebastián para dar la bienvenida a los nuevos. Lo hizo conmigo, al igual que con los otros tres que estuvieron aquí antes que tú. Espero que tengas mucha paciencia.

Me mostró un juego de mil piezas, divididas en cucharas, tenedores, cuchillos y cucharillas, todo cuidadosamente colocado en un armario. Junto a él encontré los productos que necesitaba, preparados para su uso. Mientras limpiaba, Vincent me fue hablando de la casa y de sus habitantes. Otras dos personas trabajaban en el cuidado de la casa, ambas mujeres de pelo rubio. La primera de ellas respondía al nombre de Natasha Carstairs, era la encargada de la cocina. Vivía encerrada en su mundo, en el que tan sólo podía entrar su compañera. La otra era Lizzie Harris, una mujer tímida y torpe encargada de la limpieza de la casa, centrada sobre todo en las habitaciones de la señora. Ambas compartían una habitación contigua a la nuestra, que Sebastián se encargaba de cerrar cada noche y abrir cada mañana.

Me habló también del señor de la casa. Samuel Howells era un hombre que rondaba los cincuenta, de pelo cano y mirada cansada. Conocido por ser un feroz negociador, sus empresas abarcaban un amplio abanico de sectores. Era respetado y temido. Se le relacionaba con un amplio número de cargos públicos y casos de corrupción; a nadie le pasaba inadvertido el hecho de que era investigado hasta cada momento que dedicaba a su aseo personal. Junto a su fiel Sebastián había creado una serie de reglas, que todos, tanto invitados como miembros del servicio, debían cumplir.

—La primera de todas—comenzó Vincent— es que nunca debes inmiscuirte en los asuntos del señor Howells. Aunque veas que está enterrando un cadáver con sus propias manos en el jardín.

—¿Cadáver?

—Bromeaba—rió—, era un ejemplo tonto. La segunda es que nunca debes entrar en el estudio del señor Howells, a menos que él te invite a pasar.

—¿El estudio es esa habitación al final del pasillo del primer piso? La del ala oeste.

—Esa misma—afirmó—. Y la última de todas es “nunca salgas de tu habitación a partir de la media noche”. Oigas lo que oigas.

—¿Y si tengo que ir al baño?

—Te lo haces encima—respondió con sorna—. Además, yo he añadido una, de mi propia cosecha. Nunca, y por nada del mundo, te acerques demasiado a la señora Howells. Ya sabes a lo que me refiero.

—¿Y por qué querría yo acercarme a esa mujer?

—Lo entenderás cuando la veas.

Unos minutos después coloqué la última cucharilla en su sitio. Quedaba una media hora antes de servir la cena, tiempo que empleé para estirar los músculos agarrotados. Vincent ya empezaba a poner la mesa. El mueble me pareció de un tamaño excesivo para una cena de dos personas. Él emitió un gruñido, que entendí como una petición de ayuda.

—¿Pongo los cubiertos que acabo de limpiar?—pregunté.

—¿Esos? No, que va. No son más que adorno.

Y se rió con ganas al ver mi cara. Me dijo que era la misma que él había puesto cuando le contaron que la cubertería, en sí, no valía mucho. Que era más bien como una broma, una tradición, una prueba que todos los mayordomos de esta casa debían pasar. Se rumoreaba que incluso Sebastián la había hecho. Yo no podía imaginármelo realizando tal labor, por mucho que lo intentase. Con esa imagen en la cabeza, caminamos hacia la cocina.

—¿Cómo serviremos la comida?

—Sebastián anunciará el nombre de cada plato, mientras Lizzie y yo servimos la cena.

—Entonces, ¿no debo hacer nada?
—
Tan sólo quédate en la cocina, esperando por si hace falta algo.

Me señaló una puerta que daba a una habitación contigua al comedor. A través de las rendijas de la puerta se escapaba el delicioso aroma de la comida recién hecha. Natasha, siempre frente a los fogones, se esmeraba en preparar una cena de dos platos y un postre, con una presentación impecable. A su lado, Lizzie conversaba con ella en lo que parecía un monólogo improvisado.

—Chicas, este es Patrick—me presentó, con un gesto—. Patrick, ellas son Natasha y Lizzie.

—Encantada—dijo Lizzie, bajando la mirada. Natasha ni siquiera movió los ojos, clavados en un chuletón de ternera.

—Igualmente—respondí.

Esperé un par de minutos a que alguien dijese algo, pero la habitación se mantuvo en silencio. Natasha daba los últimos retoques al postre mientas Vincent devoraba un trozo de pan huérfano que había caído en sus manos. Lizzie mantenía la mirada clavada en el suelo. Iba a abrir la boca cuando apareció Sebastián.

—Estamos listos—saltó Vincent—. Saldré en cuanto lo digas.

—Esta vez no, Vincent—dijo Sebastián, arrastrando las palabras—, el señor Howells ha especificado que sea Patrick.

—¿Yo?

—Sí, tú—confirmó—. Limítate a servir los platos tras la presentación y mantén la boca cerrada. A partir de mañana, será Vincent de nuevo quien sirva la cena.

Me preparé mentalmente para la inesperada salida a escena. Lizzie cogió dos platos, me tendió uno y se encaminó a la puerta, precedida por Sebastián. Yo iba el último. Él anunció el plato; mi compañera, como si de un robot se tratara, se encaminó hacia el lado de la mesa en el que se encontraba la señora Howells. Le llevé el plato al señor y regresé a la cocina. De reojo, me fijé en aquella dama.

Andy Howells era una mujer hermosa; calculé que tendría veinticuatro. Tenía el pelo rubio y liso, que caía elegantemente sobre su espalda, y una penetrante mirada azul. Por un segundo, pude ver cómo nuestros ojos se cruzaban, fue una sensación que duró un instante.




Las campanas de una iglesia cercana daban la media noche. A unos metros de mi, Vincent dormía tirado sobre su cama completamente hecha. Yo no era capaz de conciliar el sueño. Aquella fugaz sensación al sentir los ojos de Andy sobre los míos regresaba cada vez que cerraba los ojos. No se había vuelto a dar durante la cena. Aún estaba ella en mi cabeza cuando escuché las primeras notas. El sepulcral silencio que reinaba en la mansión fue sustituido por una lenta melodía arrancada de un piano.

—Estás despierto, ¿verdad?—preguntó Vincent.

—Sí—contesté—. ¿Quién está tocando?

—No lo sé, no he podido averiguarlo. Podría ser cualquiera…

La música se repetía cada noche, cinco minutos después de las doce. Siempre la misma canción, de unos veinticinco minutos, tocada una sola vez. Vincent me dijo que aquel ritual se daba desde mucho antes de que llegara él.

—Sea quien sea—dijo Vincent la octava noche tras mi llegada—, toca en el estudio. Pero nunca me he atrevido a entrar.

—Me encantaría saber quién es…

—¿Te atreverías a comprobarlo?

Saltó de la cama sin darme tiempo a responder. Abrió el armario de par en par. A la escasa luz que había en nuestra habitación, que se colaba desde el exterior, parecía la entrada de una profunda cueva. Vincent se agachó, golpeando con los nudillos el suelo de madera. Sonaba a hueco. Me levanté mientras retiraba unas tablas. Forcé la vista, intentando ver qué hacía a través de la oscuridad.

—Es un túnel—Vincent adivinó mis pensamientos—, lleva hasta el baño del servicio de la planta baja. Sólo tienes que subir las escaleras y verás la puerta del estudio.

—Está demasiado oscuro, ¿cómo voy a ver por dónde voy?

Él sacó una vela y una caja de cerillas de aquel agujero. La encendió y me la tendió.

—¿Te atreves?

Aquella fue la primera ver que rompí una de las reglas del señor Howells.

En apenas dos minutos llegué al aseo, y tardé uno más en alcanzar el estudio. Contando el tiempo que había estado hablando con Vincent, disponía de otros diez para reunir el valor para mirar antes de tener que regresar. Me debatí durante ese tiempo, en silencio. Antes de darme cuenta descubrí que la pieza estaba a punto de terminar, y tuve que abandonar la tarea y huir. Repetí aquella “estrategia”, por llamarla de alguna manera, durante las siguientes tres noches, sin obtener mejor resultado.

La duodécima noche tras mi llegada fue distinta. Vincent vino conmigo.

—Tengo asuntos que atender esta noche—se excusó al salir del baño—. Suerte.

Y se fue. Yo recorrí el camino hasta el estudio acompañado por los primeros acordes de aquella melodía que tanto me fascinaba. Esta vez vi la puerta entreabierta. La empujé levemente, lo justo para que me permitiera ver el interior.

El instrumento era un piano de cola negro. Lo tocaba la mujer más hermosa que había visto nunca. Su pelo rubio caía sobre su espalda, que el vestido negro que llevaba dejaba al descubierto, formando tirabuzones perfectos. Sus párpados ocultaban sus ojos azules mientras sus manos se deslizaban con maestría sobre aquel teclado. Aquella noche, Andy Howells parecía una mujer surgida de un sueño.

—Entra—ordenó sin dejar de tocar.

Aquella noche rompí la segunda de las reglas del señor Howells. El estudio era una habitación grande, con las paredes cubiertas de estanterías repletas de libros y el suelo enmoquetado. Un exuberante escritorio se situaba justo frente a la puerta, controlándolo todo. El piano se situaba a su izquierda, junto al lujoso mueble bar. Supuse que de allí había sacado Andy la copa de vino.

—Buenas noches, Patrick.

Me sorprendió examinando el cuarto. En el breve instante en el que bajé la guardia, ella clavó su mirada en la mía, tomando las riendas de aquella representación.

—Buenas noches, señora Howells.

—Andy—corrigió—, al menos mientas estemos solos. Sírvete.

Señaló con la cabeza la copa que descansaba sobre el piano. La tomé y la vacié antes de devolverla a su sitio.

—No debería estar aquí—dije.

Ella hizo un gesto que interpreté como la petición, no orden, de que guardase silencio. Escuché la melodía en su totalidad desde mi privilegiada posición junto al instrumento. Andy tocaba con los ojos cerrados, sin partitura y sin cometer error alguno, como si fuera un autómata perfectamente programado. Disfruté cada nota, cada silencio, hasta su final. Después, Andy se levantó. Me puso la copa en la mano y la llenó. Volví a vaciarla. Me la quitó. Seguí con los ojos la ruta que siguió el cristal hasta posarse sobre la negra madera. Ella no apartó la mirada de mí. En apenas un instante se adueñó de mis labios, proporcionándome la mejor sensación que había sentido nunca. Un hormigueo recorrió cada centímetro de mi cuerpo. Cuando quise reaccionar, ya había terminado, ella se había ido. Regresé a mi habitación, vacía. Vincent aún no había vuelto. Aquella noche me dormí recordando el dulce sabor de los labios de Andy Howells.

Por la mañana seguía sin haber rastro de mi compañero. La puerta, como cada mañana, volvía a estar abierta. Me dirigí a la cocina, muerto de hambre. Comencé a bajar las escaleras, peldaño a peldaño. Y entonces lo vi.

Tenía los ojos bien abiertos, las piernas juntas y los brazos en cruz. Atravesaban su cuerpo decenas de cuchillos, que lo mantenían clavado en la puerta principal a un metro del suelo. La sangre, ya seca, había manchado su siempre impecable esmoquin y formado un charco de sangre bajo él. Pero lo más inquietante estaba en su rostro. Incluso muerto, Vincent seguía sonriendo.
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miércoles, 23 de febrero de 2011

Ciudad de susurros.

La historia que escribí para un concurso, el cual, a pesar de que la votación terminó hace tiempo, sigue sin tener ganador.


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—Líder bueno, líder genial…

La ciudad se sumía en un sueño oscuro. Las calles se iluminaban tan sólo por la escasa luz lunar que se filtraba entre las nubes. Las farolas estaban apagadas, el corte de energía resultaba demasiado perfecto para ser casual.

—Ten cuidado, o él te matará…

Dos personas, apenas unos críos, paseaban ocultos en las sombras de aquella ciudad de susurros. El que canturreaba aquella canción tenía el pelo rubio, lleno de rizos, casi negro en aquella noche cerrada, y unos divertidos ojos azules. Apenas llegaba a los ocho años. Caminaba siempre dos pasos por detrás del otro, que parecía mayor que el rubio. Concretamente, un año mayor. Su pelo era negro como el azabache y sus tímidos ojos tenían un mirar oscuro. Las ropas de ambos estaban desgastadas, rotas por numerosos sitios y pedían a gritos un lavado. El mayor se detuvo en seco.

—¡Alex, cállate!—dijo, gritando en voz baja—. Vas a hacer que nos descubran.

—¿De qué tienes miedo, Víctor? —preguntó el más pequeño, deteniéndose.

—De que nos cojan y nos metan en un orfanato. ¿Por qué tengo que seguir las órdenes de ese niño? —El moreno se detuvo también. Pronunciaba las eses como zetas, lo que parecía hacerle mucha gracia a Alex. El rubio no se contuvo al soltar una sonora carcajada—. ¡Cállate ya!

—Tranquilo, tranquilo. El líder siempre se preocupa de que la casa esté vacía. Podríamos incluso pasar la noche allí. Comer comida caliente, dormir en una cama…

—¡Está loco! ¡No puede mandarnos a robar, así por así! Sólo somos niños. Y, además…

Alex no lo escuchaba. Canturreaba de nuevo la canción mientras caminaba, dejando a Víctor pasmado. Tras unos segundos, el mayor lo siguió. Evitó al gato negro, que lo examinaba con sus penetrantes ojos verdes como si pudiese ver a través de él.

—¿Qué hago yo metido en este lio? —se decía a sí mismo, en apenas un susurro.

Hacía dos días que “el líder” apareció en su vida. Estaba sentado en una esquina de la calle, mendigando unas monedas para comprar comida. Apenas le llegaba para una barra de pan; la gente ni se molestaba en mirarlo, evitando el sentimiento incómodo. Intentó levantarse para gastarse sus ganancias cuando se encontró con unos inquietos ojos azules. Era la primera vez que veía a Alex.

—¿Estas sólo?—preguntó el pequeño.

Víctor asintió con la cabeza. El rubio indico con un gesto que lo siguiera. Intrigado, se dejó llevar. Un poco después llegaron al casco antiguo de la ciudad. Allí, mirase donde mirase, sólo se encontraban los restos de una urbe que en otro tiempo brilló. Tan sólo quedaban edificios en ruinas, que nadie se molestó en reparar. Construyeron en torno a ellos, trasladando el centro urbano y abandonando la zona. Alex se colaba entre las tablas que bloqueaban la puerta de uno de aquellos edificios, una antigua tienda de la que no quedaba ni el cartel. Cartones ocupaban ahora el lugar de los cristales. Víctor imitó al rubio. Lo encontró parado en el centro de la habitación, mirándolo fijamente.

—Espera aquí—dijo, dejándolo solo. Poco después, un chico, que ocultaba su rostro tras una máscara que sólo permitían intuir que aquel brillo eran unos ojos, apareció. Era más alto que Víctor, y se cubría con una capa. El recién llegado lo examinó sin mediar palabra.

—¿Y tus padres?—preguntó tras una eternidad de silencio.

—No tengo. Murieron en…

El enmascarado lo cortó con un gesto. Paseó a su alrededor. Víctor temía que aquel fuego en su mirada lo hiciese estallar en llamas. Explotar y desaparecer. Como un juego de pirotecnia.

—¿Tu nombre?

—Víctor—respondió él. El miedo paralizaba su cuerpo.

—¿Quieres una familia, Víctor?

Durmió allí aquella noche, en una habitación contigua. Alrededor suyo, en la penumbra, vislumbró la silueta de otros chicos, probablemente con su misma fortuna. Cinco sombras llegó a contar. Cuando amaneció ya no estaban allí. Tan sólo encontró a Alex, quien le ofrecía leche y galletas. Devoró el desayuno de la misma forma que la comida y la cena. Durante el día no vio a nadie más.

Con el siguiente amanecer lo despertaron temprano. De nuevo estaba sólo en la habitación. Mientras bostezaba escuchó una voz. El líder lo llamaba. Entró en el cuarto privado del enmascarado, el único que estaba amueblado decentemente. Junto a la cama había un pequeño escritorio, con dos sillas a cada lado. Una la ocupaba el Líder. Éste le indicó a Víctor que ocupara la otra.

—Tu anticipo se terminó ayer—dijo lentamente—. Es hora de hablar sobre la forma en la que ayudarás a la familia.

Y procedió a relatarle el motivo por el que se hallaba allí, frente a un edificio de reciente construcción. Era una casa de madera, con una sola planta y grandes ventanales, cuyas persianas estaban cerradas completamente. Víctor se preguntó cómo entrarían allí. Se acercó al viejo coche que estaba aparcado justo enfrente de la vivienda.

—Eh, mira, está abierto—dijo.

—Olvídalo—respondió Alex—. Está tan destartalado que seguro que no tiene nada.

Precedió al mayor en el camino hasta la parte de atrás. Antes de que Víctor preguntase, el pequeño le tendió una piedra, señalando al cristal que ocupaba la mayor parte de la puerta. Al ver que iba a protestar, ordenó:

—Hazlo, o vuelve a la calle.

El moreno lo miró durante un instante. El brillo de aquellos ojos azules había adquirido un tono inquietante, que no supo descifrar. Sin darle tiempo a repetir la orden, lanzó la piedra con todas sus fuerzas. Los trozos de cristal se esparcieron por el suelo. Alex aprovechó el agujero para abrir la puerta, y entró con decisión. El más mayor aún dudó al poner un pie en el interior.

Encontró al pequeño en lo que parecía ser el salón principal. El niño revolvía cajones, registraba armarios e incluso desgarraba cojines con ansia animal. Al ver entrar al moreno, le tiró un saco que sacó de Dios sabe dónde y le indicó por señas que lo llenase en otra habitación. Se plantó en el comedor y se puso a mirar por encima, evitando fijarse en cualquier objeto que tuviera algo de valor.

—Así no vas a conseguir nada…—canturreó una voz a su espalda. Alex estaba sentado en una silla, meciéndose de izquierda a derecha y con una extraña sonrisa en los labios—. Ven, te enseñaré.

Dio un salto, le sacó la lengua al cruzarse con el mayor y repitió el mismo proceso que el otro le había visto hacer. De vez en cuando le lanzaba cosas, para que las metiese en su saco. Sobre él la madera crujía.

—Alex…—dijo de pronto Víctor—, creo que hay alguien.

—Mete también esto—seguía el rubio, sin hacerle caso. Le tendía una cubertería.

— Alex, ¿me has oído?

—Si el Líder dijo que no hay nadie, es que no hay nadie—afirmó—. ¿Verdad, señor?

Víctor se giró lentamente. En la puerta del comedor había un hombre. Alto, moreno y ojos negros llenos de furia. Estaba paralizado bajo el efecto de esa mirada. Alex, sin embargo, se acercaba sonriendo.

—¿Verdad que la casa está vacía?—insistía.

—¿Qué hacéis en mi casa?—rugió el hombre.

Todo ocurrió en un instante. Alex se abalanzó sobre el anfitrión. Demostrando una gran agilidad, trepó hasta su cuello. Hubo un fugaz destello. De pronto, un charco de sangre. Y el hombre caía, incapaz de articular palabra. Estaba muerto. El pequeño se levantó y fue a abrazar a su compañero.

—Lo siento, Víctor—dijo en un susurro—, pero tú no le vales.

La plata de aquel cuchillo atravesó la carne si ninguna dificultad. El mayor sintió un fuerte dolor durante apenas una fracción de segundo. Después, nada. Su cuerpo inerte apenas hizo ruido al caer de espaldas, sobre un charco que mezclaba la sangre de ambas víctimas.

Instantes después, Alex se alejaba de la casa, saltando mientras cantaba.

—Líder bueno, Líder genial… Ten cuidado, o él te matará…

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domingo, 30 de enero de 2011

John

Has elegido una mala noche...


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John caminaba por la calle, con un vaso de cerveza en la mano. Se alejaba de la zona de fiesta en aquella noche cerrada, ideal para el robo. Aquella panda de críos que necesitaban sentirse mayores más que el aire no se esperaban que nadie metiese la mano en sus bolsillos y se llevase todo aquello de valor. Y ni siquiera tenía que esforzarse, los mocosos se emborrachaban tanto que era un trabajo fácil. Cuando estuvo a una distancia prudencial, se detuvo en un portal a contar el dinero.

Había sido una buena noche. Tenía una gran cantidad de dinero en las manos. Reunió todas las carteras que se había llevado y las tiró a un contenedor cercano. Después, se terminó la cerveza de un trago y se encaminó a casa. El amanecer estaba cerca. Dormiría unas cuantas horas al llegar, y al día siguiente se gastaría las ganancias. John se rió. ¡Era prácticamente imposible ganar tanto en una sola noche!

O quizá no…

John se detuvo. Oía voces, provenientes de un callejón oscuro. Se acercó. En él había tres personas, dos hombres y una mujer. Ella estaba sentada en el suelo, espalda contra la pared. Parecía dormir plácidamente. Los otros dos estaban de pie, mirando hacia el fondo del callejón. Uno de ellos lloraba, el otro le daba palmaditas en la espalda intentando consolarlo. Los tres iban vestidos de fiesta, la mujer con un elegante vestido negro y ellos con sendos trajes. John pensó que podría sacar más. Sacó la navaja y se adentró en aquel callejón.

—Miguel, tranquilo…—decía uno.

—Sí, tranquilamente daos la vuelta—soltó John—. Y no hagáis ninguna locura u os rajo.

Ambos se giraron, el que lloraba con mayor velocidad. Tenía los ojos vidriosos, y parecía que acababa de vomitar. No podía dejar de temblar. El otro parecía más calmado. Sus ojos negros mostraban furia contenida. Su oscuro pelo se confundía con las tinieblas de aquella noche. Una cicatriz nacía sobre una de sus cejas, descendiendo verticalmente por su rostro hasta morir a la altura de la nariz. Era el tipo de persona que impone miedo, a menos que vayas armado. Y la navaja de John le inspiraba confianza.

—Vamos—dijo—dadme todo lo que tengáis.

—Con mucho gusto—contestó el de la cicatriz, tendiéndole una cartera rebosante.

John alargó la mano. Parecía un buen botín. Sus ojos se clavaron en los billetes verdes que se escapaban del billetero. Quizá por eso no vio venir la mano que sujetó su muñeca con fuerza. En apenas un instante, el hombre golpeó su codo, haciendo que el brazo de John perdiera toda su fuerza. La navaja cayó al suelo. Él fue después, cuando el otro lo golpeó en el estómago. Antes de darse cuenta, un cañón dorado se posaba en su frente.

—Has elegido la peor noche para atracarnos—dijo el de la cicatriz—. Esta belleza abre agujeros de cuarenta y cinco milímetros en láminas de acero de dos centímetros de grosor. Imagínate lo que podrá hacer con un material tan frágil como el hueso humano. La bala atravesará tu cabeza de lado a lado, llevándose todo aquello que encuentre a su paso. La sangre manará del orificio, aportando algo de tranquilidad a la grotesca imagen que quedará de ti. Pero tranquilo, será indoloro. O, por lo menos, rápido.

Sin dejarlo pronunciar una palabra más, el hombre apretó el gatillo. La bala salió propulsada, dejando tras de sí un olor a pólvora quemada. El cuerpo de John ahora descansaba, inerte, en aquel callejón. El de la cicatriz registró el cadáver.

—Anda, mira. Pero si tenía la pasta justa, con esto reunimos la cantidad. ¿Ves, Miguel? Te dije que esto se solucionaría.
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viernes, 28 de enero de 2011

Yo no he sido

Y el canto de la muerte se dejó oir en la sienciosa noche...

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La aguja del reloj se movía con lentitud. Marco esperaba impaciente los últimos cinco minutos antes de poder fichar e ir a casa. Había sido un agotador día de trabajo, y ansiaba regresar a casa, darse una ducha y tirarse en el sofá a ver el partido, con la compañía de su fiel jarra de cerveza fría. Terminó de archivar unos documentos en el preciso instante en el que su reloj de pulsera emitía el pitido que señalaba las ocho en punto. Recogió todo con rapidez y salió corriendo a los aparcamientos del sótano del edificio.

Arrancó el coche. Salió a la calle, deshaciendo el camino que le llevaba cada mañana al trabajo. Maldijo al detenerse por culpa de un atasco. Era hora punta, ¿cómo se le pudo ocurrir atravesar el centro de la ciudad?

—¡Maldita sea, moveos!—gritó, golpeando con fuerza la bocina.

El tiempo pasaba ahora con rapidez, aunque Marco no se desplazó mucho. Antes de que se diese cuenta, en la radio comenzó la retransmisión del partido. Decidió salir en cuanto pudiese, y dar un largo rodeo para intentar llegar antes. Cuarenta y cinco minutos después de salir del trabajo, Marco llegaba a casa. Su equipo perdía por dos goles a cero. Suspiró, metiendo la llave en la cerradura.

—¡Ya estoy aquí!—gritó al entrar.

—¡Papá!

Marco sonrió. Tenía delante a una criatura, de seis años de edad—seis y medio, como solía recordar ella— mostrándole esa sonrisa angelical. La niña lo miraba con aquellos ojos azules, escondiendo las manos detrás de la espalda.

—¿Qué tienes ahí, hija?—preguntó él, revolviéndole el pelo. Su madre se lo había dejado tan corto que se la podía confundir con un niño.

—Nada, papá.

—Mentirosa… En fin, ¿y tu madre?

Ella bajó la mirada.

—Yo no he sido…—dijo, casi en un susurro.

—¿Qué ha pasado?

La niña dejó caer algo. Se escuchó el sonido del metal golpeando el suelo. El leve brillo que el objeto emitía atrajo la atención de Marco. Era un cuchillo, con la mayor parte de la hoja bañada en sangre. Al igual que las manos de su hija.

—Yo no he sido—repitió, al borde del llanto.

Marco corrió, buscando en todas las habitaciones. Encontró a su mujer en su dormitorio, tirada sobre la cama. No pudo evitar caer de rodillas al suelo. La expresión de terror en el rostro de la mujer hizo que le recorriera un escalofrío por la espalda. En su pecho se apreciaban los numerosos cortes que aquel cuchillo había hecho. Su mano aferraba el peluche favorito de la niña.

—Yo no he sido—afirmó por tercera vez su hija, desde el umbral de la puerta.

—¿Viste al que hizo esto?—preguntó Marco, sin apartar la mirada del cuerpo inerte.

La niña entró en la habitación arrastrando los pies. Alzó la mano derecha, cubierta de la sangre de su madre, señalando a un armario. Él se levantó, caminando hacia donde ella le indicaba. Abrió la puerta de golpe, listo para golpear al asesino hasta la muerte. Se encontró con unos ojos, que brillaban en la oscuridad. Sus ojos. Su propio reflejo lo miraba desde el espejo. Marco suspiró, notablemente aliviado al ver que estaban solos. Poco después sintió un fuerte dolor. Las piernas cedieron, y cayó de nuevo. Se llevó la mano al costado, ahora sangrante. Giró la cabeza.

Su hija mostraba una sonrisa macabra. Una gota de la sangre paterna resbalaba por su mejilla. De nuevo blandía el cuchillo, bañado por aquel líquido escarlata.

—Cariño, ¿pero qué…?

—Yo no he sido—rió la niña, hundiendo de nuevo el metal en el cuerpo de su padre. Él aulló de dolor al sentir como el gélido acero atravesaba su estómago. Ella extrajo lentamente el cuchillo, para volver a clavarlo con una fuerza increíble para un niño de su edad. Esta vez atravesó las costillas, rozando el corazón. La cuarta estocada fue más certera. Cinco tajos más lanzó la niña sobre su padre, hasta su muerte.

La niña dejó caer el cuchillo. Su padre la miraba con ojos vacíos. Ella arrebató el peluche a su madre.

—Vámonos, osito—dijo.

Saltando salió de la casa. Se alejó calle abajo, su vestido empapado dejaba un rastro de sangre por donde pasaba. Era una noche fría y silenciosa. Lo único que rompía aquella paz era la alegre canción que la niña cantaba, bailando con su peluche.
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miércoles, 26 de enero de 2011

A la luz de la luna llena

"¿Quieres saber lo que estas manos, que han cometido todo tipo de atrocidades, pueden hacerte a ti?"

¡¡50 entradas!! Yujuuuuu xD

Hermanita, esta va por ti xP.

Todo parecido con la realidad es mera coincidencia.
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Él, con la espalda apoyada en la barra, bebía solo aquella noche. Su pelo y ojos eran del mismo y oscuro color que su traje. Parecía estar esperando, mirando a la gente a su alrededor. El dueño de aquel local, un tanto excéntrico, había hecho abrir el techo. Para poder observar la luna, decía. Lo cierto es que, gracias al invento, se ahorraba un buen pico al no encender la luz en noches como aquella, de luna llena.

La espera se terminó. Él sonrió, tomando otro trago. A su lado, un hombre se dejó caer sobre la barra. Bajito, calvo y gordo, con traje y maletín. Llamó al camarero con un gesto, pidiéndole un Manhattan.

—La luna está preciosa esta noche—dijo.

—Si fuera un diamante, lo sería aún más—contestó el recién llegado—. ¿Eres Seth?

—Eso dicen. He oído que tienes un trabajito para mí.

Como respuesta, el hombre abrió el maletín, sacando un sobre que le tendió a Seth sin dejar ver el interior. Él sacó la foto que había en su interior. La miró un segundo, antes de volver a meterla y cerrarlo.

— ¿Está seguro del objetivo?—preguntó, extrañado.

—Sí. Muy seguro. ¿Ahora el famoso asesino resulta ser un cobarde?

—Es el trabajo más raro que he hecho en mi vida—rió—. ¿Alguna indicación más?

El hombre negó con la cabeza.

—Está todo ahí. Se hará a plena luz del día, mañana durante el desfile. Te situarás en una habitación de un hotel cercano, desde donde hay unas buenas vistas de la calle principal. El arma a emplear te espera allí. Ahora, hablemos de negocios.

—Serán doscientos mil—dijo Seth—. Cien ahora y cien tras el trabajo. Y no acepto regatear.

De nuevo el hombre abrió el maletín, mostrando su contenido.

— Creo que así está bien—dijo, entregándole una llave. Después se marchó, arrastrando los pies.

Seth se quedó un poco más. Había visto cómo una mujer hacía acto de presencia. Tenía el pelo rubio, formando tirabuzones que caían elegantemente sobre su espalda, y poseía un brillo en sus ojos azules capaz de hechizar a cualquiera que los mirase. Venía enfundada en un vestido de un oscuro negro, que resaltaba aquella palidez de diosa. Caminó hasta la barra, situándose junto a Seth, y llamó al camarero, que ardía en deseos de satisfacer sus peticiones.

—La luna está preciosa esta noche—dijo Seth, blandiendo su mejor sonrisa.

—Eso dicen—respondió ella.

Él se inclinó, acercándose a su oído.

—¿Quieres saber lo que estas manos, que han cometido todo tipo de atrocidades, pueden hacerte a ti?



Lentamente Seth desnudó a aquella mujer. Con suavidad besó cada centímetro de su piel. Ella gemía. Sentía que su propia piel la quemaba. Gritó cuando, con fuerza y delicadeza a la vez, él la penetró. Y volvió a gritar cuando sintió el placer en cada célula de su cuerpo. Seth la dejó caer con delicadeza sobre la cama. Porque todo había que hacerlo con calma.



Amanecía. En la calle, los barrenderos limpiaban las aceras mientras los empleados del ayuntamiento colocaban barreras. Una paloma alzaba el vuelo, una pareja de ancianos se sentaban en un banco. Poco más ocurría. En un hotel cercano, en una de las habitaciones de los pisos más altos, un hombre examinaba la ciudad minuciosamente. La mujer que lo acompañaba se marchó, agradeciendo la compañía.

Una vez estuvo satisfecho, Seth se vistió. Con tranquilidad, empleando el tiempo necesario. Como con todo. Lentamente, limpió y montó el rifle francotirador que le habían dado para el trabajo, junto con un maletín con el resto del pago.

—¿Cómo sabréis que ahora simplemente no me iré?—preguntó cuando le dieron el dinero.

—Porque sabemos que tu reputación es lo más importante para ti, y que no quieres que se sepa que has fallado en un trabajo.

Encajó la última pieza del rifle y se sentó a esperar, el frio metal del arma apoyado en el pecho. El desfile no comenzaría hasta una hora después. El tiempo pasaba lentamente… como todo.


Apoyó el rifle en el marco de la ventana. Quedaban poco más de dos minutos para que apareciera el blanco, si todo iba según lo previsto. Ajustó la mira, observando a través de ella a una multitud de soldados marchar. Precedían a un descapotable en el cual iba sentado un hombre. Seth rió; aquel mismo hombre había estado hace dos noches con él. Vio por un segundo el brillo de su cabeza pelada, recordando la conversación que habían tenido.

— ¿Está seguro del objetivo?

—Sí. Muy seguro.


Apuntó entre los ojos. Se tomó su tiempo, observando al blanco saludar. Pasó una mano por el cañón mientras el hombre se inclinaba a susurrarse algo a su chofer. Con la misma suavidad que empleaba en los roces, caricias y besos, apretó el gatillo. Al fin y al cabo, disparar guardaba muchas similitudes con amar a una mujer.

Alrededor del coche se hizo el caos. La atracción principal yacía sobre el asfalto, con un agujero de bala entre los ojos. La sangre manaba lentamente, dando una sensación de tranquilidad. Seth abandonó el hotel media hora después, con mucha calma.

—Después de todo—murmuró—todo el mundo tiene derecho a elegir cómo morir.
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