miércoles, 23 de febrero de 2011

Ciudad de susurros.

La historia que escribí para un concurso, el cual, a pesar de que la votación terminó hace tiempo, sigue sin tener ganador.


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—Líder bueno, líder genial…

La ciudad se sumía en un sueño oscuro. Las calles se iluminaban tan sólo por la escasa luz lunar que se filtraba entre las nubes. Las farolas estaban apagadas, el corte de energía resultaba demasiado perfecto para ser casual.

—Ten cuidado, o él te matará…

Dos personas, apenas unos críos, paseaban ocultos en las sombras de aquella ciudad de susurros. El que canturreaba aquella canción tenía el pelo rubio, lleno de rizos, casi negro en aquella noche cerrada, y unos divertidos ojos azules. Apenas llegaba a los ocho años. Caminaba siempre dos pasos por detrás del otro, que parecía mayor que el rubio. Concretamente, un año mayor. Su pelo era negro como el azabache y sus tímidos ojos tenían un mirar oscuro. Las ropas de ambos estaban desgastadas, rotas por numerosos sitios y pedían a gritos un lavado. El mayor se detuvo en seco.

—¡Alex, cállate!—dijo, gritando en voz baja—. Vas a hacer que nos descubran.

—¿De qué tienes miedo, Víctor? —preguntó el más pequeño, deteniéndose.

—De que nos cojan y nos metan en un orfanato. ¿Por qué tengo que seguir las órdenes de ese niño? —El moreno se detuvo también. Pronunciaba las eses como zetas, lo que parecía hacerle mucha gracia a Alex. El rubio no se contuvo al soltar una sonora carcajada—. ¡Cállate ya!

—Tranquilo, tranquilo. El líder siempre se preocupa de que la casa esté vacía. Podríamos incluso pasar la noche allí. Comer comida caliente, dormir en una cama…

—¡Está loco! ¡No puede mandarnos a robar, así por así! Sólo somos niños. Y, además…

Alex no lo escuchaba. Canturreaba de nuevo la canción mientras caminaba, dejando a Víctor pasmado. Tras unos segundos, el mayor lo siguió. Evitó al gato negro, que lo examinaba con sus penetrantes ojos verdes como si pudiese ver a través de él.

—¿Qué hago yo metido en este lio? —se decía a sí mismo, en apenas un susurro.

Hacía dos días que “el líder” apareció en su vida. Estaba sentado en una esquina de la calle, mendigando unas monedas para comprar comida. Apenas le llegaba para una barra de pan; la gente ni se molestaba en mirarlo, evitando el sentimiento incómodo. Intentó levantarse para gastarse sus ganancias cuando se encontró con unos inquietos ojos azules. Era la primera vez que veía a Alex.

—¿Estas sólo?—preguntó el pequeño.

Víctor asintió con la cabeza. El rubio indico con un gesto que lo siguiera. Intrigado, se dejó llevar. Un poco después llegaron al casco antiguo de la ciudad. Allí, mirase donde mirase, sólo se encontraban los restos de una urbe que en otro tiempo brilló. Tan sólo quedaban edificios en ruinas, que nadie se molestó en reparar. Construyeron en torno a ellos, trasladando el centro urbano y abandonando la zona. Alex se colaba entre las tablas que bloqueaban la puerta de uno de aquellos edificios, una antigua tienda de la que no quedaba ni el cartel. Cartones ocupaban ahora el lugar de los cristales. Víctor imitó al rubio. Lo encontró parado en el centro de la habitación, mirándolo fijamente.

—Espera aquí—dijo, dejándolo solo. Poco después, un chico, que ocultaba su rostro tras una máscara que sólo permitían intuir que aquel brillo eran unos ojos, apareció. Era más alto que Víctor, y se cubría con una capa. El recién llegado lo examinó sin mediar palabra.

—¿Y tus padres?—preguntó tras una eternidad de silencio.

—No tengo. Murieron en…

El enmascarado lo cortó con un gesto. Paseó a su alrededor. Víctor temía que aquel fuego en su mirada lo hiciese estallar en llamas. Explotar y desaparecer. Como un juego de pirotecnia.

—¿Tu nombre?

—Víctor—respondió él. El miedo paralizaba su cuerpo.

—¿Quieres una familia, Víctor?

Durmió allí aquella noche, en una habitación contigua. Alrededor suyo, en la penumbra, vislumbró la silueta de otros chicos, probablemente con su misma fortuna. Cinco sombras llegó a contar. Cuando amaneció ya no estaban allí. Tan sólo encontró a Alex, quien le ofrecía leche y galletas. Devoró el desayuno de la misma forma que la comida y la cena. Durante el día no vio a nadie más.

Con el siguiente amanecer lo despertaron temprano. De nuevo estaba sólo en la habitación. Mientras bostezaba escuchó una voz. El líder lo llamaba. Entró en el cuarto privado del enmascarado, el único que estaba amueblado decentemente. Junto a la cama había un pequeño escritorio, con dos sillas a cada lado. Una la ocupaba el Líder. Éste le indicó a Víctor que ocupara la otra.

—Tu anticipo se terminó ayer—dijo lentamente—. Es hora de hablar sobre la forma en la que ayudarás a la familia.

Y procedió a relatarle el motivo por el que se hallaba allí, frente a un edificio de reciente construcción. Era una casa de madera, con una sola planta y grandes ventanales, cuyas persianas estaban cerradas completamente. Víctor se preguntó cómo entrarían allí. Se acercó al viejo coche que estaba aparcado justo enfrente de la vivienda.

—Eh, mira, está abierto—dijo.

—Olvídalo—respondió Alex—. Está tan destartalado que seguro que no tiene nada.

Precedió al mayor en el camino hasta la parte de atrás. Antes de que Víctor preguntase, el pequeño le tendió una piedra, señalando al cristal que ocupaba la mayor parte de la puerta. Al ver que iba a protestar, ordenó:

—Hazlo, o vuelve a la calle.

El moreno lo miró durante un instante. El brillo de aquellos ojos azules había adquirido un tono inquietante, que no supo descifrar. Sin darle tiempo a repetir la orden, lanzó la piedra con todas sus fuerzas. Los trozos de cristal se esparcieron por el suelo. Alex aprovechó el agujero para abrir la puerta, y entró con decisión. El más mayor aún dudó al poner un pie en el interior.

Encontró al pequeño en lo que parecía ser el salón principal. El niño revolvía cajones, registraba armarios e incluso desgarraba cojines con ansia animal. Al ver entrar al moreno, le tiró un saco que sacó de Dios sabe dónde y le indicó por señas que lo llenase en otra habitación. Se plantó en el comedor y se puso a mirar por encima, evitando fijarse en cualquier objeto que tuviera algo de valor.

—Así no vas a conseguir nada…—canturreó una voz a su espalda. Alex estaba sentado en una silla, meciéndose de izquierda a derecha y con una extraña sonrisa en los labios—. Ven, te enseñaré.

Dio un salto, le sacó la lengua al cruzarse con el mayor y repitió el mismo proceso que el otro le había visto hacer. De vez en cuando le lanzaba cosas, para que las metiese en su saco. Sobre él la madera crujía.

—Alex…—dijo de pronto Víctor—, creo que hay alguien.

—Mete también esto—seguía el rubio, sin hacerle caso. Le tendía una cubertería.

— Alex, ¿me has oído?

—Si el Líder dijo que no hay nadie, es que no hay nadie—afirmó—. ¿Verdad, señor?

Víctor se giró lentamente. En la puerta del comedor había un hombre. Alto, moreno y ojos negros llenos de furia. Estaba paralizado bajo el efecto de esa mirada. Alex, sin embargo, se acercaba sonriendo.

—¿Verdad que la casa está vacía?—insistía.

—¿Qué hacéis en mi casa?—rugió el hombre.

Todo ocurrió en un instante. Alex se abalanzó sobre el anfitrión. Demostrando una gran agilidad, trepó hasta su cuello. Hubo un fugaz destello. De pronto, un charco de sangre. Y el hombre caía, incapaz de articular palabra. Estaba muerto. El pequeño se levantó y fue a abrazar a su compañero.

—Lo siento, Víctor—dijo en un susurro—, pero tú no le vales.

La plata de aquel cuchillo atravesó la carne si ninguna dificultad. El mayor sintió un fuerte dolor durante apenas una fracción de segundo. Después, nada. Su cuerpo inerte apenas hizo ruido al caer de espaldas, sobre un charco que mezclaba la sangre de ambas víctimas.

Instantes después, Alex se alejaba de la casa, saltando mientras cantaba.

—Líder bueno, Líder genial… Ten cuidado, o él te matará…

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domingo, 30 de enero de 2011

John

Has elegido una mala noche...


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John caminaba por la calle, con un vaso de cerveza en la mano. Se alejaba de la zona de fiesta en aquella noche cerrada, ideal para el robo. Aquella panda de críos que necesitaban sentirse mayores más que el aire no se esperaban que nadie metiese la mano en sus bolsillos y se llevase todo aquello de valor. Y ni siquiera tenía que esforzarse, los mocosos se emborrachaban tanto que era un trabajo fácil. Cuando estuvo a una distancia prudencial, se detuvo en un portal a contar el dinero.

Había sido una buena noche. Tenía una gran cantidad de dinero en las manos. Reunió todas las carteras que se había llevado y las tiró a un contenedor cercano. Después, se terminó la cerveza de un trago y se encaminó a casa. El amanecer estaba cerca. Dormiría unas cuantas horas al llegar, y al día siguiente se gastaría las ganancias. John se rió. ¡Era prácticamente imposible ganar tanto en una sola noche!

O quizá no…

John se detuvo. Oía voces, provenientes de un callejón oscuro. Se acercó. En él había tres personas, dos hombres y una mujer. Ella estaba sentada en el suelo, espalda contra la pared. Parecía dormir plácidamente. Los otros dos estaban de pie, mirando hacia el fondo del callejón. Uno de ellos lloraba, el otro le daba palmaditas en la espalda intentando consolarlo. Los tres iban vestidos de fiesta, la mujer con un elegante vestido negro y ellos con sendos trajes. John pensó que podría sacar más. Sacó la navaja y se adentró en aquel callejón.

—Miguel, tranquilo…—decía uno.

—Sí, tranquilamente daos la vuelta—soltó John—. Y no hagáis ninguna locura u os rajo.

Ambos se giraron, el que lloraba con mayor velocidad. Tenía los ojos vidriosos, y parecía que acababa de vomitar. No podía dejar de temblar. El otro parecía más calmado. Sus ojos negros mostraban furia contenida. Su oscuro pelo se confundía con las tinieblas de aquella noche. Una cicatriz nacía sobre una de sus cejas, descendiendo verticalmente por su rostro hasta morir a la altura de la nariz. Era el tipo de persona que impone miedo, a menos que vayas armado. Y la navaja de John le inspiraba confianza.

—Vamos—dijo—dadme todo lo que tengáis.

—Con mucho gusto—contestó el de la cicatriz, tendiéndole una cartera rebosante.

John alargó la mano. Parecía un buen botín. Sus ojos se clavaron en los billetes verdes que se escapaban del billetero. Quizá por eso no vio venir la mano que sujetó su muñeca con fuerza. En apenas un instante, el hombre golpeó su codo, haciendo que el brazo de John perdiera toda su fuerza. La navaja cayó al suelo. Él fue después, cuando el otro lo golpeó en el estómago. Antes de darse cuenta, un cañón dorado se posaba en su frente.

—Has elegido la peor noche para atracarnos—dijo el de la cicatriz—. Esta belleza abre agujeros de cuarenta y cinco milímetros en láminas de acero de dos centímetros de grosor. Imagínate lo que podrá hacer con un material tan frágil como el hueso humano. La bala atravesará tu cabeza de lado a lado, llevándose todo aquello que encuentre a su paso. La sangre manará del orificio, aportando algo de tranquilidad a la grotesca imagen que quedará de ti. Pero tranquilo, será indoloro. O, por lo menos, rápido.

Sin dejarlo pronunciar una palabra más, el hombre apretó el gatillo. La bala salió propulsada, dejando tras de sí un olor a pólvora quemada. El cuerpo de John ahora descansaba, inerte, en aquel callejón. El de la cicatriz registró el cadáver.

—Anda, mira. Pero si tenía la pasta justa, con esto reunimos la cantidad. ¿Ves, Miguel? Te dije que esto se solucionaría.
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viernes, 28 de enero de 2011

Yo no he sido

Y el canto de la muerte se dejó oir en la sienciosa noche...

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La aguja del reloj se movía con lentitud. Marco esperaba impaciente los últimos cinco minutos antes de poder fichar e ir a casa. Había sido un agotador día de trabajo, y ansiaba regresar a casa, darse una ducha y tirarse en el sofá a ver el partido, con la compañía de su fiel jarra de cerveza fría. Terminó de archivar unos documentos en el preciso instante en el que su reloj de pulsera emitía el pitido que señalaba las ocho en punto. Recogió todo con rapidez y salió corriendo a los aparcamientos del sótano del edificio.

Arrancó el coche. Salió a la calle, deshaciendo el camino que le llevaba cada mañana al trabajo. Maldijo al detenerse por culpa de un atasco. Era hora punta, ¿cómo se le pudo ocurrir atravesar el centro de la ciudad?

—¡Maldita sea, moveos!—gritó, golpeando con fuerza la bocina.

El tiempo pasaba ahora con rapidez, aunque Marco no se desplazó mucho. Antes de que se diese cuenta, en la radio comenzó la retransmisión del partido. Decidió salir en cuanto pudiese, y dar un largo rodeo para intentar llegar antes. Cuarenta y cinco minutos después de salir del trabajo, Marco llegaba a casa. Su equipo perdía por dos goles a cero. Suspiró, metiendo la llave en la cerradura.

—¡Ya estoy aquí!—gritó al entrar.

—¡Papá!

Marco sonrió. Tenía delante a una criatura, de seis años de edad—seis y medio, como solía recordar ella— mostrándole esa sonrisa angelical. La niña lo miraba con aquellos ojos azules, escondiendo las manos detrás de la espalda.

—¿Qué tienes ahí, hija?—preguntó él, revolviéndole el pelo. Su madre se lo había dejado tan corto que se la podía confundir con un niño.

—Nada, papá.

—Mentirosa… En fin, ¿y tu madre?

Ella bajó la mirada.

—Yo no he sido…—dijo, casi en un susurro.

—¿Qué ha pasado?

La niña dejó caer algo. Se escuchó el sonido del metal golpeando el suelo. El leve brillo que el objeto emitía atrajo la atención de Marco. Era un cuchillo, con la mayor parte de la hoja bañada en sangre. Al igual que las manos de su hija.

—Yo no he sido—repitió, al borde del llanto.

Marco corrió, buscando en todas las habitaciones. Encontró a su mujer en su dormitorio, tirada sobre la cama. No pudo evitar caer de rodillas al suelo. La expresión de terror en el rostro de la mujer hizo que le recorriera un escalofrío por la espalda. En su pecho se apreciaban los numerosos cortes que aquel cuchillo había hecho. Su mano aferraba el peluche favorito de la niña.

—Yo no he sido—afirmó por tercera vez su hija, desde el umbral de la puerta.

—¿Viste al que hizo esto?—preguntó Marco, sin apartar la mirada del cuerpo inerte.

La niña entró en la habitación arrastrando los pies. Alzó la mano derecha, cubierta de la sangre de su madre, señalando a un armario. Él se levantó, caminando hacia donde ella le indicaba. Abrió la puerta de golpe, listo para golpear al asesino hasta la muerte. Se encontró con unos ojos, que brillaban en la oscuridad. Sus ojos. Su propio reflejo lo miraba desde el espejo. Marco suspiró, notablemente aliviado al ver que estaban solos. Poco después sintió un fuerte dolor. Las piernas cedieron, y cayó de nuevo. Se llevó la mano al costado, ahora sangrante. Giró la cabeza.

Su hija mostraba una sonrisa macabra. Una gota de la sangre paterna resbalaba por su mejilla. De nuevo blandía el cuchillo, bañado por aquel líquido escarlata.

—Cariño, ¿pero qué…?

—Yo no he sido—rió la niña, hundiendo de nuevo el metal en el cuerpo de su padre. Él aulló de dolor al sentir como el gélido acero atravesaba su estómago. Ella extrajo lentamente el cuchillo, para volver a clavarlo con una fuerza increíble para un niño de su edad. Esta vez atravesó las costillas, rozando el corazón. La cuarta estocada fue más certera. Cinco tajos más lanzó la niña sobre su padre, hasta su muerte.

La niña dejó caer el cuchillo. Su padre la miraba con ojos vacíos. Ella arrebató el peluche a su madre.

—Vámonos, osito—dijo.

Saltando salió de la casa. Se alejó calle abajo, su vestido empapado dejaba un rastro de sangre por donde pasaba. Era una noche fría y silenciosa. Lo único que rompía aquella paz era la alegre canción que la niña cantaba, bailando con su peluche.
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miércoles, 26 de enero de 2011

A la luz de la luna llena

"¿Quieres saber lo que estas manos, que han cometido todo tipo de atrocidades, pueden hacerte a ti?"

¡¡50 entradas!! Yujuuuuu xD

Hermanita, esta va por ti xP.

Todo parecido con la realidad es mera coincidencia.
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Él, con la espalda apoyada en la barra, bebía solo aquella noche. Su pelo y ojos eran del mismo y oscuro color que su traje. Parecía estar esperando, mirando a la gente a su alrededor. El dueño de aquel local, un tanto excéntrico, había hecho abrir el techo. Para poder observar la luna, decía. Lo cierto es que, gracias al invento, se ahorraba un buen pico al no encender la luz en noches como aquella, de luna llena.

La espera se terminó. Él sonrió, tomando otro trago. A su lado, un hombre se dejó caer sobre la barra. Bajito, calvo y gordo, con traje y maletín. Llamó al camarero con un gesto, pidiéndole un Manhattan.

—La luna está preciosa esta noche—dijo.

—Si fuera un diamante, lo sería aún más—contestó el recién llegado—. ¿Eres Seth?

—Eso dicen. He oído que tienes un trabajito para mí.

Como respuesta, el hombre abrió el maletín, sacando un sobre que le tendió a Seth sin dejar ver el interior. Él sacó la foto que había en su interior. La miró un segundo, antes de volver a meterla y cerrarlo.

— ¿Está seguro del objetivo?—preguntó, extrañado.

—Sí. Muy seguro. ¿Ahora el famoso asesino resulta ser un cobarde?

—Es el trabajo más raro que he hecho en mi vida—rió—. ¿Alguna indicación más?

El hombre negó con la cabeza.

—Está todo ahí. Se hará a plena luz del día, mañana durante el desfile. Te situarás en una habitación de un hotel cercano, desde donde hay unas buenas vistas de la calle principal. El arma a emplear te espera allí. Ahora, hablemos de negocios.

—Serán doscientos mil—dijo Seth—. Cien ahora y cien tras el trabajo. Y no acepto regatear.

De nuevo el hombre abrió el maletín, mostrando su contenido.

— Creo que así está bien—dijo, entregándole una llave. Después se marchó, arrastrando los pies.

Seth se quedó un poco más. Había visto cómo una mujer hacía acto de presencia. Tenía el pelo rubio, formando tirabuzones que caían elegantemente sobre su espalda, y poseía un brillo en sus ojos azules capaz de hechizar a cualquiera que los mirase. Venía enfundada en un vestido de un oscuro negro, que resaltaba aquella palidez de diosa. Caminó hasta la barra, situándose junto a Seth, y llamó al camarero, que ardía en deseos de satisfacer sus peticiones.

—La luna está preciosa esta noche—dijo Seth, blandiendo su mejor sonrisa.

—Eso dicen—respondió ella.

Él se inclinó, acercándose a su oído.

—¿Quieres saber lo que estas manos, que han cometido todo tipo de atrocidades, pueden hacerte a ti?



Lentamente Seth desnudó a aquella mujer. Con suavidad besó cada centímetro de su piel. Ella gemía. Sentía que su propia piel la quemaba. Gritó cuando, con fuerza y delicadeza a la vez, él la penetró. Y volvió a gritar cuando sintió el placer en cada célula de su cuerpo. Seth la dejó caer con delicadeza sobre la cama. Porque todo había que hacerlo con calma.



Amanecía. En la calle, los barrenderos limpiaban las aceras mientras los empleados del ayuntamiento colocaban barreras. Una paloma alzaba el vuelo, una pareja de ancianos se sentaban en un banco. Poco más ocurría. En un hotel cercano, en una de las habitaciones de los pisos más altos, un hombre examinaba la ciudad minuciosamente. La mujer que lo acompañaba se marchó, agradeciendo la compañía.

Una vez estuvo satisfecho, Seth se vistió. Con tranquilidad, empleando el tiempo necesario. Como con todo. Lentamente, limpió y montó el rifle francotirador que le habían dado para el trabajo, junto con un maletín con el resto del pago.

—¿Cómo sabréis que ahora simplemente no me iré?—preguntó cuando le dieron el dinero.

—Porque sabemos que tu reputación es lo más importante para ti, y que no quieres que se sepa que has fallado en un trabajo.

Encajó la última pieza del rifle y se sentó a esperar, el frio metal del arma apoyado en el pecho. El desfile no comenzaría hasta una hora después. El tiempo pasaba lentamente… como todo.


Apoyó el rifle en el marco de la ventana. Quedaban poco más de dos minutos para que apareciera el blanco, si todo iba según lo previsto. Ajustó la mira, observando a través de ella a una multitud de soldados marchar. Precedían a un descapotable en el cual iba sentado un hombre. Seth rió; aquel mismo hombre había estado hace dos noches con él. Vio por un segundo el brillo de su cabeza pelada, recordando la conversación que habían tenido.

— ¿Está seguro del objetivo?

—Sí. Muy seguro.


Apuntó entre los ojos. Se tomó su tiempo, observando al blanco saludar. Pasó una mano por el cañón mientras el hombre se inclinaba a susurrarse algo a su chofer. Con la misma suavidad que empleaba en los roces, caricias y besos, apretó el gatillo. Al fin y al cabo, disparar guardaba muchas similitudes con amar a una mujer.

Alrededor del coche se hizo el caos. La atracción principal yacía sobre el asfalto, con un agujero de bala entre los ojos. La sangre manaba lentamente, dando una sensación de tranquilidad. Seth abandonó el hotel media hora después, con mucha calma.

—Después de todo—murmuró—todo el mundo tiene derecho a elegir cómo morir.
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lunes, 13 de diciembre de 2010

Acero ardiendo

Voy a matar a Miguel... ¡wiiiii!

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Era una noche cerrada, de lluvia perpetua. Alguien corría por callejones, evitando las calles principales. El eco de sus pasos, pisando charcos, era el único sonido en aquel silencio sepulcral. Vestía una gran gabardina y un sombrero, ambos oscuros, y llevaba una mano oculta entre la ropa.

—No… ¡No! ¡Detente!


Se detuvo, apoyándose en una pared para recuperar el aliento. La lluvia le empapaba. Se dejó caer, resbalando en el muro. En el suelo, se miró las manos. Desprendía un fuerte olor a pólvora, que el agua no lograba llevarse.

—Debe… Debe ser un sueño…—murmuraba—Yo… Yo no quería…

Él lo miraba, siempre con esos aires de superioridad. Siempre un elegante traje y una sonrisa prepotente. Estaban solos, ocultos a ojos ajenos. Y él reía. Se burlaba de aquel hombre que le suplicaba de rodillas, tirado en un gran charco. Lo dio la espalda, pensando que aquel despojo humano no suponía ningún peligro. No sabía hasta qué punto se equivocaba.

—Seré magnánimo contigo—dijo él—, te ayudaré.

No se dio cuenta de que aquel despojo humano no le hacía caso. El hombre del sombrero se levantó, lentamente, sacando un arma de la gabardina. Al del traje le bastó un segundo para abandonar el despotismo.

—Tranquilo, tranquilo. Podemos hablarlo.

El otro no entendía palabras. Lo veía abrir y cerrar la boca, pero no escuchaba sonido alguno. Alzó la pistola, apuntando a la frente…
—No… ¡No! ¡Detente!

… y guiado por la rabia, apretó el gatillo.


—¿Qué he hecho?— se preguntó.

Sacó la pistola del bolsillo. El cañón, aún caliente, humeaba. La tiró. Saltaron chispas cuando el metal impactó con la pared. Durante apenas un segundo, hombre y arma se miraron. Después, él se arrastró a recogerla. El brazo derecho, el que había disparado, aún temblaba por el retroceso. ¿O era el miedo? Daba igual, no importaba. Empezaba a sentir algo dentro de él, que lentamente desaparecía. Y que hasta ahora no había reparado en su existencia. La sensación de poder que lo inundó al ver cómo el cuerpo inerte de aquel trajeado idiota iba perdiendo la sangre lo abandonaba. Necesitaba más.

Recargó la pistola y se levantó. Caminó lentamente, arrastrando los pies. Y el pobre desdichado que se encontró con él lamentó rápidamente aquel encuentro.
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