jueves, 22 de julio de 2010

Reflejo

Reto del foro Retos Ilustrados

Para ella

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— ¿Quién eres?

Bestia maldita con mis ojos, mirándome desde su reino al otro lado del espejo. Reflejo maldito, mostrando su sonrisa ensangrentada. Dios de su mundo de muerte.

—Tu otro yo.

Contestas con arrogancia, usando mi misma voz.

Tu mundo se opone al mío. Me encierran las cuatro paredes entre las que estoy condenado a permanecer. Tan solo este espejo me acompaña. Este trozo de cristal, que muestra al ser que me aterra y fascina a la vez. A mí mismo.

Agitas la copa, sentado en tu trono. Salpicas el espejo del líquido rojo que contiene. Tu lado queda manchado por la sangre que mis manos derramaron.

—Nuestras manos.


—Si… ¡No!

Pateo el espejo, roto en mil pedazos. Los aplasto, una y otra vez, hasta que ese ojo igual al mío deja de observarme. Respiro, seguro de librarme de esa voz.

—Nunca me iré… al menos no sin ti.


La voz retumba en la habitación. Hace estragos en mi mente. Me ataca las entrañas.

Mis manos dejan de obedecerme. Le obedecen a él, a mi otro yo, quien las guía hacia nuestro cuello. Pronto perderían su fuerza, cuando su amo exhalara su último aliento.

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martes, 20 de julio de 2010

Bruma

Para ella
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Le habría bastado con susurrar una leve palabra para anular todos mis sentidos; no le hizo falta. Aquella dama, figura salida de mis sueños, surgía de entre la bruma. Las agujas del reloj se ralentizaron. El tiempo obedecía las órdenes que dictaban sus pestañas.

Se detuvo, mirándome con esos fragmentos de cielo que formaban sus ojos. Esperaba. ¿A quién? Miré a mí alrededor. Nadie. Estaba sólo sobre la faz de la tierra. Con ella.

Se acercó a mí. No, yo me acerqué a ella. No sé con certeza quién paró primero. Apenas unos centímetros nos separaban. Sentí algo recorrer mi cuerpo, paralizarlo. Tenía que decir algo. Abrí la boca, aunque solo fuera por saber su nombre. Me acalló, posando sus labios sobre los míos.

Se apartó. Di un paso hacia ella. Necesitaba más, ansiaba más. Ella negó. Por primera vez escuché su voz.

—Cierra los ojos.


Obedecí, guiado, tal vez, por algún conjuro. Su dulce voz no dejaba otra opción. Al poco los abrí. La bruma había desaparecido.

Al igual que la extraña dama.
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viernes, 16 de julio de 2010

Olor a muerte

Para variar, un poema a medio escribir que hoy Nei me "ayudó" a terminar.

Para ella
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Destello. Grito. Anhelo.
Deseo fugaz de sueño,
de vivir una pesadilla,
de despertar sintiendo.

-Llora, llora, pequeña,
que tus lágrimas bañen tu rostro
mientras sientes el gélido acero
atravesar tu torso.

Cuerpo inerte, tirado en el suelo,
vida escapando, bajo su libre deseo.
Muerta exhalando su último aliento.

Sangre derramada,
el pecho abierto por una daga.
Ojos vidriosos mirando a la nada.

Olor a muerte.
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sábado, 26 de junio de 2010

Tiempo

Para ella
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¿Que qué recuerdo, dices? Eso mismo me pregunto yo muchas veces. El tiempo se lo llevó todo. Nunca soy capaz de evocar las dichosas imágenes que busco, ni haciendo el mayor de los sacrificios a cambio. Mi memoria me traicionó, de la misma forma que la vendí con cada trago de alcohol.

¿Quién me iba a decir que acabaría contándote mi vida? Hace muchos años ya que te vi por última vez. Apenas recuerdo nada de aquel encuentro. Incluso tuviste que decirme tu nombre. No te diré que me sentí incómodo en aquel momento. Para mi desgracia, olvidar me es tan común como respirar.

Te parecerá absurdo lo que hice con mi vida. Mi novela sigue inconclusa, atascada en el mismo fragmento que reescribí una y otra vez. Creo que es de las pocas cosas que mi traidora memoria retiene. Quizá por el mero hecho de hacerme tanto daño. Cada noche he relatado de nuevo aquel primer beso entre el protagonista y su amor platónico, sin ser capaz de darle la forma adecuada. Creo que perdí la capacidad de imaginar hace ya mucho tiempo. En mi cabeza solo hay sitio para aquella tarde de otoño…

Que cruel fue el tiempo conmigo. Me da unas horas de placer y una vida de sufrimiento.

¿Y a ti, qué te dio el tiempo?
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lunes, 31 de mayo de 2010

Malos recuerdos

Para ella
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—Vámonos a casa.

— ¡Yo me quedo!

Mi voz me sonaba confiada y segura, claramente audible entre aquel griterío normalizado en las noches del fin de semana. Arrastraba de mí mi mejor amigo, quien hacía dos horas que decidió quitarme la cartera. Aun así, mis manos conseguían hacerse con otra copa que llevar a mi boca. Escupí el primer trago que di al último trofeo que había conseguido; mi boca detectó una mezcla de whisky y tabasco a partes iguales que arrasaba en mi lengua.

— ¿Tú has visto como estas? —Preguntó mi amigo. Yo no lograba entender por qué se preocupaba tanto.

—Estoy bien. Tú no te preocupes. Y vete con ella. Vete—añadí, mientras él me lanzaba una de esas miradas que me hacían sentir mal. A regañadientes, se fue con su cita, dejándome solo con aquel vaso asesino.

Me adentré en el local, del que salía la música más ruidosa, y al que acudía toda la masa, en cuya puerta un hombre, muy amablemente, me arrancó la bebida de las manos negando con la cabeza.

—Tú ya has bebido demasiado esta noche— me dijo.

— ¡Esto no es nada! —respondí, a gritos, mientras entraba en el abarrotado local. — ¡Papi ha vuelto! —grité de nuevo en el interior.

La gente me contestó de la misma forma sin dejar de moverse. Me abrí paso hasta llegar a la barra, donde recordé que no tenía dinero. Me senté a pasar el tiempo allí, hasta que sentí un brazo rodeando mis hombros.

— ¡Hombre, tío! ¿¡Que tal!?

No recordaba a aquel hombre, que aseguraba haber asistido conmigo a la misma clase desde el inicio de mi vida escolar. Sin embargo, me ofrecía una copa que portaba en su mano, y que acepté gustoso. Aquellos fueron los últimos minutos que recuerdo de aquella noche.

A la mañana siguiente desperté en mi cama. Durante unos segundos no sentí ni recordé nada. Estaba medio ausente, hasta que el fuerte dolor de cabeza me trajo a la realidad. Con cada pinchazo me llegaba un nuevo recuerdo: un baile, una mala copa que escupí al suelo, una chica… Como pude, tomé un analgésico y miré el reloj. Marcaba las dos del mediodía.

Encendí el ordenador mientras comía algo, y esperé mientras se cargaban las fotos de la última noche. Lo que imaginaba como unas imágenes triunfales se mostraron ante mí como una patada del mundo real. Allí se encontraba mi misterioso baile, un frustrado intento de mantenerme en pie. O la copa que escupí porque me sentó mal, llevándose en su salida el contenido de mi estómago. O la chica, que marcó su mano en mi cara al ver el regalo que mis entrañas le hicieron a sus zapatos. La última foto me mostraba sentado en un rincón, al borde del desmayo. Mi voz nunca había sonado confiada aquella noche, si no que surgía guiada por el alcohol que circulaba por mis venas.

Allí, sentado frente los recuerdos que no lograba acercar, decidí dejar la bebida. Por muy mal que me encontrase.


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